Cinco contra uno en Luzón: el mexicano que ganó una batalla que México olvidó

7 de junio de 1945.

Cielos sobre Luzón, Filipinas.

Yo estaba en la pista de Clark Field, con el oído todavía zumbándome por el arranque de motores, viendo cómo se tragaba el cielo una formación de P-47 con el águila mexicana pintada en el fuselaje.

En la radio, la voz del comandante salió cortada por la estática, pero clara en el miedo:

“Espinoza, regresa a la base. Son demasiados. Es suicidio.”

Yo miré hacia arriba buscando al P-47 de José Espinoza Fuentes, 24 años, mexicano, flaco de cuerpo pero con esos ojos que no se le achicaban a nada.

Y lo vi.

Allá arriba, una chispa de metal con nuestra bandera pintada, lanzándose como si el aire le perteneciera, directo hacia una formación de cazas japoneses.

Cinco contra uno.

Cualquiera con sentido común habría dado la vuelta.

Pero José no.

No con una bandera mexicana en el ala.

No después de haber cruzado el mundo para llegar hasta ahí.

A veces se olvida que México, antes de meterse en la guerra, intentó quedarse aparte.

En mayo de 1942, acá en América, la palabra “neutralidad” todavía sonaba como un escudo.

Hasta que el mar la rompió.

El 13 de mayo, el petrolero Potrero del Llano navegaba en el Golfo de México cuando un submarino alemán lo torpedeó sin advertencia. Trece marineros mexicanos murieron en agua helada.

Una semana después, el 20 de mayo, el Faja de Oro también fue hundido. Otros siete mexicanos se quedaron en el mar.

No eran soldados “en el frente”.

Eran mexicanos trabajando.

Mexicanos que no volvieron a casa.

Y entonces México respondió como país herido: el 22 de mayo de 1942, el presidente Manuel Ávila Camacho declaró guerra a las potencias del Eje: Alemania, Italia y Japón.

Pero había un problema que nadie quería decir en voz alta: México no tenía cómo mandar un ejército completo al otro lado del mundo. No era cuestión de ganas, era cuestión de logística.

Así que el gobierno tomó una decisión histórica: enviar lo mejor que había, una unidad de élite.

Los que estuvieran dispuestos a morir lejos de casa.

Así nació el Escuadrón 2011, los Águilas Aztecas.

En 1944, convocaron voluntarios de la Fuerza Aérea Mexicana. Dicen que aplicaron cientos y que las pruebas eran brutales: físico, mente, reflejos, disciplina.

Muchos se quedaron en el camino.

Al final, quedaron 33 pilotos y alrededor de 270 hombres de apoyo.

Yo era uno de esos de apoyo. No con alas, sino con manos. Mecánico, herramienta, grasa, olor a metal y a sudor.

Y desde ahí te digo: no hay nada romántico en preparar un avión para la guerra.

Solo hay responsabilidad.

José nació en la Ciudad de México, el 7 de diciembre de 1921.

No era el más alto ni el más fuerte. Era de estatura media, delgado.

Pero tenía algo que se siente desde lejos: una mirada que no se raja.

Decían que desde niño soñaba con volar, que se quedaba mirando exhibiciones aéreas como si el cielo fuera una puerta.

Cuando anunciaron el Escuadrón 2011, fue de los primeros en presentarse.

Su madre, eso lo supe por él, le suplicó que no fuera.

—La guerra está del otro lado del mundo, mijo… ¿qué ganas muriéndote tan lejos?

Y José le respondió una frase que se nos quedó a todos como un clavo:

“Mamá, México me dio alas. Ahora debo usarlas para defender su honor.”

No lo dijo como discurso.

Lo dijo como quien ya se amarró por dentro.

Nos mandaron a entrenar a Estados Unidos. Primero Texas, luego California.

Los americanos nos miraban con esa mezcla de curiosidad y duda, como si pensaran:

“¿Qué van a hacer treinta mexicanos contra el imperio japonés?”

Y sí, se notaba el escepticismo.

Pero también se notaba otra cosa: nosotros traíamos un orgullo raro. No de gritar. De aguantar.

Aprendimos a volar el P-47 Thunderbolt, un monstruo.

Un avión pesado, poderoso, difícil. Un “tanque volador”, le decían. Armado con ocho ametralladoras calibre .50, capaz de aguantar castigo y seguir.

El entrenamiento no era nomás volar bonito.

Era combate aéreo.

Era bombardeo en picada.

Era navegación sobre océano.

Era supervivencia en selva.

Porque a donde íbamos, la jungla filipina era otro enemigo.

José era de los que no se quejaban. Pero tampoco se hacía el héroe. Se enfocaba.

Y cuando uno convive con gente así, aprende que el valor verdadero es callado.

En marzo de 1945, declararon al escuadrón listo para combate.

Y nos mandaron a Filipinas.

Llegamos a Clark Field y el aire olía a tierra húmeda, gasolina, y algo más: desgaste.

El Pacífico no se parecía a nada. La selva se te mete por los ojos, por la ropa, por la garganta.

Las primeras misiones del Escuadrón 2011 fueron ataques a tierra: bombardear posiciones japonesas, destruir búnkeres, apoyar tropas.

Volábamos bajo, demasiado bajo. A veces a 100 metros. Ahí cualquier tiro te puede partir en dos el avión.

Pero los muchachos no retrocedían.

El 4 de junio de 1945, atacamos en Cagay Valley.

El cielo se llenó de explosiones negras. Fragmentos de metal atravesaban alas. Los aviones temblaban como si tuvieran miedo.

Esa misión regresó completa.

Todos los pilotos.

Los americanos nos miraron distinto desde ese día.

“Estos mexicanos no solo son valientes”, decían. “Son precisos.”

José regresó pálido, con el gesto duro, pero entero.

Aún no había peleado contra un caza japonés cara a cara.

Eso cambió tres días después.

Ese día despegó en misión de escolta. Bombarderos americanos atacarían objetivos cerca de Manila. Nosotros daríamos cobertura.

Se suponía que era “rutinario”.

En guerra, la palabra “rutinario” es una mentira para que la gente pueda dormir.

Cuando llegaron al objetivo, el cielo explotó en caos: una formación de cazas japoneses, Mitsubishi A6M Zero, cayó desde las nubes.

Los Zero eran legendarios: ligeros, maniobrables, pilotados por veteranos que traían años peleando.

Contra ellos, incluso pilotos experimentados sufrían para sobrevivir.

Y José, con semanas de combate, se encontró solo, con cinco viniéndole encima.

Yo escuché el radio.

—“¡Espinoza, regresa a la base! ¡Son demasiados!”—

No hubo respuesta.

No porque no oyera.

Porque ya iba en ataque.

Su P-47 se lanzó en picada. Velocidad 600 km/h.

El primer Zero intentó girar para enfrentarlo.

No le alcanzó.

José apretó el gatillo.

El Thunderbolt rugió, y el primer enemigo cayó.

En el radio se escuchó alguien gritar.

Yo sentí el estómago vacío, como si me hubiera asomado a un barranco.

El segundo Zero atacó desde arriba, soltando fuego que pasaba demasiado cerca.

José viró brusco, el motor sonó como trueno.

Se acomodó detrás del enemigo.

Otro disparo.

Segundo abajo.

Los tres restantes se reagruparon y atacaron en táctica coordinada: uno distrae, dos entran por flancos.

José lo sabía.

Había estudiado esas tácticas hasta el cansancio, como si fueran oraciones.

Hizo algo que a muchos les cuesta: fingió retirarse.

Los japoneses lo siguieron.

Y ahí José los metió a la trampa.

Levantó el P-47 hacia arriba, casi vertical, donde el Zero sufría más.

En la cima, cuando parecía que el avión se iba a quedar sin velocidad, giró invertido.

Y cayó sobre ellos disparando desde arriba.

El tercero fue alcanzado. El piloto saltó en paracaídas antes de que su avión se perdiera.

Tres abajo.

Los dos últimos entendieron tarde que no estaban cazando.

Eran la presa.

Intentaron huir.

José los persiguió.

Uno se metió entre nubes, buscando perderlo. La persecución fue salvaje: giros, barriles, picadas.

El Zero cometió un error: giró demasiado cerrado, perdió velocidad.

José apareció detrás como si el aire lo empujara.

Disparó.

Cuatro abajo.

El quinto Zero, ya solo, hizo lo inteligente: correr.

Y ahí fue donde el corazón de José pesó más que el combustible.

Porque ya estaba lejos.

Porque ya iba bajo de gasolina.

Porque entrar más al norte era meterse a zona peligrosa.

Pero José no lo dejó ir.

Minutos de persecución sobre valles y montañas.

Y finalmente, sobre una bahía al norte de Manila, lo alcanzó.

Un último disparo.

El quinto cayó al océano.

Cinco victorias.

En treinta minutos.

Después de eso, en la radio ya no se oía alegría.

Se oía incredulidad.

Se oía preocupación.

Porque una cosa es derribar uno y regresar.

Otra cosa es derribar cinco y volver con combustible en rojo.

José miró hacia el sur, hacia casa.

Y regresó.

Cuando aterrizó, los mecánicos corrimos como si se nos fuera la vida. Yo fui de los primeros en llegar.

Contamos los impactos: 17 agujeros de bala entre alas y fuselaje.

El P-47 había aguantado.

Pero lo más fuerte no eran los agujeros.

Eran las cámaras de vuelo.

Todo estaba grabado.

Cinco victorias confirmadas.

José Espinoza Fuentes se había convertido en as en una sola misión.

Yo lo vi bajar de la cabina.

No celebró.

No brincó.

Solo se quedó un segundo con la mano en el fuselaje, tocando la pintura del águila mexicana como si necesitara sentir algo real.

Luego volteó y dijo, bajito, casi para él:

—“Ya.”

Como quien termina una promesa.

La noticia corrió como fuego.

En la base americana, todos querían verlo. En México, los periódicos lo ponían en primera plana.

“Piloto mexicano derriba cinco aviones japoneses en un día.”

El Escuadrón 2011 siguió volando. Cumplió 59 misiones.

Y pagó un precio: cinco pilotos mexicanos murieron en combate.

Sus nombres quedaron: Capitán Pablo Rivas Martínez, Teniente Mario López Portillo, Teniente Fausto Vega Santander, Subteniente Héctor Espinoza Galván, Subteniente Guillermo González González.

Murieron lejos de casa, bajo cielo extranjero, pero murieron con la bandera mexicana en sus aviones.

Cuando terminó la guerra en agosto de 1945, regresamos a México como si el país necesitara una buena noticia para respirar.

Desfiles.

Gente gritando.

Banderas.

José recibió condecoraciones. México le dio la medalla al mérito militar. Los americanos le otorgaron la Distinguished Flying Cross.

Y aun así, cuando alguien lo llamaba héroe, él se incomodaba.

Siempre decía lo mismo:

—“Solo cumplí con mi deber. Cualquiera de mis compañeros lo habría hecho.”

10) El olvido: la parte que más duele

Pasaron los años.

Y lo que me duele decir es esto: México se fue olvidando.

La historia del Escuadrón 2011 dejó de aparecer en conversaciones, en aulas, en la memoria de la gente.

Los monumentos se quedaron solos.

José, ya mayor, todavía iba a escuelas a dar conferencias. Lo vi una vez, muchos años después: el mismo gesto serio, pero con una tristeza discreta.

Hablaba como quien no quiere aplauso, solo quiere que no se muera la verdad.

Vivió hasta 2009. Murió a los 87 años.

Y cuando murió… fue silencio.

No hubo funeral de Estado.

No hubo gran reconocimiento.

El único as mexicano de la Segunda Guerra Mundial fue enterrado casi en voz baja.

Y esa es una tragedia.

Porque su historia no es solo “historia militar”.

Es un espejo.

Nos recuerda lo que México puede hacer cuando se une con propósito, cuando manda a sus mejores, cuando no se raja aunque esté lejos.

El valor no se mide por el tamaño del ejército.

Se mide por el tamaño del corazón.