La noche del 17 de agosto de 1772, en Mérida, Yucatán, no era una noche de paz, sino una de presagios. La lluvia torrencial percutía con violencia sorda sobre las tejas de barro de la imponente casona de los Valenzuela, una fortaleza colonial cuyas gruesas paredes de mampostería parecían guardar silencio sobre los secretos de la élite meridana. En el corazón de esta mansión, con su patio central silencioso y adornado por fuentes moriscas, doña Beatriz de Valenzuela y Solís, condesa consorte de apenas 34 años, yacía despierta.
Doña Beatriz era la encarnación de la gracia colonial, considerada una de las mujeres más hermosas y, por extensión, una de las más valiosas en el cerrado círculo de los encomenderos. Su posición era intocable, su prestigio, inmaculado. Tres días atrás, su marido, el conde don Sebastián de Valenzuela, de 66 años, había partido hacia sus vastas haciendas ganaderas en el camino real entre Campeche y Mérida. El conde, un hombre consumido por la ambición de expandir sus tierras y su apellido, solo tenía ojos para su fortuna. Su ausencia era la única tregua, la única rendija de luz en la prisión dorada que era su matrimonio.
Nadie en la capital yucateca, absorta en sus propias intrigas de prestigio y poder, podía imaginar que bajo el mismo techo donde se celebraban las cenas más exclusivas, un amor prohibido, nacido del desafío a todo el orden social, estaba a punto de desatar una tragedia que pulverizaría el linaje Valenzuela.
El objeto de su transgresión era Mateo, un mulato de 29 años, esclavo de la casa, que servía como cochero y mozo de cuadras. No era un esclavo común. Hijo de una mujer africana esclavizada y de un comerciante español que lo había negado, Mateo había heredado una inteligencia aguda que cultivó en secreto, aprendiendo a leer y escribir al acecho de las lecciones del capellán. Su porte, su mente y una dignidad inquebrantable que el yugo de la esclavitud no había logrado doblegar, capturaron la atención de la condesa desde el primer cruce de miradas en el patio. Durante años, doña Beatriz había luchado contra el creciente incendio de aquel sentimiento, un anatema absoluto para la sociedad que la había creado, pero que se antojaba como la única verdad en su vida vacía.
La condesa había sido entregada en matrimonio a los 16 años a don Sebastián, un hombre 22 años mayor, cuya única pasión era la acumulación de poder y el mantenimiento de un prestigio frío. Durante años, Beatriz había suplicado a su esposo por un hijo, un anhelo que Don Sebastián había rechazado sistemáticamente, obsesionado con no diluir su sangre ni distraerse de sus negocios. El matrimonio era una jaula de marfil, y ella una joya ornamental en la vitrina de su esposo.
El punto de inflexión llegó en una gélida noche de febrero de 1769. El conde regresó de puerto ebrio y violento, desatando una brutal paliza contra doña Beatriz por atreverse a cuestionar sus excesivos gastos en los burdeles. Los gritos de la condesa desgarraron el silencio de la noche. Desde las cuadras, Mateo escuchó la agonía de su ama. Olvidando instintos de supervivencia, irrumpió en la alcoba. Su acto fue un desafío mortal a la jerarquía: un esclavo alzando la voz contra su amo, interponiéndose entre el conde y la condesa. Don Sebastián, demasiado embrutecido por el vino, apenas pudo registrar la insolencia antes de desplomarse, vencido por la borrachera.
Aquella noche, mientras el conde roncaba, doña Beatriz descendió a hurtadillas hacia las cuadras llevando ungüentos. A la luz incierta de una linterna, curó las magulladuras de Mateo, producto del forcejeo con su amo. Cuando sus manos se encontraron, tocando la piel por primera vez, no solo se curaron heridas físicas. Algo más profundo y definitivo se quebró en el interior de ambos: la barrera invisible e inamovible que la colonia había levantado entre ellos.
Comenzaron a verse en secreto en una pequeña bodega ubicada en el sótano de la casona, un lugar donde se amontonaban viejos baúles familiares y el polvo del olvido. Sus encuentros, siempre fugaces y tensos, solo ocurrían cuando el conde se ausentaba por largos períodos. Durante casi tres años, aquella bodega, apenas iluminada por la débil llama de velas de sebo, se transformó en un universo paralelo. Mateo leía en voz baja los pocos libros que había conseguido, y Beatriz le revelaba sus sueños muertos y el dolor de haber sido forzada a casarse por conveniencia familiar a una edad tan temprana. Él le enseñó a ver la realidad de Mérida más allá de sus privilegios, un lugar donde la riqueza de su familia se sostenía sobre la extenuante labor de miles de mayas en las haciendas. Ella le ofreció su vulnerabilidad, confesándole su rechazo conyugal y el vacío de no tener hijos. Entre el olor a madera vieja y la penumbra, la condesa y el esclavo, dos seres que el orden colonial había declarado irreconciliables, se enamoraron con una intensidad desesperada.
Pero el mundo paralelo que habían construido estaba siendo observado. En marzo de 1772, Teresa, la sirvienta principal de 52 años, y una mujer cuya lealtad al conde Don Sebastián era más firme que la de su propia sangre, los había descubierto. Oculta tras un pesado cortinaje, presenció el beso de los amantes al atardecer en la bodega.
Teresa no actuó por impulso. Conocedora de la fría sed de justicia y recompensa de su amo, la sirvienta inició un plan metódico. Durante cinco largos meses, construyó un expediente detallado de la infidelidad de su ama, anotando fechas, horarios precisos y extractos de conversaciones que lograba escuchar con oído entrenado. Esperó el momento perfecto para entregar el registro completo de la traición y asegurar una recompensa generosa por su inquebrantable fidelidad al linaje Valenzuela.
El momento llegó el 15 de agosto de 1772. Teresa envió un mensajero urgente a caballo hacia las propiedades del conde, a dos días de camino. La carta no solo contenía la denuncia del adulterio, sino también un registro exhaustivo de cada encuentro documentado.
El conde don Sebastián recibió el mensaje en la mañana del 17 de agosto. El pergamino, que en sus manos se sentía como un puñal, transformó su rostro en una máscara de fría furia. Para Don Sebastián, un hombre de 66 años, cuyo orgullo se remontaba a la época de la Conquista, el adulterio de su esposa con un esclavo no era solo una traición conyugal; era la destrucción pública de su honor, una mancha indeleble que lo convertiría en el hazmerreír de toda la élite encomendera de Yucatán.
Pero el conde no cabalgó a Mérida. Permaneció tres días encerrado en su despacho, elaborando un plan. Don Sebastián no era un hombre de pasiones repentinas, sino un estratega despiadado que había construido su fortuna a base de decisiones calculadas y exentas de escrúpulos. Podría haber matado a Mateo y encerrado a Beatriz en un convento, la solución habitual. Pero eso no borraría la humillación, ni el conocimiento de su deshonra que ya poseían varias personas.
Fue entonces cuando concibió el plan. Un acto monstruoso que no solo eliminaría a la esposa infiel y al esclavo amante, sino también a todos los testigos potenciales, para que él pudiera emerger, no como el marido ultrajado, sino como la víctima de una masacre a manos de bandidos. Para el conde, era preferible perderlo todo ante la violencia criminal que ser objeto del desprecio social.
El 20 de agosto, Don Sebastián regresó a Mérida, pero se dirigió discretamente a una posada alejada. Allí se reunió con su sobrino, don Alonso de Valenzuela, un hombre de 32 años, criado por el conde tras quedar huérfano. Alonso era conocido por su crueldad con los esclavos y su lealtad ciega a su tío. El conde reveló el adulterio y su plan macabro. Don Alonso, que odiaba a doña Beatriz por haber intentado que su tío lo despojara de su puesto como administrador de haciendas debido a sus abusos, aceptó de inmediato.
El conde reclutó a dos hombres más: Jacinto Pech, un capataz maya endeudado con el conde (que lo había salvado de la horca por un asesinato), y Lorenzo de Cervantes, un español empobrecido dispuesto a todo por dinero. Don Sebastián les prometió sumas generosas y les ordenó prepararse para la noche del 22 de agosto, cuando la luna nueva sumiría a la ciudad en la oscuridad total.
Mientras el conde ultimaba sus preparativos, doña Beatriz comenzó a sentir un creciente terror. Teresa, la sirvienta traidora, no podía ocultar una satisfacción maliciosa al mirar a su ama y la trataba con un desprecio apenas disimulado.
El 21 de agosto, en la penumbra de la bodega, Beatriz le confesó sus miedos a Mateo: “Siento que algo terrible va a suceder, que Teresa sabe de nosotros y que el momento de pagar por nuestro amor ha llegado”. Mateo no pudo tranquilizarla del todo. Él también había notado señales extrañas: el conde se había reunido secretamente con Don Alonso en una posada (algo insólito), y Teresa había despedido a varios sirvientes con excusas vagas, lo cual no tenía sentido dada la inmensa riqueza de la familia.
Aquella tarde, tomaron una decisión desesperada: escapar juntos. Beatriz tenía escondidas joyas heredadas de su madre, suficientes para comprar la libertad de Mateo en otra provincia. Huirían a pie la noche siguiente, el 22 de agosto—irónicamente, la misma noche elegida por el conde para la masacre—, caminarían hasta una aldea maya amiga de Mateo, conseguirían caballos y cabalgarían hacia Campeche para embarcarse hacia Veracruz. Era un plan suicida, pero morir libres era preferible a seguir en la prisión.
Lo que ninguno de los amantes ni el conde sabían era que había un tercer testigo que conocía ambos planes: Lucía, una joven sirvienta de 17 años y sobrina de Mateo. Ella había escuchado la conversación del conde con Don Alonso en la posada donde limpiaba, y luego escuchó la conversación de huida entre su tío y la condesa en la bodega. Atrapada, Lucía solo podía esconderse.
A las 9 de la noche del 22 de agosto de 1772, en una oscuridad casi total, los dos planes convergieron. Doña Beatriz se vestía con ropas sencillas y oscuras, las joyas de su madre atadas a su cintura en una pequeña bolsa de cuero. Mateo esperaba en las cuadras con provisiones. A esa misma hora, Don Sebastián daba las instrucciones finales a sus cómplices. Entrarían a las 10 de la noche por la puerta trasera, que Teresa habría dejado sin tranca. Matarían a todos los ocupantes sin piedad, simularían un robo y huirían antes del amanecer. El conde esperaría en una propiedad cercana.
A las 10:15 de la noche, Doña Beatriz descendió sigilosamente la escalera de piedra, su corazón latiendo como un tambor frenético. Estaba a punto de alcanzar las cuadras cuando una figura surgió de las sombras del patio central: Teresa, sosteniendo un candil con una luz fantasmal.
“¿A dónde cree su Señoría que va vestida como una campesina a estas horas?” preguntó Teresa con una voz cargada de un sarcasmo largamente reprimido. Doña Beatriz sintió el vértigo de la perdición, pero intentó mantener la compostura. “Apártate, Teresa. Eso no es asunto tuyo”. La sirvienta soltó una risa amarga. “He servido a esta familia durante treinta años. No permitiré que la deshonre escapando con un esclavo”. Teresa alzó la voz deliberadamente, gritando para despertar a los demás.
Sus gritos fueron interrumpidos por el violento golpe de la puerta trasera al abrirse. Don Alonso irrumpió en el patio, seguido de Jacinto y Lorenzo. Los tres asesinos se quedaron paralizados al encontrar a Doña Beatriz y Teresa cara a cara en el patio, cuando esperaban encontrar a todos durmiendo.
Teresa reaccionó primero, su lealtad final brotando en histeria: “¡Don Alonso, gracias a Dios! ¡La condesa intenta escapar con el esclavo! ¡Deténgala!”. Don Alonso comprendió que su plan había fallado. Si Beatriz escapaba, el conde sería juzgado. Sin dudarlo, desenvainó su machete y se abalanzó sobre la condesa.
Beatriz gritó el nombre de Mateo y corrió hacia las cuadras, pero Lorenzo disparó una de sus pistolas. La bala le rozó el hombro izquierdo, haciéndola tropezar y caer sobre las piedras.
Mateo escuchó el disparo. Salió de las cuadras con una horquilla de metal. Al ver a Beatriz sangrando y a los tres hombres armados, supo que su amor había llegado a su fin. Se lanzó con una desesperación feroz contra Don Alonso, hiriéndole superficialmente el brazo antes de que Jacinto Pech le asestara un golpe seco en la espalda con el garrote de Tsalam. Mateo cayó de rodillas, el dolor cegador, pero logró levantarse para seguir luchando.
Mientras tanto, Teresa corría hacia el portón principal, gritando pidiendo ayuda. Lorenzo la interceptó, la derribó y, siguiendo la orden inamovible del conde de no dejar testigos, le disparó con su segunda pistola a la cabeza. Teresa murió al instante, su cuerpo desplomándose en un charco de sangre. La sirvienta que había traicionado a su ama por lealtad se convirtió en la primera víctima de la masacre que ella misma había ayudado a planificar.
Los disparos y los gritos despertaron a los sobrinos del conde, Ignacio y Rafael, y a Inés, la hermana viuda de Doña Beatriz. Bajaron corriendo la escalera, encontrándose con una escena de pesadilla. Ignacio, el mayor, intentó correr a la calle, pero Lorenzo lo derribó con la culata de su arma vacía. Jacinto Pech, liberado del duelo con Mateo, se lanzó sobre Ignacio, golpeándolo repetidamente en la cabeza con el garrote hasta que el cráneo del joven se quebró con un sonido nauseabundo.
Inés, la hermana de Beatriz, corrió desesperada hacia la condesa herida y se arrastró junto a ella, intentando protegerla con su propio cuerpo. Don Alonso, que había logrado desarmar a Mateo hiriéndole gravemente el costado con el machete, se acercó lentamente a las dos mujeres abrazadas en el suelo.
Doña Beatriz, débil por la pérdida de sangre, miró a los ojos a Don Alonso. “Por favor, déjala ir. Mi hermana no tiene nada que ver con esto”, suplicó.
Don Alonso la miró con absoluto desprecio. “Tu hermana es testigo. Y los testigos no pueden vivir”. Levantó el machete y lo descargó sobre Inés, quien instintivamente levantó los brazos. La hoja le cercenó la mano derecha y se hundió profundamente en su hombro. El asesino tuvo que apoyar el pie sobre el cuerpo de Inés para arrancar la hoja y luego la descargó nuevamente, esta vez en el cuello, casi decapitándola.
Doña Beatriz presenció el horror, sus propios gritos ahogados por el gorgoteo de muerte de su hermana menor. Rafael, el sobrino menor, intentaba huir por las cuadras, pero fue interceptado por Lorenzo y Jacinto. Rafael suplicó por su vida, ofreciendo todo el dinero posible, prometiendo silencio, pero Jacinto Pech, que había perdido toda humanidad en los abusos de las haciendas, lo golpeó repetidamente con el garrote hasta que el joven se desplomó boca abajo en el patio trasero.
Mateo, sangrando abundantemente, logró arrastrarse hasta donde estaba Doña Beatriz. Entre la sangre, el polvo y el horror indescriptible, los dos amantes se abrazaron, sabiendo que sus últimos momentos habían llegado.
Don Alonso se acercó a ellos, saboreando el poder sobre las dos personas que más odiaba. “¿Valió la pena?” preguntó con un sarcasmo cruel, apuntando con el machete.
Doña Beatriz, con una última chispa de fuerza, miró a su asesino a los ojos y respondió: “Cada momento con él valió más que toda una vida en esta familia podrida”.
Mateo, sintiendo que la vida se le escapaba, añadió: “Nuestro amor fue real. Algo que tú nunca entenderás porque tu alma está muerta”.
Enfurecido por la dignidad que mantenían incluso ante el filo de la muerte, Don Alonso levantó el machete y lo hundió profundamente en el pecho de Mateo. El esclavo soltó un grito ahogado mientras la sangre brotaba a borbotones. Beatriz abrazó el cuerpo moribundo de su amante, besando su rostro y susurrando: “Te amo. Te amaré hasta mi último aliento”. Don Alonso esperó unos segundos y luego descargó el machete sobre Doña Beatriz, golpeándola repetidamente hasta que su cuerpo también quedó inerte.
Lo que Don Alonso, Jacinto y Lorenzo no sabían era que Lucía, la sobrina de Mateo, había presenciado toda la masacre, acurrucada, paralizada por el terror, en un oscuro rincón de las cuadras.
Una vez que todos estuvieron muertos, los tres asesinos, actuando con una sangre fría metódica, se dedicaron a organizar la escena. Rompieron puertas, saquearon baúles y esparcieron objetos de valor para simular un robo violento. Don Alonso, arrastrando cuerpos para hacer la escena más convincente, cometió un error fatal. Al registrar el cuerpo de Doña Beatriz, encontró la pequeña bolsa de cuero atada a su cintura con las joyas de esmeraldas de su madre. En lugar de dejarlas como parte del botín, decidió robárselas, escondiéndolas imprudentemente en su propia ropa.
Antes del amanecer, los tres huyeron por diferentes rutas, llevándose solo la platería de la capilla como parte del “botín” que supuestamente confirmarían el robo.
El conde, Don Sebastián, esperó hasta las 8 de la mañana del 23 de agosto antes de regresar. Sus gritos de horror fingido al descubrir la masacre despertaron a todo el vecindario. El alcalde mayor, el párroco, y la flor y nata de la élite encomendera acudieron. Don Sebastián representó el papel del esposo y tío devastado a la perfección, llorando sobre el cuerpo de su esposa y maldiciendo a los supuestos bandidos. La investigación inicial confirmó la historia del robo violento: signos de entrada forzada, la desaparición de la platería y heridas brutales. El conde proporcionó una lista de objetos robados, omitiendo cuidadosamente las esmeraldas que solo Don Alonso sabía que existían.
Pero Lucía seguía viva.
La muchacha permaneció escondida en las cuadras, paralizada por el terror, durante todo el día 23, escuchando el bullicio de la investigación y los llantos. Solo cuando cayó la noche y la casona quedó con dos guardias, Lucía logró escapar por una ventana lateral. Temblorosa y hambrienta, corrió por las calles oscuras hasta la casa de Fray Tomás de Esquivel, párroco de Santiago, conocido por su compasión hacia los esclavos.
Cerca de la medianoche, Lucía irrumpió en la casa parroquial. Entre sollozos histéricos, relató la masacre que había presenciado. Fray Tomás, un hombre íntegro y avezado, creyó inmediatamente a la joven esclava, pero sabía que enfrentarse a un conde tan poderoso requería pruebas irrefutables. Tras interrogar a Lucía toda la noche, Fray Tomás tomó una decisión audaz: en lugar de ir al alcalde mayor, amigo del conde, llevó a Lucía directamente ante el obispo de Yucatán, Fray Ignacio de Padilla.
El obispo, con la autoridad suficiente para investigar incluso a los nobles, ordenó una investigación paralela. Sus investigadores descubrieron que vecinos habían visto al conde reunirse con Don Alonso días antes en una posada (contrario a su versión), que Teresa había despedido a sirvientes, y que Doña Beatriz había encargado ropa sencilla para un viaje largo.
La evidencia condenatoria llegó el 28 de agosto, cuando un joyero de Mérida se presentó ante el obispo. El hombre, nervioso, relató que Don Alonso había intentado venderle un juego de esmeraldas engarzadas en oro que él mismo había diseñado años atrás para la madre de Doña Beatriz, piezas únicas que cualquier joyero de la ciudad reconocería.
Fray Ignacio ordenó la detención inmediata de Don Alonso. Cuando fue arrestado, los alguaciles episcopales encontraron no solo las esmeraldas de Doña Beatriz, sino también parte de la platería robada. Confrontado, Don Alonso se derrumbó parcialmente. Confesó su participación en la masacre con Jacinto y Lorenzo, pero en un intento desesperado por salvar a su tío, afirmó que ellos habían actuado por cuenta propia para robar.
Mientras tanto, las autoridades capturaron a Jacinto Pech. El capataz, sin la astucia de Don Alonso, confesó de inmediato toda la verdad: el conde Don Sebastián de Valenzuela había planificado personalmente la masacre, reclutado a los tres hombres y ordenado no dejar testigos. Su confesión fue corroborada por Lorenzo de Cervantes, capturado en Campeche.
El 2 de septiembre de 1772, once días después de la masacre, el obispo ordenó la detención de Don Sebastián de Valenzuela. La conmoción en Mérida fue sin precedentes. Llevado a las celdas del tribunal eclesiástico, el conde mantuvo su arrogancia inquebrantable, insistiendo en su inocencia. Pero el obispo lo confrontó día tras día con las confesiones detalladas de sus cómplices, el testimonio del joyero y las declaraciones de los vecinos.
Finalmente, el 16 de septiembre de 1772, Don Sebastián se derrumbó. Durante cinco horas, confesó minuciosamente su plan. Lo más escalofriante de su confesión fue su absoluta falta de arrepentimiento. Declaró haber actuado correctamente en defensa del honor de su linaje; su esposa, por amar a un esclavo, había merecido la muerte, y las otras víctimas fueron un daño colateral necesario para preservar su reputación y la de su apellido.
El juicio del conde de Valenzuela y sus tres cómplices se convirtió en el escándalo más resonante de la historia colonial de Yucatán, revelando la podredumbre moral que yacía bajo la fachada de honor y prestigio de la élite. La única certeza que perduró fue que el amor desesperado y prohibido entre una condesa y un esclavo había costado seis vidas inocentes, desmantelando el linaje más poderoso de la provincia y revelando que, incluso en la cúspide del poder, la obsesión por el honor podía engendrar la más monstruosa de las traiciones.
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