Desconecté el timbre en Nochevieja… y un vecino roto me devolvió el aire

A las seis de la tarde en punto, desconecté el timbre de la puerta.

No me preparaba para una fiesta.

Me preparaba para un asedio.

Afuera, el cielo de Madrid empezaba a oscurecerse y, como si alguien hubiera dado una señal invisible, se escucharon los primeros petardos estallar en las calles. Ese sonido me atraviesa el pecho desde hace años. No por miedo. Por hartazgo.

Bajé las persianas hasta el fondo, bloqueando el frío de diciembre y esa maldita alegría artificial que parece obligatoria en esta ciudad cuando cambia el calendario.

Me llamo Antonio, tengo 78 años, y odio la Nochevieja.

Para el resto del mundo, esta noche es magia: brindis, besos, música, promesas. Para mí es un recordatorio cruel de que el tiempo se va acabando, y de que la silla frente a la mía sigue vacía.

Mi esposa, Carmen, falleció hace cuatro años.

Desde entonces, cada uva que se come en este país me parece una piedrita en el zapato. ¿Qué tiene de “feliz” un año nuevo cuando te haces viejo en soledad? ¿Qué celebras cuando ya no tienes a quién voltear a ver y decirle “lo logramos otra vez”?

Me senté en mi sillón orejero, el mismo de siempre, el mismo que ya conoce mis silencios.

Nada de cava. Nada de turrón.

Solo una taza de caldo caliente. Lo único que me entra cuando el día trae recuerdos.

En la televisión, en La 1, los presentadores hablaban emocionados de las Campanadas en la Puerta del Sol. Se reían como si el mundo fuera ligero.

Yo apreté el botón de Silencio.

El silencio de mi piso antiguo en Chamberí era mi fortaleza. Mi trinchera. Mi manera de sobrevivir la noche sin que el mundo me exigiera participar.

Solo quería dormir y despertar cuando todo ese circo hubiera terminado.

Y entonces… ¡Pum!

Un golpe seco.

No venía de la calle.

Venía del techo.

Luego, ese sonido inconfundible de algo rompiéndose contra el suelo, como porcelana o cristal estrellándose en una cocina.

Me quedé quieto, con la taza a medio camino de la boca.

Arriba vivía un estudiante. Un chico joven, de esos que van con prisa y la mirada pegada al móvil. Nunca habíamos cruzado más de dos palabras en el ascensor. “Buenos días” y “hasta luego”, y a veces ni eso.

Quise ignorarlo.

Lo juro.

Pero escuché pasos. Pasos rápidos, torpes, corriendo por las escaleras. No eran pasos de fiesta. Eran pasos de pánico.

Y, segundos después, alguien aporreó mi puerta.

No era un toque cortés.

Era un golpe de desesperación.

—¡Señor! ¡Señor Antonio! ¡Por favor!

La voz estaba ahogada, como si trajera humo en la garganta.

Mi corazón dio un vuelco.

¿Un incendio? ¿Ladrones? ¿Se le cayó alguien?

Me arrastré hasta la entrada, pero dejé la cadena de seguridad puesta. Abrí apenas una rendija.

Ahí fuera, en el rellano oscuro, estaba el chico.

Javi.

Pálido. Despeinado. Los ojos brillantes de lágrimas.

Y en la mano sostenía una sartén que humeaba como una chimenea industrial.

—¿Qué pasa? —ladré, intentando mantener mi fachada de viejo gruñón, esa que uso para que nadie se me acerque demasiado.

—¡La cena! —jadeó él, con la voz rota—. ¡He quemado la cena! El extractor no funciona y hay humo por todas partes. Si saltan los detectores del edificio… el casero me mata.

Un olor acre a aceite quemado y carne carbonizada invadía el pasillo. Ese olor se mete en la ropa y no se va. Como ciertos recuerdos.

—¿Qué demonios estabas cocinando? —pregunté, mirando el desastre negro en la sartén.

Javi bajó la vista como un niño regañado.

—Pollo en pepitoria —susurró—. Era la receta de mi abuela. Es mi primer año viviendo solo en Madrid. Quería… quería que oliera a casa.

Lo dijo con una tristeza infinita en la mirada.

Y ahí, sin permiso, mi fortaleza se agrietó.

Porque no vi a un vecino molesto.

Vi el reflejo de mi propio miedo.

Él tenía miedo de enfrentar la vida adulta solo.

Y yo tenía miedo de enfrentar el final de la vida solo.

Dos miedos distintos, pero la misma trinchera.

El ruido afuera, la soledad adentro.

—Pasa —gruñí, quitando la cadena—. Antes de que apestes todo el edificio.

Javi entró temblando, como si hubiera estado conteniendo el llanto desde hace horas.

Le quité la sartén con cuidado, como quien desarma una bomba, y la saqué a la pequeña terraza que daba al patio interior. El aire helado de la noche me golpeó la cara y me despejó un poco.

Regresé a la cocina.

Le serví un vaso de agua.

Javi lo tomó con ambas manos, como si el vaso fuera una cosa cálida, una oportunidad de no caerse.

—Lo siento mucho, señor Antonio —dijo, mirando mi mesa vacía—. Mis amigos están de fiesta en el centro. Pero yo no tenía dinero para la entrada de la discoteca y… la verdad, no tenía ganas.

Se le quebró la voz.

—Extraño a mi familia. Pensé que si cocinaba algo rico, no me sentiría tan solo.

Soltó una risa triste, de esas que no alcanzan a ser risa.

—Ahora solo tengo hambre y ganas de llorar.

Yo me quedé de pie un segundo, sin saber qué hacer con esa confesión.

La juventud, cuando se rompe, hace más ruido que la vejez, porque uno espera que los jóvenes estén enteros.

Pero la verdad es que nadie está entero.

Fui a la despensa.

Ahí, guardado para nadie, tenía un buen plato de jamón serrano y un trozo de queso manchego curado. Carmen siempre decía que “las penas con jamón son menos penas”.

Saqué todo y lo puse sobre la mesa, sin ceremonia.

—Tu pollo está carbonizado, chaval —dije.

Javi parpadeó, como si no entendiera la normalidad de mi tono.

—Totalmente —admitió, casi aliviado de que yo no le preguntara más.

—Saca el pan que está en la bolsa —ordené—. No es un banquete, pero es mejor que respirar humo.

Javi obedeció rápido, como si agradecer fuera moverse.

Puse dos platos. Dos cuchillos.

Hacía años que no ponía dos de nada sin sentirme ridículo.

Esa noche, mientras Madrid estallaba en luces y gritos, nosotros no estábamos de fiesta.

Estábamos en mi cocina, bajo la luz amarilla de la lámpara.

Un jubilado de 78 años y un estudiante de 20.

No hablamos de política ni de fútbol.

Hablamos de cosas que solo se cuentan cuando te sientes a salvo un ratito.

Javi me contó de sus estudios en la universidad. Que había venido de un pueblo, que en Madrid todo era grande y rápido, que a veces le daba vergüenza decir que no tenía dinero, que sentía que todos sabían vivir menos él.

Yo lo escuché sin interrumpir, porque a veces lo único que necesita alguien joven es que no lo corrijan.

Yo le conté cómo conocí a Carmen en un baile de verbena hace cincuenta años. No fue romántico como en las películas. Fue torpe. Ella me pisó sin querer, yo me disculpé como si hubiera sido mi culpa, y ella se rió.

Su risa era una puerta abierta.

Javi se quedó sonriendo, como si pudiera imaginarla.

—¿Y… la extraña mucho? —preguntó con cuidado, como quien toca una herida sin querer lastimar.

Yo miré mi taza de caldo.

—Todos los días —dije—. Pero hay días… como hoy… que la extraño con rabia.

Javi asintió despacio.

—Yo extraño a mi abuela igual —confesó—. Ella siempre hacía que la casa oliera… no sé… a algo seguro.

Yo sentí el pecho apretado.

Porque ahí estaba el hilo: Carmen, su abuela, mis años, sus miedos.

El mismo tipo de ausencia.

Cuando faltaban cinco minutos para la medianoche, me di cuenta de algo terrible.

—Las uvas —dije, casi molesto conmigo mismo—. No he comprado uvas.

Hace años que no las compraba. ¿Para qué? Para atragantarme solo viendo una plaza llena de gente abrazándose.

Javi me miró como si yo hubiera dicho algo importante.

Y entonces sonrió. Pero no una sonrisa de “todo bien”.

Una sonrisa de “yo traigo un plan”.

Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una bolsita de plástico arrugada.

—Yo sí compré —dijo—. Son las baratas del súper, y algunas están un poco espachurradas, pero hay suficientes para los dos.

Me quedé viéndolo.

La bolsita era ridícula. Pequeña. Sin glamour.

Y aun así, me pareció una cosa enorme.

Como si alguien hubiera traído una prueba de que todavía se puede empezar algo, aunque sea una tontería.

Puse la televisión. Le subí el volumen.

La Puerta del Sol apareció en la pantalla, llena de gente como una marea humana. Y, por primera vez en años, no me molestó.

Porque mi rincón del mundo no estaba vacío.

Cuando bajó el carrillón y sonaron los cuartos, el corazón me latió fuerte.

No por angustia.

Por vida.

—Una… dos… tres… —contamos juntos, atragantándonos un poco, riéndonos mientras intentábamos comer las doce uvas al ritmo de las campanadas.

Javi se rió con la boca llena y casi se le sale una uva. Yo me reí también, sin control, como si de pronto mi cuerpo recordara cómo se ríe.

La risa me sorprendió.

Yo pensaba que ya se me había acabado.

Cuando sonó la última campanada, no hubo fuegos artificiales en mi cocina.

Solo un silencio tibio.

Y un abrazo torpe entre dos desconocidos que ya no lo eran tanto.

Javi olía a humo, a pan, a noche difícil.

Yo olía a caldo y a viejos recuerdos.

—Feliz año, señor Antonio —dijo.

Yo tragué saliva.

—Feliz año, hijo —respondí.

La palabra “hijo” se me escapó sola, sin pensarlo, como si la dijera Carmen desde algún lugar de la casa.

Javi se quedó quieto un segundo, con los ojos brillosos, y luego asintió, como si esa palabra le hubiera acomodado algo por dentro.

Después recogimos despacio.

No como quien limpia por obligación.

Como quien no quiere que el momento se termine.

Javi me pidió disculpas otra vez por el humo, por la sartén, por “molestar”.

Yo lo paré con una mano en el aire.

—No me has molestado —dije, y me salió más honesto de lo que esperaba—. Me… me has despertado.

Él me miró raro.

—¿De qué?

Yo me quedé pensando.

¿De qué me despertó?

De la costumbre de encerrarme.

De creer que mi dolor era un cuarto al que nadie podía entrar.

De pensar que para sobrevivir había que hacerse duro.

—De mí —contesté al final.

Javi se rió bajito.

—Yo pensé que usted me iba a matar por quemar el pollo.

—Lo pensé —dije—. Un segundo. Luego se me pasó.

Y los dos nos reímos, esa risa tranquila que no necesita demostrar nada.

Javi se levantó, se acomodó la chamarra y caminó hacia la puerta.

—Gracias por dejarme pasar —dijo—. En serio.

Yo lo acompañé hasta el umbral.

Ahí, con el ruido de la calle metiéndose por la rendija, vi algo que no había visto en años: la ciudad seguía siendo la misma, pero yo ya no era el mismo adentro.

Cuando Javi se fue, me quedé mirando el pasillo vacío.

Y entonces hice algo que no pensé hacer:

Volví a conectar el timbre.

Como si dijera: “si alguien llama… tal vez no me escondo”.

Subí un poco las persianas.

No del todo. No soy santo ni cambiado de golpe.

Solo un poco.

Lo suficiente para que entrara algo de la calle. Algo de mundo.

El ruido seguía.

El mundo seguía loco.

Yo seguía viejo.

Pero mi fortaleza ya no era un búnker.

Era un hogar de nuevo.

Me senté otra vez en mi sillón orejero y miré la silla frente a mí.

Seguía vacía.

Pero ya no se sentía como una condena.

Se sentía como espacio.

Como posibilidad.

Pensé en Carmen. En su frase del jamón. En cómo ella siempre encontraba maneras pequeñas de sostener el día.

Y pensé, mientras apagaba la tele y me quedaba con el silencio bueno, que la soledad no se cura con tiempo.

Se cura compartiendo un poco de jamón y unas uvas aplastadas con quien llama a tu puerta.