De trabajar en Univisión! a mendigar en otros medios Jorge Ramos

Jorge Ramos, el veterano periodista que fue durante muchos años la cara más reconocida de Univisión, ha enfrentado un cambio radical en su carrera.
Tras su salida de la cadena, su figura ha quedado flotando en un panorama mediático donde la competencia es feroz y las oportunidades escasean.

VER AL FINAL DEL CONTENIDO EL VIDEO DE LO QUE REPORTO JORGE RAMOS EN LOS ANGELES
La noticia de su aparente “mendigar” en otros medios sorprendió a sus seguidores y generó una ola de comentarios sobre su nuevo rumbo.

La transición de Jorge Ramos no ha sido fácil. Acostumbrado a liderar programas de alto impacto.
Ahora se ve forzado a aceptar colaboraciones en medios alternativos que no le ofrecen la misma visibilidad.

Su paso de un emporio de noticias a proyectos más pequeños evidencia la dificultad que tienen incluso los nombres más importantes para adaptarse a un entorno cambiante.
La reputación de Ramos como un periodista serio y combativo permanece intacta para muchos.

Sin embargo, sus detractores consideran que su tiempo de gloria ya pasó y que su actual insistencia en aparecer en diversos espacios no logra sostener el peso de su nombre.
Las nuevas audiencias buscan formatos más frescos y ágiles, lo que desafía su estilo clásico.

Pese a las críticas, Jorge Ramos mantiene su compromiso con el periodismo. Aunque sus apariciones ya no son tan constantes ni tan estelares como antes.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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