Creí que mi grieta era vergüenza… hasta que vi las flores que dejé sin saber

Lo vi con mis propios ojos, porque en ese pueblito de la sierra todos nos conocemos y todo se sabe… aunque nadie lo diga fuerte.

Fue una mañana gris, de esas en las que el aire huele a pino húmedo y a café de olla recién hervido. El gallo cantó antes de que el sol se animara a salir, y el viento bajó frío como si trajera noticias.

Don Mateo iba por el camino hacia el pozo.

Siempre caminaba igual: firme, callado, con esa paciencia de quien ha sembrado en sequía y aun así cree en la lluvia.

Sobre los hombros llevaba un palo de madera, de esos que con los años se vuelven lisos, pulidos por el sudor, por el sol, por la costumbre. En cada extremo colgaba una olla de barro, amarrada con lazos apretados.

Una olla era perfecta. Redondita, limpia, sin una marca. Brillaba con esa dignidad del barro bien cocido, como si estuviera hecha para lucirse. Cuando Don Mateo la llenaba en el pozo, el agua llegaba completa a su casa, sin derramar una gota. Uno la veía balanceándose y hasta parecía que caminaba orgullosa.

La otra olla… era distinta.

Tenía una grieta pequeña en un costado. No era una herida que la rompiera en dos, pero sí lo suficiente como para que, en el camino de regreso, el agua se escapara poco a poco.

Gota a gota.

Como cuando intentas respirar hondo para que no se te note la tristeza… y aun así, se te escapa por los ojos.

Yo no sé por qué, pero esa olla agrietada siempre me dio ternura. Tal vez porque uno también se siente así a veces: como algo que funciona “a medias”, como algo que no termina de encajar.

Don Mateo nunca decía nada. Solo caminaba. Y las ollas iban ahí, colgadas, escuchando el crujido de la madera y los pasos sobre la tierra.

Pero, con el tiempo, en ese vaivén diario, la olla perfecta empezó a hablar.

No con cariño.

Con esa voz finita y presumida que tienen los que se sienten superiores sin necesidad de haber sufrido.

—Mírate —le decía a la agrietada—. Siempre llegas a medias. Siempre derramas. Eres un desperdicio.

La olla agrietada no contestaba. ¿Qué iba a decir? Su grieta era real. Su pérdida era real. Cada mañana era la misma historia: Don Mateo cargaba el palo, llenaba las dos, y de regreso… una llegaba llena, la otra a la mitad.

Con los días, la burla se volvió costumbre.

Y la costumbre se volvió herida.

Yo lo noté porque, aunque una olla sea barro, cuando algo carga vergüenza, se le siente. Se le nota en el silencio, en cómo se balancea, en el temblorcito que trae en el camino.

La olla agrietada empezó a sentirse menos.

Menos útil.

Menos digna.

Menos merecedora de estar ahí colgada, como si su lugar fuera un rincón oscuro, arrumbada, olvidada.

“Por mi culpa, Don Mateo camina tanto para nada”, parecía pensar. “Por mí su esfuerzo se vuelve vacío.”

Y esa idea, cuando se repite, se vuelve pesada. Pesa más que el agua, más que el barro, más que el palo en el hombro.

Hasta que una mañana… ya no pudo.

Ese día el cielo estaba del mismo color que una cobija vieja. Don Mateo caminaba de regreso del pozo, y el palo se mecía como siempre. La olla perfecta iba firme, altanera. La agrietada, en cambio, venía temblando por dentro.

El agua ya se estaba escapando: una gota, otra, otra…

Y con cada gota se rompía algo adentro que no era barro.

De pronto, la olla agrietada habló.

—Don Mateo…

Su voz sonó como un trino triste, como una ollita que cruje cerca del fuego cuando ya no aguanta el calor.

Don Mateo se detuvo. No se sorprendió. Como si él supiera desde hace mucho que el dolor, cuando se calla demasiado, un día se sale.

—¿Qué pasa, compañerita? —preguntó con una suavidad que solo tienen los hombres que han perdido cosas y aun así siguen sembrando—. ¿Por qué estás tan callada hoy?

La olla agrietada dejó caer más agua, como si las gotas fueran palabras.

—Perdón… —dijo—. Perdón por ser así. Estoy rota. Tengo esta grieta. Todos los días pierdo el agua. Todos los días te hago perder el esfuerzo. Tú caminas lejos, te levantas temprano, trabajas duro… y yo solo arruino todo. Me da vergüenza. La otra olla me lo recuerda siempre. Yo… yo no sirvo.

La olla perfecta soltó una risita, muy bajita, pero con filo. Como quien ya se imagina el castigo, como quien espera que por fin la cambien por una “mejor”.

Don Mateo respiró hondo.

Miró el camino.

Miró el monte.

Miró el agua que se escapaba.

Y sonrió.

Pero no de burla.

Sonrió como quien entiende.

—¿Eso es lo que te duele? —dijo—. Ay, ollita… si supieras.

Luego acomodó el palo en su hombro y, antes de seguir caminando, dijo algo que a mí me dejó pensando toda la semana:

—Mañana, cuando volvamos del pozo, quiero que mires con atención el lado del camino por donde tú vas. No el de ella. El tuyo. Y prométeme algo: míralo de verdad, como si fuera la primera vez.

La olla agrietada no entendió.

Pero en la voz de Don Mateo había algo distinto: una luz chiquita encendida en medio del cansancio.

Esa noche, dicen que la olla agrietada casi no “durmió”. Yo no sé cómo duerme una olla, pero sí sé cómo se queda despierta la vergüenza: dando vueltas en la cabeza, recordándote lo que te falta, lo que pierdes, lo que no eres.

El amanecer llegó como llegan los amaneceres en la sierra: despacito, con el aire mordiendo.

Don Mateo salió otra vez.

El pueblo todavía estaba callado. A lo lejos se escuchaba el comal y la risa de un niño corriendo detrás de un perro. Los pinos se movían con el viento y los nopales se quedaban serios, como siempre.

Las dos ollas colgaban, balanceándose.

En el pozo, Don Mateo llenó ambas con cuidado. El agua brilló como espejo.

Y empezaron el regreso.

—Ahora —dijo Don Mateo, como si estuviera entregando un secreto—. Mira tu lado.

La olla agrietada obedeció.

Y eso fue lo que yo vi, porque justo ese día yo venía del mercado y me tocó cruzarme con ellos a medio camino.

La olla agrietada bajó la atención hacia la orilla del sendero por donde ella iba. Ese lado que antes casi no miraba porque siempre iba pensando en su error.

Y entonces…

Lo vio.

Flores.

No unas cuantas. Muchas.

Una fila viva de color acompañando cada paso.

Flores amarillas como el sol, rojas intensas como chile seco, moradas como bugambilia, blancas delicadas como nube. Había dalias abiertas con orgullo. Había florecitas silvestres entre piedras que parecían imposibles. Había vida donde antes solo había polvo.

El viento las movía despacito, como si saludaran.

La olla agrietada se quedó muda.

Por un instante olvidó su grieta.

Olvidó la vergüenza.

Solo miró esa belleza y sintió algo que tenía rato sin sentir: una alegría chiquita, tibia, como un sorbo de atole caliente.

Yo, desde mi lado del camino, también me quedé viendo.

Y pensé: qué raro… ¿por qué justo de ese lado?

Pero el encanto dura lo que dura el camino. Llegaron a casa, Don Mateo bajó el palo y colocó las ollas en el patio.

La perfecta estaba llena, como siempre.

La agrietada, a la mitad.

Y ahí volvió el golpe, ese recordatorio cruel que te baja de cualquier ilusión.

—¿Ves? —dijo la olla perfecta, casi sin voz, pero suficiente para que doliera—. Siempre a medias.

La olla agrietada sintió que la alegría se le caía por dentro.

Miró su agua.

Miró su grieta.

Y susurró, derrotada:

—Aunque vi las flores… sigo fallando, Don Mateo. No te traigo lo que mereces. Soy una carga.

Don Mateo no levantó la voz.

No se enojó.

Se sentó en una banquita de madera, como quien se prepara para decir una verdad importante. Y les habló a las dos, con esa calma que no busca ganar discusiones, sino salvar algo.

—Ollita —le dijo a la agrietada—, tú crees que tu grieta es solo pérdida. Pero dime… ¿te fijaste en algo más?

La olla agrietada dudó.

—Las flores… —murmuró—. Sí, pero… ¿por qué solo están de mi lado?

Don Mateo sonrió más, como si esa pregunta fuera la llave que faltaba.

—Porque yo siempre supe de tu grieta —respondió—. Desde el primer día que te colgué en mi hombro. Nunca fue un secreto para mí.

La olla perfecta se quedó quieta, como si por primera vez no supiera qué decir.

Don Mateo siguió:

—Hace meses, cuando me di cuenta de que perdías agua, pensé: “¿Y si esa agua no se está desperdiciando? ¿Y si está yendo a algún lugar?”

Hizo una pausa, mirando el patio como quien mira recuerdos.

—Entonces, un día antes de que amaneciera, salí con un puñito de semillas. Semillas de flores. Algunas me las regaló Doña Lupita del mercado. Otras me las dio mi comadre de la comunidad. Y otras las guardé yo porque mi difunta esposa decía que las flores alegran hasta el día más triste.

Ahí, cuando mencionó a su esposa, se le apretó la voz un segundo. Don Mateo era de los que no lloran en público, pero el duelo se le veía en la mirada.

—Las sembré a la orilla del camino… pero solo de tu lado —continuó—. Porque sabía que, al regresar del pozo, tú, sin darte cuenta, ibas a regarlas. Gota a gota. Día tras día. Con tu “falla”, con tu grieta… ibas a darles vida.

Yo vi a la olla agrietada quedarse en silencio.

Si el barro pudiera abrir el pecho, eso hizo.

—¿Entonces…? —preguntó, temblorosa, como quien tiene miedo de ilusionarse.

—Entonces nada de lo que eres ha sido inútil —dijo Don Mateo con una firmeza suave—. Mira esas flores. La gente que pasa por el camino sonríe aunque venga preocupada. Mi nieta las corta para ponerlas en un jarrito en la mesa. Cuando hubo fiesta en la capilla, llevamos ramos para adornar el altar. Y cuando la cosecha se puso difícil, vendí algunos ramilletes en el tianguis y con eso compré jabón y un poco de azúcar.

Se quedó callado un segundo, como dejando que esa verdad se asentara.

—Todo eso… gracias a ti.

La olla perfecta bajó el orgullo tantito, como si se le hubiera caído una pluma.

La olla agrietada… se quedó temblando. Pero ya no de vergüenza. Era otra cosa.

Era alivio.

Era dignidad regresando.

—Pero… yo sigo perdiendo agua —dijo todavía con miedo—. Sigo sin cumplir como la otra.

Don Mateo se inclinó, y con sus dedos ásperos tocó la grieta con cuidado, como si tocara una cicatriz de alguien querido.

—Mira, ollita —susurró—. En este mundo nadie llega “completo” a todos lados. Todos perdemos algo en el camino. Hay quien pierde juventud. Hay quien pierde amor. Hay quien pierde trabajo. Hay quien pierde confianza. Y hay grietas que se ven… y grietas que se esconden por dentro. Pero eso no nos hace menos.

Respiró hondo y siguió, sin prisa.

—Lo que nos hace valiosos es lo que hacemos con lo que somos.

Se levantó y acomodó la olla agrietada junto a la perfecta. Ni más arriba ni más abajo. A la misma altura.

—La otra trae agua completa, sí —dijo—, y eso es importante, porque aquí se necesita agua. Pero tú… tú trajiste también color. Trajiste vida. Hiciste que el camino dejara de ser solo polvo y cansancio.

Luego volteó a ver a la olla perfecta, sin regaño cruel, pero con claridad.

—Y tú, ollita buena… nunca vuelvas a hacer sentir menos a alguien por una grieta. Porque tal vez esa grieta está regando flores que tú ni siquiera imaginas.

Ahí el patio se quedó en silencio.

Se escuchó una paloma.

El sol comenzó a calentar la tierra.

Y yo, que estaba cerca porque fui a dejarle unas tortillas a Don Mateo, sentí algo en la garganta que no era tristeza del todo.

Era una mezcla rara: como cuando te das cuenta de que has cargado culpa por cosas que, en realidad, también han dado vida.

Desde ese día, cada mañana que Don Mateo se colgaba el palo, la olla agrietada ya no iba “perdida”.

Iba distinta.

Iba con propósito.

Porque entendió algo que a muchos nos cuesta años entender:

No eres tu grieta.

No eres tu falla.

No eres lo que te falta.

Eres también lo que dejas en el camino.

A veces uno se pasa la vida pidiendo perdón por no ser perfecto. Por sentir demasiado. Por tardarse. Por equivocarse. Por tener cicatrices. Y el mundo, como la olla perfecta, te repite: “mira cómo eres, mira lo que no logras, mira lo que derramas”.

Pero si un día te detienes —aunque sea tantito— y miras tu lado del camino, igual y ves tus propias flores.

Las cosas buenas que nacieron justo donde tú creías que estabas roto.

La empatía que aprendiste después de llorar.

La fuerza que salió de una caída.

La paciencia que nació de esperar.

La sensibilidad que se volvió abrazo para otros.

Don Mateo nunca habló de “lecciones de vida”. Él solo sembró semillas y dejó que la realidad hablara.

Y eso, por alguna razón, pega más fuerte.

Porque no te lo grita.

Te lo muestra.

Y desde entonces, cada vez que paso por ese sendero, yo también bajo la mirada al lado donde iba la olla agrietada.

Las flores siguen ahí.

Gota a gota.

Día tras día.

Como si el mundo quisiera recordarnos que incluso con una grieta… también se puede regar belleza.