Clarissa Molina se impone en EE.UU. y deja en segundo plano a Francisca Lachapel

La noticia ha sorprendido a muchos: Clarissa Molina ha sido confirmada como una de las conductoras oficiales de Premios Juventud 2025, gala que se llevará a cabo el próximo 25 de septiembre en Panamá.
Este anuncio marca un hito en la carrera de la dominicana, que continúa posicionándose como una de las presentadoras más relevantes de la televisión hispana en Estados Unidos.

VIDEO AL FINAL DEL CONTENIDO DEL NUEVO LOGRO DE CLARISSA MOLINA
Este nuevo logro refleja el crecimiento constante de Clarissa, quien ha sabido combinar belleza, preparación y carisma para conectar con audiencias dentro y fuera del país.

Conducir un evento juvenil de talla internacional no solo es un reconocimiento a su trayectoria, sino también una plataforma que le permitirá ampliar su alcance y consolidar aún más su figura en la industria.
La elección de Molina ha generado comparaciones inevitables con Francisca Lachapel, otra de las dominicanas más queridas en la pantalla chica.

Mientras Francisca continúa cosechando éxitos desde “Despierta América”, Clarissa ha tomado protagonismo en escenarios globales, lo que muchos interpretan como una ventaja en términos de proyección internacional.
Las redes sociales no han tardado en reaccionar, abriendo el debate sobre cuál de las dos está logrando mayor impacto en Estados Unidos.

Algunos aseguran que Clarissa se está imponiendo y dejando a Francisca en un segundo plano, mientras otros consideran que ambas representan estilos diferentes y que su éxito es un motivo de orgullo compartido para la República Dominicana.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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