Dominicanas poderosas: Amara, Yailín y más conquistan la portada de People en Español

¡Orgullo dominicano en lo más alto!
La revista People en Español ha revelado su esperada lista de “Los 50 más bellos 2025”, y entre los nombres más destacados figuran cinco talentos dominicanos que están dejando huella dentro y fuera del escenario.

VER VIDEO ABAJO: LOS DOMINICANOS DUEÑOS DEL FLOW EN LA REVISTA PEOPLE 2025.
No sólo por su belleza, sino por su fuerza, perseverancia y carisma auténtico.
En la categoría “Los dueños del flow” brillan Yailín La Más Viral y Prince Royce, ambos íconos del género urbano y la bachata, quienes han conquistado millones de corazones con su música y autenticidad.

[Yailín La Más Viral]
Mientras tanto, el carismático Caramelo, ganador de La Casa de los Famosos All-Stars, entra en “En pleno ascenso”, mostrando que el talento emergente también tiene nombre dominicano.

[Amara La Negra]
La siempre encantadora Amara La Negra deslumbra en “La fascinación de la pantalla”, una categoría que reconoce su presencia única como presentadora y actriz.

[Zoé Saldaña]
Y la estrella internacional Zoé Saldaña, reconocida por su trayectoria cinematográfica en Hollywood, figura en “Ladrones del sueño”, destacando el poder interpretativo que ha llevado a nuestra bandera a las grandes ligas del cine.
Más allá de la belleza física, este reconocimiento celebra el esfuerzo, la autenticidad y la conexión real que cada uno de ellos ha construido con su público.

[Prince Royce]
Son embajadores del arte, la cultura y el talento dominicano que hoy se celebran a nivel internacional con orgullo y admiración.
¡Felicidades a cada uno!

[Caramelo Cruz]
Porque ser bello es mucho más que una imagen: es tener presencia, voz, historia… y corazón.
Hoy, el mundo reconoce lo que República Dominicana siempre ha sabido: cuando el talento se hereda y se trabaja, no hay límites para brillar.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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