ARACELI FUYÉS: EL CADÁVER SEPULTADO BAJO EL CEMENTO Y LA JUSTICIA FANTASMA

Aquel mensaje, “Prepárate el mate que ya estoy por llegar”, fue el último rastro de vida de Araceli Fuyés, de 22 años, antes de que su existencia se disolviera en un vacío aterrador. La policía, desdeñosa, perdió horas cruciales, ignorando el instinto desgarrado de una madre. Más de veinte días después, el cuerpo de Araceli fue hallado no en un descampado, sino oculto bajo una capa de cemento, cal y escombros en el patio de una casa ya revisada. Un crimen de crueldad extrema, envuelto en un silencio de cómplices y negligencias judiciales que prometía sepultar la verdad para siempre.

Araceli Fuyés, nacida el 8 de agosto de 1994, creció en el seno de una familia pequeña pero inmensamente unida en Argentina. Su hogar, marcado por el amor incondicional, era un refugio. Mónica Susana Ferreira, su madre, y Ernesto Ricardo Fuy, su padre, la describían como una joven llena de energía, generosa y con un carácter vivaz que encendía cualquier reunión. Se hacía querer con una facilidad natural, un alma luminosa en un mundo a menudo opaco.

La relación con sus padres era estrecha, casi simbiótica, especialmente con Mónica, con quien compartía una confianza absoluta. Mónica siempre sabía dónde estaba su hija y con quién; no por control, sino por la fluidez de su comunicación. Ernesto, por su parte, ejercía una vigilancia tierna, acostumbrando a recogerla en la parada del autobús después del trabajo, protegiéndola en cada trayecto.

En 2017, a sus 22 años, Araceli estaba en el umbral de su vida adulta, llena de sueños no cumplidos, buscando activamente un nuevo empleo y lista para avanzar. La existencia transcurría en una normalidad predecible. Nadie, ni en el núcleo familiar ni en su círculo de amigos, podía presentir que esa vida vibrante estaba a punto de tomar un rumbo sin retorno, que sería cortada de la manera más brutal y envuelta en una madeja de impunidad.

El primero de abril de 2017, un día que prometía ser de esparcimiento, Araceli avisó a su madre que pasaría la tarde en un asado con amigos. Mónica dio su aprobación sin mayor preocupación. Durante la reunión, Araceli compartió imágenes y un video en Facebook. Todo transcurría con la intrascendencia de un sábado cualquiera. Pero con la llegada de la noche, y después de la madrugada, Araceli no volvió a su casa. El primer indicio de que algo no iba bien se instaló en el corazón de Mónica, una inquietud que se negaba a ser silenciada.

A las siete de la mañana del 2 de abril, cuando la inquietud de Mónica alcanzaba su punto más alto, un mensaje de texto de Araceli pareció un bálsamo. Un intercambio breve, casi cotidiano: Araceli le pedía que preparara el mate, avisando que ya estaba por llegar. Mónica respondió con un “Te amo,” sin saber que aquella sería la última conversación que sostendría con su hija.

El mate se enfrió en la cocina. El tiempo pasó de minutos a horas. La ausencia de Araceli se transformó en una anomalía, incomprensible a la luz del mensaje y de la estrecha relación entre madre e hija. Mónica, con el alma en vilo, acudió a la comisaría a denunciar la desaparición.

Aquí, el incidente se convirtió en una catástrofe institucional. La policía desestimó la preocupación de la madre con una negligencia espantosa. “Seguramente está con un novio o alguna amiga,” le dijeron, “ya volverá por su cuenta.” Mónica insistió en que Araceli jamás se ausentaba sin avisar, mucho menos después de pedirle que le preparara el mate. Sus palabras cayeron en oídos sordos.

Peor aún, durante el proceso, la empleada que tomaba la denuncia borró accidentalmente el mensaje de texto de Araceli, la única prueba directa del último contacto. Mónica se quedó sin el mensaje, sin la ayuda oficial y con la sensación de que el tiempo se escurría mientras la indolencia policial lo permitía.

Sin el apoyo de la ley, la familia y los amigos se movilizaron. La búsqueda, aunque improvisada, fue más rápida y visceral que cualquier acción policial. Llamaron, preguntaron, recorrieron zonas. Recopilaron testimonios: la última vez que alguien había visto a Araceli fue alrededor de las 2:30 de la madrugada del 2 de abril. Un lapso de horas fatales se abría entre esa última visión y el mensaje enviado a las 7 de la mañana. ¿Quién había enviado ese mensaje? ¿Y dónde estaba Araceli?

La policía, ante la presión familiar y social, tardíamente ofreció una recompensa. Se realizaron búsquedas en descampados, barrancos y áreas boscosas. Ninguna arrojó resultados. Las pistas que llegaban eran falsas: un camionero aseguraba haber llevado a una joven idéntica a Araceli con un muchacho llamado Gastón, con planes de ir a Brasil. El relato, lleno de detalles, se desmoronó al revisar cámaras y registros. La sensación general era de estancamiento, de un caso que se diluía en la nada.

En medio de estos esfuerzos infructuosos, un objeto llamó la atención de inmediato: una pequeña cartera rosada. En su interior, maquillaje, artículos personales y una nota con frases desordenadas, entre ellas “River te amo” y el nombre “Ema”. Mónica no tardó en reconocer la letra de su hija. El hallazgo generó un breve momento de esperanza. Pero, una vez más, la realidad no acompañó la expectativa. La búsqueda seguía estancada, a pesar del indicio.

Más de 20 días después de la desaparición, el 27 de abril de 2017, la investigación dio un giro tan inesperado como macabro.

La policía regresó a allanar una vivienda que ya había sido revisada, pero esta vez con una minuciosidad diferente. La casa pertenecía a la madre de Darío Gastón Badaracco, uno de los jóvenes que había declarado al inicio del caso como simple testigo. Badaracco, a pesar de sus declaraciones iniciales, tenía una coartada de su esposa que lo alejaba de la escena del crimen, una coartada que ahora se desmoronaba.

En el patio trasero de esa vivienda, los agentes notaron algo inusual: una zona de tierra removida y restos de escombros. Al excavar, descubrieron una fosa oculta. El lugar había sido cubierto con una capa gruesa de cemento, cal y diversos materiales. Era una tumba improvisada, un intento brutal de borrar la evidencia.

El hallazgo fue un golpe visceral para la familia y la sociedad. La identificación del cuerpo fue compleja debido al estado de descomposición, pero finalmente se confirmó la identidad de Araceli Fuyés gracias a dos tatuajes que llevaba en honor a sus padres. La crueldad del crimen se revelaba en la ubicación: bajo cemento, en el patio de un testigo.

El descubrimiento colocó a Darío Badaracco en el centro de la escena, no ya como testigo, sino como el principal sospechoso. Para ese momento, Darío ya se encontraba prófugo, lo que obligó a emitir una orden de captura internacional.

Mientras se perseguía a Darío, fueron detenidos varios hombres de su círculo cercano, entre ellos John y Emanuel Ávalos, Marco Antonio Ibarra, Hugo Cabañas y Marcelo Escobedo, todos bajo sospecha de encubrimiento. El escándalo social se desató cuando el juez determinó que podían esperar el proceso fuera de prisión y sin pagar fianza. Incluso dentro de la fuerza policial hubo repercusiones, con la remoción de tres agentes, incluido un hermano de dos de los implicados. La podredumbre y los silencios parecían extenderse.

La detención de Darío Badaracco finalmente ocurrió después de que una vecina lo viera desorientado y alertara a las autoridades. Una vez capturado, Darío se negó a dar cualquier tipo de declaración. Eligió el silencio absoluto, sin aportar ningún detalle sobre lo ocurrido aquella noche.

La autopsia reveló que Araceli había muerto por asfixia con un lazo. El cuerpo presentaba entre 20 y 30 días de descomposición, lo que complicó enormemente la obtención de más datos forenses. No fue posible determinar si había sufrido agresiones sexuales, golpes o cualquier otro tipo de violencia adicional, y tampoco se identificaron signos claros de lucha debido al deterioro.

La falta de precisión sobre el momento exacto de su muerte reabrió el gran interrogante: si Araceli murió durante la madrugada del 2 de abril, ¿quién envió el mensaje a su madre a las 7 de la mañana? Esta duda se instaló para siempre, ya que la cronología nunca pudo reconstruirse con certeza. La policía luchó por obtener los registros telefónicos, pero la empresa colaboró tarde y con un reporte tan limitado que no aportó nada relevante para resolver el misterio del mensaje final.

Sin embargo, al revisar el teléfono de Darío, los investigadores encontraron conversaciones que resultaron reveladoras, aunque no concluyentes. En esos mensajes, Darío intercambiaba bromas de mal gusto con conocidos sobre lo ocurrido. Uno le sugería que, si comenzaba a percibir olor, arrojara cal para disimularlo, a lo que Darío respondió con una carcajada. Otro le aconsejaba asistir a las marchas por la desaparición de Araceli, acompañado de sus hijos, para aparentar ser un “padre ejemplar”. Además de estos mensajes, se halló ADN de Araceli en la camioneta de trabajo de Darío, lo que apuntaba a que había intentado mover el cuerpo antes de enterrarlo en el patio de su madre.

A pesar de estas pistas, la secuencia de hechos permaneció oscura. Ninguno de los implicados quiso explicar qué ocurrió realmente. Darío, aun detenido, afirmó haber estado con Araceli y que sus relaciones habían sido consensuadas, pero negó rotundamente haberle quitado la vida. El resto de los involucrados continuó en silencio. El caso quedó envuelto en una incertidumbre monumental, reducido a fragmentos inconexos.

El 8 de abril de 2019, casi dos años después de la desaparición de Araceli, la historia dio un nuevo y dramático giro que sellaría la impunidad. Darío Badaracco fue encontrado gravemente herido dentro de su celda. Presentaba quemaduras en gran parte del cuerpo, presuntamente provocadas por agua hirviendo, y diversos signos de tortura. Fue trasladado de inmediato a un hospital, donde permaneció varios días en estado crítico hasta que finalmente perdió la vida.

Con la muerte de Darío, el proceso judicial se desmoronó. Él era el principal sospechoso y, al mismo tiempo, la única persona que podría haber explicado qué sucedió con Araceli aquella noche. Su fallecimiento dejó al caso sin la posibilidad de llegar a juicio y sin la oportunidad de obtener una reconstrucción completa de los hechos. Los demás involucrados, acusados de encubrimiento, continuaron esperando su proceso en libertad.

La familia de Araceli quedó sin respuestas definitivas. Nunca supieron qué ocurrió en las últimas horas de su hija, ni si hubo más manos involucradas. La sensación general fue que la verdad se perdió junto con el único testigo directo. Los padres de Araceli, a pesar de su dolor, expresaron que no lamentaban lo ocurrido con Darío, pero sí se quedaron con el deseo de escucharlo en un juicio, de verlo declarar y, quizás, obtener de él la verdad que nunca llegó. Para ellos, nada reemplazaba la ausencia de respuestas sobre los últimos movimientos de Araceli.

Con el paso de los años, la causa volvió a tener movimientos en los tribunales, no para avanzar, sino para retroceder. En diciembre de 2023, la Sala Primera del Tribunal de Casación Penal de la Provincia de Buenos Aires revisó las condenas dictadas contra tres de los hombres involucrados por encubrimiento. Tras analizar el expediente, los jueces resolvieron absolverlos y ordenar su inmediata liberación, una decisión que generó un fuerte impacto.

El punto central del fallo fue la falta de rigor científico en las pruebas odorológicas utilizadas durante la investigación, específicamente las marcaciones realizadas por un perro rastreador. El tribunal cuestionó severamente la validez de ese procedimiento y señaló irregularidades en el trabajo del perito encargado, debilitando gravemente la acusación. Con estas absoluciones y la muerte de Badaracco en 2019, el caso quedó prácticamente sin responsables judiciales.

La impunidad era casi total. Ninguno de los hombres inicialmente imputados permanecía preso, y al no existir pruebas nuevas ni declaraciones que aportaran claridad, la causa continuó marcada por un estado de parálisis judicial. La verdad, sepultada bajo cemento y cal, parecía haber sido sepultada de nuevo por la negligencia y la mala praxis legal.

El caso de Araceli Fuyés es un recordatorio brutal de cómo la desprotección y la mala praxis pueden cercenar la justicia. Las demoras, las suposiciones erróneas y la desorganización inicial de la policía no solo entorpecieron la búsqueda de una joven viva, sino que también ahogaron la posibilidad de reconstruir la verdad de su muerte. El cuerpo de Araceli fue encontrado, pero su historia completa se perdió. La autopsia no logró definir detalles cruciales, los implicados se mantuvieron en silencio, y quien podía haber respondido murió torturado sin pronunciar palabra.

Lo que queda es un rompecabezas incompleto para Mónica y Ernesto, donde las piezas más importantes jamás fueron colocadas. Para su familia, ese silencio pesa más que cualquier resultado judicial. Significa convivir con preguntas que nunca conocerán respuesta.

El mensaje de las 7:00 am, pidiendo que le prepararan el mate, sigue siendo un grito mudo en un expediente lleno de vacíos, un epílogo de la crueldad que la impunidad se encargó de silenciar para siempre.