La estabán tirada en el suelo, el vestido rasgado, su cuerpo sostenido por dos hombres. Rafael miró a su esposa por última vez: Carolina estaba en manos del mismísimo coyote Salazar. El tuerto Garza se arrodilló junto a ella con esa sonrisa que prometía puro horror. “¡Carolina!”, gritó Rafael intentando levantarse, pero el coyote le plantó la bota en la espalda. “Tranquilo, compadre”, dijo con burla. “Deja que tu mujer aprenda cómo se hacen las cosas aquí.”

Al fondo, María, la hermana menor de Carolina, una chamaquita, lloraba amarrada. “Suéltenla, es solo una niña, cabrones”, suplicó Carolina con la voz quebrada. El coyote soltó una risa seca: “Las niñas crecen rápido en tiempos de revolución.” Entonces puso la pistola en la nuca de Rafael. “Despídete de tu marido, inútil, muchacha.” El disparo retumbó como un trueno. El cuerpo de Rafael cayó sin vida, levantando polvo y sangre. El tuerto la jaló hacia adentro mientras el coyote montaba su caballo llevándose a María consigo. Carolina quedó tirada sin reacción. Tras ser humillada y usada por aquellos hombres de las peores formas, soltó un grito mudo: el grito de quien lo ha perdido todo, a su marido y a su hermanita, en una sola noche de fuego y sangre.

Pero esos cabrones cometieron un error: subestimaron lo que una viuda rota por la vida es capaz de hacer cuando decide buscar justicia con sus propias manos.

Tres días después, Carolina abrió los ojos bajo el sol implacable de Chihuahua. El rancho seguía oliendo a ceniza y sangre seca. Las paredes ennegrecidas le recordaban que nada volvería a ser igual. Se arrastró hasta el pozo, se lavó la cara y sintió cómo el frío le devolvía un hilo de cordura para no romperse del todo. Rafael seguía allí, cubierto de moscas, donde había caído. Carolina lo miró largo rato sin lágrimas —se le habían secado la primera noche— y en su lugar quedó un vacío negro donde antes había amor, esperanza, futuro. Tomó una pala oxidada y cavó horas bajo el mesquite donde Rafael le había pedido matrimonio cinco años atrás. La tierra dura le arrancaba la piel de las manos, pero no paró: el dolor físico era alivio comparado con el otro dolor sin nombre, el que le taladraba el pecho cada vez que recordaba la cara de María al ser llevada.

Cuando terminó de enterrarlo, no rezó: ¿para qué? Dios no había estado ahí. De pie frente a la tumba improvisada, con el vestido sucio de tierra y sangre, prometió en silencio: no descansaría hasta traer a María de vuelta, aunque tuviera que arrastrarse por todo el desierto, aunque tuviera que matar a cada hijo de perra que la tocó. Esa promesa fue lo único que le quedó de humanidad.

Caminó al pueblo con la garganta seca y el alma más seca todavía. El caserío polvoriento de adobe la recibió con miradas de lástima y silencio incómodo: todos sabían lo que había pasado, habían oído los gritos y ninguno movió un dedo. Empujó las puertas de la cantina: el olor a mezcal rancio y sudor sofocaba. Las conversaciones murieron. El comisario, con la panza reposando sobre el cinturón, la miró con algo peor que indiferencia: miedo. “Se llevaron a mi hermana”, dijo Carolina ronca. “Usted sabe quién fue: el coyote Salazar y su gente.”

El comisario buscó ayuda con la mirada, pero no había. “Mire, doña Carolina, lo que le pasó es terrible, de veras, pero…” “Pero nada. Usted es la autoridad. Vaya por ella.” El hombre soltó una risa hueca: “¿Yo ir tras el coyote? Tiene treinta rifles y conoce cada rincón de la sierra. Yo tengo dos ayudantes y medio cerebro entre los tres. Sería un suicidio.” “Entonces es un cobarde.” Se puso rojo, pero no se levantó. “Son tiempos de revolución. Cada quien cuida lo suyo. Si Villa no puede con estos desgraciados, ¿qué quiere que haga yo?”

Carolina se inclinó sobre la mesa: “Mi hermana tiene dieciséis años. ¿Sabe lo que le van a hacer? ¿Sabe a dónde la van a vender?” El comisario apartó la mirada: “Lo siento, de verdad, pero no puedo ayudarla.” Ella escupió a centímetros de sus botas: “Que se pudra en el infierno, comisario.” Salió con las manos temblando de rabia, la plaza vacía, el viento arrastrando polvo. Se sentó en la fuente seca, con la cabeza entre las manos, sin armas, sin caballo, sin ayuda. ¿Cómo iba a encontrar a María? El desierto se tragaba a los hombres armados y ella no era más que una mujer rota.

Levantó la vista: Don Esteban, el herrero, encorvado por los años pero con ojos de dignidad, estaba frente a ella. El único que años atrás se enfrentó al coyote y vivió para contarlo, perdiendo tres dedos. “Sé lo que pasó”, dijo quebrado, “y sé que nadie va a mover un dedo. Yo también tengo miedo. No voy a mentirle, pero no puedo callar.” Le extendió algo envuelto en un trapo: un revólver pesado, con cachas de madera gastada —el revólver de su padre— y cinco balas. “Úselos bien. El coyote acampa donde el río se quiebra entre las rocas rojas pasando la sierra. Pero no va a llegar viva caminando sola. Ese camino se traga a los hombres.” “No me importa.” “Debería. Si muere, ¿quién salvará a María?” “Entonces, no voy a morir.”

Metió el revólver en la cintura y caminó hacia el norte, hacia el sol de plomo y la sierra que se alzaba como dientes rotos. Sin comida, con poca agua, sin caballo: solo cinco balas y un dolor capaz de incendiar el desierto. Cada paso sobre la tierra agrietada era una promesa renovada. El primer día caminó hasta temblar, el sol le arrancaba la piel, el aire seco quemaba los pulmones. Racionó el agua. De noche, bajo un palo verde retorcido, tembló de frío: el desierto de día es horno y de noche tumba de hielo. No durmió: veía a María llorando, al coyote sonriendo, a Rafael cayendo.

El segundo día, el mundo se deshacía en los bordes: el calor golpeaba como puños invisibles, el horizonte bailaba. Tropezó, cayó, se levantó; los labios se partieron, la lengua se hinchó. Siguió: detenerse era morir y morir era abandonar a María. Al mediodía, agotada, se dejó caer bajo un mesquite seco. Tal vez el desierto la iba a tragar. La sed le desgarraba la garganta. El revólver pesaba como plomo: no había visto un alma en dos días.

Entonces escuchó pasos. Abrió los ojos con esfuerzo: una sombra recortada contra el sol, un hombre alto, piel curtida, ojos negros como pozos, carabina a la espalda, ropa de los tarahumaras. Carolina intentó alcanzar el revólver, pero las manos no le respondieron. El hombre se arrodilló y le ofreció una cantimplora: “Toma, despacio.” Bebió como animal desesperado. “¿Quién eres?”, murmuró. “Joaquín. Vas a morir si sigues sola.” Desconfió. “¿Qué quieres?” “Nada. Sé a dónde vas.” Señaló al norte: “Buscas el campamento del coyote.” Carolina sintió el corazón saltar. “¿Cómo lo sabes?” “Porque no eres la primera mujer con esa mirada. Y porque vi cuando se llevaron a tu hermana.” Ella lo agarró del brazo: “¿La viste? ¿Dónde está?” “Está viva por ahora. Si quieres llegar, necesitas ayuda. Yo puedo llevarte.” “¿Por qué?” En sus ojos hubo algo oscuro, culpa. “Porque tengo mis razones.”

Carolina no confiaba, pero sola moriría. Con él quizá llegaría viva. Descansó una hora, racionando el agua. Joaquín masticó cecina seca, con los ojos en el horizonte, sin hablar. Al bajar el sol, se levantó sin palabra y ella lo siguió cojeando, apretando los dientes. Caminaron horas con el fresco del atardecer. Joaquín conocía cada piedra: se movía como animal salvaje, sin ruido ni rastro. “¿Cuánto falta?”, preguntó. “Un día, tal vez dos. Depende de los rastreadores.” “¿Nos buscan?” “Siempre. El coyote no perdona que alguien se le escape. Y eres testigo: eso te hace peligrosa.” “No me escapé. Me dejaron viva.” “Eso es peor.” Ella ya lo había pensado: dolía más que cualquier golpe.

Acamparon sin fuego —el humo se ve a kilómetros—. “¿Por qué me ayudas?”, preguntó. “Tengo mis razones.” “Eso no es respuesta.” “Es la única por ahora.” “¿Cómo sé que no me entregarás?” Se rió sin humor: “Si quisiera, ya lo habría hecho. Pagan bien por información. Pero ya no trabajo para el coyote.” Ese “no más” quedó como humo. “¿Trabajaste para él?” “Todos hemos trabajado para alguien.” “Duerme: mañana caminamos todo el día.”

Al amanecer, el paisaje cambió: colinas rocosas, cañones secos, peñascos. “La sierra”, susurró Joaquín, “ahí están.” “¿Cuánto?” “Mañana al anochecer, con cuidado: hay vigías.” A mediodía se agachó: “Huellas. Tres, quizá cuatro caballos de hace pocas horas. Vienen del campamento. Hay que movernos más rápido.” Saltaron de sombra en sombra, evitando crestas. Ella empezó a respetarlo: no la trataba como frágil. Al atardecer, llegaron a un cañón estrecho con un hilo de agua. Bebieron. Joaquín le curó los pies con “gobernadora” tarahumara, los vendó. “¿Por qué sabes tanto?” “Me criaron aquí. Los tarahumaras me encontraron niño.” “¿Y tu familia?” “Lo mismo que a la tuya.” “¿Y cómo terminaste con el coyote?” Se levantó brusco: “Voy por comida.” Volvió con dos conejos. “Mañana veremos el campamento desde lejos. Contaremos hombres, armas, y si tu hermana sigue.”

Carolina dudó de Joaquín, de sus sombras. Al amanecer, caminaron hacia rocas rojas. “Estamos muy cerca.” Vieron un hilo de humo en un valle escondido: el campamento. Toda su rabia se concentró. Joaquín la jaló detrás de unas rocas: “Espera. Necesitamos plan.” Ella miraba el humo imaginando balas en la frente del tuerto y del coyote. “Hasta que anochezca”, dijo él. “Observar, contar, ver dónde tienen a las mujeres. Buscar el mejor punto.” “¿Las mujeres?” “Siempre hay más. El coyote es tratante. Las vende en la frontera. Por eso tu hermana sigue viva: todavía tiene valor.” Ella mordió el labio hasta sangrar.

Horas entre los árboles, observando. El campamento era grande: jacales de adobe y madera, corrales, fogatas. Contó al menos veinte hombres, todos armados. Y entonces vio a María: salió de un jacal empujada por un gordo barbudo, vestido rasgado, pelo enmarañado, viva pero cojeando. Carolina quiso gritar su nombre, correr, pero Joaquín le tapó la boca: “Tranquila. Ya la viste. Ahora hay que sacarla.” El tuerto caminaba detrás: “Ese es el lugarteniente. Si lo matas, los demás quedan sin mando.” “Lo voy a matar.” “Primero la sacamos.”

El sol bajó. Joaquín dibujó un mapa en la tierra: “Mujeres aquí al este. Dos guardias. Ruta por el río, rocas de cobertura. Entramos cuando duerman. Salimos por el cañón norte.” “¿Y si nos descubren?” “Improvisamos… y probablemente morimos.” “No tienes que hacer esto”, dijo Carolina. “Sí tengo”, respondió él, mostrando por primera vez dolor genuino.

Pasos quebrando ramas subieron por la ladera. Se agazaparon: un vigilante pasó cerca. “Pondrán más guardias.” “Entonces entremos antes de que oscurezca.” “Es más peligroso.” “Cada hora es una hora más de sufrimiento.” “Necesitamos ayuda”, dijo Joaquín. “Lupita: rarámuri. El coyote mató a su familia. Si le decimos que vamos tras él, se une.” Encontraron su ranchería. Lupita salió de entre sombras, silenciosa, con la mirada salvaje. “Joaquín, el cobarde”, dijo. “Pensé que ya estarías muerto.” “Necesitamos tu ayuda.” Ella se rió: “¿Para que me traiciones como a los tuyos?” Carolina lo miró: “¿De qué habla?” Joaquín cerró los ojos. “Todos saben que Joaquín el rarámuri era de los hombres del coyote: mataba, robaba, violaba. Hasta que un día decidió que ya no.” El mundo se detuvo. “¿Estuviste ahí?”, preguntó Carolina, temblorosa: “Esa noche.” El silencio fue respuesta suficiente. Sacó el revólver y le apuntó a la cabeza: “Dame una razón para no matarte ahora mismo.” “No tengo ninguna. Si quieres matarme, hazlo. Lo merezco.” “¿Por qué no los detuviste?” “Porque soy un cobarde. Toda mi vida lo he sido. Cuando mataron a mi familia era niño. Cuando el coyote me obligó, no tuve valor. Cuando vi lo que te hicieron, tampoco.”

Lupita se arrodilló junto a Carolina: “No lo mates todavía. No porque no lo merezca, sino porque lo necesitas: conoce el campamento, sabe dónde tienen a tu hermana, cómo entrar y salir.” “No puedo confiar en él.” “No tienes que confiar. Solo úsalo. Y cuando terminemos, lo matas o lo mato yo.” Carolina, de rodillas, colgando el revólver, admitió: “Está bien. Lo usamos. Pero después pagarás.” “Ya pago cada hora”, dijo Joaquín, “y aceptaré lo que quieras hacerme.”

“¿Cuántos hombres?”, preguntó Lupita. “Veinte, quizá veinticinco. Vigías. Vi tres mujeres, puede haber más.” “Necesitamos una distracción”, dijo Lupita. “¿Sabes disparar?” “Mi padre me enseñó.” Carolina apuntó a un nopal a veinte metros: disparo, la tuna reventó. Cuatro balas restantes. “Bien. Pero necesitamos más armas.” Joaquín reveló un escondite en las rocas al norte del campamento: abrieron una sección oculta, olor a humedad y pólvora: rifles, municiones, machetes, pistolas, dinamita. “Suficiente para empezar una guerra”, murmuró Lupita. “El coyote planea algo grande”, dijo Joaquín: “aliarse con federales.” Carolina cargó el revólver y llenó bolsillos con munición. Lupita tomó un Winchester y balas. Joaquín cargó una carabina. “Plan: Lupita crea distracción al oeste —incendios, disparos—. Carolina y yo entramos por el este, sacamos a las mujeres, huimos por el cañón norte.” “¿Y si no funciona?” “Dinamita. Pero podría matar a tu hermana.” “Entonces tiene que funcionar.”

La noche estaba más oscura: nubes tapando la luna. Se separaron: Lupita al oeste, Carolina y Joaquín al este. “Si me traicionas”, susurró Carolina, “con mi última bala te vuelo la cabeza.” “No es trampa. Te lo juro por la memoria de mi hermana.” Al borde del campamento, guardias moviéndose entre sombras. Esperaron. El sudor corría pese al frío. Pensó en María, a metros.

De pronto, una explosión sacudió el lado oeste: llamas, gritos, disparos. “Ahora”, dijo Joaquín. Corrieron agachados al jacal de mujeres. Dos guardias, distraídos mirando el fuego. Joaquín le partió el cráneo a uno con la culata; Carolina disparó al otro. Tres balas. Empujaron la puerta: olor a miedo y suciedad. Tres mujeres amarradas, ojos enormes. Una era María. “¡Carolina!”, gritó quebrada. Carol cortó cuerdas, la abrazó: “Estoy aquí, hermanita.” Joaquín desató a las otras dos: “Pueden venir con nosotros, pero corran y no hagan ruido.” Asintieron.

Salieron cuando más explosiones sacudían el campamento: Lupita hacía magia con dinamita. Corrieron hacia el cañón norte: María cojeando entre Carolina y Joaquín, las otras tropezando, levantándose. Alguien gritó detrás: “¡Se están llevando a las viejas!” Joaquín disparó sin apuntar: un hombre cayó. Venían más. “Corran”, gritó. “Yo los detengo.” “No”, dijo Carolina, agarrándolo: “Vienes con nosotros.” “Si voy, nos alcanzan a todos. Saca a tu hermana. Es mi oportunidad de hacer algo bien por primera vez.” Ella vio que no cambiaría. Los hombres se acercaban, disparando. Jaló a María, corrió al cañón. Las rocas arañaban; una mujer se torció el tobillo y se quedó atrás llorando. Carolina no pudo detenerse. Se refugiaron tras rocas enormes: jadeando, temblando. Sangrando y rotas, pero vivas. Carolina abrazó a María: respiración irregular, sollozos ahogados. “Te tengo, hermanita. Ya pasó.” Pero no había pasado: disparos y gritos aún se oían. Joaquín peleaba solo, pagando con sangre.

Una hora, quizá dos. Los disparos cesaron. Silencio amenazante. Algo se movió entre rocas. “Quien sea, no se acerque o disparo.” “Tranquila, muchacha, soy yo.” Lupita apareció cubierta de sangre y hollín, sonriendo: “Lo logramos. Sacamos a tres. Una se quedó atrás.” “¿Joaquín?” La sonrisa desapareció: “No lo sé. Lo rodearon. Peleó como demonio, pero eran demasiados.” “Tenemos que irnos”, dijo Lupita: “Van a rastrear. Conozco cuevas más arriba para escondernos.” María apenas podía caminar, pero asintió.

Se adentraron más en el cañón, escondiéndose en sombras. Encontraron una cueva poco profunda: podían ver la entrada sin ser vistas. Las cinco se acurrucaron: temblando de frío, miedo y agotamiento. Carolina susurró a María: “Ya estás a salvo. No voy a dejar que nadie te toque.” “Carolina… dijeron… mañana me venderían. Que los gringos pagan por muchachas rubias.” María se ahogó: “Estoy embarazada.” El mundo se detuvo. Carolina se quebró por dentro: “¿De quién?” “No sé. Fueron tantos.” La abrazó más fuerte: era real. Esto no había terminado mientras el coyote y el tuerto vivieran. “Voy a volver”, susurró a Lupita. “Lo sé.”

Amanecieron en la cueva como animales heridos. María dormía con fiebre. Las otras dos mujeres rezaban o miraban la nada. “Hay que movernos antes del mediodía”, dijo Lupita. “El coyote conoce estas montañas.” “María no puede caminar así.” “La cargamos.” Carolina tocó el revólver: “Voy a matarlos. A todos.” “Ya sacaste a tu hermana. Vámonos lejos.” “No puedo irme sabiendo que seguirán rompiendo familias.” “Eres una mujer con cuatro balas. Ellos son veinte.” “Necesitamos ayuda.” “Hay rancherías rarámuri, gente que odia al coyote. Pero no pelean guerras ajenas.” “Y tú eres rarámuri y estás aquí.” “Yo ya no soy nada: soy un fantasma que busca venganza.” “¿Y si les ofrecemos algo? Quédense con armas, caballos.” “Tal vez Ignacio: ex capitán rarámuri. El coyote mató a su hijo.”

Caminaron hacia el este: hallaron la ranchería. Lupita habló en su lengua; un viejo con cicatriz cruzándole la cara las midió con ojos duros. “Lupita dice que quieres matar al coyote.” “Sí. Mató a mi marido, se llevó a mi hermana, destruyó mi vida.” “Buen motivo para odiar. Pero el odio no mata al coyote: él tiene muchos rifles; nosotros, pocas flechas.” “Tiene un escondite lleno de armas. Si lo matamos, pueden quedarse con todo.” El viejo la miró con respeto: “Eres lista, pero sigues siendo una mujer sola. ¿Cómo sé que no es trampa?” “Ya saqué a mi hermana. Podría estar lejos. Pero volví. Mientras el coyote respire, ninguna mujer está a salvo, ni las suyas ni las mías.” El viejo alzó la vista: “Mi hijo tenía catorce. Lo mataron por deporte. Dejaron su cuerpo a los animales. Tardé tres días en encontrar lo que quedaba.” “Lo siento.” “No quiero tu pena. Quiero su sangre. Si me das oportunidad, iremos contigo. Pero tiene que ser pronto: mañana baja al pueblo. Si esperamos, se escapa.” “Esta noche atacamos”, dijo Carolina. El viejo sonrió sin alegría: “Juntaré a los que quieran pelear. Seremos pocos, ocho o diez, pero conocemos la sierra. Es suficiente.”

Volvieron a la cueva: María despertó con fiebre. “¿A dónde fuiste? Creí que me habías dejado.” “Nunca. Tengo que volver al campamento y terminar esto.” “No. Ya es suficiente. Vámonos.” “No puedo sabiendo que seguirán ahí.” “Me da igual otras. Solo me importas tú. Ya perdí a Rafael, no quiero perderte.” El corazón de Carolina se partió: “Tengo que hacerlo, o este odio me pudrirá por dentro. Y tú no mereces una hermana podrida.” “Prométeme que volverás.” “Te lo juro por Rafael.”

Al caer la tarde, Carolina y Lupita se reunieron con Ignacio y nueve hombres, miradas duras de quien perdió demasiado. Arcos, flechas, machetes; pocas armas de fuego. Ignacio trazó un mapa: cuatro entradas; guardias en todas, pero si torturan al traidor, la mayoría estará en el centro. “¿Dónde lo tendrían?” “En la plaza central.” “Entramos por cuatro lados con flechas primero. Cuando nos descubran, rifles del escondite.” “Yo voy por el coyote”, dijo Carolina. “No: tú vas por el tuerto”, corrigió Lupita. “El coyote es mío: me debe la vida de mi hija. El tuerto, el que te violó, es tuyo.” “¿Y Joaquín?” “Si vive, lo liberamos. Si está muerto, fue decisión de los dioses.”

Con la oscuridad completa, Carolina contó balas: cuatro. Lupita le puso la mano en el hombro: “¿Tienes miedo?” “Estoy muerta de miedo.” “Bien. El miedo te mantiene viva; la confianza ciega te mata.” Se separaron en cuatro grupos. Carolina, con Lupita y dos rarámuri hacia el este. Los gritos del campamento llegaban: de animal despedazado vivo. Era Joaquín.

Desde las rocas vieron la plaza: fogata enorme, círculo de hombres. En el centro, Joaquín amarrado a un poste, la espalda en carne viva. El tuerto con látigo, sonriendo. Y el coyote en silla, como rey, fumando; ojos de inteligencia cruel, voz suave. “Joaquín, me duele hacer esto. Te traté como hijo. Así me pagas.” Joaquín escupió sangre: “Vete al infierno.” El coyote se rió: “Probablemente, pero tú llegarás primero. Continúa, pero despacio: que dure.” Ignacio susurró: “Todos en posición.” Carolina disparó al cielo.

Por un segundo todo se congeló. Luego el infierno cayó desde cuatro direcciones: flechas silbaron; tres guardias cayeron sin entender. Los rarámuri se movían como sombras. Carolina corrió hacia la plaza con Lupita, disparando, recargando, disparando. Un hombre con machete: bala en la frente. Tres balas. Caos, gritos, disparos, sombras danzantes, olor a pólvora y sangre. Carolina abrió paso hacia Joaquín: un grandote con cicatriz le cerró el camino; disparo al estómago, cayó. Llegó al poste: Joaquín levantó la cabeza: “Vete. Es trampa.” Algo duro golpeó su espalda: cayó de rodillas, el revólver se le escapó. El tuerto parado sobre ella con un madero, sonriendo: “Pensé que te había enseñado a quedarte quieta, perra.” La pateó, le puso las manos en el cuello: “Esta vez te mato despacio. Voy a disfrutarlo.” No podía respirar. Puntos negros en su visión.

El tuerto gritó: Joaquín había liberado una mano y le clavó un cuchillo en el muslo hasta el mango. Cojeando de odio, el tuerto avanzó. Carolina se arrastró, agarró el revólver, se volteó. Apuntó: bajó la mira y disparó a la entrepierna. El grito fue inolvidable. Cayó de rodillas, manos en la herida, sangre brotando. Carolina caminó hacia él, le puso el cañón en la frente: “Esto es por mi marido, por mi hermana, por cada mujer que tocaste.” Disparó. Cero balas.

“¡El coyote está escapando!”, gritó Lupita. Carolina lo vio corriendo hacia corrales. Buscó balas en bolsillos: nada. Vio la pistola del tuerto: dos balas. Corrió entre cadáveres y jacales ardiendo. El coyote ya montaba; Lupita disparó y falló; él le devolvió fuego. Carolina, corriendo, apuntó y disparó: la bala dio al caballo en el cuarto trasero; cayó, el coyote rodó, se levantó aturdido. Ella le apuntó la última bala. “Espera, podemos hacer negocio: dinero, mucho.” “No quiero tu dinero.” “Entonces, ¿qué?” “Venganza.” “No te devolverá a tu marido ni borrará lo que te hicimos. Mátame y cargarás eso igual. Si me dejas vivir, te doy poder.” Carolina vio miedo detrás de palabras suaves y entendió: matarlo no cambiaría nada. Pero tampoco podía dejarlo vivir.

Lupita llegó con el Winchester, sangre en la cara. “Es mío. Me lo prometiste.” El miedo fue real en los ojos del coyote. “Lupita, lo de tu hija fue un accidente…” “No digas su nombre.” Le pegó con la culata; escupió sangre y dientes. Lo pateó en las costillas: “Mi hija tenía ocho años. Y tus hombres la usaron como trapo. La encontré tres días después: lo que quedaba.” El coyote sollozaba; la máscara rota. “Lo siento.” “Yo también”, dijo Lupita. “Siento que no puedas morir más de una vez.” Disparó a la rodilla. Gritó. Lo giró boca abajo, le puso el cañón en la nuca: “Muere como perro, cabrón.” Disparó. El cuerpo quedó quieto.

El campamento se quedó en silencio. Los que no murieron huyeron a la oscuridad. Ignacio juntaba a sus caídos: cuatro muertos. Carolina cortó las cuerdas de Joaquín: estaba vivo apenas. “¿Por qué lo salvaste?”, preguntó Lupita. “No lo sé. Quizá porque ya hubo suficiente muerte. O porque me salvó la vida.” “Eso no lo hace bueno.” “No, pero lo hace humano.” Lo envolvieron en un petate; dos rarámuri lo cargaron. “¿Ahora?”, preguntó el viejo. “Buscar a mi hermana e irnos lejos. A él lo dejarán en un pueblo con un curandero; si vive o muere, ya es asunto suyo.” El viejo asintió: “El coyote tenía razón en algo: esto nos dará poder. Suficientes armas para defendernos.”

Guiadas por dos rarámuri, regresaron a la cueva al amanecer. María estaba despierta, abrazándose las rodillas: “Carolina.” Se abrazaron llorando, temblando. Esto era lo único que importaba: tener a María viva en sus brazos. “Terminó”, susurró María. “Ya terminó.” “Sí, hermanita”, dijo Carolina, aunque ambas sabían que era mentira: nunca terminaría; cargarían cicatrices y pesadillas, pero al menos juntas. Los rarámuri se llevaron a Joaquín al sur, a un curandero: quizá viviría, quizá no. Las otras dos mujeres se fueron con ellos, una con familia en Durango, la otra huyendo de las montañas malditas.

Al anochecer, Carolina y María caminaron hacia el sur, lejos de la sierra y del campamento. Días de lluvia bajo árboles o sol que obligaba a detenerse cada hora, pero siguieron: detenerse era morir. Llegaron a un pueblo al pie de la sierra: nadie las conocía, nadie preguntó. En tiempos de revolución, había demasiadas viudas caminando y hermanas huérfanas buscando refugio. Hallaron trabajo en una casa: Carolina lavando ropa, María ayudando en cocina cuando la fiebre no la tumbaba. Era poco, pero era empezar otra vez.

Un mes después, María preguntó: “¿Qué vamos a hacer con el bebé?” Carolina había evitado pensar que dentro de María crecía un pedazo de la violencia. “No lo sé. ¿Qué quieres tú?” “No lo sé. A veces pienso… pero otras, que es lo único vivo que salió de todo esto.” “No tienes que decidir ahora. Y si se parece a ellos, tendrá tu corazón. Eso importará.” María lloró esa noche y Carolina la abrazó, cantándole canciones de su madre antes de que la fiebre se la llevara.

Pasaron meses; el vientre creció. Carolina trabajó doble para ahorrar. Algunas jornadas fueron imposibles, pero siguieron. Seis meses después, alguien tocó a su puerta de noche. Carolina tomó el machete; María se escondió. “¿Quién es?” Silencio. Una voz ronca: “Soy yo.” Era Joaquín: flaco, piel pegada a los huesos, barba larga, espalda hecha cicatriz, vivo. “¿Qué haces aquí?” “Necesitaba ver que estaban bien.” “Ya lo viste. Vete.” “Déjame explicarte, disculparme.” “Nada cambiará lo que pasó.” “Lo sé. No vine a pedir perdón. Vine a pagarte.” Dejó una bolsa de cuero: monedas de plata rodaron. “Es todo lo que tengo: para el bebé.” Era dinero de sangre, sucio, pero también comida y medicina. “Quédate esta noche”, dijo Carolina al fin, “mañana te vas y no vuelves.”

Esa noche nadie durmió. Al amanecer, tortillas frías y agua. “¿A dónde irás?”, preguntó María. “No lo sé: al norte, a la frontera, caminar hasta que el cuerpo no pueda.” “Eso es cobardía”, dijo Carolina. “Entonces, ¿qué quieres? ¿Que me quede cerca para sufrir?” “Quiero que vivas con lo que hiciste. Que si ves otra mujer en problemas, hagas algo.” “Y si no es suficiente…” “Nunca lo será. Pero es lo único que puedes hacer.” Joaquín asintió y se fue sin mirar atrás.

Pasaron semanas: el vientre de María creció hasta reventar. Carolina usó el dinero para mantas, ropa pequeña, la partera del pueblo. Una noche de luna llena, María sintió dolores. Horas de gritos, empujones, lágrimas. Carolina sostuvo su mano y le dijo que todo estaría bien, aunque no lo sabía. El llanto se escuchó: una niña pequeña, arrugada, perfecta. La partera la limpió, la envolvió, la puso en el pecho de María, cuyos ojos por fin mostraron algo: esperanza. “Es hermosa”, susurró. Tenía pelo oscuro, ojos aún indefinidos. No se parecía al coyote ni al tuerto: se parecía a María y quizá a su madre muerta, a Rafael, a todos los que se habían ido. “¿Cómo se va a llamar?” “Esperanza. Es lo único que nos queda.”

Pasaron los años: Esperanza creció fuerte y curiosa, risa fácil de quien no conoce el peso del mundo. Carolina siguió trabajando, ahorrando para mudarse a un lugar más grande. María se recuperó poco a poco; las pesadillas no se fueron, pero aprendió a vivir con ellas, a sonreír de nuevo. Un día, cuatro años después, un jinete llegó con un mensaje del general Villa: “Los hombres que le hicieron esto no eran revolucionarios, eran animales. La revolución es justicia. Si algún día necesita algo, mande palabra. Villa no olvida a las viudas de buenos hombres.” Carolina guardó el papel en el delantal: “Agradezco sus palabras, pero no necesito nada. Ya conseguí mi justicia.”

Esa noche, al acostar a la niña, Carolina le contó una historia —no la real, todavía no—: una mujer valiente cruzó el desierto, peleó contra monstruos, salvó a su hermana. Un cuento nacido de verdad. Esperanza se durmió sonriendo. “¿Algún día se lo diremos?”, preguntó María. “La verdad, cuando sea más grande.” “Gracias, por no rendirte, por buscarme, por seguir aquí.” “Siempre. Somos lo único que nos queda.”

Afuera, el viento soplaba desde el desierto trayendo polvo y recuerdos. En las montañas, los huesos del coyote y del tuerto se blanqueaban al sol, olvidados por todos salvo por los zopilotes. La justicia, pensó Carolina, no siempre llega rápido ni limpia, pero cuando llega, deja marcas en la tierra y en el alma y quizá, solo quizá, deja algo más: la posibilidad de empezar otra vez.