El Precio de la Venganza: La Historia de Roberto Sandoval

En el corazón de la colonia Oblatos, en Guadalajara, Roberto Sandoval era la personificación de la rutina y el trabajo duro. A sus 52 años, su cabello mostraba las canas abundantes que marcaban 25 años bajo el capó de coches ajenos, las manos siempre teñidas de grasa y aceite. Un martes de marzo de 2022, la radio de su taller sonaba a música norteña mientras él ajustaba el motor de una Ford, su mente enfocada en el único refugio que le quedaba: su hogar y sus dos hijas.

Desde que el cáncer le había arrebatado a su esposa hacía tres años, Daniela, de 15, y Sofía, de 12, eran su universo. Daniela era su faro. Hermosa con el cabello largo y oscuro de su madre, ojos expresivos y una sonrisa que podía iluminar cualquier oscuridad, soñaba con ser médico y era una alumna ejemplar en la Secundaria 47. Sofía, más callada y pegada a su padre, completaba el pequeño, frágil mundo de Roberto. Por ellas trabajaba doce horas al día, por ellas seguía respirando a pesar del dolor persistente de la ausencia.

Pero en ese instante de sudor y engranes, Roberto ignoraba la sombra que se cernía sobre ellos. A solo cinco kilómetros de distancia, un sicario de 23 años del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), conocido como Jonathan Ruiz o “El Flaco”, aguardaba a Daniela en una camioneta Suburban negra. La había visto dos meses antes, riendo con sus amigas, y en su mundo de impunidad, querer era poseer. Tres ejecuciones previas ya manchaban su historial; cadenas de oro colgaban de su cuello y la arrogancia dictaba cada uno de sus movimientos. Nunca le habían dicho que no, y no iba a aceptar el rechazo de una adolescente. Roberto Sandoval no lo sabía, pero la vida que conocía estaba a tres meses de ser pulverizada.

La búsqueda de El Flaco fue metódica y fría. Durante dos semanas, apareció cinco veces más frente a la secundaria. Le silbó, le ofreció aventones, le lanzó piropos vulgares. Daniela, aconsejada por sus amigas para que lo ignorara, pensó ingenuamente que su silencio lo aburriría. Se equivocó de manera trágica.

A principios de marzo, el acoso subió de tono. Daniela encontró un ramo de rosas rojas en la puerta de su casa. Sin tarjeta, pero con un escalofrío helado, supo quién las había dejado. Esa noche, mintió a Roberto, diciéndole que tal vez eran de un compañero de la escuela, para no inyectar miedo en el cansado corazón de su padre.

Dos días después, la mentira se rompió. A las siete de la noche, El Flaco se presentó en la casa. Roberto abrió y se encontró con un joven delgado, brazos tatuados, oro brillando y una mirada de superioridad. El Flaco sonrió, extendiendo una caja con un iPhone nuevo: un regalo para Daniela. Roberto sintió el estómago revolverse. Su voz fue firme al devolver la caja y exigirle que se fuera. La sonrisa de El Flaco se desvaneció, reemplazada por una frialdad gélida. Le advirtió a Roberto que no sabía con quién estaba hablando. Roberto, sin intimidarse, cerró la puerta con un golpe seco. Adentro, Daniela, pálida, confirmó sus temores. El miedo se convirtió en rabia contenida en Roberto. Prometió recogerla y llevarla él mismo; prometió llamar a la policía. Lo que no sabía era que la policía ya estaba comprada, que el poder de ese hombre era una sombra demasiado densa. Había cruzado una línea invisible, una que se pagaba con sangre.

Durante las siguientes semanas, hubo una calma tensa. El Flaco desapareció, y Roberto pensó que su advertencia había funcionado. Daniela se relajó. Pero el 12 de abril, la tregua terminó. Debido a un trabajo urgente, Roberto no pudo recoger a su hija. A tres cuadras de la escuela, la Suburban negra se detuvo. El Flaco y dos sicarios se bajaron.

Se dirigió a Daniela con una autoridad brutal, exigiendo que fuera su novia: no una pregunta, sino una orden. Daniela, con la garganta seca por el miedo, reunió hasta la última gota de su valor. Mirándolo a los ojos frente a todos sus compañeros, le dijo con voz temblorosa, pero clara, que no quería nada con él. El Flaco sintió la humillación arder. Ella lo había rechazado, lo había hecho quedar como un imbécil ante su propia gente. Su rostro se descompuso en una furia silenciosa. Antes de subir a la camioneta y marcharse quemando llanta, le susurró una promesa de dolor: “Te vas a arrepentir de haberme hecho quedar mal. Nadie me rechaza, nadie”.

Roberto llamó a la policía. Tomaron la denuncia, pero la mirada del oficial y la advertencia en voz baja de mudarse lo confirmaron: no harían nada. Roberto pasó la noche en vela, el bate de béisbol sobre las rodillas. Al día siguiente, le hizo a Daniela la última promesa que no podría cumplir: protegerla.

El 14 de abril, dos días después, Daniela pidió permiso para ir a la tiendita de la esquina a comprar pan para la cena. Eran solo unos metros, todavía había luz. Roberto dudó, pero accedió, pidiéndole que volviera en cinco minutos. Quince minutos después, Roberto salió a buscarla. A mitad de cuadra, escuchó los gritos. La gente corría. Sus piernas flaquearon, pero corrió.

Al llegar a la esquina, se abrió paso entre el círculo de gente. Y la vio. Daniela estaba en la acera. Tres disparos: pecho, estómago, cabeza. La sangre formaba un charco oscuro. Sus ojos, abiertos, ya no veían. Aún aferraba en su mano los 20 pesos para el pan. Roberto cayó de rodillas, abrazándola, suplicándole que despertara. Pero Daniela se había ido. En ese momento de terror absoluta, Roberto supo que su propia vida se había terminado también.

Los paramédicos confirmaron lo obvio. La policía recogió los testimonios. La Suburban negra. Tres hombres. El Flaco con tatuajes. Y la última frase resonando en la calle: “Nadie me rechaza, pendeja.”

El funeral fue un borrón de lluvia, un ataúd blanco y las lágrimas inconsolables de Sofía. Mientras el padre rezaba sobre la tumba, Roberto miraba el ataúd y solo podía pensar en la última vez que Daniela le había dicho “Te quiero, papá” y cómo él había respondido con un automatismo distraído, sin mirarla de verdad. Ahora, nunca más podría abrazarla. Al descender el ataúd a la tierra, algo más se rompió dentro de Roberto: su fe. Si Dios existía, había permitido que mataran a su hija de 15 años por un capricho criminal. La bondad, la esperanza, la normalidad, todo murió con Daniela. Solo quedó una rabia fría, calculadora, y pacientemente destructiva.

Esa noche, Roberto se sentó en la cocina. En una libreta, escribió cada detalle sobre El Flaco. Luego, tomó una decisión irreversible. Buscó en internet el número de la DEA en México. Tras un primer intento fallido, volvió a llamar y esta vez soltó nombres: Jonathan Ruiz, El Flaco; Héctor Morales, El Gordo. Mencionó la Suburban negra y un rancho. Un agente de la DEA lo contactó, y tras verificar la información, le dio una dirección para una reunión.

Al día siguiente, Roberto Sandoval, el mecánico de 52 años, viudo y hombre común, entró a un edificio discreto para reunirse con el agente mexicano Morales y el agente estadounidense Thompson. Les contó toda la historia. Thompson le explicó la única vía posible: la infiltración. Roberto debía mover su taller a Santa Cecilia, una zona controlada por el CJNG. Debía ofrecer servicios baratos, rápidos y, sobre todo, discretos. Su taller se convertiría en un refugio para los vehículos del cártel. Ganaría su confianza, documentaría todo –nombres, rutas, horarios, vehículos robados– con un celular encriptado, y se convertiría en el cáncer que los destruiría desde adentro. Era peligroso; si lo descubrían, lo matarían y luego a Sofía.

Roberto no dudó ni un segundo. “Sí, haré lo que sea necesario. No me importa cuánto tiempo tome”, sentenció. Salió de ese edificio transformado. Ya no era una víctima destrozada. Ahora era un arma.

Le tomó dos meses vender su camioneta, usar todos sus ahorros y reabrir su taller en Santa Cecilia. Instaló la foto de Daniela en su pequeña oficina. Cada noche, le susurraba que tuviera paciencia, que pronto comenzaría la venganza. Sofía notó el cambio en su padre: más silencioso, más ausente, obsesivamente vigilante de las ventanas. Roberto vivía en un estado de alerta permanente, canalizando todo el miedo y la tensión en su misión.

Su gran oportunidad llegó a las tres semanas. Un sicario gordo llegó con una camioneta Silverado robada, solicitando un cambio urgente de placas y repintado. Pagó sin regatear, un claro indicio de que no era un cliente normal. Roberto trabajó toda la noche. Mientras cambiaba las placas y el color, documentó todo con el celular encriptado: el número de serie, las placas originales, e incluso manchas de sangre seca en el asiento trasero.

El sicario quedó satisfecho y recomendó el taller. En tres meses, Roberto atendía a tres, cinco, diez sicarios. Los atendía con la misma sonrisa, la misma discreción, la misma eficiencia. Escuchó nombres clave: El Chino, El Pelón, El Gringo, El Cachetes. Escuchó sus conversaciones sobre ejecuciones y extorsiones, dichas con la misma casualidad con que otros hablan de fútbol. Se ganó su confianza, convirtiéndose en el “buena gente” de la colonia. Pero sabía que necesitaba la pieza clave: el Flaco.

Cinco meses después de la apertura, llegó la oportunidad. Un sicario impresionado por el trabajo de Roberto en una camioneta blindada artesanalmente le prometió presentarlo con el jefe: Héctor Morales, alias El Gordo, el comandante de la zona. El Gordo, un hombre corpulento de mirada fría, le dio el visto bueno. Días después, dos sicarios pasaron por Roberto, lo vendaron y lo llevaron por caminos de terracería.

Cuando le quitaron la venda, Roberto se encontró en un rancho. Más de veinte sicarios, camionetas blindadas, armamento pesado. El centro de operaciones de la célula. Durante ocho horas, Roberto reparó suspensiones y ajustó motores, memorizando cada rostro, cada arma, la ubicación aproximada, y cada fragmento de conversación. Esa noche, la DEA le confirmó el valor de la información, pidiéndole que siguiera hasta tener suficiente para la operación total.

Pero Roberto quería algo más que la caída de la célula. Quería a El Flaco.

Fue un martes de octubre. Roberto estaba trabajando en el rancho cuando el sonido de llantas le detuvo el corazón. Una Suburban negra se acercó. La conocía. La había visto en sus pesadillas. De ella se bajaron tres hombres, y allí estaba Jonathan Ruiz, El Flaco. Más delgado, con nuevos tatuajes, la cadena de oro gruesa y la misma mirada arrogante, los mismos ojos muertos.

Roberto sintió la rabia quemarlo por dentro como un ácido corrosivo que ascendía por su pecho y garganta. Estaba a menos de diez metros del asesino de su hija. Podría tomar la llave inglesa que tenía en la mano y destrozarle el cráneo. Podría hacer que pagara el dolor con su propia vida.

Pero la voz fría de la razón, la voz de Daniela, le recordó: Si lo matas, te matarán a ti y a Sofía. La venganza será un fracaso.

Respiró. Una, dos, tres veces. Obligó a sus manos a detener el temblor. Obligó a su rostro a la neutralidad de un hombre invisible. El Flaco pasó junto a él sin mirarlo, saludando a El Gordo. Hablaban de fútbol, de mujeres, de trivialidades, riendo sin remordimiento, como si no fueran máquinas de matar. Roberto apretó la llave inglesa hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Se concentró en el tornillo. No pensar. No pensar en su risa.

Veinte minutos después, El Flaco se despidió. Al pasar junto a Roberto, se detuvo. Roberto levantó la vista lentamente. Sus ojos se encontraron con los del asesino de su hija. En los ojos de El Flaco, Roberto solo vio el vacío gélido de un depredador. El Flaco solo vio a un mecánico sucio de cincuenta y tantos. Un don nadie.

“Oye, ¿tú le sabes a la Suburban?”, preguntó El Flaco. Roberto tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que su voz saliera normal. “Sí, señor. Le sé a todas las camionetas.” “Bueno, la mía está haciendo un ruido raro. Mañana te la traigo para que la revises.” “Claro que sí, señor, con gusto.” El Flaco le dio una palmada en el hombro. “Eres buena gente, don. ¿Cómo te llamas?”

Roberto sintió la bilis subir por su garganta. Este hombre, el destructor de su vida, le estaba preguntando su nombre.

“Roberto, señor. Roberto Sandoval.” El Flaco sonrió. “Ah, qué chido. Yo soy Jonathan, pero todos me dicen El Flaco.” Extendió la mano.

Roberto miró la mano. La mano que había apretado el gatillo, la mano manchada con la sangre de Daniela. Tenía que estrecharla. Tenía que sonreír. Tenía que actuar.

Estrechó la mano fría, firme y segura de El Flaco.

“Mucho gusto, jefe.”

El Flaco asintió y se fue en su Suburban. Cuando el polvo se asentó, Roberto se volteó detrás de la camioneta que reparaba y vomitó. Vació su estómago y su alma, hasta que las lágrimas, el sudor y la grasa se mezclaron en un lodo amargo sobre el suelo. Lloró por la humillación, por la mentira, por haber sonreído al monstruo.

Los siguientes tres meses fueron un infierno congelado. El Flaco se convirtió en cliente regular, a veces pidiéndole a Roberto que revisara su camioneta. Roberto se sometía, sonreía y le decía: “Sí, señor. Enseguida, señor.” Cada vez, tenía que cerrarse los ojos y recordar el juramento: todo por Daniela.

En diciembre, tras nueve meses de operación, Roberto había pasado información de más de 40 sicarios, cinco ranchos, rutas de tráfico y la identidad falsa de un comandante regional. La DEA le dijo que era suficiente. La operación estaba lista para coordinarse con el Ejército Mexicano, un ataque simultáneo a todos los centros de operación. Roberto les dio las ubicaciones exactas, los planos que había dibujado en su mente, los horarios de cambio de guardia, todo.

La operación se lanzó la madrugada del 15 de enero. Los medios de comunicación lo llamarían el golpe más devastador contra una célula del CJNG en la región de Jalisco. Roberto, en la seguridad de su taller, siguió la noticia por radio, la adrenalina y el terror mezclándose en un cóctel insoportable. Se reportaron más de cincuenta arrestos.

Esa tarde, Morales y Thompson aparecieron discretamente en su taller, vestidos de civil. No había efusividad, solo una formalidad sombría. El Gordo había sido detenido. Y El Flaco, Jonathan Ruiz, había sido capturado sin resistencia en un departamento en Mazatlán, justo antes de una fiesta planeada. Estaba vivo, y se pudriría en una prisión federal. Roberto había logrado la destrucción total.

Thompson le entregó una maleta pequeña con documentos y dinero. Le dijeron que ya no podía quedarse en Guadalajara. Le habían preparado una nueva identidad, una nueva casa para él y Sofía en el norte del país, lejos del alcance del cártel. Roberto asintió. No sintió alegría ni satisfacción, solo una pesadez fría.

Empacó en silencio. Sofía lo miró con los ojos llenos de preguntas sin formular. ¿Por qué se iban? ¿Por qué su padre ya no sonreía? ¿Por qué ese hombre tan bueno y trabajador se había vuelto tan duro?

La última noche, Roberto se sentó junto a la cama de Sofía, que dormía. Luego, fue a su oficina. Despegó la foto de Daniela de la pared, la de su cumpleaños número 14, la de la sonrisa brillante. La sostuvo, y en el silencio de su taller sucio y abandonado, el lugar que había sido su infierno y su arma, finalmente sintió la magnitud del precio que había pagado. Había entregado su alma al cártel y a la venganza. Había salvado a Sofía y había hecho justicia por Daniela, pero a cambio, había perdido al hombre que había sido. Roberto Sandoval, el mecánico, había muerto el día que estrechó la mano del asesino de su hija.

Salió del taller y cerró con llave. Miró la calle oscura de Santa Cecilia por última vez. La lluvia había cesado. Abrazó a Sofía en la camioneta que lo esperaba y se fue hacia una nueva vida vacía, un hombre consumido por la justicia que había forjado desde las sombras. Había destruido a sus enemigos, pero en el proceso, se había destruido a sí mismo. Daniela fue vengada, pero Roberto Sandoval se había ido para siempre.