Su pasado, su momento más duro… Lo que debes conocer de Caramelo de La casa de los famosos All-Stars
El dominicano es uno de los favoritos para ganar la actual edición del exitoso reality show de Telemundo
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La casa de los famosos All-Stars, que ya se encuentra en sus últimas semanas por Telemundo, presentó a una nueva generación de personalidades que se unió a famosos exhabitantes del exitoso reality show. Uno de ellos es el dominicano Caramelo, quien con su personalidad y carisma ha conquistado a muchos televidentes, convirtiéndose a día de hoy en uno de los favoritos para alzarse con el triunfo. Pero, ¿quién es realmente Caramelo?
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Su nombre real es Carlos Antonio Cruz. “Mis padres al nacer me pusieron Carlos, pero con el flow que yo tengo y el swing me llaman Caramelo”.
Nació en Dajabón, un pueblo de República Dominicana. “Me crié con mi madre y con mis abuelos. Mi padre no estuvo presente en el sentido de en el mismo techo pero al los dos ser del mismo pueblo fue como que nunca me hizo falta mi padre porque siempre estuvo en cada cosa que hice.
Emigró con 18 años a Nueva York junto a su hermano menor. “Nosotros llegamos y vivíamos solos. Pasamos muchas Navidades, muchos Año Nuevo en los cuales estábamos solos, pero siempre extrañando a la familia de nosotros en República Dominicana. Pasé muchas cosas sí, pero siempre con la frente en alto de que los viejos míos se sientan orgullosos porque nunca fui a la cárcel, no caí en las drogas y eso me hace sentir superbién”.
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Trabajaba como repartidor de paquetes en Nueva York antes de entrar a La casa de los famosos All-Stars. “Antes de entregar paquetes, yo era carnicero, después recogía metales en las calles de Nueva York, me metía a los contenedores de basura. Cuando entro a la paquetería yo solo empecé normal siendo yo y muchas personas empezaron a grabarme y me decían: ‘Oye, tú tienes talento, yo veo algo en ti’. Y nunca me vi venir llegar tan lejos”.
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Su momento más duro: la мυerte de su abuela. “Era una mujer tan amorosa, nos daba ese amor y ese cariño a nosotros y yo nunca pensé que la мυerte era algo que me iba a sorprender tan joven. Cuando recibí esa noticia solo quería llorar y la pensaba y le gritaba: ‘Mamá’. Y siempre la sueño, siempre la recuerdo. Siempre la siento conmigo. Cada vez que sueño con ella siempre la sueño aplaudiéndome. Ese es mi ángel que me cuida. Aparte de ser abuela, fue como una madre también”.
La persona más influyente en su vida fue su padre. “Mi padre en vez de hablarme como un padre de decir ‘no, eso no es así, eso es así’ siempre me hablaba como un amigo y a la misma vez me daba como ese amor y siempre me hacía sentirme de que fuera seguro en mí en lo que yo hiciera. Para mí es mi héroe”.
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Tiene 3 hijos: 2 de sangre y 1 de crianza. “Los hijos son lo más lindo que uno puede tener, eso es lo único que nos pertenece en la vida”.
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En el amor se considera “superdulce” y “empalagoso”. “Soy bien amoroso, bien cariñoso de una forma que dejo de pensar en mí y pienso más en la otra persona, y dar eso me hace sentir a mí alegre”.
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Sueña con ser actor. “Me gustaría salir en una serie, como actuar en una película. El límite es el cielo”.
Tiene más de 150 mil seguidores en su perfil de Instagram. Puedes seguirlo en @elcaramelodechocolate
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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