
Cuando los guardas del Parque Nacional descendieron por fin al agujero, lo primero no fue un grito, sino un olor: vómito, penetrante, insoportable. Rastros veteranos —hombres que habían visto de todo— cayeron de rodillas, algunos se desvanecieron. Lo que yacía en el fondo de aquel pozo, en un desfiladero abandonado de las montañas Cascade, violaba las leyes más elementales de la naturaleza humana: dos cuerpos unidos de una forma que nada vivo debería estar unido. La policía lo llamaría después el “caso del cirujano del bosque”, pero todo había empezado 28 años antes, en una cálida mañana de julio, cuando dos estudiantes sólo querían pasar un fin de semana en las montañas.
Bellingham, a inicios de los 90, era un pequeño mundo universitario entre la bahía y la majestuosa cordillera. En verano, el aroma de los rododendros llenaba las calles; por las tardes, las campanas de la iglesia metodista de Holly Street marcaban el ritmo de una vida pausada. Tenderos que recuerdan el café de cada vecino; libreros que recomiendan el título perfecto. Puertas sin cerrar, niños jugando hasta tarde, turistas que venían a admirar cumbres y bosques del Pacífico Noroeste. Emily Thompson y Jennifer Riley eran hijas de ese lugar: Emily, 19, segundo curso de biología en la Western Washington University, soñando con ser veterinaria; baja y frágil, rizos pelirrojos, siempre con un cuaderno gastado para dibujar flora de montaña. Sus padres tenían una farmacia en Meridian Street; ella ayudaba por las tardes. Jennifer, un año mayor, estudiaba literatura inglesa y trabajaba en la biblioteca del condado de Whatcom; alta, trenza rubia, tranquila y pensativa, contrapeso de la energía de Emily. Se conocieron en primero y desde entonces fueron inseparables.
Julio de 1995 fue especialmente caluroso: 35 grados en el valle a mediados de mes. Los jóvenes soñaban con escapar al aire fresco de las montañas. Emily y Jennifer llevaban semanas planeando su excursión: eligieron la ruta por el paso de Hay Lake, en el bosque nacional Mount Baker–Snoqualmie, una senda popular entre excursionistas experimentados, famosa por vistas e relativo aislamiento. No era peligrosa, pero exigía buena forma y orientación. Se prepararon minuciosamente: provisiones en la tienda Ray’s de Sunset Drive, brújulas y mapas, tienda y sacos de dormir.
La mañana del 21 de julio amaneció despejada. A las 6, se encontraron en el aparcamiento del centro comercial Bellis Fair, de buen humor, comentando la aventura. La señora Thompson acompañó a su hija al coche; le recordó pilas de repuesto y que llamara cada noche desde la cabina más cercana. Emily se rió, abrazó a su madre, prometió tener cuidado. Fue la última sonrisa tranquila que su madre le vio. El viejo Jeep Cherokee rojo del 92 de Jennifer partió a las 7:30. Vecinos los vieron tomar la Highway 20 hacia el este, camino de las montañas. Dos horas después, llegaron a Glacier, última población antes de las rutas: menos de 200 habitantes —leñadores, guardas del Parque, propietarios de casas de huéspedes—. Bob McKenzie, dueño de la gasolinera y tienda Glacier Peak General Store, recordaría cómo dos chicas alegres se detuvieron alrededor de las 9: repostaron, compraron agua y barritas energéticas, preguntaron por el tiempo. “Sol, pero posibles tormentas la tarde del 22”, dijo. Dejaron el jeep en el aparcamiento para turistas y se dirigieron al inicio del sendero. McKenzie las observó hasta que desaparecieron tras la curva que conducía al bosque. Fue el último en verlas con vida.
Esa noche, alrededor de las 8, Emily llamó a su madre desde una cabina junto a la estación de guardabosques, a 6 millas del inicio de la ruta: habían recorrido unas 10 millas, acampado junto a un arroyo, todo bien. Comunicación clara; Emily feliz. Prometió llamar al día siguiente desde otra estación más adelante. La señora Thompson se acostó tranquila, sin imaginar que era la última vez que oiría su voz.
El 22 de julio comenzó inquieto. Al mediodía, ningún padre había recibido noticia, extraño, dado que según plan debían llegar a Hay Creek sobre las 3. A las 6, sin llamada, la señora Thompson contactó la estación: las chicas no habían llegado. A las 9, acudieron a la policía. El ayudante del sheriff del condado de Whatcom, Dave Harrison, aceptó la denuncia sin entusiasmo: “En las montañas hay retrasos; quizá se desviaron o decidieron pasar la noche en otro lugar.” Les pidió esperar hasta la mañana. El 23 no trajo noticias. Al mediodía, ya evidente que algo iba mal, se organizó la primera operación de búsqueda: 15 rescatistas del Parque y voluntarios del servicio local de montaña partieron hacia Hay Lake a las 2. Les acompañaban guardabosques que conocían cada sendero y equipos caninos.
La búsqueda comenzó en el último punto conocido —la estación desde donde Emily llamó—. Avanzaron por la ruta principal, inspeccionando cada metro, cada bifurcación, cada cornisa. Al atardecer, la primera pista: al pie del paso, en un claro rodeado de pinos y abetos, un Jeep Cherokee rojo. Coche aparcado con cuidado, cerrado, sin signos de forzamiento. Junto al sendero, dos mochilas, verde y azul, idénticas a las de Emily y Jennifer, colocadas con cuidado, como si sus dueñas fueran a volver en cualquier momento. Dentro: todo el equipo —tienda, sacos, comida, ropa, brújulas, mapas—, documentos, dinero, carteras. Sólo faltaban ellas. El hallazgo convirtió la búsqueda rutinaria en emergencia: si habían dejado equipo y coche, algo repentino había pasado. ¿Qué? No había rastros de lucha, ni sangre, ni daños. Las mochilas estaban simplemente allí.
Se amplió el radio de búsqueda a 5 millas: bosques y barrancos peinados; helicópteros con cámaras térmicas; voluntarios de localidades cercanas y estudiantes de la universidad. Cientos recorrieron las montañas, gritando sus nombres, iluminando grietas. A finales de julio, ya no era un caso de turistas perdidas: la policía abrió oficialmente investigación criminal por desaparición en circunstancias sospechosas. El detective Michael Stevens, veterano de 25 años y decenas de casos complicados, dirigió. Ordenó análisis detallado de pruebas, interrogatorios a todos los testigos, y lista de personas presentes en las montañas en ese periodo.
El primer sospechoso: un guía local, Ray Dalton, que ofrecía acompañamiento por rutas. 49 años, barba descuidada, modales nerviosos, excéntrico; vivía solo en una caravana a las afueras de Glacier, casi sin contacto social. Años atrás, causa por acoso a una turista —archivada por falta de pruebas—. Al ser interrogado, se mostró sospechoso: tartamudeos, evitaba mirar, contradicciones sobre dónde estuvo el 21 y 22. Se registró la caravana dos veces: colección de fotos de turistas jóvenes, recortes de desaparecidos; ninguna prueba directa que lo vinculara con Emily y Jennifer.
El segundo sospechoso: Travis Coleman, exmilitar de 37 años, guardián en una estación de guardabosques. Corpulento, tatuajes, fama de bebedor. Varios testigos dijeron haber visto su camioneta cerca del paso el 22; él lo negó. En registro de su vivienda: joyas de mujer —dos anillos, pulsera de plata— sin origen claro. Forenses confirmaron que no pertenecían a Emily ni Jennifer. Detenido dos semanas; liberado por falta de pruebas.
Pasaron semanas y meses; el caso se enfrió. En otoño de 1995, la búsqueda se dio por concluida. Stevens, que no dormía buscando pistas, aceptó un punto muerto: las montañas habían tragado dos vidas sin rastro. Los padres no perdieron esperanza: contrataron detectives privados, acudieron a médiums, publicaron anuncios en periódicos de todo el Noroeste. Cada vez que se hallaban restos humanos, quedaban paralizados por miedo y esperanza; siempre resultaban de otros. Bellingham volvió lentamente a la normalidad, con la herida profunda. En la Western Washington University se instaló una placa conmemorativa con sus nombres: símbolo de tragedias que pueden ocurrir a cualquiera que se adentre sin medir peligros. Pero el verdadero peligro no estaba en las montañas: estaba en el hombre.
Tres años bastan para que el dolor agudo se convierta en melancolía sorda, para que la esperanza casi se extinga. En 1998, el caso de Emily Thompson y Jennifer Riley pasó a “sin resolver”. Las carpetas acumularon polvo en los archivos del sheriff. Stevens se jubiló, llevándose el peso de un fracaso que nunca superó.
El otoño de 1998 trajo la verdad, de forma inesperada y espantosa. Cuatro cazadores de Lynden subieron a las montañas para ciervos. Entre ellos, Jack Morrison, profesor de secundaria de 54 años con 30 cazando allí; su yerno y dos viejos amigos. Eligieron una ruta por el desierto de Deadman’s Gulch, un lugar remoto, de mala reputación: osos pardos, ruidos extraños, mejor no entrar. Morrison no creía en supersticiones. El 7 de octubre, a las 3 de la tarde, bajaban por una pendiente de matorrales y abetos bajos cuando el perro de Morrison, Buck —labrador viejo—, se detuvo y ladró mirando un punto. Los cazadores se acercaron: parecía un hoyo natural. Morrison, al mirar mejor, comprendió: no era natural; era un agujero excavado con cuidado, 2 por 2 metros, 3 de profundidad. La parte superior, cubierta con ramas y musgo, camuflaje ya destruido por tiempo y clima.
Morrison iluminó con linterna. Retrocedió, se aferró a un árbol para no caer. En el fondo yacía algo que había sido humano: dos cuerpos parcialmente momificados, cubiertos por polvo y hojas. Lo peor: cómo estaban unidos. En shock, Morrison entendió que estaba viendo algo antinatural, perverso, que la mente rechazaba. La policía llegó tres horas después. Acordonaron. Por la tarde, criminalistas, forenses, fotógrafos. La extracción llevó horas: había que preservar pruebas.
Trasladados al depósito de cadáveres del condado en Bellingham, comenzó lo más difícil. El forense jefe, Dr. Richard Parker, 30 años de profesión, habituado a lo peor, confesó después que este caso lo conmocionó profundamente. Examen inicial: ambas jóvenes, raza europoide; muerte hacía unos 3 años. Bajas temperaturas y aire seco del desfiladero habían conservado parcialmente los restos, permitiendo un examen detallado. Identificación en dos días: registros dentales y análisis de ADN confirmaron que eran Emily Thompson y Jennifer Riley.
El informe detallado del Dr. Parker se convirtió en documento impactante de la criminología del estado. Según el informe, ninguna murió de forma instantánea: fueron arrojadas vivas a un pozo, atadas e incapaces de moverse. La causa fue deshidratación e hipotermia, proceso de varios días. Lo más espantoso: lo que se hizo con los cuerpos antes de morir. El criminal —con conocimientos médicos básicos y habilidades quirúrgicas— realizó operaciones a las víctimas vivas: la cabeza de Emily fue conectada quirúrgicamente al ano de Jennifer. Operación tosca, en condiciones precarias, con cierto grado de destreza técnica: suturas tipo Vicryl, material médico. Marcas de inyecciones en la piel de ambas: anestésicos locales, insuficientes para eliminar el dolor. Se estimó que la operación duró horas, posiblemente en el mismo desfiladero o cerca.
El perfil psicológico —elaborado por el departamento de análisis conductual del FBI en Seattle— describió a un hombre de mediana edad, solitario, socialmente aislado, con desviaciones psicopatológicas profundas, probablemente formación o experiencia médica; no un simple asesino, sino un sádico para quien infligir sufrimiento tenía significado especial y perverso.
La investigación entró en nueva fase. El detective James Carroll, sustituto de Stevens, formó un grupo especial de 10 detectives: revisaron materiales del 95, reanalizaron pruebas y testimonios, y se centraron en el aspecto médico: quién tenía conocimientos de cirugía, acceso a instrumentos y suturas. La lista fue corta: en 50 millas del lugar, 14 personas con formación médica —5 médicos, 3 enfermeras, 4 auxiliares, 2 veterinarios—. Se investigó a todos. La mayoría tenía coartadas sólidas; una persona llamó la atención: Robert Kane. En la desaparición de Emily y Jennifer, Kane tenía 59; trabajó como paramédico en una pequeña clínica rural de Concrete, a 40 millas de Deadman’s Gulch, hasta 1994, cuando fue despedido en circunstancias poco claras y se mudó a una cabaña aislada en el bosque, cerca del lugar del hallazgo. Vivía como ermitaño, evitaba contacto, vendía leña y tallas de madera.
Al profundizar, surgieron detalles inquietantes: en 1992, detenido como sospechoso de agredir sexualmente a una turista perdida que le pidió ayuda; ella dijo que Kane le dio de beber algo, perdió el conocimiento y despertó con marcas; el examen médico no pudo confirmar violación; la mujer se negó a denunciar por miedo; caso cerrado. En 1993, fue acusado de robar medicamentos e instrumentos en la clínica; tras juicio, despedido y se le retiró la licencia. Registros mostraban que en los 80, con acceso al bloque quirúrgico, asistió operaciones; habilidades suficientes para procedimientos sencillos. Entre objetos incautados en 1993 se encontraba precisamente el tipo de sutura usada en Emily y Jennifer.
Carroll ordenó buscar a Kane, pero la búsqueda terminó antes de empezar: Robert Kane murió el 16 de marzo de 1997 de infarto en su cabaña; lo encontró un leñador que iba a avisarle de una tala. Llevaba días muerto. Enterrado sin ceremonia; nadie fue al funeral. La amarga ironía: el criminal escapaba a la justicia por haber muerto antes de ser vinculado.
Se registró su cabaña, ya parcialmente derruida: instrumentos quirúrgicos caseros; frascos con formalina y muestras de tejidos de origen desconocido; cuadernos con dibujos anatómicos y descripciones de procedimientos que sólo una mente enferma consideraría. En un cuaderno, anotación del 23 de julio de 1995: “Experimento número siete, dos sujetos. La unión se ha realizado con éxito. Observación 72 horas.” El análisis caligráfico confirmó la letra de Kane. ADN de material biológico en la cabaña coincidió con el de Emily y Jennifer: pelo, sangre, piel. El hallazgo más espantoso: fotografías escondidas bajo una tabla del suelo. En ellas, las dos chicas atadas y tendidas en el suelo sucio de la cabaña; en algunas, procesos mejor no describir. Fechas: 22 y 23 de julio de 1995.
El cuadro se completó: el 22 de julio, en la ruta por Hay Lake, Emily y Jennifer probablemente se encontraron con Kane. Es posible que les ofreciera ayuda, un “atajo”, alguna excusa para llevarlas a su casa. Allí las inmovilizó —sedantes potentes—, y comenzó la pesadilla de dos a tres días. Tras morir en el pozo —lento, tormentoso, sed, frío—, Kane regresó al lugar donde desaparecieron y dejó las mochilas para despistar la investigación. Acto frío y calculado, de alguien que sabía lo que hacía.
La policía consideró que Kane podría estar involucrado en otras desapariciones: en 20 años, nueve personas —turistas, alpinistas, cazadores— desaparecieron en las montañas del condado de Whatcom; la mayoría atribuidas a accidentes o pérdidas. Ahora debían revisarse. La resolución del caso del cirujano del bosque conmocionó al Noroeste del Pacífico: portadas, reportajes, indignación. Los padres de Emily y Jennifer, tras años de incertidumbre, tuvieron respuestas, las peores posibles. La señora Thompson dijo en rueda de prensa una sola frase antes de romper a llorar: “Sabía que mi hija no se había perdido. Sentía que le pasó algo terrible. Ahora sé la verdad, pero esa verdad me parte el corazón.”
El condado realizó revisión a gran escala del sistema de registro de turistas y control de seguridad: nuevas normas obligaban a registrarse en puntos especiales y llevar balizas de emergencia; línea directa para comunicaciones; estaciones adicionales de guardabosques en rutas principales. Ninguna medida devolvería la vida. Emily y Jennifer fueron enterradas en el cementerio de Bayview en Bellingham el 28 de octubre de 1998. Cientos asistieron: familiares, amigos, compañeros, vecinos. El detective Carroll estuvo allí, con expresión impenetrable: formalmente el caso estaba resuelto; el culpable identificado; muerto; sin juicio, sin sentencia, sin la catarsis de la justicia.
Psicólogos que estudiaron a Kane concluyeron que padecía una rara forma de trastorno sádico de la personalidad con elementos de fetichismo médico: para él, el cuerpo humano era material para experimentos; el sufrimiento, fuente de satisfacción. Los primeros signos, probablemente en la juventud, ocultos bajo máscara de normalidad social. Su trabajo como paramédico le daba acceso a cuerpos, instrumentos, conocimientos que empezó a usar de forma cada vez más perversa. Tras ser despedido y aislarse, su conducta se descontroló por completo.
La pregunta sin respuesta: “¿Cuántas víctimas más tuvo Kane?” Detectives continuaron investigando conexiones con crímenes sin resolver, registraron bosques alrededor de su cabaña, usaron georradares para buscar entierros: hallaron otras dos fosas similares a la de Emily y Jennifer, vacías. Tal vez preparadas para futuras víctimas. Tal vez alguien yacía allí, pero los cuerpos se descompusieron sin dejar rastro.
El caso del cirujano del bosque se cerró oficialmente en diciembre de 1998: resuelto; delincuente identificado; proceso penal suspendido por muerte del sospechoso. Para los padres, para Bellingham, para todos los que siguieron la historia, nunca estará realmente cerrado. Es recordatorio de que el mal puede esconderse en lugares inesperados, que un monstruo puede parecer una persona normal, que civilización y barbarie están separadas por una línea delgada.
En la Western Washington University se añadió una inscripción a la placa en memoria de Emily y Jennifer: que su historia nos enseñe a estar alerta, a cuidarnos, a no olvidar que detrás de cada vida hay una familia que ama. Los padres crearon una fundación benéfica para ayudar a familias de desaparecidos y financiar programas de seguridad en zonas montañosas: su forma de superar la pérdida, de convertir la tragedia en ayuda para otros.
Deadman’s Gulch está oficialmente cerrado al público. Los lugareños evitan el lugar: maldito. A veces, en noches otoñales, se oyen sonidos parecidos a llanto de mujer. Los supersticiosos dicen que son los fantasmas de Emily y Jennifer, que vagan por las montañas donde sus vidas se truncaron. Los racionales lo explican por viento, susurro de hojas, gritos de aves nocturnas. Sea lo que sea, algo permanece inalterable: el recuerdo de la tragedia de julio de 1995 sigue vivo. Advierte a quienes se adentran en las montañas y recuerda que el mayor peligro no viene de la naturaleza, sino del hombre que ha perdido toda humanidad.
Si esta investigación te ha interesado, mantente atento: en el próximo episodio, un caso aún sin resolver —la desaparición de una familia entera en un suburbio tranquilo de Seattle— donde la única pista es una grabación de vigilancia que muestra algo inexplicable.
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