El Hediondo Secreto del Rey: La Reina Culpada del Fracaso que Arruinó a un Imperio

Londres, 1540. Enrique VIII, monarca absoluto y símbolo de virilidad, acababa de casarse con Ana de Cléveris. Pero a la mañana siguiente, la corte entera susurró una historia de horror: el matrimonio no había sido consumado. La culpa, según el Rey, recaía en la recién llegada; él había sido repelido. La verdad era que el Rey, obeso y enfermo, era impotente, pero en el juego de poder Tudor, la debilidad real era inadmisible. Así nació la mentira más cruel del siglo: la reina Ana apestaba.

El otoño de 1539 se cernía sobre Inglaterra con la frialdad de un presagio. El reino de Enrique VIII era un teatro de paranoia y ambición, recién purgado por la cabeza de Ana Bolena y la reforma protestante orquestada por Thomas Cromwell. El Rey, viudo de la amada Jane Seymour, necesitaba desesperadamente dos cosas: un heredero varón robusto (el Príncipe Eduardo era frágil) y una alianza protestante que lo protegiera de la furia del Emperador Carlos V y el Papado.

Cromwell, el arquitecto de la Reforma, encontró la solución en los ducados alemanes: Ana, la hermana del poderoso Duque Juan III de Cléveris. El plan era impecable: una alianza que protegería a Inglaterra y una esposa que, a juzgar por el retrato, era adecuada. Enrique, a sus 48 años, era una sombra grotesca del príncipe atlético que había sido. Pesaba cerca de 140 kilos, su rostro era hinchado y rojizo, y una úlcera varicosa en su pierna izquierda, secuela de un accidente de justa, supuraba constantemente. El hedor a carne podrida y medicinas empapaba sus aposentos, forzando a sus sirvientes a quemar incienso perpetuamente. Lidiaba con dolores crónicos que mitigaba con vino especiado y opio. Pero su ego, esa máquina de vanidad que había justificado el cisma de la Iglesia, permanecía intacto.

Ana de Cléveris, de 24 años, era el antónimo de este drama. Criada en la austera corte protestante de Düsseldorf, hablaba un alemán y un poco de francés, pero apenas algunas palabras de inglés. Era una mujer de buen linaje, serena, de rostro tranquilo, retratada con pinceladas lisonjeras, aunque honestas, por Hans Holbein el Joven. Ella viajó a Inglaterra con la inocencia de quien cumple un deber dinástico, sin sospechar que su destino dependía enteramente del capricho y la biología de un hombre en decadencia.

El 1 de enero de 1540, Ana llegó a Rochester. El encuentro que la esperaba era una trampa de vanidad real. Enrique, obsesionado con la belleza y el “amor cortés” de su juventud, decidió sorprenderla disfrazado de mensajero. Era un juego galante que había funcionado con sus esposas anteriores. Pero Ana, desconocedora de las costumbres inglesas y menos aún de la identidad del hombre obeso y maloliente que irrumpió en sus habitaciones, no lo reconoció. Lo trató con la fría cortesía reservada a un sirviente.

Enrique se sintió humillado hasta la médula. Esa noche, de regreso a Greenwich, su voz tembló de rabia al confesarle a Cromwell: “¡No me gusta nada! ¡Tiene rostro de caballo flamenco! ¡No es como la pintaron!”

El contrato, sin embargo, estaba firmado. La crisis diplomática con los Estados alemanes era un riesgo demasiado grande, incluso para el ego de un Tudor. El 6 de enero de 1540, en el Palacio de Greenwich, Enrique VIII se casó con Ana de Cléveris. En su interior, el Rey ya tramaba la destrucción de su matrimonio.

La noche nupcial fue el momento de la verdad, no para la reina, sino para el rey.

Ana, vestida con su traje de seda y perlas, aguardó con la mezcla de nerviosismo y resignación que la ocasión exigía. Esperó dos horas. Cuando Enrique finalmente entró en la Cámara Nupcial, lo hizo acompañado, según el protocolo, por Thomas Cromwell y dos cortesanos que debían testificar, de manera indirecta, el cumplimiento del deber real. El ambiente era denso, cargado con el olor dulce del incienso que Cromwell había ordenado quemar en un esfuerzo desesperado por mitigar el hedor de la úlcera del Rey.

Ana hizo la reverencia. Enrique la miró con una expresión que era un complejo de emociones destructivas: frustración, rabia, y una vergüenza disfrazada de disgusto. Lo que siguió fueron menos de dos horas de tensión. Los cortesanos, atestiguando desde la antecámara, escucharon solo un silencio anormal.

Cuando Enrique salió, su rostro era una máscara de perturbación. Se retiró a su aposento privado, convocó al Dr. William Butts a la mañana siguiente y le confesó en privado su fracaso: no había podido “conocer a la reina como marido”. La verdad era brutal y médica: Enrique sufría de disfunción eréctil severa, probablemente resultado de su obesidad mórbida, una diabetes no diagnosticada y, posiblemente, secuelas de enfermedades venéreas contraídas en sus años de promiscuidad.

Pero en la corte Tudor, la impotencia de un monarca no era una condición médica; era un símbolo de debilidad del reino, una burla al poder absoluto. El ego de Enrique no podía permitirse tal admisión.

El doctor Butts, obligado a guardar silencio, se convirtió sin querer en el catalizador de la mentira. La conversación privada pronto se filtró a la corte, y en el camino del susurro al escándalo público, la impotencia del rey fue reescrita. El problema no era del Rey, sino de la Reina. El fracaso de Enrique se transformó en el defecto de Ana.

El Rey mismo comenzó a tejer la narrativa: Ana era demasiado alta, demasiado alemana, su vestido era poco atractivo. Pero pronto, la justificación escaló a la difamación más grotesca y duradera.

Comenzó con susurros. Un cortesano, buscando el favor real, comentaba la falta de gracia de las damas alemanas. Otro mencionaba que la reina Ana usaba demasiado perfume, “como si intentara ocultar algo”. La máquina del chisme real se puso en marcha, alimentada por el miedo a la ira del Rey.

Enrique, mientras tanto, evitaba a Ana, durmiendo en habitaciones separadas. Su impotencia se hizo innegable, y la necesidad de una justificación externa se volvió desesperada.

Para marzo de 1540, apenas dos meses después de la boda, el rumor se había cristalizado en una acusación médica específica, una calumnia tan específica que se incrustaría en la historia: Ana de Cléveris despedía un olor corporal tan repugnante, un hedor a pescado podrido en su persona, que el Rey, a pesar de sus intentos, se había visto físicamente repelido por el edor, impidiendo la consumación del acto matrimonial.

Era una mentira total. Los testimonios, incluso de sus damas de compañía alemanas, negaron vigorosamente cualquier olor inusual, atestiguando sus hábitos de limpieza impecable. Se bañaba dos veces por semana, usaba lino fresco diariamente, aplicaba agua de rosas. Pero estas declaraciones fueron sistemáticamente excluidas del proceso oficial que se estaba gestando. La narrativa que culpaba a la mujer por el fracaso masculino ya era demasiado conveniente.

La mentira se convirtió en el arma política que Enrique necesitaba desesperadamente para librarse de la alianza alemana y, aún más importante, de su arquitecto: Thomas Cromwell.

En mayo de 1540, el Rey, en un baile de corte, conoció a Lady Catalina Howard. Tenía 17 años, era vivaz, coqueta, sabia en el juego de la seducción Tudor y, crucialmente, era sobrina del católico Duque de Norfolk. Catalina representaba todo lo que Ana no era: frescura juvenil y una potencial ruptura con el protestantismo de Cromwell. El Rey, obsesionado con la joven, aceleró su plan de anulación.

Cromwell, viendo su alianza política y su vida desmoronarse, intentó disuadir al Rey, recordándole la necesidad de la alianza protestante. Fue un error fatal de cálculo.

El 10 de junio de 1540, en un giro dramático y de alto voltaje, Thomas Cromwell fue arrestado por traición. El artífice de la reforma inglesa, el hombre que le había entregado a Ana, fue arrojado a la Torre. El mismo día, Ana de Cléveris fue informada de que su matrimonio sería anulado.

La confrontación principal de Ana no fue con el Rey, sino consigo misma, en un país extranjero, rodeada de enemigos que hablaban un idioma que apenas entendía. Le presentaron un ultimátum brutal: cooperar voluntariamente o enfrentar la acusación de haber ocultado un precontrato matrimonial previo con Francisco de Lorena. Si se probaba este “crimen”, su matrimonio con Enrique sería inválido, ella sería considerada adúltera y la pena era una sola: decapitación, como su predecesora, Ana Bolena.

Ana, una mujer práctica y sin aliados, no dudó. Eligió la cooperación. Era la única manera de sobrevivir. Su firma significaba su degradación pública, pero salvaba su vida.

El proceso de anulación fue una farsa, una pieza de teatro político orquestada para preservar la virilidad real. El Parlamento, servil a la voluntad de Enrique, anuló el matrimonio el 9 de julio de 1540. La justificación oficial era la no consumación debido al “impedimento físico” de la Reina que había repelido al Rey. Aunque los documentos no usaron explícitamente la palabra “olor”, el eco de la calumnia ya había dominado la corte.

Ana firmó la declaración de anulación, un documento que, en esencia, la convertía en la chiva expiatoria del fracaso biológico de Enrique.

A cambio, recibió una pensión generosa, dos palacios (Ever y Richmond), una posición honorífica como la “Hermana Amada del Rey”, y precedencia sobre todas las damas de Inglaterra. Era una jaula de oro, un acuerdo que la convertía en una de las mujeres más ricas del reino, pero su reputación, la esencia de su dignidad, había sido pulverizada para proteger el ego real.

La resolución de la vida de Ana fue un acto de supervivencia silenciosa, mientras la mentira se solidificaba como verdad histórica.

Inmediatamente después de la anulación, los cronistas Tudor, ansiosos por complacer al Rey, se apresuraron a documentar el fracaso. Edward Hall, en su crónica de 1542, escribió: “El Rey encontró en la Reina tal defecto de persona y limpieza que no pudo proceder al acto matrimonial.” Nicolás Harpsfield fue más explícito, afirmando que la Reina “despedía tal hedor de su cuerpo que el Rey… no pudo sobreponerse a la repugnancia.”

Estas crónicas, escritas por hombres de la corte y bajo la sombra de la guillotina real, se convirtieron en las fuentes históricas estándar. La mentira se incrustó en el conocimiento popular. Para el siglo XVIII, la anécdota del “olor de Ana de Cléveris” era un hecho. David Hume, en su Historia de Inglaterra de 1754, lo afirmaba sin cuestionamiento.

Mientras la calumnia se convertía en historia, la verdad languidecía en archivos extranjeros.

El giro, la verdadera resolución histórica, llegó siglos después, en el siglo XX, cuando los historiadores, con acceso a despachos diplomáticos cifrados, comenzaron a examinar críticamente las narrativas oficiales. Las cartas de los embajadores imperial y veneciano revelaron la trama subyacente:

El embajador Eustace Chapuys escribió a Carlos V en agosto de 1540: “La anulación del matrimonio fue necesaria, no por defecto de la Reina, sino por incapacidad del Rey, quien no ha podido cumplir deberes maritales desde su accidente de justa.”

Otro despacho era aún más incisivo: “El Rey inglés busca esposa joven porque su cuerpo enfermo requiere frescura juvenil para despertar sus facultades venéreas, que han disminuido por obesidad y enfermedad.”

Ana de Cléveris no fue rechazada por un defecto propio; fue convertida en chivo expiatorio para el fracaso de Enrique. La verdad era que el Rey, en 1540, era un hombre con obesidad mórbida, úlcera crónica y disfunción eréctil progresiva. Su cuerpo ya no funcionaba, pero admitirlo habría sido la perdición del prestigio Tudor.

Ana, ajena a esta vindicación futura, vivió su vida en Inglaterra con una astuta prudencia. Sobrevivió a Enrique, a Catalina Howard (ejecutada) y a la sexta esposa, Catalina Parr. Murió en julio de 1557. Fue enterrada en la Abadía de Westminster con honores reales, la única esposa repudiada en recibir tal distinción. Su lápida la nombra simplemente: Ana de Cléveris, hermana del rey, descansa aquí.

En la muerte, como en vida, su breve matrimonio fue borrado a una relación “fraterna” ficticia. Pero la parte más cruel de la mentira persistió, convirtiéndose en un mito tan potente que, durante 400 años, Ana fue recordada no por su inteligencia o su supervivencia, sino por el hedor ficticio que su esposo había fabricado para salvar su virilidad.

El cambio de destino de Ana no fue en vida, sino en el juicio de la posteridad. Su final fue el triunfo de la supervivencia, pero su legado fue la prueba de que, incluso una reina, puede ser despojada de su dignidad para proteger el ego de un hombre poderoso.

En julio de 1557, en su lecho de muerte, Ana de Cléveris miró el techo de su palacio en Chelsea. Había sobrevivido al tirano, a la guillotina y a la peste. Había vivido más tiempo en Inglaterra que la mayoría de sus predecesoras y sucesoras. La mentira del olor se había convertido en un susurro lejano de su pasado, aunque persistía en las crónicas de la corte. Ella había intercambiado el título de Reina por el de Superviviente. Su vida se convirtió en una demostración silenciosa de que la prudencia y la cooperación eran armas más efectivas que el desafío.

Mientras cerraba los ojos, no olía a podredumbre, sino a las rosas de su jardín.