El Castigo del Padre que Desnudó un Alma Vencida: Su Hijo, El “Chico Problema”

1. APERTURA: EL AMARGO SABOR DE LA CONDENA

“¡Papá, ¿hablas en serio? No voy a trabajar aquí!”

La voz de Pavel, o Pasha, como todos le llamaban, resonaba con una mezcla de indignación y asco juvenil. Estaba de pie frente al edificio gris y austero del hospital, un lugar que olía a antisépticos baratos y desesperanza.

Su padre, Ivan Nikolaevich, un hombre de negocios implacable y de mirada fría, no cedió un milímetro. “Lo harás, Pasha. Y ni se te ocurra resistirte. Si sigues así, me daré la vuelta y te dejaré que te las arregles solo. Piensa en todos los problemas que ya has causado.”

Pasha bufó y desvió la mirada. Sentía una rabia sorda. ¿Qué le había pasado a su padre? Antes, todo era más sencillo: él hacía una locura, y el viejo lo sacaba del apuro, aunque tuviera que llamar al jefe de policía, el mejor amigo de la familia. Pero esta vez, su padre había enloquecido.

Esta vez, la broma se había ido de las manos. Pasha había roto la nariz de un policía y se había llevado un coche patrulla para un paseo que terminó en un choque. Su padre, aparentemente, había ideado un castigo especial, uno que ni siquiera el jefe de policía pudo anular.

Pasha suspiró, viendo el hospital. Hacía cinco años, se había graduado de la escuela de medicina. Había sido su sueño, el gran proyecto de su vida. Pero el último año de estudios se había convertido en una fiesta interminable. El dinero de su padre le había dado una libertad total para beber, celebrar y desperdiciar el tiempo. Su vocación se había desvanecido, reemplazada por una diversión sin sentido.

“¿Y qué se supone que voy a ser aquí? Espero que al menos el médico jefe, ¿no?” intentó bromear, buscando la fisura en la coraza de su padre.

“Te equivocas, hijo. Empezarás desde lo más bajo: como camillero. Tal vez incluso encuentres alguna chica decente que te enseñe algo útil, no solo a pasarla bien.”

“¡¿Qué?! Papá, ¿estás bromeando? ¿A cargar orinales y ese tipo de cosas?”

“Si es necesario, orinales. Desde que empezaste a gastar tu vida en vasos de bar, no has hecho ni una sola cosa útil. Recuerda: una sola queja del jefe de departamento y terminarás tras las rejas. Por cierto, tu madre todavía no sabe en lo que te has convertido… y es mejor que nunca se entere.”

Esas palabras le cayeron a Pasha como un rayo. Sintió que la ira y el resentimiento le hervían dentro.

“¿Así que crees que no hay remedio para mí? ¿Que soy un caso perdido?”

“Exacto. No eres solo un perezoso: eres un perezoso estúpido. No tienes amigos de verdad, solo parásitos. Nunca pensé que mi hijo se convertiría en una persona tan vacía.”

Ivan Nikolaevich dio media vuelta y se marchó en su caro coche, dejando a su hijo paralizado. El dolor se mezclaba con la confusión. ¿Cómo se había transformado su antes cálida relación en una condena tan fría?

2. NINA SERGEYEVNA: LA JUEZ IMPLACABLE

Nina Sergeyevna, la directora del hospital, había escuchado accidentalmente la conversación a través de una ventana abierta. No era su intención espiar, pero al oír el nombre de Ivan Nikolaevich, se detuvo.

El padre de Pasha había “arreglado” este empleo con una condición: había donado un lote de equipo nuevo y vital para el hospital.

“Otro niño rico y malcriado que quiere todo de inmediato,” pensó Nina. Siempre le había asombrado la gente así: oportunidades ilimitadas y una indiferencia total hacia la vida. Podría haber estudiado en el extranjero, construido un negocio, llegado a ser alguien. En cambio, eligió una existencia ociosa, llena de fiestas.

La vida de Nina había sido una escalada constante de esfuerzo y privación. Creció en la pobreza, con padres alcohólicos, mientras cuidaba de sus hermanos menores. Trabajó, estudió por las noches, ahorró incluso en comida. Ahora, a sus cuarenta años, era la respetada directora del hospital, pero había pagado un precio muy alto: no tenía familia, ni relaciones cercanas. El trabajo era su único refugio.

“Bien. Que trabaje. Aunque no durará mucho,” se dijo, observando al nuevo empleado. Tenía unos treinta años, guapo, seguro de sí mismo, y no parecía entender nada aparte de la fiesta. ¿Cuál era la diferencia entre sus historias? Solo las decisiones que habían tomado.

3. EL ENCUENTRO DE DOS MUNDOS Y EL CHOQUE ELÉCTRICO

El día de trabajo terminó sin incidentes. Nina se quitó su bata blanca. Ya era de noche y los pasillos del hospital estaban en calma. Había visto al nuevo camillero un par de veces: joven, confiado, y ya atrayendo la atención de varias enfermeras. “Otro chico bonito que les robará la cabeza a las chicas ingenuas,” pensó con una leve tristeza. Hombres como él rara vez se convertían en maridos confiables.

Su amiga Olga la esperaba en un café. Se reunían a menudo para desahogar las tensiones de la semana. Olga, como Nina, había dedicado su vida a su carrera, convirtiéndose en una abogada famosa. Ambas no habían encontrado tiempo para la vida personal. Olga bromeaba diciendo que eran mujeres “incorrectas”.

Nina se puso su abrigo de piel y salió de su oficina. No había dado ni dos pasos cuando alguien se estrelló contra ella, casi derribándola. Ella jadeó, pero unas manos fuertes la sujetaron.

“¡Lo siento!” resonó una voz, demasiado alegre para ser una colisión accidental.

Nina levantó la mirada y se encontró con dos ojos marrones brillantes que no mostraban ni una pizca de remordimiento. Por el contrario, la miraban con un interés descarado.

“¡¿Qué cree que está haciendo?!” espetó Nina.

Era Pasha, el nuevo camillero. La recorrió lentamente con la mirada e incluso soltó un silbido bajo y descarado.

“¡Quién iba a pensar que se podía encontrar bellezas como usted en un rincón como este! Me llamo Pasha, ¿y usted?”

Nina se ruborizó ante su atrevimiento. Sus manos todavía la sujetaban con demasiada firmeza.

“¡Suélteme. Ahora mismo!”

Se liberó con un tirón y estaba a punto de regañarlo, pero él solo sonrió.

“Es la primera vez que veo que la ira embellece a una mujer. Esos ojos… alguien podría quemarse. ¿Y qué hace mañana por la noche?”

Nina se quedó helada. ¡Ella era la Directora del hospital! ¿Cómo se atrevía a hablarle así? Pero de repente se dio cuenta: llevaba un abrigo de piel caro y tacones altos. Y, lo más importante, no llevaba su credencial de identificación de su puesto.

“Vaya a hacer su trabajo,” dijo con frialdad, apresurándose hacia la salida, sintiendo su mirada fija en su espalda.

4. LA SENSACIÓN DE LO PROHIBIDO

Olga notó su turbación de inmediato.

“¿Qué pasó, Nina?”

“Nada especial,” trató de restarle importancia Nina.

“No me mientas. Te conozco. Tienes los ojos brillando, las mejillas encendidas… ¡Parece que te enamoraste!”

Nina soltó una carcajada.

“¡Olya, ¿estás loca?!”

“Está bien, tal vez me excedí,” sonrió Olga. “Pero es exactamente lo que parece.”

Nina le contó sobre el encuentro con el nuevo camillero.

“¿Y qué? ¿Al menos es guapo?” preguntó Olya.

“¡Ay, por favor… apenas pasa de los treinta!” resopló Nina.

“¿Y qué? Hoy en día, diez años no son nada. Además, nadie adivinaría que tienes más de treinta.”

“Olya, detente. Ni siquiera quiero pensar en eso.”

“Te equivocas. Ya no somos tan jóvenes. Es hora de tomar de la vida todo lo que puedas mientras aún tienes tiempo.”

El día siguiente era libre para Nina. Normalmente, lo pasaba en el hospital: revisando papeles, planeando, controlando todo. Su familia hacía tiempo que se había dispersado; sus hermanos se habían establecido en diferentes ciudades, y sus padres habían muerto prematuramente, consumidos por el alcohol. El trabajo se había convertido en el único sentido de su vida.

Pero esa mañana, Nina se despertó con una sensación extraña. Por primera vez en mucho tiempo, no quería correr al trabajo. Las palabras de Olga flotaban en su mente: “También necesitas vivir para ti misma.” Y decidió que hoy sería ese día.

Fue a un salón de belleza por la mañana y finalmente hizo algo que había deseado durante años: se cambió el peinado. Luego se dirigió a un centro comercial y compró algunas cosas con las que había soñado: un vestido juguetón, una blusa brillante y algunos pequeños extras.

Al salir de la tienda con tres bolsas grandes, estuvo a punto de chocar con Pasha.

5. EL ENCUENTRO CASUAL Y LA AUDACIA

“Señorita, ¿a dónde mira?” Su voz sonó justo detrás de ella.

Resulta que, distraída, había salido a la calzada en lugar de quedarse en la acera. Cuando Nina se giró, vio su amplia sonrisa.

“¿Es usted? ¡No la reconocí! Algo ha pasado desde ayer… Se ha puesto aún más hermosa,” declaró, quitándole las bolsas de la compra.

Antes de que ella pudiera objetar, Pasha ya caminaba a su lado, cargando todo.

“¿Cómo iba a llevar todo esto? ¡Esto es un guardarropa entero!”

Nina se sintió avergonzada y sin saber qué hacer. Llegaron a su coche, pero su pequeño Beetle estaba completamente encerrado por otros vehículos. No se veía a ningún dueño por ninguna parte.

“¿Llamo a un taxi?” se ofreció Pasha.

“No, ya me las arreglaré,” intentó negarse ella.

Pero él dijo con firmeza: “Yo la llevo.”

Cuando Nina intentó recuperar sus bolsas, él la miró directamente a los ojos y preguntó: “¿Qué? ¿Me tiene miedo?”

El calor la invadió como una ola.

“¡¿De qué está hablando?!”

Y de alguna manera, se encontró sentada en su SUV, sin entender cómo había terminado en esta situación.

“¿Quizás cenamos?” sugirió Pasha de repente.

“No,” respondió ella secamente.

“¿Por qué? ¿De verdad da tanto miedo?”

Ella dudó, sin saber qué decir. Él se detuvo frente a un restaurante, y después de su incierto gesto con la mano, entraron.

6. TRES MESES DE FELICIDAD ROBADA

Tres meses después, Nina observaba a Pasha dormir y se maravillaba de cuánto había cambiado su vida. La diferencia de nueve años de edad ahora se sentía insignificante. Él se había convertido en una parte inseparable de su mundo, aunque una ansiedad silenciosa siempre ardía en su interior: ¿qué diría su estricto padre?

En el trabajo, los colegas susurraban, pero a Nina no le importaba. Lo único que la preocupaba era la reacción de Ivan Nikolaevich. Pavel había dicho que su padre podía ser terco, e incluso peligroso, cuando se enfadaba.

Y sin embargo, Pasha resultó no ser una mala persona. Continuó trabajando como camillero a pesar de su estatus. Los pacientes lo amaban por su amabilidad y su conversación fácil; se había convertido en el corazón del hospital.

En un mes, su “período de corrección” debía terminar. Nina entendía que tal vez su historia terminaría con él. Pero estaba agradecida al destino por permitirle sentir algo real, algo vivo.

Y recientemente, se había enterado de algo más: iba a ser madre. Presionando una mano contra su estómago, Nina sonrió. Ahora tenía algo invaluable, algo que se quedaría con ella para siempre.

7. EL ADIÓS FRÍO Y EL GOLPE INESPERADO

La despedida fue corta e incómoda. Pasha apareció en su oficina de forma inesperada.

“Nina, presenté todos los informes. Estoy listo para irme.”

“Está bien. Te deseo suerte,” respondió ella, esforzándose por mantener la voz firme.

Él la miró intensamente.

“Lo dices como si no nos volviéramos a ver.”

Nina apenas contuvo las lágrimas.

“¿Y no será así? Tu período de corrección ha terminado. Tenemos vidas diferentes, Pasha.”

“Ninochka…”

“Solo vete. No lo hagas más difícil. Las despedidas largas no ayudan a nadie.”

Pasha se fue en silencio. Nina se hundió en su silla, escondiendo el rostro entre las manos, sintiendo el vacío que dejaba.

Dos días después, por la noche, sonó el timbre. Ivan Nikolaevich estaba en su umbral, con la mirada dura.

“¿Qué le pasó a Pasha?” preguntó Nina con ansiedad, dejándolo entrar.

“Pasha está bien. Excepto que ha perdido la cabeza y decidió casarse con una mujer que podría ser su madre,” espetó.

Nina se quedó helada, tratando de procesar lo que había oído. Su corazón comenzó a latir con fuerza.

“No entiendo… ¿De quién está hablando?”

“¡No finja que no sabe! Usted es una mujer adulta, con experiencia, y él es solo un muchacho. ¿Por qué juega estos juegos? ¿Por dinero? ¿O solo por diversión?”

Su indignación se convirtió en furia.

“¡¿Cómo se atreve?!”

Pero el padre de Pasha la interrumpió, su voz gélida.

“Si la vuelvo a ver cerca de mi hijo, perderá su trabajo. ¡Y nadie la volverá a contratar jamás!”

Nina sintió que el mundo daba vueltas. Se tambaleó, y en un instante, todo se volvió negro. Se desmayó.

8. EL DESPERTAR Y LA REDENCIÓN

Volvió en sí por un suave roce en su mejilla. Pasha estaba frente a ella, con los ojos llenos de preocupación.

“Hola. ¿Cómo estás? Papá y yo casi peleamos. Él intentó ‘ayudar’, pero yo pensé que te estaba haciendo daño.”

“Nunca te perdonará,” susurró ella.

“Ya lo hizo. Admitió que pensó que no había nada serio entre nosotros. Prometió que vendrá más tarde y te pedirá disculpas personalmente.”

Nina logró una sonrisa débil, pero las dudas aún la desgarraban.

“¿Por qué estás aquí, Pasha?”

“Para estar contigo,” dijo sin dudarlo. “Cásate conmigo.

Ella negó con la cabeza.

“Es imposible. Somos demasiado diferentes.”

“¿Nueve años son de verdad una razón para rechazar el amor?”

“Cuando tú tengas cuarenta, yo tendré cincuenta,” argumentó ella.

Él se rió, una risa que disolvió la tensión.

“¡Entonces me dejaré crecer la barba para parecer mayor!”

A pesar de lo serio del momento, Nina no pudo evitar sonreír.

“Pasha…”

“¿Sí?”

“Estoy embarazada. Vamos a tener un bebé.”

Él la miró fijamente durante un largo momento. Luego, dijo en voz baja, con una promesa en cada sílaba:

“Haré todo para que seas la mujer más feliz. Lo prometo: seré el esposo perfecto.

El camillero malcriado se había ido. En su lugar, había un hombre. El castigo de Ivan Nikolaevich había sido una bendición disfrazada. La vida de Pasha había estallado, no en una fiesta, sino en el amor y la responsabilidad, y él había emergido, finalmente, como un hombre de verdad.