En 1982 padre desaparece en Oaxaca; en 2025 hallan su sotana colgada en una iglesia sellada

En las montañas verdes y neblinosas de la sierra norte de Oaxaca, donde los caminos se pierden entre pinos y nubes, la llegada del padre Miguel Hernández Solís en marzo de 1981 fue todo un acontecimiento. Los viejos de Yalalac aún recuerdan esa tarde: el hombre alto, de paso tranquilo, con una sonrisa sincera y una maleta de cuero desgastada bajando del camión, saludando en un español pausado y, para sorpresa de todos, soltando algunas palabras en zapoteco.
—Bidxa lidxe. Buenas tardes —dijo, inclinando la cabeza ante doña Carmen, la sacristana, que lo esperaba junto al portón de la iglesia.
—¡Padre, ya lo esperábamos! —respondió ella, curiosa—. ¿De veras quiere quedarse aquí, tan lejos de la ciudad?
—Por eso mismo vine, doña Carmen. Aquí se aprende lo que no enseñan en los libros.
Miguel no era un sacerdote común. Venía de la Ciudad de México, pero había estudiado antropología social en la UNAM antes de ordenarse. Su sueño era servir en comunidades indígenas, aprender sus lenguas y costumbres, y construir puentes entre la fe y la cultura ancestral. Desde el primer domingo, celebró misas bilingües, mezclando cánticos en zapoteco y español, usando copal en vez de incienso y permitiendo que las mujeres mayores llevaran flores al altar, como dictaba la tradición.
Se instaló solo en la casa parroquial, una construcción de adobe anexa a la iglesia de San Pedro Apóstol, cuyos muros del siglo X olían a humedad y a siglos de historia. Cada mañana, a las seis, desayunaba café negro y tortillas recién hechas por doña Carmen. Luego, la primera misa, a la que asistían sobre todo ancianos y mujeres que después iban al mercado.
—Padre, ¿quiere más café? —preguntaba doña Carmen, llenándole la taza.
—Gracias, doña Carmen. El café aquí sabe a montaña y a esperanza.
Por las tardes, Miguel recorría el pueblo, visitando enfermos, mediando en pleitos familiares o leyendo en su biblioteca personal, llena de libros de historia oaxaqueña, antropología y textos en zapoteco.
Los martes y viernes, Miguel caminaba hasta las comunidades más alejadas: Santa María Yahüiche, San Juan Juquila, Vijanos. Iba solo, con su mochila de cuero, una botella de agua, tortillas envueltas en servilleta y su breviario. Prefería pantalón negro y suéter gris —tejido por doña Carmen—, dejando la sotana colgada en el armario para las misas grandes.
—Padre, ¿no le da miedo andar solo por esos cerros? —le preguntó un día Esteban, el catequista de San Juan Juquila.
—El miedo es para el que no confía. Además, la montaña cuida a quien la respeta.
Miguel se ganó el cariño y el respeto de todos. No juzgaba, escuchaba. Sabía cuándo callar y cuándo aconsejar. En las fiestas patronales, bailaba con los niños, reía con los viejos y bebía mezcal sin perder la compostura.
Pero el martes 15 de noviembre de 1982, todo cambió.
Aquel día, el clima estaba inusualmente frío. Desde el amanecer, nubes grises cubrían las montañas y un viento helado barría las veredas. Varios vecinos le sugirieron posponer su viaje a San Juan Juquila.
—Padre, mejor váyase mañana. Va a llover fuerte —advirtió don Aurelio, el ayudante de la iglesia.
—No puedo, Aurelio. Le prometí a don Matías que lo confesaría hoy. La palabra empeñada no se rompe.
A las dos de la tarde, Miguel emprendió el camino. Saludó a los que encontró, levantando la mano como siempre. Esa fue la última vez que alguien lo vio.
En San Juan Juquila lo esperaron hasta las siete de la noche. Don Esteban organizó una búsqueda con linternas y antorchas de ocote. La lluvia comenzó a caer, dificultando la tarea.
—¡Padre Miguel! ¡Padre! —gritaban entre la neblina y el lodo.
Nada. Solo el rumor del agua y el viento.
Al día siguiente, doña Carmen notó que Miguel no regresó para la misa matutina. Alarmada, avisó al comisario municipal. Pronto, hombres de cinco comunidades rastrearon cada vereda, cada barranca, cada cueva. Solo encontraron su mochila, medio enterrada bajo hojas húmedas junto a un arroyo crecido. Dentro, el breviario empapado, los implementos litúrgicos intactos, pero faltaban las tortillas y la botella de agua. No había sangre ni signos de lucha. El terreno arcilloso, reblandecido por la lluvia, no conservó huellas.
Las autoridades de Xtlá de Juárez enviaron a los agentes Rodríguez y Martínez. Interrogaron a todos, revisaron la casa parroquial, tomaron declaraciones.
—¿Algún enemigo? ¿Problemas recientes? —preguntó el agente Rodríguez.
—Nadie, señor. El padre era querido por todos —respondió doña Carmen.
Las conclusiones oficiales fueron vagas: posible accidente, ataque de animal, desorientación. El obispo Bartolomé Carrasco llegó una semana después, celebró una misa por el alma de Miguel y dejó instrucciones de mantener la casa parroquial como él la había dejado.
Los meses pasaron. La familia de Miguel en la Ciudad de México contrató a Adolfo Vera, detective privado. Vera entrevistó a todos, revisó hospitales, exploró tres hipótesis: accidente, huida voluntaria, asesinato. Pero nada encajaba. Miguel no había retirado dinero, no dejó cartas, sus cosas seguían intactas. La investigación se estancó.
La parroquia permaneció vacante dos años. En 1985, llegó el padre José Luis Mendoza, menos aventurero, que evitaba las caminatas largas. Poco a poco, las visitas a las comunidades alejadas cesaron.
El tiempo hizo su trabajo. Los viejos contaban historias del padre Miguel: su risa, su paciencia, su zapoteco imperfecto pero valiente. Los jóvenes solo sabían de él por relatos de sus padres.
En 1998, un sismo dañó la iglesia de San Pedro Apóstol. El techo se derrumbó parcialmente, los muros se agrietaron. La iglesia fue sellada, solo se permitían inspecciones técnicas. La casa parroquial quedó abandonada.
Los trabajos de restauración comenzaron en 2004, pero se suspendieron varias veces por falta de fondos. La iglesia se volvió una ruina hermosa, inaccesible, protegida por el INAH como patrimonio histórico.
Hasta enero de 2025, cuando la diócesis obtuvo presupuesto completo para restaurarla. El 14 de febrero, el ingeniero Antonio Ramírez y su equipo entraron a la iglesia por primera vez en siete años. El polvo, las hojas secas y el olor a humedad llenaban el aire.
Mientras inspeccionaban la sacristía, el albañil Crescencio López notó algo extraño detrás del armario de madera antigua. El mueble había sido movido por los sismos, dejando visible un espacio oculto. Colgada de un gancho, protegida por la sombra, estaba una sotana negra perfectamente conservada.
—Ingeniero, venga a ver esto —llamó Crescencio.
Ramírez reconoció la importancia del hallazgo. La sotana estaba impecable, sin olor a humedad. En el bolsillo interior, una carta fechada el 15 de noviembre de 1982, dirigida al obispo Bartolomé Carrasco.
“Excelentísima:
Por razones que no puedo explicar completamente, he decidido dejar el ministerio sacerdotal. No se trata de una crisis de fe, sino de circunstancias personales que me obligan a tomar esta decisión. Les ruego no me busquen. Encontrarán esta carta cuando sea el momento apropiado. Que Dios los bendiga.
Miguel Hernández Solís.”
El ingeniero notificó al párroco actual, quien informó al obispo. Las autoridades civiles abrieron una nueva investigación. El detective Carlos Mendoza, especialista en casos fríos, tomó el caso.
—¿Cómo llegó la sotana aquí, en una iglesia sellada desde 1998? —preguntó Mendoza.
Solo cuatro personas tenían llaves oficiales: el párroco Mendoza (fallecido en 2019), el comisario municipal, el representante del INAH y el obispo. Todos fueron interrogados.
El análisis forense confirmó que la carta y la tinta eran de 1982. La letra coincidía con la de Miguel.
La clave llegó con el testimonio de don Aurelio Contreras, de 83 años, quien había sido ayudante del padre Miguel. Aurelio, nervioso, confesó:
—Esa noche, el padre Miguel regresó después de la medianoche. Estaba muy alterado. Me pidió ayuda para desaparecer. Me dio la sotana y la carta, y me pidió que las escondiera en la iglesia. Me dijo que todos debían creer que había muerto. No me explicó los motivos, solo que era necesario.
—¿Y qué hizo usted? —preguntó Mendoza.
—En 2012, cuando trabajé en la restauración, aproveché para colgar la sotana donde nadie la vería. El padre me dijo que, cuando llegara el momento, la verdad saldría a la luz.
Según Aurelio, Miguel partió esa madrugada hacia el sur, posiblemente rumbo a Guatemala, con una muda de ropa civil y unos pocos ahorros.
La fiscalía intentó rastrear su destino, pero los registros de los años 80 en Centroamérica eran precarios. Nadie pudo confirmar si Miguel vivió como maestro rural en Guatemala, Honduras o El Salvador, como había insinuado.
El caso fue cerrado oficialmente como desaparición voluntaria.
La noticia sacudió a Yalalac. Algunos se sintieron traicionados.
—¿Por qué se fue así, sin decir nada? —preguntaba doña Carmen, con lágrimas en los ojos.
Otros lo comprendieron.
—Si tomó esa decisión, debió ser por algo muy fuerte. El padre Miguel no era cobarde —dijo Esteban, el catequista.
La mayoría agradeció conocer la verdad.
En diciembre de 2025, la iglesia de San Pedro Apóstol fue finalmente restaurada y reabierta al culto. En la sacristía, una placa de mármol recuerda al padre Miguel Hernández Solís, “quien sirvió a esta comunidad con dedicación y caridad cristiana”.
En la misa de reapertura, el obispo leyó la carta de Miguel ante la comunidad.
—Hermanos, a veces el corazón humano guarda misterios que ni la fe ni la razón pueden explicar. Honremos la memoria del padre Miguel, su entrega y su humanidad, y sigamos adelante como él nos enseñó: con humildad y compasión.
Doña Carmen, ya anciana, encendió una vela y la puso al pie del altar.
—Donde esté, padre, que Dios lo acompañe —susurró.
La iglesia volvió a llenarse de vida, de rezos, de música y de esperanza. Yalalac no olvidó a su pastor. La historia de Miguel quedó grabada en la memoria colectiva, entre la niebla y los caminos de la sierra, como una lección de misterio, libertad y compasión.