El Día Que Villa Dejó a un Sacerdote Corrupto Frente a Su Propio Púlpito… Solo y Desnudo

Durante años la campana de la iglesia sonó para ocultar los gritos de niñas raptadas, viudas despojadas y campesinos asesinados por orden del mismo padre. Pero una tarde calurosa llegó una mujer cargando el dolor por su hermano asesinado y Pancho Villa con la furia de la verdad. Antes de continuar, dime desde dónde nos estás escuchando.

También dale like y suscríbete a nuestro canal. Que la llama de la revolución para acabar con la corrupción y las injusticias nunca se apague en nuestros corazones. Era el año de 1913 cuando las montañas de Chihuahua ardían con el fuego de la revolución y los vientos traían más pólvora que lluvia. En el campamento de los Dorados, donde los hombres de Pancho Villa descansaban entre batalla y batalla, llegó una tarde que parecía teñida de sangre una muchacha de ojos hundidos y pies destrozados.

Se llamaba Clara Mendoza. Tenía apenas 21 años, pero su rostro cargaba el peso de 1,000ores. Venía del pueblo de ascensión caminando desde el amanecer con un rebozo desgarrado y en las manos un pañuelo amarillento que guardaba como tesoro. Villa la recibió bajo la sombra de un mezquite rodeado de sus hombres de confianza.

Fierro estaba ahí limpiando su pistola con la parsimonia de quien conoce cada secreto del metal. También estaban el cojo Maclovia, Candelario Cervantes y otros dorados, cuyas cicatrices contaban historias que las palabras no podían narrar. Clara temblaba, no de frío, sino de rabia contenida. Y cuando abrió el pañuelo, apareció una medallita de plata con el nombre de Tomás grabado con letras torcidas.

Mi hermano susurró y su voz se quebró como vasija vieja. Tenía 17 años y trabajaba en el taller del herrero. Nunca le hizo mal a nadie, don Francisco. Jamás alzó la mano contra un cristiano. Villa se quitó el sombrero y se sentó en una piedra, invitándola con un gesto a hacer lo mismo. Los dorados formaron un círculo respetuoso, sabiendo que cuando su general adoptaba esa postura, algo importante estaba por escucharse.

El sol comenzaba a declinar, tiñiendo el cielo de naranja y rojo, y el calor del desierto se mezclaba con el humo de las fogatas donde se preparaba la cena. “Platícame, muchacha”, dijo Villa con voz grave, pero tierna. “Dime, ¿qué pasó con tu hermano?” Clara se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y comenzó su relato. Contó que Tomás había sido requerido para el servicio militar por los federales, pero se había negado a enlistarse, no por cobardía, sino porque había visto cómo trataban a los conscriptos.

Como bestias, los mataban de hambre y los obligaban a disparar contra su propia gente. Una mañana, mientras trabajaba en la herrería, llegaron tres soldados acompañados del padre Lázaro, el cura de ascensión. Ese hombre escupió Clara y su voz se llenó de veneno. Ese demonio vestido de santo. Señaló a mi hermano con el dedo y le dijo al sargento, ese ese.

Tomás Mendoza. En confesión me dijo que quería unirse a los villistas. Es un rebelde, un peligro para la Santa Fe y para el gobierno. Los dorados intercambiaron miradas. Conocían historias similares, pero nunca habían oído que un cura participara directamente en las capturas. Villa apretó los puños, pero su rostro no mostró emoción.

Sabía que Clara necesitaba contar todo antes de que su corazón explotara. mintió, continuó la muchacha. Tomás nunca se confesó con él ni con nadie. Y aunque hubiera sido cierto, desde cuando un cura traiciona el secreto de confesión, sus ojos se llenaron de lágrimas amargas. Se lo llevaron ese día. Por dos semanas no supimos nada.

Después después encontraron su cuerpo en el cerro de las cruces. La voz de Clara se volvió un murmullo ronco. Describió cómo habían torturado a Tomás, golpes, quemaduras y al final lo habían colgado de un árbol. Pero lo que más la atormentaba era la certeza de que el padre Lázaro había estado presente durante el suplicio.

Un testigo lo había visto bendiciendo el momento final como si fuera un sacrificio santo. No fue el único, continuó Clara sacando fuerzas de un lugar donde ya no parecía quedar nada. Doña Esperanza, la viuda del cantero, también la acusó de adúltera porque no podía pagar el diezmo de su terreno. Los federales la echaron de su casa y el padre se quedó con la tierra.

Petra, la hija del comisario de apenas 15 años, desapareció después de ir a confesarse. Dicen que la vendió a los gringos de la mina. Fierro levantó la vista de su pistola y Villa notó que las manos de su compadre temblaban ligeramente. Era raro ver a fierro alterado, pero las historias de niñas vendidas siempre le revolvían la sangre.

¿Cuántos más?, preguntó Villa. No lo sé exactamente, don Francisco, pero tengo nombres, lugares, fechas. Clara sacó del rebozo un papel doblado en cuatro. Mi hermano sabía leer y escribir. Me enseñó. He estado juntando testimonios desde que lo mataron. Villa tomó el papel y lodesplegó. Era una lista escrita con letra temblorosa pero clara.

Ocho nombres con sus historias. Hombres jóvenes entregados como rebeldes. Mujeres despojadas de sus tierras. Niñas desaparecidas. Todo firmado con la bendición del padre Lázaro Mendizábal. El silencio se extendió por el campamento como mancha de aceite. Solo se escuchaba el crepitar de las fogatas y el murmullo distante de los caballos.

Vila estudió el papel hasta que la luz comenzó a faltar y entonces lo dobló y se lo guardó en la camisa junto al corazón. Muchacha, dijo finalmente, “te voy a preguntar algo y quiero que me respondas con la verdad. ¿Qué quieres que haga? Clara lo miró directamente a los ojos. En ese momento pareció dejar de ser una jovencita atormentada para convertirse en algo más primitivo y poderoso.

Quiero justicia, don Francisco. No venganza, justicia. Villa asintió lentamente, se puso de pie y caminó hasta el borde del campamento donde la tierra se perdía en la oscuridad del desierto. Los dorados lo siguieron con la mirada, sabiendo que su general estaba tomando una decisión que marcaría el destino de muchas personas. Cuando regresó, tenía el rostro sereno, pero los ojos encendidos.

“Mañana partimos a ascensión”, anunció. Pero no como soldados, como algo que se cura jamás esperará. Esa noche Villa no durmió. Se quedó sentado junto a las brasas moribundas de la fogata con el papel de clara entre las manos y la mirada perdida en las estrellas. Fierro se le acercó cuando los demás ya roncaban y se sentó a su lado sin decir palabra.

Así permanecieron largo rato dos hombres curtidos por la guerra. reflexionando sobre la clase de enemigo que enfrentarían. No es como los otros, compadre, murmuró Villa finalmente. Los federales pelean por dinero, los asendados por tierras, pero este cabrón, este mata almas. Fierro escupió en las brasas, haciendo que chisporrotearan.

Los peores son los que usan a Dios para justificar sus cochinadas. Dijo, “¿Cómo le vamos a entrar?” Villa sonríó por primera vez desde que Clara había llegado. Era una sonrisa peligrosa, la misma que ponía cuando ideaba una estrategia que sus enemigos nunca verían venir. ¿Te acuerdas del mariachi que tocó en tu boda? El de Parral. Claro.

Pues vamos a necesitar instrumentos. Al amanecer, Villa reunió a siete de sus dorados más hábiles. No los más feroces en combate, sino los más inteligentes, los que sabían moverse sin llamar la atención. El cojo Maclovia, que había sido actor en su juventud. Candelarios Cervantes que tocaba la guitarra mejor que muchos profesionales.

Trinidad Rodríguez, cuya voz podía hacer llorar a las piedras, y otros cuatro cuyas caras no eran conocidas en ascensión. “Muchachos, les dijo mientras desayunaban tortillas con frijoles, “nos vamos de mariachis”. Las carcajadas se escucharon por todo el campamento, pero Villa levantó la mano pidiendo silencio.

No es broma. En tres días será la fiesta de San Bartolomé en ascensión. Según me contó Clara, el padre Lázaro siempre contrata músicos para las celebraciones. Nosotros vamos a ser esos músicos. La sonrisa se desvaneció de los rostros de los dorados cuando comprendieron que hablaba en serio.

Trinidad, que era el más joven del grupo, preguntó lo que todos pensaban. ¿Y después? ¿Qué, mi general? ¿Los matamos a todos en misa? No, muchacho, algo mejor que eso. Vila se dirigió al baúl donde guardaba sus documentos y mapas y de ahí sacó una bolsa de cuero llena de monedas de plata. Fierro, tú te vas a Parral con Maclobia.

Consigan instrumentos, sombreros, charros, trajes completos, todo lo que necesite un mariachi de verdad. Trinidad, tú los acompañas. Necesito que aprendas algunas canciones específicas. ¿Cuál es, mi general? Las que se cantan en los funerales. El resto de la mañana se fue en preparativos. Villa estudió con clara cada detalle de la vida en ascensión, la ubicación de la iglesia, las horas de las misas, las costumbres del padre Lázaro, los nombres de sus cómplices.

Clara le dibujó un mapa del pueblo en la tierra, marcando cada casa, cada callejón, cada escape posible. La iglesia está en el centro”, explicó con un palito. El padre vive en la casa cural. Aquí al lado tiene una sirvienta, doña Carmen, que es buena agente, pero le tiene mucho miedo. Los federales mantienen una guarnición pequeña, apenas 10 hombres, pero el sargento es primo del cura.

¿Y el pueblo, ¿cómo está la gente? Clara suspiró. Con miedo, don Francisco. Mucho miedo, pero también con rabia. Lo que pasa es que no saben cómo desahogarse sin que los maten, pues nosotros les vamos a enseñar. Por la tarde, mientras esperaban el regreso de Fierro y los demás, Villa se sentó con Clara bajo el mesquite donde la había conocido.

Le preguntó por su familia, por su vida antes de la tragedia. Supo que había sido maestra en la escuela del pueblo hasta que el padre la echó por enseñarideas peligrosas a los niños. Las ideas peligrosas resultaron ser leer y escribir. Mi padre me decía que las letras eran poder, recordó Clara con una sonrisa triste, que el que sabe leer no se deja engañar tan fácil.

Por eso el padre no quiere que los niños aprendan. ¿Y tú qué quieres hacer cuando todo esto termine? Volver a enseñar, don Francisco, abrir una escuela donde cualquier niño pueda aprender sin importar si sus papás pueden pagar o no. Villa asintió. Esa es la clase de revolución que vale la pena, muchacha. Fierro y su grupo regresaron al anochecer del segundo día, cargados con instrumentos musicales, trajes, charros nuevos y noticias frescas.

habían pasado por ascensión para reconocer el terreno, haciéndose pasar por arrieros que buscaban trabajo. El pueblo está, como dijo Clara, reportó fierro mientras encendía un cigarro. La gente camina con la cabeza agachada, como perros regañados. Pero hay algo más, compadre. El padre no está solo. Villa arqueó las cejas.

¿Cómo que no está solo? Tiene visita. Un gringo alto de traje negro. Llegó hace dos días con una escolta de cuatro hombres armados hasta los dientes. Se hospedó en casa del cura. ¿Escuchaste de qué se trataba? Negocios, algo sobre una mina y unas escrituras. Y Fierro dudó un momento. Clara, perdón por lo que voy a decir, pero ese gringo anda preguntando por muchachas jóvenes.

Dice que las necesita para trabajar en el paso. El rostro de Clara se endureció como piedra. Ese debe ser Patterson, el de la minera. Mi hermano me contó que ya había venido antes. Se lleva a las muchachas con la promesa de trabajo, pero nunca regresan. Villa sintió que la sangre se le subía a la cabeza, pero se obligó a mantener la calma.

El plan tendría que ajustarse, pero la esencia seguía siendo la misma. Mejor, murmuró. Así agarramos dos pájaros de un tiro. Esa noche Villa reunió a todo su grupo alrededor de la fogata más grande del campamento. A la luz de las llamas, repartió los roles que cada uno desempeñaría en ascensión. Fierro se quedaría en las afueras del pueblo con los caballos y las armas, listo para intervenir si algo salía mal.

Los otros cinco entrarían como mariachi y Clara los acompañaría disfrazada de sirvienta contratada para la festividad. “Recuerden,” les dijo, “mientras se probaban los trajes charros. Estamos ahí para demostrar la verdad, no para masacrar. La gente del pueblo necesita ver que la justicia existe, que los poderosos también pueden caer.

Si empezamos a matar a Mansalva, no somos diferentes de los federales. Trinidad, que había estado practicando canciones toda la tarde, levantó la mano. Mi general, ¿y si el cura trata de escapar? Villa sonrió con esa sonrisa peligrosa que ya conocían sus hombres. No va a escapar, muchacho. Para cuando se dé cuenta de lo que está pasando, ya va a ser demasiado tarde.

El sábado por la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a calentar las piedras de ascensión, llegó al pueblo un mariachi de cinco músicos montados en burros cansados. Llevaban trajes charros de buen paño, instrumentos relucientes y la clase de sonrisa que ponen los hombres cuando esperan ganar buenos pesos. La gente los vio llegar sin mayor interés.

Después de todo, era común que llegaran músicos para las fiestas patronales. El líder del grupo, un hombre bigotón de mediana edad, se dirigió directamente a la iglesia para presentarse con el padre. Llevaba un sombrero charro auténtico y caminaba con el paso seguro de quien conoce su oficio. Los demás lo siguieron cargando los instrumentos, saludando cortésmente a quienes se cruzaban en su camino.

“Buenos días, padre”, dijo el bigotón cuando el padre Lázaro salió a recibirlos al atrio de la iglesia. “Somos el mariachi guadalupano de Parral. Venimos para tocar en su festividad.” El padre Lázaro era exactamente como Clara lo había descrito, alto de barba cerrada y ojos fríos que parecían calcular el valor de cada persona que miraba.

Vestía una sotana negra inmaculada y llevaba en el pecho una cruz de oro que brillaba al sol. No los mandé llamar, dijo con voz seca. Perdón, padre, pero sí, su mayordomo, don Crescencio, nos contrató en Parral hace una semana. Aquí tengo el recibo. El bigotón sacó un papel del bolsillo de su chaqueta. Era una falsificación perfecta preparada por Maclovia, que había aprendido el arte de imitar firmas durante sus años de actor.

El padre examinó el documento con suspicacia, pero todo parecía en orden. ¿Cuánto cobraron? 20 pesos, padre. La mitad adelantada, la mitad al terminar. El padre Lázaro frunció el seño. Era una cantidad razonable y conocía a Crescencio lo suficiente como para saber que el viejo mayordomo era capaz de contratar músicos sin consultarlo.

Además, necesitaba que la celebración saliera perfecta. Tenía invitados importantes. Está bien, pero quiero oírlos primero. No voy a pagar por músicos corrientes.Por supuesto, padre. Los cinco hombres se acomodaron en el atrio y comenzaron a tocar. Trinidad tomó la voz principal y entonó una canción religiosa con tal sentimiento que varias mujeres que barrian las casas cercanas se acercaron a escuchar.

Su voz era realmente hermosa, capaz de hacer vibrar las piedras de la iglesia. Los demás lo acompañaron con guitarras, guitarrón y trompeta, creando una armonía que llenó la plaza de música. Cuando terminaron, hasta el padre Lázaro parecía impresionado. Sí, servirán, pero quiero que toquen música alegre durante la procesión y música solemne durante la misa.

Nada de canciones populares vulgares. Lo que usted mande, padre. Mientras hablaban, una muchacha joven se acercó al grupo con timidez. Vestía un vestido sencillo pero limpio y llevaba el cabello recogido bajo un reboso azul. Perdón, padre, dijo con voz temblorosa. Soy Clara, la nueva sirvienta que doña Carmen contrató para ayudar con la fiesta.

El padre la miró de arriba a abajo con ojos que incomodaron a los músicos. Era evidente que estaba evaluando algo más que sus habilidades domésticas. Sí, Carmen me comentó, “Eres de fuera del pueblo, ¿verdad?” “Sí, padre, de un rancho cerca de Parral. Necesito el trabajo.” “Está bien, ve con Carmen. Ella te dirá qué tienes que hacer.

” Clara se alejó con pasos cortos y el bigotón notó que el padre la siguió con la mirada hasta que desapareció en la casa cural. Era exactamente la clase de atención que habían temido. ¿A qué hora quiere que comencemos, padre? La procesión sale a las 5 de la tarde. Ustedes van adelante abriendo camino. Después, durante la misa, se quedan en el coro y en la noche hay cena para los invitados especiales.
También van a tocar ahí invitados especiales, gente importante, un empresario americano y sus socios, gente de dinero que viene a invertir en la región. El bigotón asintió como si le pareciera normal, pero mentalmente tomó nota. Patterson y sus hombres estarían en la cena. Eso complicaba las cosas, pero también las simplificaba.

Tendrían a todos los enemigos en un solo lugar. ¿Hay algún lugar donde podamos descansar y prepararnos? Pueden usar el salón parroquial. Está detrás de la iglesia. Carmen les llevará algo de comer. Los falsos mariachis se instalaron en el salón parroquial. Un cuarto amplio con ventanas altas que daba al patio trasero de la iglesia.
Desde ahí podían ver la casa cural y vigilar los movimientos del padre y sus huéspedes. También podían comunicarse con clara cuando ella saliera a tender ropa o sacar basura. En mediodía, cuando el sol pegaba fuerte y las calles se vaciaban, Clara se las arregló para acercarse al salón con la excusa de llevarles agua fresca. En realidad, venía con información crucial.
El gringo tiene cuatro hombres armados, susurró mientras llenaba los jarros. Dos vigilan la casa, dos están en el hotel. Y hay algo más. Tienen a tres muchachas encerradas en el sótano de la casa cural. Las trajeron anoche. El bigotón sintió que se le crispaban los puños, pero mantuvo la voz calmada.
¿Las viste? No, pero oí llorar y doña Carmen me dijo que no me acercara al sótano. Está muy asustada. Dice que nunca había visto al padre tan nervioso. Y los federales. El sargento anda muy atento. Parece que esperan problemas. Pero no creo que sospechen de ustedes. Todo el pueblo habla de lo bonito que tocan. Efectivamente, durante toda la tarde, los vecinos de ascensión se acercaron al salón parroquial para escuchar ensayar a los músicos.
Era evidente que hacía mucho tiempo que no tenían ocasión de disfrutar algo hermoso y la música les levantaba el ánimo de una manera que conmovía hasta los duros dorados. Una vieja se acercó al bigotón. después de una canción particularmente emotiva. “Oiga, músico”, le dijo con lágrimas en los ojos, “¿No sabe usted alguna canción para los muertos?” “¿Para quién, abuelita?” “Para mi nieto.
Se lo llevaron hace un mes. Dicen que era rebelde, pero yo sé que no. Era un buen muchacho.” El bigotón la miró con ternura infinita. Esta noche, abuelita, esta noche vamos a tocar para todos los que ya no están. A las 5 en punto, cuando las campanas llamaron a procesión, el mariachi guadalupano de Parral tomó su lugar al frente de la columna que recorrería las calles principales de ascensión.
Llevaban la imagen de San Bartolomé, patrón de los curtidores, en andas adornadas con flores y listones. El padre Lázaro marchaba detrás de la imagen, vestido con sus mejores ornamentos, bendiciendo a diestra y siniestra con movimientos mecánicos. Los músicos tocaron con tal sentimiento que la procesión se convirtió en algo verdaderamente emotivo.
La gente cantaba los himnos con voces quebradas por la emoción y por primera vez en mucho tiempo parecían olvidar sus temores. Algunos lloraban abiertamente, liberando penas que habían mantenido guardadas. Pero el bigotón tenía los ojos puestos en otra cosa.Cada vez que la procesión doblaba una esquina, él observaba las posiciones de los federales, los escondites posibles, las rutas de escape.

También notó que dos de los americanos vigilaban desde la ventana de la casa cural y que el tercero se había apostado en la torre de la iglesia con un rifle. Cuando regresaron al templo, ya había oscurecido. Las velas y faroles creaban un ambiente mágico y la iglesia se llenó hasta los rincones. El padre Lázaro subió al púlpito con solemnidad teatral y comenzó un sermón sobre la obediencia y el respeto a la autoridad.
Sus palabras sonaban huecas después de la emotividad de la procesión. Los músicos instalados en el coro tocaron durante toda la ceremonia, pero el bigotón ya no estaba pensando en la música, estaba contando, contando cuánta gente había en la iglesia, cuántos podrían salir heridos si las cosas se ponían feas, cuántos federales vigilaban las puertas.
Cuando terminó la misa, el Padre anunció que habría una cena especial para celebrar las nuevas oportunidades de prosperidad que se abrían para ascensión. Invitó a los principales del pueblo, el comisario, el juez de paz, los comerciantes más prósperos. Los músicos también fueron invitados para amenizar la velada.
Era exactamente lo que habían esperado. La cena se celebró en el salón principal de la casa cural, un espacio amplio decorado con tapices religiosos y muebles de madera oscura que brillaban bajo la luz de varios candelabros. La mesa principal estaba puesta con vajilla fina y copas de cristal que reflejaban las llamas de las velas como pequeños soles.
El padre Lázaro había hecho traer vino de parral. y hasta champán francés para impresionar a sus invitados americanos. Patterson resultó ser un hombre corpulento de unos 50 años con el cabello rubio, cenizo y ojos grises que parecían calcular el valor de todo lo que miraban. vestía un traje negro de corte fino y llevaba un reloj de oro que consultaba constantemente.
Sus tres acompañantes eran tipos duros, evidentemente pistoleros contratados, que se mantenían alerta pese al ambiente festivo. Los invitados locales, el comisario, el juez de paz, dos comerciantes y el sargento de los federales, parecían incómodos en presencia del americano, pero trataban de disimular su nerviosismo bebiendo más vino del que debían.
El padre Lázaro actuaba como anfitrión perfecto, sirviendo copas y haciendo brindis por el progreso y la modernidad que llegaba a ascensión. Los músicos se instalaron en una esquina del salón y tocaron melodías suaves mientras se servía la cena. cabrito asado, mole, tortillas recién hechas y dulces de leche. La conversación fluía en una mezcla de español e inglés con el padre haciendo de intérprete cuando era necesario.

Como les decía, explicaba el padre Lázaro mientras cortaba su carne. La región tiene muchas oportunidades para un hombre visionario como el señor Patterson. Tenemos minas apenas explotadas, tierra fértil y sobre todo mano de obra abundante y barata. Patterson asintió masticando despacio. Disciplinada, añadió en su español tosco pero comprensible.
Eso es lo más importante. Workers que no causan problemas. Exactamente. Aquí la gente sabe cuál es su lugar. Los que no lo sabían ya aprendieron o se fueron. Hubo risas incómodas alrededor de la mesa. El bigotón del mariachi siguió tocando su guitarra, pero sus ojos no perdían detalle de la conversación. En ese momento, Clara entró al salón llevando una jarra de agua fresca.
se movía con discreción, rellenando copas y retirando platos sucios, pero el bigotón notó que temblaba ligeramente. ¿Y qué me dice de Patterson? Bajó la voz y miró significativamente hacia Clara las otras oportunidades que discutimos. El padre Lázaro sonríó con una expresión que heló la sangre del bigotón. Todo arreglado.
Tengo tres muchachas jóvenes, sanas, sin familia, que pregunte por ellas. Se las puedo entregar mañana mismo. ¿Cuánto? $100 cada una. Es un precio justo. Patterson lo pensó un momento. 50. Y solo si me convencen en person. Hecho. Los dos hombres chocaron sus copas mientras el resto de los invitados fingían no haber oído la negociación.
El bigotón sintió que la rabia le subía por la garganta como bilis, pero se obligó a seguir tocando. Aún no era el momento. La cena continuó hasta pasadas las 10 de la noche. Los invitados locales fueron despidiéndose poco a poco hasta que solo quedaron el padre Patterson, sus tres pistoleros y los músicos.
El ambiente se había relajado con el alcohol y las conversaciones se volvían más íntimas y más siniestras. Padre”, dijo Patterson encendiendo un puro cubano, “me han dicho que usted es un hombre que sabe mantener el orden, que tiene métodos efectivos. En 20 años de ministerio he aprendido que a veces hay que ser firme.
La gente de aquí necesita mano dura y la autoridad civil, el gobierno. El padre señaló al sargentode federales que ya estaba bastante ebrio. El sargento Herrera y yo nos entendemos muy bien, ¿verdad, sargento? Lo que diga el padre, balbuceo Herrera. El padre sabe lo que conviene. Patterson asintió con satisfacción.
Era evidente que había encontrado exactamente el tipo de socio que buscaba, alguien con control local absoluto y sin escrúpulos morales. “Entonces podemos hacer negocios a largo plazo”, continuó el americano. “Yo necesito trabajadores para mis minas en Texas, hombres jóvenes, fuertes y también necesito”, hizo una pausa significativa.
Entretenimiento para los capataces. Ya me entiende perfectamente. Aquí hay muchos jóvenes problemáticos que se beneficiarían de un cambio de aire y muchas muchachas que necesitan orientación. En ese momento, el bigotón del mariachi se levantó de su silla. Perdón, padre, dijo con voz calmada.
¿Podríamos tomar un descanso? Hemos estado tocando mucho rato. Por supuesto, vayan al patio a tomar aire. Los cinco músicos salieron al patio trasero de la casa cural. Era una noche estrellada, sin luna, perfecta para lo que tenían planeado. Una vez fuera, el bigotón se quitó el sombrero charro y se dirigió a sus compañeros.
“Ya oyeron todo lo que necesitábamos oír,”, dijo en voz muy baja. “Ahora viene lo que sigue. Trinidad, el más joven, tragó saliva.” “¿Cómo le vamos a hacer, jefe?” Muy simple, regresamos al salón y les tocamos su última canción. En el salón, Patterson y el padre Lázaro seguían conversando sobre sus planes de negocio.
El americano había sacado un mapa de la región y estaba señalando los lugares donde quería establecer sus operaciones. Los pistoleros se habían relajado, uno incluso cabeceaba en su silla. “¡Ah, ya regresaron!”, dijo el padre cuando vio entrar a los músicos. “Tóquenos algo alegre para cerrar la noche.” “Con mucho gusto, padre. respondió el bigotón.
Esta canción se llama La verdad. Los músicos tomaron posición, pero en lugar de la formación habitual se distribuyeron estratégicamente por el salón. Dos cerca de la puerta principal, uno cerca de la ventana, dos cerca de la mesa. Cuando levantaron los instrumentos, no produjeron música, produjeron el sonido inconfundible de armas siendo amartilladas.
Nadie se mueva”, dijo el bigotón con voz que ya no tenía nada de músico. “Esto es un juicio.” Patterson fue el primero en reaccionar llevando la mano hacia su pistola, pero Candelario ya estaba apuntándole con un rifle recortado que había estado escondido dentro del guitarrón. “Ni lo pienses, gringo.” El padre Lázaro se había puesto blanco como papel.
¿Quiénes son ustedes? El bigotón se quitó el sombrero charro y lo dejó sobre la mesa sin el disfraz. Su verdadera identidad era inconfundible. Soy Francisco Villa y estos son mis dorados. Y tú, Lázaro Mendizábal, vas a responder por lo que has hecho. El silencio que siguió fue más pesado que la muerte. El sargento de federales trató de levantarse, pero Trinidad le puso el cañón de su pistola en la frente. Tranquilo, sargento.
Usted también tiene cuentas pendientes. Vila caminó lentamente alrededor de la mesa, estudiando los rostros de los presentes. Patterson trataba de mantener la compostura, pero sudaba copiosamente. El padre había comenzado a temblar. “Clara llamó Vila, sin alzar la voz. La muchacha apareció en la puerta del salón, ya no vestía como sirvienta.
Se había puesto un vestido negro sencillo y llevaba en las manos el papel con la lista de víctimas. “Léeles los nombres”, le dijo Vila. Clara desplegó el papel y comenzó a leer con voz clara y firme. Tomás Mendoza, de 17 años, torturado y asesinado por orden del padre Lázaro Mendisábal el 15 de agosto de 1913, Esperanza Vázquez, viuda, despojada de sus tierras y violada por federales el 2 de septiembre del mismo año.
Petra Morales, de 15 años, desaparecida después de confesarse el 20 de septiembre. La lista continuó. Ocho nombres, ocho historias, ocho vidas destruidas por la avaricia y la crueldad de los hombres que ahora temblaban alrededor de la mesa. Cuando Clara terminó, Vila tomó la palabra. Patterson dijo dirigiéndose al americano, tú viniste aquí a comprar personas como si fueran ganado.
¿Tienes algo que decir? El americano trató de adoptar un tono conciliador. Look, Villa, this is just business. I can pay you whatever you want. No necesito tu dinero, gringo. Lo que necesito es justicia. Villa se dirigió entonces al padre Lázaro. Y tú, desgraciado, que usas la sotana para esconder al demonio que llevas dentro, ¿cómo justificas lo que has hecho? El Padre había recuperado algo de compostura y trató de asumir una actitud digna. Yo soy un servidor de Dios.
Mis actos están guiados por Cállate, rugió Villa y por primera vez en la noche perdió el control. No te atrevas a nombrar a Dios después de lo que has hecho. El silencio volvió a caer sobre el salón. Villa respiró profundamente, recuperando la calma. Cuando volvió ahablar, su voz era fría como hielo. Voy a darte una oportunidad, Lázaro.
Una oportunidad que tú no les diste a tus víctimas. Vas a confesar aquí delante de todos cada uno de tus crímenes. Vas a decir dónde está el dinero que robaste, dónde están las muchachas que vendiste, quiénes son tus cómplices. Si dices la verdad completa, tendrás una muerte rápida. Si mientes, no terminó la frase, pero no hacía falta.
El padre Lázaro miró alrededor del salón buscando alguna forma de escape, pero los dorados tenían todas las salidas cubiertas y sus propios aliados estaban demasiado aterrados para ayudarlo. Yo, yo solo. Comenzó a balbucear. La verdad, gritó Clara y su voz se quebró de dolor. Dime, ¿por qué mataste a mi hermano? El padre la miró y en sus ojos se vio por fin el miedo genuino.
No era personal, susurró. El sargento necesitaba reclutas. Me pagaba por cada uno que le entregara. Tu hermano era joven, fuerte. Y las muchachas Patterson pagaba bien, muy bien. Yo solo, yo solo les conseguía lo que pedían. La confesión continuó durante casi una hora. El padre, quebrado por el miedo, reveló años de crímenes, extorsiones, robos, violaciones, asesinatos.
Implicó al sargento, al juez de paz, a varios comerciantes. Era una red de corrupción que se extendía por toda la región. Cuando terminó, Villa se sentó en una silla y se quedó callado largo rato, procesando todo lo que había escuchado. Clara dijo finalmente, “ve al sótano y libera a esas muchachas. Llévelas a un lugar seguro.
” Clara asintió y salió del salón. Villa se dirigió entonces a los prisioneros. en circunstancias normales, les dijo, “los habría fusilado a todos esta misma noche, pero no vine aquí a hacer una masacre, vine a hacer justicia y la justicia tiene que ser vista por el pueblo.” Se acercó a la ventana y silvó tres veces.
Era la señal que Fierro había estado esperando. Cuando amaneció sobre ascensión, todo el pueblo sabía lo que había pasado en la casa cural. Las noticias habían corrido de casa en casa durante las horas antes del alba, llevadas por las tres muchachas que Clara había liberado del sótano. Sus testimonios confirmaban todo lo que Villa había descubierto y añadían detalles aún más horribles.
Para cuando salió el sol, ya había una multitud reunida en la plaza principal. Hombres y mujeres que habían vivido con miedo durante años, familias que habían perdido hijos y hermanos, viudas despojadas de sus tierras. Todos querían ver con sus propios ojos el final de la pesadilla que había sido el padre Lázaro.
Villa había pasado la noche interrogando al resto de los cómplices. El sargento Herrera, confrontado con las pruebas, había confesado su participación en el tráfico de personas. El juez de paz había revelado cómo falsificaba documentos para despojar a los campesinos de sus tierras. Los comerciantes habían admitido que compraban los bienes robados por el padre.
Al amanecer, Villa salió a la plaza acompañado por sus dorados. Ya no vestían de mariachis, llevaban sus uniformes de campaña y sus armas bien visibles, pero no había amenaza en su actitud. Era evidente que venían como libertadores, no como conquistadores. “Gente de ascensión!”, gritó Villa desde los escalones de la iglesia. Vengan todos hoy van a ver que la justicia no está muerta.
La multitud se agolpó en la plaza. Villa esperó hasta que llegaran incluso los más reacios, aquellos que aún temían que todo fuera una trampa. Cuando estuvo seguro de que todo el pueblo estaba presente, hizo una señal a sus hombres. Trajeron a los prisioneros encadenados. El padre Lázaro ya no llevaba sotana. Lo habían vestido con ropas de preso y su aspecto era lamentable.
Patterson y sus pistoleros también habían perdido toda su arrogancia anterior. El sargento Herrera lloraba abiertamente. Aquí están, anunció Villa, los que durante años los tuvieron viviendo con miedo. Los que robaron a sus hijos, violaron a sus hijas, saquearon sus casas. Un murmullo de rabia comenzó a elevarse de la multitud.
Algunas personas gritaban nombres de seres queridos perdidos. Otras lloraban de impotencia y furia. Villa levantó la mano pidiendo silencio. “Sé que quieren venganza”, continuó. Sé que quieren ver sangre, pero lo que ustedes necesitan venganza, es justicia. Y la justicia tiene que hacerse bien. Clara subió entonces a los escalones, llevando en las manos un libro grande encuadernado en cuero.
En este libro gritó para que todos pudieran oírla. Están escritos todos los crímenes de estos hombres con nombres, fechas, testigos. Todo está documentado. Abrió el libro y comenzó a leer. No la lista de víctimas que había leído la noche anterior, sino algo más completo, un registro detallado de años de abuso, corrupción y crimen.
Había trabajado toda la noche para compilar no solo sus propias notas, sino también las confesiones obtenidas por Villa. Cuando terminó la lectura, Villa se dirigiódirectamente al padre Lázaro. ¿Tienes algo que decir al pueblo al que traicionaste? El ex sacerdote levantó la vista y por un momento pareció que iba a intentar justificarse.
Pero cuando vio los rostros de la multitud, cuando vio el odio y el dolor en los ojos de sus víctimas, se quebró completamente. “Perdón”, murmuró. “Perdón, perdón!”, gritó una voz desde la multitud. Era la vieja que el día anterior había pedido una canción para su nieto muerto. Perdón, ¿por qué? Por matar a mi juito, por vender a mi nieta.
Otras voces se alzaron, acusando, reclamando, exigiendo respuestas. Villa dejó que se desahogaran durante varios minutos antes de restaurar el orden. Ya oyeron! Gritó, estos hombres han confesado sus crímenes ante Dios y ante los hombres. Ahora toca decidir su castigo. Que los maten gritó alguien.
Que los cuelguen gritó otro. Villa negó con la cabeza. Eso sería muy fácil, dijo. Una bala, un lazo y se acabó. Pero estos cabrones no merecen una muerte fácil, merecen algo peor. Se dirigió al padre Lázaro y le quitó las cadenas de las manos. Te voy a dar la misma oportunidad que tú le diste a tus víctimas, le dijo. Puedes irte.
Puedes salir caminando de este pueblo ahora mismo. La multitud se quedó en silencio, confundida. Villa iba a dejar libre al asesino, pero continuó Villa, vas a salir como llegaste, sin nada, sin dinero, sin protección, sin amigos y vas a salir con esto. Sacó de su bolsillo un papel y se lo clavó en el pecho al ex sacerdote con una daga.
Era una lista completa de sus crímenes, escrita en letras grandes y claras. Todos van a saber quién eres. Le dijo, “En cada pueblo al que llegues, en cada camino que tomes, la gente va a leer este papel y va a saber que eres un violador de niñas, un asesino de jóvenes, un traidor de confianzas. Vas a vivir como perro rabioso, escondido, odiado, sin poder descansar nunca.
” Le quitó también las cadenas a Patterson y sus hombres. Ustedes también pueden irse, pero si los vuelvo a ver en México, los mato sin preguntas. Los americanos no esperaron más explicaciones. Salieron del pueblo corriendo, seguidos por las maldiciones y los escupitajos de la gente. El padre Lázaro, en cambio, se quedó paralizado.
La multitud comenzó a acercarse y él retrocedía paso a paso aterrorizado. Villa no intervino, simplemente observaba. Fue doña Carmen, la vieja sirvienta del cura quien se acercó primero sin decir palabra. le escupió en la cara. Después lo hizo la madre del nieto muerto. Después otra mujer y otra y otra.
No lo golpearon, no lo mataron, solo lo marcaron con su desprecio. Cuando la última persona del pueblo hubo expresado su repudio, el ex sacerdote era una figura patética, cubierto de saliva y lágrimas, temblando como animal herido. “Vete”, le dijo Villa, “vete y no regreses nunca.” Lázaro comenzó a caminar hacia la salida del pueblo y nadie lo detuvo.
Pero tampoco nadie lo siguió. Quedó solo, completamente solo, para enfrentar el resto de su vida cargando el peso de sus crímenes. El sargento Herrera y los demás cómplices fueron despojados de sus rangos y propiedades que Villa ordenó distribuir entre las familias de las víctimas. También fueron desterrados, pero con la advertencia de que si regresaban no habría segunda oportunidad.
Cuando todo terminó, Villa se dirigió por última vez al pueblo reunido. La justicia no siempre viene con sangre, les dijo, a veces viene con verdad. Ustedes ahora saben la verdad. saben quiénes eran sus enemigos y saben que esos enemigos ya no tienen poder sobre ustedes. Pero también saben que ustedes permitieron que esto pasara.
Saben que miraron hacia otro lado cuando podían haber actuado. Sus palabras no eran una acusación, sino una invitación a la reflexión. No dejen que vuelva a pasar, continuó. No permitan que otros aprovechen su miedo para lastimarlos. Ustedes son más fuertes de lo que creen. Lo demostraron hoy. Clara se acercó a Villa cuando ya se preparaba para partir.
¿Qué va a pasar ahora, don Francisco? Ahora tú vas a abrir esa escuela que querías, le respondió con una sonrisa. Y vas a enseñarles a los niños a leer para que nadie los pueda engañar otra vez. Y el padre cree que va a sobrevivir. Villa se encogió de hombros. Eso ya no importa. Lo importante es que ya no puede lastimar a nadie más y que todos saben quién era realmente.
Antes de montar su caballo, Villa entró una última vez a la iglesia. La encontró vacía y silenciosa, con las velas apagadas y el aire cargado de incienso rancio. Se acercó al altar mayor y se persignó. Perdón, Señor”, murmuró, “por haber tenido que profanar tu casa, pero creo que entiendes por qué era necesario.
” Salió de la iglesia y montó su caballo. Sus dorados ya lo esperaban, listos para partir hacia otras batallas, otras injusticias que corregir. Pero cuando ya se alejaban del pueblo, Villa se volvió una última vez. En la plaza la gente había comenzado alimpiar los restos de la confrontación, pero más importante aún se habían agrupado en pequeños círculos hablando, intercambiando historias, planificando el futuro.
Por primera vez en años no miraban hacia el suelo, miraban hacia adelante. Clara había abierto las puertas de la iglesia de par en par y un grupo de niños jugaba en el atrio. Sus risas llegaban hasta donde villa se alejaba, llevadas por el viento del desierto. Fierro se acercó al galope hasta ponerse a la par de su general. “¿Cree que hicimos lo correcto, compadre, dejar vivo a ese cabrón?” Villa reflexionó un momento antes de responder.
A veces, fierro, vivir es peor castigo que morir. Ese hombre va a cargar para siempre el peso de lo que hizo. Y donde quiera que vaya, la gente va a saber quién es. Eso es peor que una bala. Siguieron cabalgando en silencio mientras el sol se alzaba sobre las montañas de Chihuahua. A sus espaldas, Ascensión despertaba a una nueva vida, libre del miedo que la había dominado durante años.
Esa noche, cuando acamparon junto a un arroyo cristalino, Villa se sentó junto al fuego a escribir en su diario. Por primera vez en mucho tiempo, no escribía sobre batallas ganadas o enemigos derrotados. escribía sobre justicia, sobre verdad, sobre la fuerza que tiene un pueblo cuando decide dejar de tener miedo. Hoy aprendí, escribió con su letra cuidadosa, que no todos los demonios se matan con balas, algunos se matan con luz, y que la justicia más verdadera no es la que viene de arriba, sino la que nace del corazón de la gente que decide
no permitir más abusos. cerró el diario y se quedó contemplando las estrellas. En algún lugar de ese mismo cielo, las almas de Tomás, de Petra, de todos los que habían muerto por la avaricia y la crueldad, podían por fin descansar en paz. Y en ascensión, los niños dormían sin pesadillas por primera vez en mucho tiempo, sabiendo que los monstruos que antes los acechaban ya no tenían poder sobre ellos.
La revolución villa lo sabía, no solo se peleaba con rifles y caballos, también se peleaba con verdad, con justicia, con la fuerza de un pueblo que decide escribir su propio destino. Y esa tal vez era la victoria más importante de todas. Yeah.