El eco de una sonrisa perdida

Catalina Reyes creía en el poder de las imágenes. Durante una década, su agencia de marketing boutique en Bogotá había prosperado bajo una premisa simple: la gente no compra productos, compra la posibilidad de ser alguien más.

A sus 37 años, Catalina era esa posibilidad. Una mujer que, tras un divorcio difícil hace ocho años, se había reconstruido desde los cimientos con poco más que una computadora portátil y una disciplina de hierro. Su departamento en Chapinero era su santuario; desde allí, en las mañanas frías y traslúcidas de la capital, observaba los cerros de Monserrate y Guadalupe con la satisfacción de quien ha conquistado su propia libertad.

Compartía la custodia de su hijo Mateo, un adolescente de 14 años que ya empezaba a estirarse y a buscar sus propios silencios. El arreglo era funcional. Los fines de semana eran para Mateo; las semanas, para el trabajo incansable. Catalina se movía entre hoteles en Cartagena y retiros en el Eje Cafetero, vendiendo paraísos a otros, sin darse cuenta de que ella misma buscaba uno que no fuera solo laboral.

El amor se había vuelto una nota al pie de página. Sus amigas en la Zona T se burlaban de su soltería, pero Catalina recordaba demasiado bien el peso de la posesividad. No buscaba a alguien que la completara, buscaba a alguien que estuviera a su altura. Y entonces, a finales de agosto, apareció Ricardo Sandoval en su pantalla.

La publicidad en Instagram era perfecta. Un hombre frente a un yate, el turquesa del Caribe fundiéndose con el horizonte. No era la riqueza lo que atrajo a Catalina, sino la promesa de una libertad absoluta que ella, a pesar de su éxito, sentía que no tenía. El perfil de Ricardo era una lección magistral de aspiración: jets privados, cenas en Dubái, citas motivacionales sobre “crear tus propias oportunidades”.

Le escribió un mensaje profesional. Una propuesta de colaboración. Ricardo respondió en una hora. No fue la respuesta de un magnate arrogante, sino la de un hombre atento, curioso, que parecía haber estudiado cada uno de los proyectos de Catalina.

—Tienes una visión excepcional para el branding —le escribió—. El mercado caribeño está pidiendo a gritos a alguien como tú.

Durante semanas, el teléfono de Catalina se convirtió en un portal. Ricardo compartía historias de sus inicios en Tulum, de sus fracasos y sus triunfos. La hacía sentir vista, no como una proveedora de servicios, sino como una socia potencial, como una igual. Cuando ella mencionó sentirse estancada en la rutina bogotana, él le dio el empujón final.

—Voy a organizar un retiro exclusivo en Cancún. Solo para mentes brillantes. Inversionistas, consultores, gente que no espera permiso para vivir. Quiero que vengas como mi invitada. Yo me encargo de todo. Incluso del transporte. Un jet privado te recogerá en Bogotá.

La oferta era demasiado generosa. El instinto de Catalina, forjado en años de negociaciones, le dio un ligero aviso, pero Ricardo tenía una respuesta para cada duda. No era caridad, era una inversión. Quería expandirse a Colombia y ella era su mejor puente.

Su mejor amiga, Daniela, fue la primera en dudar. —Un jet privado para alguien que no conoces, Cata… suena a película, pero de las malas —le advirtió frente a un café. —Investigué sus cuentas, Dani. Hay testimonios, fotos en eventos reales. Todo cuadra —respondió Catalina, ya convencida por la luz de la pantalla.

Incluso Andrés, un ingeniero civil con quien salía de manera informal, mostró preocupación. Él era estable, real, tangible, pero no tenía el brillo eléctrico de la vida que Ricardo ofrecía. Catalina le ocultó los detalles del jet para evitar sermones. “Es un viaje de negocios”, le dijo.

El viernes por la mañana, el cielo de Bogotá era de un gris plomizo. Catalina condujo hacia un aeródromo privado en las afueras. Al llegar, el jet blanco, elegante pero un poco más pequeño de lo que imaginaba, la esperaba bajo la luz incierta del amanecer. Ricardo estaba allí. Era idéntico a sus fotos, vestido con una sencillez costosa que gritaba autoridad.

—Bienvenida al resto de tu vida, Catalina —dijo él con una sonrisa cálida.

Al subir, Catalina notó los primeros detalles que su mente, nublada por la expectativa, trató de ignorar. La alfombra del avión estaba ligeramente desgastada. Había un olor químico, como a desinfectante industrial mal enjuagado. En la cabina estaban Javier y Miguel, dos hombres que Ricardo presentó como inversionistas. Javier era robusto y no soltó su teléfono; Miguel, más joven, la observó con unos ojos fríos, casi clínicos, que le provocaron un escalofrío.

Ricardo le sirvió una copa de champán. El líquido estaba tibio y tenía un regusto amargo, metálico, oculto bajo las burbujas. —Bebe, relájate. El vuelo es largo —insistió él.

Catalina tomó dos sorbos largos. Casi de inmediato, el mundo empezó a inclinarse. Las voces de los hombres se volvieron distantes, como si hablaran bajo el agua. Intentó preguntar por el itinerario, pero sus palabras salieron arrastradas, incomprensibles. Vio a Ricardo recostarse en su asiento, su calidez desapareciendo para dar paso a una expresión de aburrimiento profesional. Lo último que escuchó Catalina antes de que la oscuridad la reclamara fue una risa baja, gutural, que venía del fondo del avión.

Cuando despertó, el paraíso no estaba por ninguna parte.

El dolor fue lo primero en saludarla. Un pulso abrasador en la base del cráneo. Tenía las manos y los tobillos atados con cuerdas que le cortaban la circulación. Estaba tumbada sobre un suelo de hormigón frío. El aire olía a humedad, a óxido y a algo mucho más antiguo: miedo acumulado.

No había ventanas. Solo una bombilla desnuda que colgaba de un cable negro. La puerta de metal se abrió con un quejido. Ricardo entró, pero ya no era el consultor internacional de Instagram. Llevaba una camiseta gris manchada y su mirada era la de un carnicero evaluando una pieza de carne.

—Elegimos bien —dijo él, hablando ahora con un marcado acento del norte de México—. Mujeres con hambre de más. Mujeres que nadie buscará de inmediato porque “se fueron de negocios”.

Catalina intentó gritar, pero de su boca solo salió un graznido seco. Ricardo se agachó frente a ella. —Tenemos un sistema, Catalina. Algunos clientes pagan por el acceso, otros por el control. Y hay un mercado muy específico para lo que vamos a hacer hoy. Los coleccionistas son gente extraña. Quieren trofeos.

Miguel entró entonces. No traía contratos ni folletos de inversión. Traía unos alicates industriales, pesados, cuyas mandíbulas de acero brillaban bajo la luz de la bombilla.

Javier sujetó la cabeza de Catalina contra el suelo con una fuerza brutal. Ella forcejeó, el corazón golpeando sus costillas como un pájaro atrapado, pero la debilidad de la droga aún corría por sus venas. Miguel le abrió la mandíbula a la fuerza.

—Los dientes son sorprendentemente valiosos si sabes a quién vendérselos —explicó Ricardo con una voz monótona—. Especialmente de una mujer con tu… pedigrí.

El primer tirón fue un estallido de fuego blanco que le nubló la visión. Catalina escuchó un crujido espantoso, el sonido de la raíz desprendiéndose del hueso de su mandíbula. El grito que desgarró su garganta fue ahogado por la sangre que empezó a llenar su boca. Miguel no se detuvo. Trabajaba con una precisión metódica, ignorando los espasmos del cuerpo de Catalina. Uno, dos, tres. El dolor superó cualquier capacidad humana de comprensión. Era una agonía absoluta, una profanación de su propia humanidad.

Cuando terminaron, la dejaron en el suelo, sola, en medio de un charco rojo. Catalina sentía que su rostro no le pertenecía. La boca era un vacío ardiente. En la penumbra, pensó en Mateo. Pensó en las mañanas en Chapinero. Se dio cuenta de que iba a morir en ese almacén sin ventanas, y que el mundo seguiría viendo las fotos de Ricardo Sandoval, buscando la misma libertad que a ella le había costado la vida.

Pero en Bogotá, el silencio de Catalina había empezado a hacer ruido.

Andrés no había dormido. Catalina prometió llamar el viernes al aterrizar y no lo hizo. El sábado por la mañana, su teléfono seguía apagado. Andrés llamó a Daniela. —Ella nunca hace esto, Dani. Menos con Mateo en casa de su padre —dijo Andrés, con la voz tensa.

Fueron al departamento de Catalina. En su oficina, Andrés encontró la computadora abierta. El historial de navegación reveló el perfil de Ricardo Sandoval. Como ingeniero, Andrés tenía un ojo entrenado para las estructuras; al revisar las redes de Ricardo, notó lo que Catalina no quiso ver: los comentarios eran repetitivos, las cuentas que lo elogiaban tenían fotos de perfil de stock. Era una fachada digital.

Acudieron a la Fiscalía General. El detective Héctor Ruiz los recibió con el cansancio de quien conoce bien la geografía del mal. —He visto este patrón —dijo Ruiz al ver la foto de Ricardo—. Atraen profesionales, gente con recursos que busca expandirse.

La oficial Laura Mendoza, experta en delitos cibernéticos, se unió al equipo. En horas, rastreó los metadatos de las fotos de “lujo” de Ricardo. No fueron tomadas en Cancún ni en Dubái. Muchas procedían de un radio específico en las afueras de Guadalajara, México.

—Hay otras tres desaparecidas —dijo Laura, su rostro iluminado por el brillo azul de la pantalla—. Una de Lima, una de Buenos Aires, una de México. Todas profesionales. Todas desaparecieron tras mencionar viajes privados.

El detective Ruiz activó a la Interpol y a la Policía Federal Mexicana. El lunes por la noche, Ruiz y Laura volaron a Guadalajara. Andrés quiso ir, pero Ruiz fue tajante. —Si ella sigue viva, necesitamos profesionales allí, no civiles desesperados.

La vigilancia en el distrito de almacenes identificó un edificio que recibía vehículos a horas prohibidas. Las cámaras térmicas mostraron siluetas humanas en espacios confinados. Se planeó una redada táctica para la madrugada del martes.

Mientras los equipos SWAT se posicionaban en la oscuridad, dentro del almacén, Catalina estaba en el límite de la consciencia. El dolor se había transformado en un entumecimiento frío. Había perdido mucha sangre. Ricardo entró una vez más, esta vez con una bolsa de plástico. —Mañana te vas, Catalina. Un nuevo destino. A los compradores no les importa que no puedas sonreír.

Fue entonces cuando el mundo estalló.

El estruendo de las granadas ensordecedoras sacudió las paredes de hormigón. Gritos en español con acento mexicano, órdenes tajantes, el sonido de botas pesadas rompiendo puertas. Ricardo intentó correr hacia una salida trasera, pero fue derribado por dos oficiales federales. Miguel y Javier fueron capturados en la oficina contigua, rodeados de carpetas con fotos de otras mujeres y pequeñas cajas de terciopelo que contenían “trofeos” de marfil.

Laura Mendoza fue la primera en entrar a la habitación de Catalina. La luz de su linterna recorrió el suelo de cemento hasta detenerse en la figura encogida de la mujer bogotana. —¡Aquí! ¡Necesito un médico ya! —gritó Laura.

Se arrodilló junto a Catalina. La imagen era devastadora. El rostro de Catalina estaba hinchado y cubierto de sangre seca; sus manos seguían atadas. —Soy la oficial Mendoza. Estás a salvo, Catalina. Vamos a llevarte a casa.

Catalina intentó decir algo, pero su boca herida no pudo articular palabras. Sin embargo, en sus ojos, a través de la neblina del dolor, brilló algo que los alicates de Miguel no pudieron arrancar: el reconocimiento de que todavía estaba aquí.

El regreso a Colombia fue un proceso lento de reconstrucción, tanto física como psicológica. Catalina pasó por múltiples cirugías reconstructivas y meses de terapia. Mateo y Andrés estuvieron allí, en los silencios largos y en las noches de pesadilla.

La agencia de marketing cerró. Catalina ya no quería vender ilusiones. Se convirtió en una voz poderosa, aunque ahora hablaba con un tono diferente, por la seguridad digital y la prevención del tráfico de personas. Su historia recorrió el continente, desmantelando la red de Ricardo Sandoval, cuyo nombre real resultó ser un registro criminal de décadas.

Años después, Catalina se sentaba de nuevo en su departamento de Chapinero. Ya no miraba a los cerros buscando una libertad lejana. Miraba a Mateo, que ahora terminaba la preparatoria. Se tocó la mandíbula, donde los implantes ahora sostenían su nueva sonrisa. No era la sonrisa perfecta de una publicidad de Instagram. Era una sonrisa real, ganada a pulso en la frontera entre la vida y la muerte.

Entendió que la verdadera libertad no estaba en un jet privado, sino en el derecho a caminar por su propia vida sin miedo, y en el valor de saber que, aunque le hubieran robado los dientes, nunca pudieron quitarle la palabra.