República Dominicana. Santo Domingo, “Yo no necesito el dinero de nadie. Eso no me va a devolver a mi papá. Pero alguien tiene que responder por tantas vidas.” La frase retumbó como una sentencia en boca de Zulinca Pérez, hija del ícono del merengue Rubby Pérez, al confirmar que interpondrá una demanda formal contra los dueños de la discoteca Jet Set, tras el colapso de su techo la madrugada del pasado 8 de abril, que dejó más de 200 víctimas y un país hundido en duelo.

Esa noche, Rubby tomó el escenario en lugar de su hija. Ella debía cantar, pero una cirugía reciente la obligó a cederle el micrófono. “Yo le dije: papi, no puedo cantar. Y él, como siempre, me dijo: tranquila, yo lo hago por ti.” Lo que nadie imaginó fue que esa decisión sellaría su destino. Mientras interpretaba “Color de rosa”, el techo del local cedió, sepultando entre escombros al hombre que durante más de cinco décadas fue la voz más alta del merengue.
“Vi cómo cayó el muro y lo aplastó. Lo vi. No me lo contaron. Yo estaba ahí, gritando que sacaran a mi papá. Y nadie me respondía.”, relató Zulinca entre sollozos, describiendo la escena con la claridad de quien aún no ha despertado del horror vivido.
A pesar del dolor, su testimonio se convirtió en una denuncia valiente. Reveló que la salida de emergencia estaba cerrada, lo que impidió la evacuación inmediata. “Los músicos comenzaron a dar golpes, desesperados. Alguien del otro lado escuchó y abrió. Si no, estaríamos contando más tragedias.” Su esposo, corista de la orquesta y padre de su hijo, quedó parcialmente atrapado bajo una viga. Fue él quien la empujó hacia la salida. “Sal por el niño, corre. Eso me dijo. Me salvó la vida.”
Más allá del sufrimiento personal, Zulinca dejó claro que su familia se mantendrá firme en buscar justicia. “Claro que vamos a demandar. Y no es por dinero. Es porque hubo negligencia. Lo que pasó no fue un accidente, fue una consecuencia de errores humanos.”

Cuando se le preguntó a quién considera responsable, su respuesta no titubeó: “Antonio Espaillat. Él es el dueño. Él tiene que responder. Le tengo cariño, sí. Pero esto es más grande que un afecto. Es una obligación moral y legal.”
La familia Pérez no ha recibido ni una llamada de parte del empresario. “Él sabe cómo encontrarme. No ha dado la cara. Ni a mí, ni a nadie.” Esa ausencia de respuesta solo ha avivado el enojo de las familias, que comienzan a unirse para organizar lo que podría convertirse en una demanda colectiva por daños y omisiones.
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