El roce metálico de la puerta al ceder fue el primer sonido del día que perforó la irritación del Dr. Raúl. «No puedo creer que me hayan hecho venir aquí un sábado por la mañana». Empujó la pesada puerta de la morgue con el hombro, la bata blanca desabrochada, el semblante surcado por el cansancio y el mal humor. El pasillo, frío y largo, devolvía el eco de sus pasos como un juicio silencioso a su jornada interrumpida.

Había soñado con llevar a su pequeña nieta, Ana, al zoológico, con ver sus ojos brillar ante los elefantes. Y sin embargo, allí estaba, en el lugar donde la vida terminaba en lugar de celebrarse.

Arrojó su maletín sobre una mesa de acero inoxidable con un ruido sordo. El doctor Santiago, su asistente, ya con los guantes puestos, preparaba la sala con la frialdad de quien ha construido una fortaleza contra la miseria humana.

—Cálmese, doctor. Será rápido. Estoy aquí para agilizar todo. Terminamos esto y usted todavía llega a la sesión de cine con ella —dijo Santiago, sin levantar la mirada.

Raúl colgó su bata en un gancho y se puso los guantes lentamente, sus ojos aún fijos en el resentimiento. Pero cuando se giró hacia el centro de la sala, su cuerpo se detuvo. Dos camillas cubiertas con sábanas blancas, ridículamente pequeñas, ocupaban el espacio. La rabia por el sábado perdido se disolvió en un silencio denso y punzante.

Frunció el ceño con una punzada en el pecho.

—Son niñas —murmuró, casi para sí mismo.

Santiago asintió con una inexpresividad que solo acentuaba la tragedia.

—Gemelas, diez años.

Raúl se acercó a las camillas. Cada paso era un esfuerzo de voluntad, una lucha contra la empatía que este trabajo requería sepultar. Retiró la sábana con una delicadeza que no se permitía usar a menudo, como temiendo que el susurro de la tela pudiera interrumpir un sueño eterno.

Allí estaban los rostros. Delicados, pálidos, idénticos. Inmóviles. Por un instante, el corazón de Raúl pareció detenerse, apretado por la visión. Tragó saliva, la garganta seca.

—Dios mío —susurró, bajando la mirada—. ¿Tienen la edad de mi nieta?

El sonido seco y constante de Santiago preparando las pinzas y el instrumental era el único ritmo en aquel ambiente helado. El joven parecía más molesto por la lentitud del veterano que afectado por la escena.

—Ya revisé los latidos, los reflejos, todo. Están listas para la autopsia.

Raúl miró a las niñas. Había visto de todo en esa sala, pero nunca se acostumbraba a cuerpos tan pequeños sobre esas mesas de metal. Con la mandíbula tensa, se giró hacia su colega.

—¿Ya hiciste los exámenes de protocolo?

—Los hice antes de que llegaras. Todo está listo.

La rapidez era notoria, casi sospechosa. Raúl caminó hacia la mesa lateral, buscando ganar tiempo, ordenar la mente. El eco de sus botas resonaba suavemente, pero con peso.

—Quiero ver los formularios.

La pausa de Santiago fue fugaz, pero perceptible. Cuando respondió, el tono era seco, un intento de clausurar el tema antes de que se abriera.

—Están en la oficina, luego los traigo —Dio una media sonrisa tensa—. Pero puedes confiar, doctor. Seguí todo como indica el protocolo. Podemos empezar ahora mismo si quieres. Así vuelves a casa antes.

Raúl volvió la mirada a los cuerpos. La piel aún tenía un leve brillo, una irrealidad.

—No suelo confiar en las prisas cuando se trata de niñas muertas —La respuesta fue baja, firme, como una sentencia.

Santiago dio un paso a un lado, visiblemente incómodo. Se frotó el rostro, carraspeó, luchando por la calma.

—Lo entiendo. Solo estoy pensando en ti, y en mí también. Para ser honesto, es sábado. Nadie quiere pasar el día aquí.

Raúl observó a su asistente. No había empatía, solo una impaciencia ansiosa. Santiago trataba a esas niñas como un caso más, como piezas de una máquina y no como el final abrupto de dos vidas.

—Tienes prisa por ir a dónde —cuestionó Raúl, la voz neutra.

Santiago se encogió de hombros con una despreocupación forzada.

—A casa. Es fin de semana, doctor.

En ese momento, el celular de Santiago comenzó a sonar. El joven se alejó sin pedir permiso, llevando el teléfono al oído, hablando en un tono bajo y tenso. Raúl no necesitaba escuchar las palabras. El lenguaje corporal de Santiago lo decía todo: los hombros levantados, la mirada nerviosa, el sudor en la frente incluso en el frío glacial de la sala. El nerviosismo no era solo por el fin de semana perdido, era algo más.

La llamada fue corta. Santiago colgó y permaneció de espaldas por unos segundos, respirando profundamente antes de girarse.

—¿Problemas? —preguntó Raúl.

—Nada importante. Cosas personales —Santiago se rascó la nuca, desviando la mirada.

Raúl lo observó largamente. El silencio se había vuelto una sustancia palpable. Algo no encajaba. El médico veterano caminó hacia una tabla, ojeando los papeles al azar, ganando tiempo para observar cada pequeño gesto de Santiago, que ahora limpiaba superficies ya limpias, reorganizaba bandejas que no lo necesitaban, moviéndose con una prisa discreta.

—Dijiste que hiciste los exámenes. ¿Recuerdas cuál fue el reflejo ocular de las niñas?

Santiago parpadeó lentamente.

—Sin respuesta, pupilas dilatadas.

—¿Llegaste a anotar eso?

—Como dije, está todo en la oficina. Luego lo traigo.

Raúl se quitó los guantes y abrió el grifo. El sonido del agua llenó el silencio. Por el espejo sobre el lavabo, observó el reflejo de Santiago, que continuaba con su frenético e inútil movimiento de instrumentos. Había una tensión invisible, una certeza que aún no tenía nombre.

Volvió cerca de las camillas. Las gemelas, lado a lado, parecían dormidas. Rostros serenos. Diez años, la edad de los amigos imaginarios.

—¿Llegaste a saber qué causó la muerte de ellas?

—La sospecha es de envenenamiento. Según el informe inicial, habría sido el padre quien lo hizo —Santiago respondió con la misma frialdad distante.

—¿El padre?

—Sí, la madre y el padrastro pidieron la autopsia para confirmar. Quieren certeza absoluta.

El peso de la revelación cayó sobre Raúl. Envenenar a las propias hijas. Dos vidas idénticas cegadas al mismo tiempo. Intentó respirar hondo, forzándose a la concentración. A su lado, Santiago ajustaba los elásticos de su mascarilla mirando el reloj. Su impaciencia era un grito.

Raúl no podía evitar sentir que había algo más que distanciamiento profesional en el asistente. Era casi un descuido, una falta de respeto por la brutalidad del caso. Ambos se colocaron los delantales y las mascarillas en un ritual silencioso.

—Santiago, el bisturí —ordenó Raúl, extendiendo las manos.

Pero antes de que pudiera tomarlo, un estruendo seco sacudió la puerta. Y luego, otro impacto más fuerte.

—¡Por favor, abran esa puerta! —Era la voz de una mujer, desgarrada por la angustia—. ¡Por el amor de Dios, soy la madre! ¡Ellas son mis hijas!

Los golpes y los gritos continuaron: “¡No comiencen la autopsia, por favor!” Una segunda voz, masculina y firme, se sumó: “¡Abran esta puerta! ¡Tenemos derecho!”

El bisturí de Santiago quedó suspendido en el aire. Raúl retrocedió, su corazón acelerado.

—¿Sabías que alguien vendría aquí? —preguntó Raúl.

—No, no tengo idea. Espera, voy a llamar al padrastro de las niñas.

Santiago sacó el celular, su mano temblaba visiblemente en el frío. Se alejó dos pasos, de espaldas a Raúl, buscando privacidad.

—Señor Vicente, lo siento, pero su esposa está aquí en el depósito. Está intentando entrar en la sala y gritando. Trajo a un hombre con ella. Dice que no hagamos la autopsia.

Raúl no quitaba los ojos de su colega. Vicente. El padrastro que había pedido la autopsia para confirmar la culpa del padre.

Santiago asintió varias veces, la respiración acelerada. Colgó. Se giró hacia Raúl, la expresión tensa.

—Él dijo que no la dejemos entrar de ninguna manera.

—¿El quién?

—Vicente, el padrastro. Dijo que su esposa está muy afectada y podría interferir en el procedimiento. Ordenó seguir con la autopsia inmediatamente.

Raúl entrecerró los ojos.

—¿Y eso no te parece extraño?

Santiago dudó.

—No sé, tal vez, pero él está intentando proteger el procedimiento…

Desde afuera, los gritos aumentaron: “¡Por favor, son mis hijas! ¡Abran esa puerta, lo suplico!” De repente, un golpe violento hizo temblar el pestillo. El hombre que acompañaba a Gracia gritó: “¿Entraremos con o sin permiso? ¡Abran esta puerta antes de que entremos!”

—Esto está mal, Santiago. Todo está mal. Lo sabes.

Santiago no respondió. El pomo de la puerta fue forzado, el cerrojo cedió y la puerta se abrió de golpe con una violencia brutal, cortando el silencio. Gracia entró primero. El rostro, una máscara de lágrimas, los ojos rojos e inyectados. Sus pasos eran inestables. En sus manos, una botella de plástico transparente con un líquido espeso, rojo oscuro, que se agitaba.

Raúl sintió que el mundo se encogía. Miró a la mujer, al frasco, a las niñas. Santiago retrocedió hasta chocar contra la pared. Gracia se detuvo frente a las camillas, la mirada fija en sus hijas. La voz salió temblorosa, pero firme, con una certeza desesperada.

—La respuesta está aquí —Levantó ligeramente la botella—. Todo lo que necesitan saber está en este frasco. No van a abrir a estas niñas antes de que sepan la verdad.

El silencio se instaló, cargado de una electricidad volátil. Pero la verdad de ese momento de crisis solo podía entenderse mirando hacia atrás, hacia la cotidianidad que precedió a la tragedia.

La casa de Gracia, Vicente, Catalina y Clarisa era más que cómoda: era una mansión suntuosa con piscina, jardín florido y grandes ventanales. Desde fuera, el retrato de una familia exitosa. Vicente era un médico respetado, un hombre admirado, dueño de una clínica de prestigio. En casa, mantenía una máscara de contención y educación. Siempre gentil con su esposa, servicial con las niñas. Un pilar.

Gracia lo amaba y lo admiraba. Había dejado su empleo para dedicarse por completo a las gemelas, el alma de la casa. Catalina, curiosa. Clarisa, reservada. Idénticamente dulces, siempre unidas. Su vínculo con la madre era intenso, una complicidad silenciosa.

Con Vicente, el vínculo era tenue, casi inexistente. Él lo intentaba con juguetes caros y salidas, pero las niñas rechazaban su afecto con una cortesía silenciosa. Evitaban sus abrazos, ignoraban sus comentarios. Rara vez mostraba su frustración, pero Raúl había visto el control remoto ser apretado con demasiada fuerza, la mandíbula tensa, la sonrisa forzada que moría antes de formarse.

—Me esfuerzo, hago todo lo que puedo, pero parece que nada es suficiente —confesó Vicente una noche.

Gracia lo consoló. —Solo necesitan tiempo. Con el tiempo se acercarán.

Pero él no estaba convencido. Los almuerzos familiares eran un ejercicio de contraste. Vicente, hablando de cirugías complicadas con una desconexión profesional. Gracia, intentando suavizar el ambiente. Y las gemelas, masticando en silencio, presentes solo físicamente, como si estuvieran sentadas en un huso horario diferente.

Vicente no era el padre biológico. Llegó después. El lugar le pertenecía a Alfonso, el hombre que las hacía reír, el que imitaba voces y les dejaba comer helado antes de la cena. Alfonso era el chico popular que Gracia había amado primero. Vicente, el amigo, el apoyo, había observado desde la adolescencia, consumiéndose en la fascinación y el deseo imposible.

Cuando Gracia se separó, él vio su oportunidad y la tomó con metódica paciencia. Se acercó con delicadeza, esperando silenciosamente. Finalmente, se casó con ella, instalándose en el hogar. Pero ocupar el lugar no significaba pertenecer a él.

Las niñas lo llamaban por su nombre, evitaban el contacto, y esperaban ansiosamente la llegada del otro. Alfonso las buscaba todas las semanas, cumpliendo rigurosamente la custodia. Era la presencia constante que irritaba a Vicente, la herida que no cerraba. Cada vez que Alfonso estacionaba frente a la mansión, algo se trababa en él. Las gemelas corrían escaleras abajo, gritando, radiantes, una alegría que nunca mostraban por él.

—El papá nos va a llevar al parque. Prometió que nos van a enseñar a andar en bicicleta sin rueditas.

Esas frases eran agujas, recordatorios constantes de que él nunca sería suficiente. Y luego venían las comparaciones inocentes, pero certeras: “El papá es más divertido. El papá cocina mejor que tú.”

La peor frase, sin embargo, fue dicha con intención, un deseo infantil que detonó la represión de Vicente.

—Queríamos que la mamá volviera a vivir con el papá.

Vicente sintió el golpe en el estómago. Fingió no escuchar, se encerró en el baño y dejó el grifo abierto por minutos, mirando su propio reflejo. Lo que veía era un hombre al borde de la explosión.

Con el tiempo, la irritación se transformó en algo más oscuro: resentimiento cultivado, un rencor escondido bajo capas de profesionalismo. Ya no eran solo celos; era odio, un sentimiento alimentado desde el patio del colegio. Las gemelas eran el lazo, el puente vivo que unía a Gracia con Alfonso. Mientras existieran, él nunca la tendría solo para sí. Sería solo el hombre que llegó después, el intruso educado.

La rabia, antes difusa, se convirtió en un punto fijo, obsesivo. El plan surgió como un susurro, absurdo al principio, pero inevitablemente lógico para una mente consumida. Vicente sabía cómo hacerlo. Era médico. Tenía acceso a compuestos, conocimiento técnico, la habilidad para manipular dosis sin dejar rastro. Estudió en secreto los efectos de ciertos sedantes en organismos infantiles. Una alta concentración causaría un paro cardíaco sin señales de violencia.

Pero la muerte no era suficiente. Necesitaba que Alfonso cargara con la culpa, que fuera irrevocablemente manchado. Solo así, Gracia se alejaría definitivamente de él.

El momento perfecto llegó con la rutina. Alfonso recogería a las niñas como siempre. Ellas llevarían sus mochilas con los cuadernos, los juguetes y, crucialmente, las botellitas de jugo que ellas mismas elegían. Esa mañana, Vicente preparó todo con una frialdad quirúrgica. Colocó la dosis precisa en cada botellita. El líquido no cambió de color ni de olor. El jugo favorito de las niñas, fresa con uva, ahora era el vehículo de algo letal.

Cuando Alfonso llegó, las gemelas estaban radiantes. Alfonso sonrió.

—Están muy animadas hoy. Plané algo especial.

—Disfruten —dijo Gracia, besando a sus hijas en la frente.

Vicente observó, silencioso, contenido. Las gemelas subieron al coche con Alfonso, cada una con su mochila, cada mochila con una botellita de jugo envenenado. Para el mundo, era una salida familiar de fin de semana. Para Vicente, era la única manera de poseer finalmente lo que había deseado durante toda su vida.

En la morgue, la tensión se rompió cuando Gracia levantó el frasco, sus ojos inyectados fijos en el rostro del Dr. Raúl.

—La respuesta está aquí —repitió—. Es la última botella de jugo que mi marido compró. La encontré en el coche de Alfonso, vacía, cuando ya era demasiado tarde. Pero yo sabía que ese no era su jugo favorito. Alfonso siempre les compraba fresa y uva. ¡Siempre! Vicente… él insistió en que tomaran otro tipo de jugo esa mañana.

Raúl sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la sala. El padrastro había pedido la autopsia para confirmar el envenenamiento y culpar al padre. El padrastro que llamó a Santiago para que se apresurara. El padrastro, Vicente, que era un médico con acceso a sustancias y conocimiento técnico.

Raúl miró el líquido espeso, rojo oscuro, en la botella de Gracia. No era un jugo, era la muestra recolectada de algún lugar, quizás de la segunda botella o un vómito. Pero lo crucial era el frasco.

Su mente conectó los puntos con una velocidad aterradora:

    La Prisa de Santiago: Vicente le ordenó apurar la autopsia para evitar que Gracia interfiriera.
    El Formulario Falso: Santiago no quería mostrar los documentos porque tal vez aún no había sido firmado por Vicente.
    La Causa: Envenenamiento.
    El Vehículo: El jugo que Vicente “insistió” en que tomaran, desviándose de la rutina de Alfonso.

Raúl se giró lentamente hacia Santiago, que estaba inmovilizado contra la pared, su rostro pálido y sudoroso. El asistente ya no parecía impaciente, sino aterrado.

—Doctor Santiago —La voz de Raúl era un trueno silencioso—. El informe inicial dice que la sospecha es de envenenamiento. Pero usted no estaba apurado por el procedimiento, ¿verdad? Usted estaba apurado por tapar una verdad. ¿Anotó el envenenamiento? ¿O anotó lo que le dijeron que anotara?

El hombre que acompañaba a Gracia dio un paso firme hacia Santiago.

—Ella se dio cuenta. Se dio cuenta de que no era el jugo habitual. ¡Su marido, el Doctor Vicente, las mató! ¡Él sabía lo que hacía! —gritó el hombre.

Gracia dejó caer la botella sobre la camilla, el líquido rojo oscuro no se derramó, pero el sonido del plástico resonó como un disparo. Cayó de rodillas junto a sus hijas, con el cuerpo sacudido por un llanto desesperado.

Raúl no necesitaba abrir más los cuerpos. El shock ya no era por el drama de la interrupción, sino por la brutalidad del descubrimiento. La verdad era que Vicente, el médico respetado, el esposo perfecto, había asesinado a sus propias hijastras para borrar el recuerdo de su rival, utilizando su profesión como arma. El forense se había caído de espaldas en shock, no solo por la aparición de los padres, sino por el detalle que el pánico de Santiago y la verdad en la botella le acababan de revelar: no estaban a punto de exponer un asesinato cometido por un padre celoso, sino de encubrir, por negligencia o complicidad, el crimen perfectamente calculado por un marido obsesivo y resentido.