Tenía setenta y dos años, tres meses de vida y una propuesta que resonó con la fuerza de un trueno en el corazón del pueblo, un corazón que ya de por sí era propenso al juicio. La frase era simple, brutalmente directa: “Cásate conmigo y quédate con todo lo que tengo.”

Ella, Inés Vargas, apenas contaba con veintiocho primaveras. Él, Don Sebastián Morales, era viejo, con la edad suficiente para haber sido su abuelo.

La sentencia del pueblo fue instantánea y unánime: cazafortunas, sinvergüenza, movida por la avaricia. El escándalo se propagó con la rapidez de la pólvora seca, cubriendo a Inés con una niebla espesa de desprecio y sospecha. Pero la verdad, como el sol que atraviesa la niebla de la madrugada, siempre estuvo allí, esperando el momento justo para revelar el paisaje completo.

Esta no era una historia sobre el dinero; era sobre el amor que emerge en los lugares más inverosímiles y la ceguera de quienes juzgan sin saber. Cuando la verdad finalmente se desveló, cuando el anciano moribundo descubrió la razón real por la que ella aceptó, fue él quien sintió que el aire le faltaba.

En esa época, la diferencia de edad en el matrimonio era una regla no escrita, pero férreamente aplicada. Una mujer joven junto a un hombre viejo era, invariablemente, un objeto de sospecha. Sin embargo, en tierras fértiles donde los campos de cultivo se extendían hasta el horizonte, se alzaba una majestuosa propiedad: la Hacienda “El Último Refugio.” Un nombre que, sin que su dueño lo supiera, se convertiría en el albergue final para un corazón solitario.

Don Sebastián Morales había sido su dueño por décadas. Viudo desde hacía quince años, sin hijos, sin herederos, solo con la carga de tierras vastas y una casa grande y silenciosa, llena de un eco y una soledad que se hacía más pesada con cada despertar. Don Sebastián no era un hombre cruel, pero tampoco particularmente alegre; estaba, simplemente, cansado. Cansado de vivir solo, de comer en el silencio de una mesa que alguna vez albergó risas. La memoria de su esposa, Beatriz, fallecida de neumonía en un invierno particularmente cruel, era un fantasma que nunca lo abandonaba. Él existía, administraba, trabajaba, pero no vivía.

Cinco años antes de que esta historia llegara a su punto álgido, Don Sebastián contrató a Inés Vargas, entonces una joven huérfana de veintitrés años, necesitada de trabajo. Él solo buscaba a alguien que le cocinara comidas que no supieran a ceniza. Era un arreglo práctico.

Pero en esos cinco años, Inés transformó el refugio en un hogar. No solo cocinaba; limpiaba sin que se lo pidieran, colocaba flores frescas en el comedor, abría las ventanas para dejar entrar la luz y tarareaba canciones que llenaban los rincones vacíos. La casa volvió, muy lentamente, a sentirse viva. Don Sebastián comenzó a esperar la hora de la comida, no por el estofado, sino por la presencia de Inés, por su sonrisa, por el cuidado que ponía en cada detalle. Él guardó sus sentimientos en un lugar profundo, consciente de la impropiedad de un amor tan tardío y tan desigual.

Y así continuó hasta que la visita al médico de la ciudad, con sus instrumentos modernos, le dio la noticia que lo cambiaría todo: Cáncer de estómago, avanzado, tres meses de vida, tal vez cuatro con suerte.

La muerte no lo asustaba; había vivido una vida larga. Lo que le aterraba era morir solo, sin una mano que sostener, sin una voz que dijera adiós, solo el silencio de esa casa que pronto volvería a estar vacía. Fue entonces cuando tomó la decisión que escandalizaría a todos y que, en realidad, revelaría una verdad oculta durante cinco años.

Don Sebastián esperó a que terminaran de cenar. Inés había preparado su estofado favorito. Él comió con lentitud, saboreando, sabiendo que pronto esa capacidad le sería arrebatada. Inés limpiaba la cocina, cantando suavemente.

—Inés. —la llamó.

Ella apareció en el umbral, secándose las manos en el delantal.

—Sí, Don Sebastián.

—Siéntate, por favor.

Ella frunció el ceño. Él nunca le pedía que se sentara, pero obedeció.

—¿Pasó algo?

—Sí —dijo, y la calma en su voz era fría y practicada—. Fui al médico la semana pasada a la ciudad. Tengo cáncer de estómago. Me quedan tres meses, tal vez cuatro.

El plato que Inés sostenía se le resbaló de las manos, rompiéndose contra el suelo.

—No… —susurró—. No, eso no puede ser.

—Es verdad —dijo Don Sebastián.

Las lágrimas corrían por el rostro de Inés.

—Lo siento mucho —logró decir.

Don Sebastián vio algo en sus ojos, algo que no era piedad ni terror, sino dolor sincero. Eso le dio el valor.

—Inés, tengo una propuesta para ti.

—¿Qué propuesta?

Don Sebastián respiró hondo.

—Cásate conmigo.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué? —Inés lo miró como si hubiera pronunciado una palabra en un idioma que nunca había escuchado.

—Sé que suena loco —continuó Don Sebastián con rapidez—. Soy viejo, tú joven, pero escúchame.

—Estoy escuchando —dijo Inés, la voz apenas audible.

—Tengo esta hacienda, estas tierras, el dinero en el banco… y no tengo a quién dejarle nada. Cuando yo muera, todo irá a un sobrino que apenas conozco.

—Don Sebastián…

—Pero si te casas conmigo —la interrumpió, clavando sus ojos cansados en los de ella—, todo será tuyo. La casa, las tierras, el dinero. Todo.

—Me está pidiendo que me case con usted por una herencia.

—Estoy ofreciendo seguridad —corrigió Don Sebastián—. Sé que no ganas mucho como cocinera. Sé que la vida es dura para una mujer sola. Esto te dará un futuro.

—¿Y usted qué ganaría?

Don Sebastián fue honesto, con una vulnerabilidad que Inés nunca le había visto.

—Compañía. Alguien que esté aquí en mis últimos meses. Alguien que… —su voz se quebró ligeramente—… alguien que sostenga mi mano cuando llegue el final. Y después, después eres libre, rica. Puedes venderlo todo, mudarte a la ciudad, casarte con un hombre joven, vivir la vida que mereces.

—¿Por qué yo? —preguntó Inés—. ¿Por qué no otra persona?

—Porque en estos cinco años —le respondió Don Sebastián, mirándola fijamente—, me hiciste sentir menos solo. Porque tu presencia trajo luz a una casa que había estado oscura por quince años. Porque confío en ti.

Era la verdad, pero no la verdad completa. La verdad completa era: Porque me enamoré de ti y soy lo suficientemente egoísta como para querer llamarte esposa, aunque solo sea por tres meses. Pero eso no podía decirlo.

Inés permaneció en silencio durante un largo tiempo.

—¿Cuánto tiempo tengo para decidir?

—Todo el tiempo que necesites —dijo Don Sebastián—. Pero no mucho.

Inés se levantó para irse, pero se detuvo en el umbral.

—Don Sebastián, ¿es esto realmente solo una transacción, solo un arreglo práctico?

Don Sebastián quiso gritar que no. Quiso confesar sus años de silenciosa adoración, pero no podía cargarla con esa presión.

—Sí —mintió—, solo un arreglo práctico.

Inés asintió lentamente y salió, dejándolo solo con la mentira que acababa de contar y una peligrosa sensación de esperanza.

Tres días después, Inés regresó. Entró en el estudio sin llamar, algo que nunca hacía.

—Acepto —dijo.

Don Sebastián casi dejó caer el vaso que sostenía.

—¿Qué?

—Acepto su propuesta. Me casaré con usted —respondió Inés con una determinación que no esperaba—, pero con condiciones.

—¿Qué condiciones?

—No quiero que sea solo una transacción. Si voy a ser su esposa, aunque solo sea por tres meses, quiero ser una esposa real. Quiero cuidarlo, estar con usted, no solo esperar una herencia.

Algo se movió en el pecho de Don Sebastián, algo que se sintió como una punzada de vida.

—¿Por qué?

—Porque nadie merece morir sintiéndose como un negocio —dijo Inés, y por un instante, su expresión fue ilegible—. Y porque usted ha sido bueno conmigo. Merece más que eso.

No era una declaración de amor, pero era más de lo que él había soñado.

—De acuerdo —acordó—. Nos casamos como marido y mujer de verdad.

La noticia se esparció por el pueblo como fuego en la cosecha seca. Don Sebastián Morales se casa… ¿con su cocinera? La joven de veintiocho años. Él, setenta y dos y muriendo.

—Es una cazafortunas, obviamente. ¿Qué otra cosa podría ser?

Los chismes eran crueles e incesantes. Inés los sentía en el mercado, en las miradas.

—No les hagas caso —le dijo Don Sebastián, encontrándola llorando en la cocina—. La gente siempre juzga lo que no entiende.

—Pero tienen razón, ¿no? —dijo Inés con amargura—. Me estoy casando con un hombre moribundo por una herencia.

—¿Es esa la verdad? —preguntó Don Sebastián suavemente—. ¿Es solo por la herencia?

—No lo sé —admitió Inés, con una expresión complicada—. Ya no sé qué siento.

La boda fue sencilla, en la pequeña iglesia, con solo el Padre Miguel y un puñado de vecinos curiosos que vinieron a juzgar. Inés vestía el simple vestido blanco de su madre. Don Sebastián, el traje negro de su primer funeral. No era romántico, era funcional. Pero cuando tomó la mano de Inés durante los votos, sintió algo. Y las lágrimas en los ojos de Inés, al prometer en la salud y en la enfermedad, parecían genuinas.

La primera noche fue extraña. Inés se mudó a la habitación principal. Don Sebastián le ofreció dormir en el cuarto de invitados, pero ella se negó.

—Dijimos que seríamos marido y mujer reales. Eso significa compartir la habitación.

Compartieron la cama, pero con una distancia respetuosa. Don Sebastián no durmió, demasiado consciente de la respiración suave de Inés a centímetros de él, preguntándose si su desesperación era bondad o egoísmo disfrazado.

Los primeros días fueron de ajuste. Inés ya no era la empleada, sino la señora de la casa. Comían juntos, discutían la administración de la hacienda y, muy lentamente, comenzaron a sentirse como una pareja.

Tres semanas después de la boda, Don Sebastián sufrió un ataque de dolor. El cáncer le recordaba su presencia brutal. Inés lo encontró doblado sobre el escritorio.

—¡Sebastián! —gritó, usando su nombre por primera vez sin el don.

Lo ayudó a la cama, le dio la medicina y se acostó a su lado, sosteniendo su mano hasta que el dolor amainó.

—Gracias —susurró él.

—Soy tu esposa —dijo Inés simplemente—. Para esto estoy aquí.

Don Sebastián lo comprendió: cualesquiera que fueran sus motivos iniciales, ella se había tomado su rol de esposa con total seriedad. Eso hizo que la amara aún más y lo llenó de terror, sabiendo que pronto estaría muerto y ella libre, sin que él pudiera confesar su amor.

Un mes después, Don Sebastián empeoró. Inés lo cuidaba con una devoción que asombraba a ambos. Lo leía, lo bañaba, se acostaba a su lado en las malas noches, solo para que no se sintiera solo.

—¿Por qué haces esto? —preguntó él una noche—. Podrías contratar una enfermera.

—Porque quiero —interrumpió Inés—. Eres mi esposo. Te cuido porque quiero.

—Pero… sabes que pronto heredarás todo.

Inés lo miró dolida.

—¿Crees que por eso estoy contando los días? Yo… yo no entiendo por qué alguien como tú, joven, hermosa, con una vida entera por delante, gastaría tiempo cuidando a un viejo como yo.

Inés tomó su mano.

—Sebastián, eres muchas cosas, pero no solo un viejo. Eres bueno y amable, y me trataste con respeto cuando otros no lo hicieron.

—Eso no es razón suficiente para casarte conmigo.

—No —acordó Inés después de un silencio—. No es razón suficiente.

Y Don Sebastián no presionó, temiendo la respuesta, temiendo que el dinero fuera la verdad, o peor, que su confesión significara dejarla atrás con un corazón roto además de una cuenta bancaria llena.

Dos meses después de la boda, Don Sebastián apenas salía de la cama. Afuera de “El Último Refugio”, los chismes crecían más viciosos. “¿Cuánto tiempo más fingirá ella? Escuché que lo mantiene vivo solo para asegurar la herencia.”

Pero entonces alguien descubrió algo: Inés Vargas tenía deudas. Grandes deudas, quinientos pesos, una herencia de su padre que había dejado un desastre financiero. De repente, el matrimonio tuvo una explicación obvia: necesitaba dinero.

Don Sebastián escuchó los rumores a través de su abogado, Don Felipe.

—Sebastián, hay algo que necesito que sepas. Sobre Inés, sobre sus finanzas.

—Continúa.

—Tiene deudas heredadas de su padre. Cinco mil pesos.

—¿Y cuándo incurrió en ellas? —preguntó Don Sebastián, su voz cuidadosamente neutral.

—Hace tres años. Aún debe dos mil. Si no paga antes de fin de año, perderá la casa de su padre.

Don Sebastián sintió que algo se rompía dentro de él. El plazo coincidía con su tiempo de vida. Todo encajaba.

Esa noche, Don Sebastián confrontó a Inés.

—Inés, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Por qué realmente aceptaste casarte conmigo? La verdad, no la versión bonita.

Inés palideció.

—¿Qué quieres decir?

—Sé sobre las deudas, Inés. Los cinco mil pesos. Los dos mil que aún debes.

El rostro de Inés se puso blanco como el papel.

—¿Quién te lo dijo?

—No importa. ¿Es verdad?

—Sí —admitió con una voz pequeña—. Es verdad.

—¿Y por eso te casaste conmigo? ¿Para pagar las deudas con la herencia? Solo dime la verdad. Después de todo, pronto estaré muerto. ¿Qué importa?

Inés vaciló.

—Sí —dijo finalmente—. Sí, necesito el dinero.

Don Sebastián cerró los ojos. Era lo que temía, y escucharlo dolía más que el cáncer.

—Entiendo —dijo—. Gracias por la honestidad. Estoy cansado. Necesito dormir.

Inés salió de la habitación con los hombros caídos. Don Sebastián se quedó solo, preguntándose si cada momento tierno, cada caricia, había sido solo la actuación de una mujer desesperada.

Los días fueron tensos. Inés se mudó al cuarto de invitados. Don Sebastián no escuchaba sus intentos de explicación.

Entonces, una carta anónima, deslizada bajo la puerta, lo hizo sentir mareos.

Don Sebastián, Inés Vargas debe exactamente 2247 pesos. Plazo final 31 de diciembre. Fecha de su boda, 15 de septiembre. Fecha estimada de su muerte, mediados de diciembre. Conveniente, ¿no cree? Tres hombres ricos del pueblo le ofrecieron pagarle la deuda a cambio de favores. Rechazó a todos. Pero cuando usted, el más rico y más cerca de la muerte, ofreció herencia completa, bueno, usted haga las cuentas.

Confrontó a Inés esa misma noche.

—¿Es verdad que tres hombres te ofrecieron pagar tus deudas?

—Sí —admitió ella.

—¿Y los rechazaste?

—Sí.

—¿Por qué?

—¡¿Por qué?! —Inés lo miró con incredulidad—. Porque querían cosas que yo no estaba dispuesta a dar.

—¿Pero conmigo sí? ¿Contigo fue diferente? ¿Cómo? Exijo que me digas la diferencia. Ellos querían algo. Yo quiero algo. Tú necesitas dinero. ¿Cuál es la diferencia real?

Inés estalló en lágrimas.

—¡La diferencia es que yo quería casarme contigo! No solo por dinero, por…

—No te creo —dijo Don Sebastián con una frialdad que no sentía, pero que la evidencia le imponía.

—¿Cuánto tiempo planeabas esperar después de mi muerte antes de venderlo todo? —preguntó con una voz que sonaba muerta—. ¿Una semana? ¿Un mes? ¿O irías directamente del funeral al banco?

Inés lo abofeteó. No fue fuerte, pero el sonido fue ensordecedor en el silencio de la habitación.

—¡Cómo te atreves! —susurró con la voz temblorosa de rabia y dolor.

—Entonces, ¡explica! —exigió Don Sebastián.

—Porque soy yo —Inés buscó las palabras, sin encontrarlas—. ¡Y deberías confiar en mí!

—Ya no sé en quién confiar —admitió Don Sebastián.

Inés lo miró con una expresión rota. Salió de la habitación y, por primera vez, no regresó esa noche.

Don Sebastián empeoró rápidamente. El estrés emocional agravó su condición. El médico le dio un veredicto: semanas, tal vez días.

Esa noche, Inés, ignorando la distancia, entró en su habitación.

—No voy a dejarte morir solo —dijo con firmeza—. Creas lo que creas de mí, no voy a dejar que te sientas abandonado.

Se acostó junto a él, sin tocarlo, solo presente.

—¿Por qué? —preguntó Don Sebastián, con la voz débil.

—Porque te amo, idiota terco —susurró Inés en la oscuridad.

Don Sebastián pensó que había alucinado.

—¿Qué dijiste?

Inés no respondió. Él se quedó despierto, desesperadamente queriendo creer.

Aquel mismo día, Don Sebastián, sintiendo la cercanía de la muerte, la llamó.

—Inés —dijo débilmente—. Necesito saber la verdad. La verdad completa. Antes de…

Inés tomó su mano.

—Está bien. Te diré todo.

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo? ¿La verdad real?

—Es cierto que necesitaba el dinero y que tres hombres me ofrecieron pagar. Pero la razón por la que los rechacé… —hizo una pausa, reuniendo un coraje agonizante—… fue porque yo ya estaba enamorada de ti.

Don Sebastián no podía respirar.

—Hace cinco años llegué a esta casa rota, sin esperanza. Tú me diste trabajo, respeto, dignidad. Y me enamoré de ti. En silencio. Porque eras inalcanzable.

—¿Qué?

—Cuando propusiste que fueran solo tres meses, pensé: prefiero tres meses como tu esposa que toda una vida amándote desde la cocina.

—Pero las deudas…

—Iba a rechazar tu propuesta —confesó Inés—, porque no era justo casarme contigo cuando necesitaba dinero. Pero me di cuenta de que si no lo hacía, si dejaba que el orgullo me detuviera, nunca sabría cómo se siente ser tu esposa. Las deudas… yo planeaba seguir pagándolas después de tu muerte, con trabajo, con la venta de algunas cosas personales. No con la herencia.

—¿Por qué no?

—Porque no quería que mi amor por ti estuviera manchado con dinero. Quería que fuera puro, real.

Don Sebastián lloraba abiertamente.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Cuándo? —preguntó Inés, con amarga tristeza—. ¿Antes de la boda, cuando dijiste que era solo un arreglo práctico? ¿O después, cuando asumiste que yo era una cazafortunas, como todos los demás?

—Lo siento —susurró Don Sebastián—. Lo siento mucho.

—Yo también —dijo Inés—. Debí ser honesta desde el principio.

—¿De verdad me amas? —preguntó Don Sebastián, con la voz quebrada.

—Con todo lo que soy —confirmó Inés—. Te amé cuando eras un hombre solitario. Te amé cuando me propusiste un matrimonio práctico. Te amo ahora mientras mueres y te amaré después.

Don Sebastián la jaló hacia él con una fuerza sorprendente.

—¡Yo también te amo! —confesó finalmente—. He estado enamorado de ti por años, pero pensé que eras demasiado joven…

—Idiota —dijo Inés con una tierna sonrisa—. Ambos lo somos.

—Inés —dijo Don Sebastián con urgencia—, necesito que sepas algo más.

—¿Qué?

—No me importa la herencia. Cuando mueras, voy a donar todo. La hacienda, el dinero, todo.

—¡¿Qué?! No, Inés…

—Voy a donar —repitió firmemente—, porque no quiero que nadie, incluida yo, dude jamás por qué me casé contigo. Todos sabrán que fue por amor, no por dinero.

Don Sebastián la miró con asombro.

—Eres increíble.

Se besaron. No el beso casto de un arreglo, sino el beso de un hombre que, finalmente, podía expresar los sentimientos guardados por años. Se separaron, llorando.

—Lamento que tengamos tan poco tiempo —susurró él.

—Yo también —dijo Inés—. Pero prefiero estos momentos verdaderos que años de mentiras.

Se quedaron juntos, e Inés lo sostuvo mientras él luchaba por respirar.

—Te amo —susurró él.

—Te amo —respondió ella.

En aquella habitación, con la verdad por fin revelada, encontraron la paz.

Pasaron los días. Don Sebastián no murió. No mejoró, pero tampoco empeoró. Era como si la confesión, la verdad finalmente dicha, le hubiera dado una razón para seguir luchando.

Inés lo cuidaba con un amor que ya no necesitaba esconder. Lo besaba, le decía “te amo” docenas de veces al día, dormía abrazada a él. El pueblo, observando la devoción, comenzó a preguntarse si habían juzgado mal.

Una semana después, Don Sebastián pidió ver al médico. El doctor llegó esperando confirmar el final, pero encontró algo imposible. Después de un examen exhaustivo, salió de la habitación con una expresión de total confusión.

—No lo entiendo —admitió.

—¿Qué? —preguntó Inés con el corazón acelerado.

—El tumor se está reduciendo. Es raro, extremadamente raro, pero a veces el cuerpo responde espontáneamente. Algo dispara el sistema inmune, el tumor comienza a encogerse.

—¡¿Entonces no va a morir?!

—No dije eso —advirtió el doctor—. Pero tal vez no en tres meses. Tal vez no por años.

Inés se desplomó en una silla. Años.

Cuando Inés le dio la noticia a Don Sebastián, él lloró, no de alegría, sino de miedo.

—¿Por qué tienes miedo? —preguntó Inés.

—Porque ahora —explicó—, ahora todos dirán que tú lo sabías, que sabías que no moriría pronto. Dirán que el matrimonio fue un fraude desde el principio.

—No me importa lo que digan —dijo Inés finalmente—. Yo sé la verdad. Tú sabes la verdad. Eso es suficiente.

—¿Y las deudas? Ahora no heredarás pronto.

—Encontraré la manera —interrumpió Inés—. Siempre encuentro la manera.

Don Sebastián la miró con adoración.

—Cásate conmigo —dijo.

Inés rio.

—Ya estamos casados, idiota.

—No —dijo Don Sebastián—. Cásate conmigo de nuevo, de verdad. Esta vez con la familia, con una celebración, con votos que signifiquen más que un arreglo práctico.

Inés sonrió a través de las lágrimas.

—Sí, mil veces sí.

Don Sebastián vivió, no solo meses, sino siete años completos. Durante esos años, muchas cosas cambiaron.

Tuvieron una segunda boda, una ceremonia hermosa con todo el pueblo invitado. Inés usó un vestido nuevo y Don Sebastián sonrió de una manera que no lo había hecho en décadas. La Hacienda prosperó bajo su administración conjunta. Con las ganancias, Inés finalmente pagó sus deudas con su propio trabajo, no con la herencia.

—Ahora —dijo Don Sebastián—, nadie puede decir que te casaste por dinero.

—Nunca fue por dinero —le recordó Inés.

El pueblo cambió lentamente de opinión. Vieron cómo Inés cuidaba a Don Sebastián en sus recaídas, cómo él la miraba con una adoración que no se podía fingir. Vieron un amor real desarrollándose ante sus ojos y, uno por uno, vinieron a disculparse. Inés aceptó sus disculpas con gracia, pero no olvidó.

En el séptimo año, el cáncer regresó con sed de venganza. Esta vez, el doctor fue claro: semanas, tal vez un mes. Don Sebastián tenía setenta y nueve años. Inés, treinta y cinco.

Habían tenido siete años que nadie esperaba. Siete años de amor verdadero.

Mientras Don Sebastián se acostaba en la cama por última vez, no tenía miedo.

—Estás aquí —le dijo a Inés—. Eso es todo lo que necesito.

—Te amo —respondió ella.

—Yo también, mi Inés.

Y en los brazos de su esposa, el hombre que una vez temió morir solo, que hizo una propuesta desesperada para comprar compañía, se fue en paz, rodeado por el amor puro que había sobrevivido al juicio, a la mentira y al borde de la muerte. Su último refugio había sido, de hecho, el corazón de ella.