El sendero, olvidado por los pies y por el tiempo, se abría como una herida antigua entre los árboles cargados de musgo. El aire olía a tierra húmeda y hojas rotas. Solo el crujido tenue de un pájaro cortaba el silencio espeso. Doña Bárbara, una mujer mayor de paso pausado y ojos que aún sabían asombrarse, avanzaba por allí esa tarde sin sospechar que, a unos metros, el bosque guardaba un secreto a punto de estallar en su vida.

Lo vio. Un bulto primero. Un niño después. Un cuerpo pequeño, abandonado como una promesa rota, tendido en el suelo con la espalda apoyada contra el tronco grueso de un árbol tapizado de musgo. La luz que se filtraba por el follaje se detenía en su rostro sucio, en las marcas violáceas de una golpiza brutal. Bárbara sintió el corazón golpearle en la garganta. “Dios mío, mi niño, ¿estás vivo? ¿Qué te pasó?”, dijo, arrodillándose a su lado, con las manos temblorosas y la respiración en punzadas.

El bosque pareció vaciarse de aire. El miedo se le subió a los hombros. No sabía si correr a buscar señal, gritar ayuda, cargar al muchacho con sus fuerzas de anciana, o rezar para no encontrar a los monstruos que habían dejado ese rastro de violencia. Cerca de su mejilla, el niño gimió apenas, con los labios partidos. Entonces, una voz de hilo, rota de dolor, brotó de esa boca seca: “Escóndete… él todavía está por aquí… escóndete…”. El alivio por saberlo vivo se heló al instante en su sangre. Si el agresor seguía allí, ella también estaba en peligro. Pero si huía y lo dejaba, quizá el niño moriría.

“Dios mío, ¿qué hago ahora?”, susurró. El pequeño alzó la mano con un esfuerzo inmenso, señalando un punto entre los árboles. La advertencia vibró en el aire como un presagio, y el bosque respondió con el inconfundible sonido de hojas pisadas. Voces. Pasos pesados, arrastrados, más de una persona atravesando la vegetación. Escóndete. Bárbara no pensó más. Se inclinó sobre el niño: “No te muevas, intenta quedarte quietecito. Ya vuelvo. Perdóname”. Se deslizó hasta una roca grande y se apretó detrás de ella, tapándose la boca para contener la respiración.

En segundos, dos voces masculinas llenaron el aire con murmullos roncos. Entre esos ecos hubo una palabra que cortó la niebla: “David”. A través de una hendidura de la roca, Bárbara los vio. Manos duras levantaron al muchacho. Lo cargaron como si fuera un bulto, y se lo llevaron. Por un instante las voces se apagaron y luego volvieron, arrastradas, como si arrastraran algo más. Siguió el sudor frío hasta que los pasos se disiparon. Salió al sendero; las ramas quebradas y las huellas confirmaban que no era un sueño. “Señor, ¿y ahora qué hago?”, murmuró, sin saber si seguir los rastros, volver al pueblo o buscar señal en esa geografía traicionera.

Entonces recordó el gesto débil del niño: la dirección señalada. El plan se encendió como una chispa: seguir hacia dónde apuntó David, avisar a la policía y llevarlos directo. Decidida, se internó con cautela, midiendo cada paso, ojos clavados en el suelo cubierto de hojas, escuchando el canto distante de un pájaro como si fuese un reloj que contara el tiempo de un corazón ajeno.

 

Metros más adelante, David colgaba del hombro de un hombre alto y embarrado. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Miró hacia atrás, hacia donde había visto a la mujer, y dejó escapar un “Ayúdame” que el viento casi se tragó. Después, la oscuridad: su conciencia quebrándose como vidrio.

Cuando volvió a abrir los ojos, lo imposible tomó forma. No había dolor. No había sangre. Estaba acostado en una cama suave, sábanas de colores, posters de superhéroes en las paredes, estantes desbordados de historietas. Su cuarto. Su cuarto de antes. “Esto es imposible”, murmuró. Alejandra —su madrastra— había destrozado todo. Lo recordaba con una rabia antigua: arrancó los pósters, vendió su colección rara. Sin embargo, ahora todo estaba ahí. La puerta se abrió y su corazón se detuvo: otro David entró, idéntico a él, con la camiseta del héroe loto oriental que Alejandra le había tirado a la basura. David dio un paso atrás. ¿Cómo podía estar frente a sí mismo?

Como un eco, la voz de su padre invadió la sala: la historia del bisabuelo que cayó en un pozo y, entre la vida y la muerte, se vio a sí mismo jugar. “¿Entonces… estoy muriendo?”, gritó. El otro David, el del pasado, no lo oyó. Y fue entonces cuando el destino, vestido de memoria, trajo a Alejandra como un trueno. Entró empujando la puerta, aletas de la nariz abiertas, rabia en cada gesto. “Así que aquí estás, cochino.” La escena brotó con una crueldad minuciosa: la humillación por no llevar traje al cumpleaños; la rabia porque su padre le permitió usar su camiseta favorita; la amenaza fría, calculada: “Hay cosas peores que puedo hacerte sin ensuciarme las manos.” Y entonces la devastación: pósters arrancados, revistas rasgadas con delectación, juguetes dispersados como basura. “Somos una familia de clase, David. Se acabaron las historietas, los videojuegos y esas convenciones estúpidas.” El niño del pasado sollozaba en el suelo; el David “fantasma” no podía llorar: sus lágrimas se habían secado en algún lugar de la memoria. Ambos, con la misma rabia muda, prometieron al mismo tiempo: esa bruja lo pagará.

La escena se deformó como agua al hervir. El despacho del padre apareció. Alejandra cruzó la habitación atravesando el cuerpo incorpóreo de David como si fuese aire. Todo era una sucesión de recuerdos: el closet, el niño escondido entre la ropa, el celular en la mano —el de Alejandra— buscando pruebas para su padre. El chirrido de la puerta, los pasos, la mujer tarareando y jugando con los ganchos de ropa. Y entonces, el interrogatorio vil, las orejas retorcidas, las acusaciones que se derrumbaban cuando la caja estaba, de hecho, en su lugar. La voz de Roberto cortó la escena: “¿Qué es todo este alboroto?” Alejandra, de inmediato, máscara de seda. David, con la dignidad dolorida, dijo la verdad. El padre encontró el cómic escondido detrás de las cajas. Miradas que pesan. Y la decisión: “David, toma tu cómic y ve a tu cuarto. Necesito hablar con Alejandra a solas.” Fue un error, intuía el David fuera del tiempo, justo antes de que un relámpago lo arrancara de allí.

Abrió los ojos a una linterna: su tío Antonio inclinado sobre él. “Está vivo, solo muy herido”, decía a alguien fuera de su campo de visión. Voces como a través de un túnel. Su padre, atado a una silla, lágrimas sin rasguños, un paño sofocándole la boca. La bofetada de Antonio rebotó dentro de la niebla. “Cállate o te arranco los dientes.” “Se acabó…”, murmuró David, aceptando con una media sonrisa que sabía a rendición. Más voces. Decisiones urgentes: “Si los encontraron… hay que deshacerse…”. La bolsa negra sobre la cabeza, el arrastre, una puerta que golpea, metal que tintinea, el pinchazo de una inyección que arde como fuego líquido. Y, de pronto, una voz grave y familiar pegada a su aliento: “Hijo, va a estar todo bien. Te voy a sacar de aquí”. La bolsa se alzó. Roberto ante él, ojos ardiendo en silencio, una mesa con herramientas a un lado. “¿Qué le hicieron a mi hijo?”, exigió. Antonio, con esa calma que donan los cobardes, respondió: “Nada del otro mundo. Está anestesiado para evitar problemas.”

Afuera, el bosque seguía siendo bosque. Pero para Bárbara, cada árbol era un guardia hostil. Siguiendo la dirección señalada por el niño, alcanzó una cabaña. Vio coches estacionados. La duda le serruchó el valor: si llamaba a la policía y se equivocaba, nadie la creería después. Necesitaba una prueba. Se escurrió hasta una ventana, alzó el celular con manos trémulas, la cámara abierta, la respiración contenida. Una foto bastaría. Pero una mano desde dentro atrapó el teléfono como una trampa. “¿Qué es esto?”, gruñó una voz. Bárbara corrió. Las hojas le azotaban el rostro. Los pasos detrás. La mano que la sujetó con violencia. “Suéltame o llamo a la policía.” Se giró, alzó la mano y descargó una bofetada desesperada. Cuando enfocó, el golpe fue de realidad: quien la detenía era un policía. “Vienes conmigo”, dijo el hombre —Silva— sin emoción. La esposó y la arrastró hacia un coche negro de vidrios polarizados.

Entonces la puerta de la cabaña se abrió de golpe. Antonio apareció arrastrando a David, flácido, con la mirada en sombras. “¿Quién es esta, Silva?”, ladró. “Alguna entrometida que tu sobrino trajo hasta aquí”, respondió el policía, arrojando a Bárbara al suelo. David miró a la anciana y el mundo se le desdobló: su cabello blanco se alargó, rubio bajo la luz, las arrugas se suavizaron, y por un instante el vestido claro de su madre —Marta— ondeó donde debía estar una mujer cualquiera. “Estoy alucinando”, pensó. La tierra tembló. El aire se deshizo en colores aguados. Y la oscuridad se lo tragó de nuevo.

Regresó a un lugar sin dolor, sin miedo, con un lago de cristal y una luz dorada que no era de este mundo. Marta estaba allí, viva, con ojos anegados. “Querido, ¿estás bien?” Él lloró sin saber por qué. Un hombre alto, rostro velado por luz, habló con una voz que llenaba las ausencias: “No llores, Marta. Él no pertenece aquí. Solo está de paso.” Y a David: “Aún tienes mucho por hacer. Mucho por recordar, a muchos a quienes salvar, y algo que decirle a tu padre.” Como un péndulo, el tiempo lo devolvió a otra escena: el día en que su madre, pálida y agotada, le regaló su cómic favorito. La despedida que no entendió a los siete años. Alejandra al lado, impasible. El eco de un destino que ya trabajaba en lo oculto.

El despacho de Roberto volvió: la falsa disculpa de Alejandra, el viaje a la reserva forestal como bálsamo prometido. David quiso gritar que no, que esa salida era una trampa. Pero el recuerdo lo ató a sus propias palabras de entonces: “Creo que será excelente. Voy a preparar mis cosas.” Comprendió con brutal claridad: no podía cambiar el pasado. Solo mirarlo, aprender de él. Otro destello. La cabaña, las maletas, la patrulla que llegaba lenta, el oficial Silva bajando con el arma desenfundada. La orden seca, el disparo al suelo, la nuca de su padre golpeada por algo duro, la caída. La mano de Alejandra apretándole el brazo y la bofetada marcando territorio. Sus piernas, petrificadas, negándose a huir. ¿Para qué me muestran esto?, se preguntó a punto de quebrarse, hasta que vio —esta vez sí— el detalle que lo cambiaría todo: Silva usando la radio de la patrulla antes de someter a su padre. La radio. El canal abierto al mundo. La posibilidad de romper el cerco.

Entonces el tiempo se congeló. El viento detenido, el polvo suspendido, las hojas paralizadas en el aire. Solo él podía moverse. A su espalda, Marta posó una mano cálida en su hombro. “Recuerda, hijo: los desastres no derriban a la gente buena; la fortalecen. Ninguna maldad queda impune, ningún sufrimiento sin recompensa. Nunca voy a abandonarte.” El hombre en luz añadió, profundo: “Ahora sabes lo que debes hacer y a quién decírselo. Ve. Salva a tu padre. Honra a tu familia.” El sueño lo cerró con suavidad. Tres palabras latían como un tambor cuando volvió a abrir los ojos en el barro: Necesito la radio.

 

Despertó otra vez en el borde de la cabaña. El dolor había cedido su trono a una lucidez ardiente. Antonio venía hacia él, la furia desfigurando su rostro; Silva forcejeaba con Bárbara en el suelo; la patrulla relucía a pocos metros con su promesa de ayuda al mundo. David se puso de pie de un salto que su cuerpo, minutos atrás anestesiado, jamás habría permitido. Corrió.

“¡Silva, detén a ese mocoso!”, rugió Antonio. David no miró atrás. “¡Señora, la radio!”, gritó con toda la voz que tenía. Bárbara, todavía desequilibrada, entendió en un segundo de coraje puro. Se lanzó contra el policía y lo tumbó con su propio peso. Las llaves cayeron del cinturón de Silva. David las agarró al vuelo, abrió la puerta de la patrulla, se encerró y tomó el micrófono con manos sudorosas. Estática. Un zumbido. “Cambio, patrulla 43, ¿ocurre algún problema?” Una voz. Un hilo a la vida.

“Lago Mid Bailey, zona este, cabaña número seis, situación de secuestro y cautiverio. Por favor, envíen ayuda.” “Repita, por favor”, dijeron al otro lado, pero ya no hubo tiempo. La ventana lateral estalló. La mano de Antonio lo sacó del cuello de la camisa como si fuera un muñeco. El vidrio le mordió la piel. Cayó. El mundo giró una vez más.

Bárbara vio cómo arrastraban al niño. El miedo quiso romperle las piernas, pero ya era tarde para temblar. Tanteó el cinturón de Silva y arrancó la pistola con un tirón. “¡Quietos!”, gritó, la voz más grande que su cuerpo. “Será mejor que se queden donde están hasta que llegue la ayuda.” Silva se rió: “Esa arma tiene el seguro puesto, vieja.” Avanzó. Ella retrocedió, tropezó, cayó. El policía se le echó encima. El arma quedó atrapada entre los dos, bailando el filo de lo irreversible.

Entonces voló una silla. Se estrelló contra la espalda de Silva. El golpe lo lanzó a un lado. Bárbara levantó la vista sin aliento: “¿Quién es usted?” “El padre de David”, dijo Roberto, con la dignidad hecha polvo y sangre en la comisura de los labios. Le tendió la mano, tomó el arma, quitó el seguro con un gesto preciso, y apuntó. “¿Qué te pasa, Antonio? ¿Por qué hiciste esto con tu propio sobrino? ¿Con tu hermano?” El silencio se espesó. Antonio vaciló, sudoroso, la mentira atragantada. Y huyó. Se arrojó dentro del coche, arrancó en una nube de polvo. Roberto lo siguió con la mirada un segundo, pero su hijo tirado en el suelo era el presente que importaba.

Lo alzó en brazos, con esa fuerza que da el amor desesperado. Bárbara abrió el coche de Roberto. “Sostenga su cabeza, por favor”, pidió él. El motor rugió. El camino de tierra golpeaba el chasis. “Aguanta, hijo”, repetía Roberto, como si las palabras fueran un hilo que ataba la vida de David a la suya. Bárbara le acariciaba el rostro: “Quédate conmigo, querido, quédate conmigo.” El cuerpo pequeño convulsionó; la ambulancia apareció como una promesa al final de un desierto.

Frenazo. Polvo. Sirenas. Pero la justicia tiene manos torpes cuando la corrupción la guía. Un arma se alzó. “¡Al suelo!” Roberto obedeció, confundido. Bárbara gritó: “¡El niño se muere!” La escena se torció en absurdo. Antonio —ya de vuelta, con Alejandra— pretendió indignación: “¡Arresten a esos dos! Torturaron a mi sobrino.” Silva señaló y repitió la farsa. Por un instante, el mundo pareció inclinarse hacia el lado de los culpables.

Entonces un susurro pequeño, un hilo de voz desde el asiento trasero, fisuró el teatro: “Fue mi tío… mi tío y Alejandra.” Bastó. Los paramédicos se movieron más rápido. Un oficial disparó al suelo ante Antonio: “¡Quietos!” Las esposas cayeron de las muñecas de Bárbara. La verdad, tozuda, empezó a tomar forma con camillas, oxígeno y miradas que por fin dudaban de los lobos disfrazados de oveja.

Horas después, el hospital era un santuario de luz blanca y máquinas que respiraban por quien debía aprender a hacerlo otra vez. David abrió los ojos. Vio a su padre y a la mujer del sendero de pie, tomados de la mano, dos manos que la desgracia había presentado. “Papá… señora… ¿qué pasó?” Roberto quiso abrazarlo, pero Bárbara le recordó con dulzura la orden del médico. Él apretó la mano de su hijo: “Gracias a ti, la policía nos encontró. Si hubieran tardado un poco más…” Fue un milagro, dijo, y la palabra no sonó exagerada.

 

Seis semanas después, el mundo quiso mirar. Cámaras, focos, micrófonos; un tribunal lleno para escuchar a un niño. David entró con muletas, flaco de cuerpo pero ancho de espíritu. En el estrado contó su calvario sin adornos: el golpe seco en su padre, la bofetada de Alejandra, las cuerdas, la silla, la habitación cerrada, los cinco días de comida racionada y golpes medidos con el odio de quien no mancha sus manos: palos, cinturones, cualquier cosa. Y el chantaje al padre por un documento que nunca supo qué decía, pero que olía a traición. Admitió que Silva dejó la puerta entreabierta; que aprovechó para huir y que, herido, se desplomó en el bosque ante Bárbara. Que después hubo una inyección y, aún así, logró entrar a la patrulla y pedir ayuda por la radio.

La sala contuvo el aliento. La fiscalía llevó pruebas: registros de radio, objetos, huellas. Antonio, acorralado por evidencias y por la parte de sí que aún no estaba podrida, confesó: el plan era de Alejandra. No nació del enojo de una tarde, sino de una ambición antigua: que Roberto firmara un testamento falso para transferir bienes y dinero a su nombre. Desde antes del matrimonio, cuando aún era amiga de Marta, se había acercado a la familia con una sonrisa prestada. Manipular, ganarse la confianza, borrar al niño que veía demasiado. Tras el episodio de los cómics, el odio se volvió método: David era un obstáculo, y en su mente enferma, deshacerse de él era un trámite.

El veredicto fue como un telón que cae. Cadena perpetua para Alejandra. Treinta años para Antonio, con una puerta estrecha a la libertad condicional a los veinte. Silva, juzgado en Tribunal Militar. Los titulares se alimentaron de la historia durante semanas. Luego, cuando las cámaras se marcharon a su próximo banquete, quedaron las cicatrices: algunas visibles, otras en rincones que la luz no alcanza.

David tardó en dormir sin sobresaltos. Las pesadillas muerden más fuerte cuando el día fue amable. Pero a fuerza de paseos con Bárbara —mapa en mano, mochilas ligeras, soles tibios— y silencios con su padre en los que las palabras sobran, el niño comenzó a trazar de nuevo el mapa de su mundo. Esas caminatas, primero tímidas, se volvieron hábito. Respirar aire puro, recordar que el bosque también podía ser paz. La anciana fue, poco a poco, más que la mujer del sendero: fue casa, fue abrazo de abuela que el tiempo no le dio.

Una tarde cualquiera, bajo un cielo limpio, David detuvo sus pasos junto al lago que ya conocía. Miró el reflejo del sol sobre el agua y alzó la vista hacia su padre y hacia Bárbara. Los dos lo miraban con esa mezcla de orgullo y miedo que deja la guerra después de la victoria. David apretó los labios, y en su interior, como un eco que volvía una y otra vez, escuchó la voz luminosa de aquel hombre sin rostro: “Ahora sabes lo que debes decir y a quién decírselo.” Cerró los ojos un instante y recordó, con gratitud, la radio, la pausa del mundo, la mano tibia de su madre.

Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo solo en el presente, pero acompañado por todo lo que lo había traído hasta allí. Había elecciones por delante, sombras aún por disipar, un testimonio que daría muchas veces más. Pero también había una certeza quieta: los desastres no lo habían derribado; lo habían vuelto más fuerte. Ninguna maldad quedaría impune; ningún sufrimiento sin recompensa. Y él —niño de bosque, de cómics, de radios— ya no volvería a callar.

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