
La noche del 18 de octubre de 2023, en el tranquilo barrio de Loma Bonita, Zapopan, Jalisco, el aire olía a maíz cocido y chile guajillo. Ricardo Morales, un hombre de 47 años, de complexión fuerte y cabello canoso, observaba en silencio a su familia. Para sus vecinos, Ricardo era solo el guardia de seguridad del Banco Santander, un padre de familia callado que vivía para su esposa, Elena, de 38 años, y sus dos hijos, Andrés y Sebastián. Celebraban el cumpleaños de Andrés con pozole, y la escena rebosaba una paz cotidiana y conmovedora.
Nadie en ese vecindario, ni siquiera su esposa, sabía que bajo la piel de ese hombre tranquilo latía el corazón de un Sargento Primero de las Fuerzas Especiales del ejército mexicano, un experto en combate que había cazado células del Cártel del Golfo y Los Zetas entre 1998 y 2005.
A las 9:15 de la noche, esa paz se hizo añicos.
El rugido de tres camionetas negras deteniéndose frente a su casa cortó las risas de los niños. El instinto frío y certero de la supervivencia, ese que lo había mantenido vivo en las operaciones más brutales, recorrió la columna vertebral de Ricardo. Se levantó de la mesa justo cuando el golpe violento en la puerta resonó en la pequeña casa.
“¡Abre, cabrón, o tiramos la puerta!”, gritó una voz brutal.
Ricardo, sabiendo que la resistencia significaría la muerte de toda su familia, abrió lentamente. Seis hombres armados, cubiertos con pasamontañas, irrumpieron como una avalancha. Lo arrojaron al suelo, la bota de un sicario presionando con saña su espalda.
El líder, un hombre alto con un tatuaje de escorpión asomando en el cuello, se acercó a Elena. “Esta es tu vieja, ¿verdad? La que anda de chismosa con los marinos.”
El mundo de Ricardo se congeló. Su voz, que en ese momento recuperó el tono de mando de sus días de operativo, intentó desesperadamente proteger a su esposa: “¡Están cometiendo un error! ¡Mi esposa no tiene nada que ver!”
El sicario que parecía el líder, al que llamaban “El George”, se rió con desprecio. Sacó una pistola y se dirigió a Elena, que suplicaba con lágrimas por la vida de sus hijos.
“Esto es un mensaje”, dijo El George.
Ricardo, con una fuerza desesperada que sorprendió al hombre que lo inmovilizaba, intentó levantarse, pero fue tarde. El disparo sonó como un trueno. Elena cayó hacia atrás en la cocina, el cucharón de servir golpeando el suelo en un ruido metálico que se mezcló con los gritos desgarradores de Andrés y Sebastián.
Ricardo sintió cómo su alma se rompía. Mientras los sicarios huían riéndose, convencidos de haber silenciado a una informante, el hombre en el suelo ya no era el guardia de seguridad. Era el Sargento Primero Ricardo Morales, y su mente entró en el modo de supervivencia que conocía bien: La Misión. Guardó cada detalle: la voz de El George, el tatuaje del escorpión, las placas de las camionetas, el tipo de rifle.
Los sicarios se fueron, dejando un silencio aterrador roto solo por el llanto de los niños. Ricardo abrazó el cuerpo de Elena, sintiendo cómo el calor se apagaba. Sabía que la policía de Jalisco no haría nada contra el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Esa noche, solo en la sala, el Ricardo Morales padre de familia murió con Elena. El que quedó fue el cazador.
El funeral fue bajo una lluvia fría. La imagen de Elena, muerta y asustada, se convirtió en una herida abierta que no lo dejaba dormir. Después de dejar a sus hijos al cuidado de su hermana María en Guadalajara, un último acto de padre antes de la metamorfosis, Ricardo regresó a su casa.
“¿Vas a buscarlos, papá?”, le había preguntado Andrés, sus ojos envejecidos por el dolor.
“Voy a hacer lo que tenga que hacer para que ustedes estén seguros”, fue su promesa, una verdad a medias que ocultaba una misión de justicia implacable.
Ricardo desenterró una caja de metal con su pasado: su identificación militar, medallas y un pequeño cuaderno negro con números de contacto. Marcó el número de un hombre que le debía la vida: el Almirante Gustavo Hernández Mora de la Marina, a quien había salvado de una emboscada de Los Zetas en Michoacán en 2003.
“Te estoy cobrando esa deuda”, le dijo Ricardo con voz firme. “Necesito información. Acceso a bases de datos, movimientos del CJNG, la cara de El George.”
El Almirante, tras un largo silencio, aceptó. Esto era extraoficial, un pacto secreto de sangre. Dos días después, un paquete de mensajería contenía un teléfono celular desechable y una memoria USB. Dentro de la USB, Ricardo encontró lo que buscaba: la fotografía de Jorge Iván Rentería Ochoa, alias El George, con el tatuaje del escorpión.
“Plaza Zapopan. Ejecutor.”
Los siguientes tres meses fueron una inmersión total en la preparación. Ricardo estudió cada archivo de la Marina: fotografías, direcciones, patrones de movimiento del cártel. Marcó un mapa de Zapopan en su pared, señalando casas de seguridad, rutas y puntos ciegos de la vigilancia policial. Recuperó su condición física, entrenando como un soldado: 10 kilómetros, lagartijas, dominadas. Su cuerpo dolía, pero ese dolor era su ancla a la vida, a la misión.
También consiguió su equipo. Una motocicleta Itálica negra con placas falsas, ropa oscura que no levantara sospechas. Y, lo más importante, un arma sin historial: una Beretta 9mm con tres cargadores y un cuchillo táctico, cortesía de un excompañero del ejército. Desarmó la Beretta, la limpió y practicó los movimientos de desenfunde y disparo hasta que sus manos actuaron por instinto.
Sabía que no había tiempo para la duda en la oscuridad; solo para la reacción.
En febrero de 2024, cuatro meses después de que Elena fuera asesinada, Ricardo Morales comenzó su cacería. No buscaba una confrontación abierta; buscaba precisión quirúrgica. Su entrenamiento le había enseñado que la inteligencia y el plan valían más que diez hombres valientes.
Su primera víctima fue “El Chino”, otro sicario que había estado en su cocina. Según los datos, El Chino cobraba cuotas semanales en una carnicería de la Colonia Constitución cada miércoles. A las 7:30 de la mañana, El Chino salió del negocio, un sobre de dinero en la mano. Bajó solo de su camioneta, un error fatal.
Ricardo se acercó lentamente en su motocicleta, camuflado con el casco y su chamarra. El Chino volteó justo cuando Ricardo desenfundaba la Beretta. Dos disparos secos y precisos sonaron en el aire frío. El sicario cayó al pavimento. Ricardo aceleró, desapareciendo en menos de diez segundos.
La policía catalogó el asesinato como un ajuste de cuentas. El nombre de Ricardo no se mencionó. Durmió mejor esa noche, pero sabía que un solo hombre no era suficiente. Necesitaba enviar un mensaje al CJNG: Alguien los estaba cazando.
El siguiente movimiento fue más ambicioso. El objetivo: una cantina llamada El Rodeo, frecuentada por ejecutores del cártel los viernes por la noche. Ricardo no entraría; los emboscaría.
La noche del 12 de abril de 2024, vestido como ayudante de mecánico, Ricardo se estacionó en la oscura Avenida Inglaterra. Llevaba una llanta pinchada como señuelo y un puñado de clavos de construcción. A las 9:15, una Suburban negra, cuyas placas reconoció de la base de datos, se acercó. Dentro, tres sicarios del CJNG.
Ricardo arrojó los clavos al pavimento. El conductor de la Suburban no los vio, y las llantas delanteras estallaron con un ruido sordo. La camioneta se orilló. Dos sicarios bajaron a revisar, maldiciendo.
“¿Qué pedo? ¿También se poncharon?”, gritó Ricardo, acercándose, empujando su moto.
Solo vieron a un mecánico con overall sucio. Cuando estuvo a tres metros, sacó la pistola. Disparó dos veces al primero en el pecho. El segundo, que intentó sacar su arma, recibió un disparo en la cabeza. El tercer sicario, forcejeando dentro de la camioneta, cayó al asiento por un disparo certero a través del vidrio polarizado.
Quince segundos. Tres muertos.
Ricardo recogió los casquillos, una costumbre militar, y se esfumó. Las noticias no pudieron ignorar la ejecución triple en menos de un minuto. Las autoridades hablaron de un cártel rival, pero en las calles del CJNG, el miedo comenzó a circular: alguien sabía sus movimientos, alguien los estaba cazando.
El George convocó una junta de emergencia, sin saber que la Marina estaba interceptando sus comunicaciones. El teléfono desechable de Ricardo vibró con un mensaje de texto: una dirección y una hora. El Almirante Hernández seguía pagando su deuda.
Durante los meses siguientes, la purga fue metódica e implacable.
En junio, mató a “El Gato”, otro sicario presente esa fatídica noche. Lo esperó afuera de su casa en Tonalá.
En agosto, emboscó a dos cobradores del CJNG en el mercado de San Juan de Dios.
En septiembre, uno de los guardaespaldas de El George apareció muerto en un estacionamiento.
Diez sicarios del CJNG habían desaparecido uno por uno sin que nadie pudiera detenerlo. La leyenda urbana de Zapopan hablaba de un fantasma, de un ejecutor invisible que se movía con una precisión que no era criminal, sino militar. La Marina y la Fiscalía no tenían pistas, y el cártel estaba aterrorizado. Su invulnerabilidad había sido destrozada por un solo hombre.
El único objetivo que quedaba era El George, Jorge Iván Rentería Ochoa, el hombre con el tatuaje del escorpión, el que había apretado el gatillo y se había reído. La información del Almirante Hernández lo llevó a una casa de seguridad en Tlaquepaque, donde El George, paranoico y asustado, se había atrincherado después de la última baja.
Una noche, Ricardo se detuvo frente a la casa. Era una mansión grande, bien custodiada. Sabía que esta era la misión final, la más peligrosa.
Se preguntó si regresaría con sus hijos, si Andrés y Sebastián lo perdonarían por la ausencia. Pero luego recordó el olor a pozole y la imagen de Elena cayendo en el suelo de la cocina. El Sargento Primero se desvaneció, y el padre de familia que buscaba justicia se reafirmó.
Ricardo abrió la mochila. Sacó la Beretta 9mm, la cargó y revisó el cuchillo táctico. No habría tiroteos en la calle, no habría películas. Solo su entrenamiento.
Se puso la capucha, se ajustó los guantes y se dirigió a la oscuridad, moviéndose con la habilidad silenciosa de un fantasma. El sol se levantaría sobre Zapopan, y el hombre que había convertido a Ricardo Morales en un arma de justicia pagaría su deuda.
La noche del 18 de octubre de 2023, en el tranquilo barrio de Loma Bonita, Zapopan, Jalisco, el aire olía a maíz cocido y chile guajillo. Ricardo Morales, un hombre de 47 años, de complexión fuerte y cabello canoso, observaba en silencio a su familia. Para sus vecinos, Ricardo era solo el guardia de seguridad del Banco Santander, un padre de familia callado que vivía para su esposa, Elena, de 38 años, y sus dos hijos, Andrés y Sebastián. Celebraban el cumpleaños de Andrés con pozole, y la escena rebosaba una paz cotidiana y conmovedora.
Nadie en ese vecindario, ni siquiera su esposa, sabía que bajo la piel de ese hombre tranquilo latía el corazón de un Sargento Primero de las Fuerzas Especiales del ejército mexicano, un experto en combate que había cazado células del Cártel del Golfo y Los Zetas entre 1998 y 2005.
A las 9:15 de la noche, esa paz se hizo añicos.
El rugido de tres camionetas negras deteniéndose frente a su casa cortó las risas de los niños. El instinto frío y certero de la supervivencia, ese que lo había mantenido vivo en las operaciones más brutales, recorrió la columna vertebral de Ricardo. Se levantó de la mesa justo cuando el golpe violento en la puerta resonó en la pequeña casa.
“¡Abre, cabrón, o tiramos la puerta!”, gritó una voz brutal.
Ricardo, sabiendo que la resistencia significaría la muerte de toda su familia, abrió lentamente. Seis hombres armados, cubiertos con pasamontañas, irrumpieron como una avalancha. Lo arrojaron al suelo, la bota de un sicario presionando con saña su espalda.
El líder, un hombre alto con un tatuaje de escorpión asomando en el cuello, se acercó a Elena. “Esta es tu vieja, ¿verdad? La que anda de chismosa con los marinos.”
El mundo de Ricardo se congeló. Su voz, que en ese momento recuperó el tono de mando de sus días de operativo, intentó desesperadamente proteger a su esposa: “¡Están cometiendo un error! ¡Mi esposa no tiene nada que ver!”
El sicario que parecía el líder, al que llamaban “El George”, se rió con desprecio. Sacó una pistola y se dirigió a Elena, que suplicaba con lágrimas por la vida de sus hijos.
“Esto es un mensaje”, dijo El George.
Ricardo, con una fuerza desesperada que sorprendió al hombre que lo inmovilizaba, intentó levantarse, pero fue tarde. El disparo sonó como un trueno. Elena cayó hacia atrás en la cocina, el cucharón de servir golpeando el suelo en un ruido metálico que se mezcló con los gritos desgarradores de Andrés y Sebastián.
Ricardo sintió cómo su alma se rompía. Mientras los sicarios huían riéndose, convencidos de haber silenciado a una informante, el hombre en el suelo ya no era el guardia de seguridad. Era el Sargento Primero Ricardo Morales, y su mente entró en el modo de supervivencia que conocía bien: La Misión. Guardó cada detalle: la voz de El George, el tatuaje del escorpión, las placas de las camionetas, el tipo de rifle.
Los sicarios se fueron, dejando un silencio aterrador roto solo por el llanto de los niños. Ricardo abrazó el cuerpo de Elena, sintiendo cómo el calor se apagaba. Sabía que la policía de Jalisco no haría nada contra el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Esa noche, solo en la sala, el Ricardo Morales padre de familia murió con Elena. El que quedó fue el cazador.
El funeral fue bajo una lluvia fría. La imagen de Elena, muerta y asustada, se convirtió en una herida abierta que no lo dejaba dormir. Después de dejar a sus hijos al cuidado de su hermana María en Guadalajara, un último acto de padre antes de la metamorfosis, Ricardo regresó a su casa.
“¿Vas a buscarlos, papá?”, le había preguntado Andrés, sus ojos envejecidos por el dolor.
“Voy a hacer lo que tenga que hacer para que ustedes estén seguros”, fue su promesa, una verdad a medias que ocultaba una misión de justicia implacable.
Ricardo desenterró una caja de metal con su pasado: su identificación militar, medallas y un pequeño cuaderno negro con números de contacto. Marcó el número de un hombre que le debía la vida: el Almirante Gustavo Hernández Mora de la Marina, a quien había salvado de una emboscada de Los Zetas en Michoacán en 2003.
“Te estoy cobrando esa deuda”, le dijo Ricardo con voz firme. “Necesito información. Acceso a bases de datos, movimientos del CJNG, la cara de El George.”
El Almirante, tras un largo silencio, aceptó. Esto era extraoficial, un pacto secreto de sangre. Dos días después, un paquete de mensajería contenía un teléfono celular desechable y una memoria USB. Dentro de la USB, Ricardo encontró lo que buscaba: la fotografía de Jorge Iván Rentería Ochoa, alias El George, con el tatuaje del escorpión.
“Plaza Zapopan. Ejecutor.”
Los siguientes tres meses fueron una inmersión total en la preparación. Ricardo estudió cada archivo de la Marina: fotografías, direcciones, patrones de movimiento del cártel. Marcó un mapa de Zapopan en su pared, señalando casas de seguridad, rutas y puntos ciegos de la vigilancia policial. Recuperó su condición física, entrenando como un soldado: 10 kilómetros, lagartijas, dominadas. Su cuerpo dolía, pero ese dolor era su ancla a la vida, a la misión.
También consiguió su equipo. Una motocicleta Itálica negra con placas falsas, ropa oscura que no levantara sospechas. Y, lo más importante, un arma sin historial: una Beretta 9mm con tres cargadores y un cuchillo táctico, cortesía de un excompañero del ejército. Desarmó la Beretta, la limpió y practicó los movimientos de desenfunde y disparo hasta que sus manos actuaron por instinto.
Sabía que no había tiempo para la duda en la oscuridad; solo para la reacción.
En febrero de 2024, cuatro meses después de que Elena fuera asesinada, Ricardo Morales comenzó su cacería. No buscaba una confrontación abierta; buscaba precisión quirúrgica. Su entrenamiento le había enseñado que la inteligencia y el plan valían más que diez hombres valientes.
Su primera víctima fue “El Chino”, otro sicario que había estado en su cocina. Según los datos, El Chino cobraba cuotas semanales en una carnicería de la Colonia Constitución cada miércoles. A las 7:30 de la mañana, El Chino salió del negocio, un sobre de dinero en la mano. Bajó solo de su camioneta, un error fatal.
Ricardo se acercó lentamente en su motocicleta, camuflado con el casco y su chamarra. El Chino volteó justo cuando Ricardo desenfundaba la Beretta. Dos disparos secos y precisos sonaron en el aire frío. El sicario cayó al pavimento. Ricardo aceleró, desapareciendo en menos de diez segundos.
La policía catalogó el asesinato como un ajuste de cuentas. El nombre de Ricardo no se mencionó. Durmió mejor esa noche, pero sabía que un solo hombre no era suficiente. Necesitaba enviar un mensaje al CJNG: Alguien los estaba cazando.
El siguiente movimiento fue más ambicioso. El objetivo: una cantina llamada El Rodeo, frecuentada por ejecutores del cártel los viernes por la noche. Ricardo no entraría; los emboscaría.
La noche del 12 de abril de 2024, vestido como ayudante de mecánico, Ricardo se estacionó en la oscura Avenida Inglaterra. Llevaba una llanta pinchada como señuelo y un puñado de clavos de construcción. A las 9:15, una Suburban negra, cuyas placas reconoció de la base de datos, se acercó. Dentro, tres sicarios del CJNG.
Ricardo arrojó los clavos al pavimento. El conductor de la Suburban no los vio, y las llantas delanteras estallaron con un ruido sordo. La camioneta se orilló. Dos sicarios bajaron a revisar, maldiciendo.
“¿Qué pedo? ¿También se poncharon?”, gritó Ricardo, acercándose, empujando su moto.
Solo vieron a un mecánico con overall sucio. Cuando estuvo a tres metros, sacó la pistola. Disparó dos veces al primero en el pecho. El segundo, que intentó sacar su arma, recibió un disparo en la cabeza. El tercer sicario, forcejeando dentro de la camioneta, cayó al asiento por un disparo certero a través del vidrio polarizado.
Quince segundos. Tres muertos.
Ricardo recogió los casquillos, una costumbre militar, y se esfumó. Las noticias no pudieron ignorar la ejecución triple en menos de un minuto. Las autoridades hablaron de un cártel rival, pero en las calles del CJNG, el miedo comenzó a circular: alguien sabía sus movimientos, alguien los estaba cazando.
El George convocó una junta de emergencia, sin saber que la Marina estaba interceptando sus comunicaciones. El teléfono desechable de Ricardo vibró con un mensaje de texto: una dirección y una hora. El Almirante Hernández seguía pagando su deuda.
Durante los meses siguientes, la purga fue metódica e implacable.
En junio, mató a “El Gato”, otro sicario presente esa fatídica noche. Lo esperó afuera de su casa en Tonalá.
En agosto, emboscó a dos cobradores del CJNG en el mercado de San Juan de Dios.
En septiembre, uno de los guardaespaldas de El George apareció muerto en un estacionamiento.
Diez sicarios del CJNG habían desaparecido uno por uno sin que nadie pudiera detenerlo. La leyenda urbana de Zapopan hablaba de un fantasma, de un ejecutor invisible que se movía con una precisión que no era criminal, sino militar. La Marina y la Fiscalía no tenían pistas, y el cártel estaba aterrorizado. Su invulnerabilidad había sido destrozada por un solo hombre
El único objetivo que quedaba era El George, Jorge Iván Rentería Ochoa, el hombre con el tatuaje del escorpión, el que había apretado el gatillo y se había reído. La información del Almirante Hernández lo llevó a una casa de seguridad en Tlaquepaque, donde El George, paranoico y asustado, se había atrincherado después de la última baja.
Una noche, Ricardo se detuvo frente a la casa. Era una mansión grande, bien custodiada. Sabía que esta era la misión final, la más peligrosa.
Se preguntó si regresaría con sus hijos, si Andrés y Sebastián lo perdonarían por la ausencia. Pero luego recordó el olor a pozole y la imagen de Elena cayendo en el suelo de la cocina. El Sargento Primero se desvaneció, y el padre de familia que buscaba justicia se reafirmó.
Ricardo abrió la mochila. Sacó la Beretta 9mm, la cargó y revisó el cuchillo táctico. No habría tiroteos en la calle, no habría películas. Solo su entrenamiento.
Se puso la capucha, se ajustó los guantes y se dirigió a la oscuridad, moviéndose con la habilidad silenciosa de un fantasma. El sol se levantaría sobre Zapopan, y el hombre que había convertido a Ricardo Morales en un arma de justicia pagaría su deuda.
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