El juicio del carnicero para el médico que no tenía alma

El infierno en las calles de Parral

Dicen que Parral, allá en Chihuahua, conoció el mismísimo infierno un día de agosto, cuando Rodolfo Fierro, el brazo derecho del general Villa, tocó a la puerta del Dr. Sebastián Fuentes con el pecho abierto a plomazos. Pero para entender este corrido, compa, necesitas saber que el norte de México, en aquellos tiempos de la revolución, era tierra de nadie para el pobre y paraíso sin fin para el que traía oro en los bolsillos.

El sol de agosto caía como plomo derretido sobre el desierto de Chihuahua, y la tierra rajada parecía gemir de sed bajo los guaraches de la raza sufrida. Parral era un pueblo que se aferraba a la vida con uñas y dientes, rodeado de nopales espinos y de gente con la piel curtida por la lucha. Allí los jacales de adobe respiraban el calor del día y temblaban con el viento helado de la sierra por la noche. El olor a tierra seca, mezclado con sudor y humo de leña de mezquite, marcaba el aire que uno respiraba.

El médico de las manos limpias

En medio de aquella miseria había un hombre que se sentía por encima del sufrimiento ajeno. El Dr. Sebastián Fuentes era el único médico del pueblo, un catrín de piel blanca que venía de la Ciudad de México. Usaba traje de lino, aunque el sol estuviera partiendo las piedras, y cargaba un maletín de cuero que más parecía cofre de tesoro. Su consultorio quedaba en la calle principal, en una casona de dos pisos que le hacía sombra a los jacales de alrededor, como si hasta la construcción quisiera mostrar que él estaba por encima de la perrada.

El doctor tenía las manos limpias, las uñas bien cortadas y una forma de mirar a la gente como si fueran animales de carga. Cuando llegaba un campesino a su puerta con el hijo ardiendo en fiebre o la madre vomitando sangre, él ni abría bien el saguán. Se quedaba ahí en el marco con esa sonrisa chueca y preguntaba luego luego: “¿Traes con qué pagar, pelado?”. Si la respuesta era no, la puerta se cerraba antes de que escucharan el llanto de adentro.

Las sombras de la indiferencia

El doctor Fuentes no tenía corazón para el pobre y todo mundo en Parral lo sabía. Estaba la historia de doña María de los Dolores, una viejita de sesenta años que crió ocho hijos sola después de que a su marido lo mataron los rurales. Ella enfermó de una infección en la pierna, cosa simple que cualquier ungüento arreglaba. Pero cuando los hijos tocaron a la puerta del doctor con ella en brazos, casi sin poder caminar del dolor, el hombre ni la miró bien.

—Tres monedas de oro —dijo, frío como la piedra.

Los hijos de doña María no tenían ni para las tortillas. Regresaron al jacal cargando a la madre y tres días después ella murió gritando con la pierna negra y apestando a carne podrida. El doctor Fuentes escuchó de su muerte tomando café de olla con los hacendados y ni parpadeó.

Estaba también el caso de Pedrito, un chamaco de siete años que se cayó de un mezquite y se quebró el brazo. Su padre, don José, vendió la chiva que daba leche para los chilpayates y consiguió un tostón de plata. El doctor miró la moneda con desprecio.

—Esto no paga ni la suela que gastaste en venir, indio. Lárgate de aquí.

Pedrito creció con el brazo torcido para el resto de su vida, un recordatorio viviente de la crueldad de aquel médico que prefería sus copas de coñac con los “científicos” de don Porfirio que salvar una vida humilde.

El Carnicero toca a la puerta

Mientras el doctor Fuentes vivía su vida de lujo, el norte hervía con otro tipo de justicia. Rodolfo Fierro, conocido como “el carnicero”, era un hombre cuya mirada helaba la sangre. Decían que cuando mataba no parpadeaba, pero su crueldad tenía un código: la traición se paga con plomo y el desprecio al pueblo se paga con sangre.

En agosto de aquel año, Fierro y su gente traían pegados a los talones a un pelotón de federales. En una balacera cerca de una presa seca, Fierro sintió la bala entrarle en el pecho, justo abajo de la costilla. No gritó, pero la sangre empezó a empaparle el chaleco. Sus hombres de confianza, Tomás Urbina y el Coyote, lo sostuvieron.

—Necesita un médico y en chinga —dijo Urbina.

Cabalgaron hasta Parral en medio de la noche. Fierro bajó del caballo tambaleándose frente al consultorio de Fuentes. Golpearon la puerta. Tres golpes secos. Arriba, la ventana se abrió y el doctor se asomó en camisón.

—¿Quién vive? —preguntó Fuentes.

—Soy yo, doctor. Estoy herido. Necesito ayuda.

El doctor abrió apenas una rendija. Al ver a Fierro con las carrilleras, la ropa empapada en sangre y la carabina 3030 al hombro, Fuentes puso cara de asco.

—No atiendo bandidos mugrosos —dijo el médico, seco y tajante, y le azotó la puerta en la jeta a Fierro.

El milagro de Doña Chole

El silencio que cayó sobre esa calle fue el de una sentencia de muerte, pero no la de Fierro. Una puerta se abrió al otro lado de la calle. Era doña Chole, una curandera de trenzas blancas y rebozo remendado.

—Tráiganlo para acá rápido —susurró.

En la humildad de su jacal, sobre un petate, doña Chole hizo lo que el graduado de la capital se negó a hacer. Con tequila, una aguja hirviendo y un cuchillo afilado, buscó el plomo dentro de la carne de Fierro. El revolucionario rechinó los dientes pero no soltó un quejido. Cuando la bala cayó en el plato de barro, Fierro supo que viviría.

Durante tres días de recuperación, doña Chole le contó las historias que el pueblo callaba. Le habló de Juvenal, el peón que murió delirando porque su mujer solo tenía dos tostones; le habló de la niña Rosita, que murió convulsionando por fiebre mientras el doctor se reía de las monedas de cobre de su madre.

Fierro escuchaba con el rostro duro como la cantera.

—¿Cuántos? —preguntó Fierro.

—Pasan de cincuenta, mi hijo —respondió doña Chole—. Cincuenta almas que se llevó la avaricia de ese hombre.

La justicia del desierto

Fierro no era hombre de dejar deudas pendientes. Una semana después, estaba de pie. El doctor Fuentes, confiado en la protección de don Porfirio Terrazas y sus pistoleros, seguía atendiendo a los ricos como si nada hubiera pasado.

La noche del jueves, Fierro y sus dorados actuaron. Entraron al consultorio por la puerta trasera, silenciosos como sombras. Cuando el médico regresó de cenar con el hacendado, se encontró con la boca de un fusil apuntándole a la frente.

—Buenas noches, doctor —dijo Fierro saliendo de las sombras—. Resulta que hubo alguien en este pueblo que sí tiene corazón.

El médico cayó de rodillas, ofreciendo oro, ofreciendo atender a los pobres gratis, jurando por la virgen. Pero ya era tarde. El tiempo de las promesas se había podrido junto con la pierna de doña María.

Lo arrastraron hasta el zócalo de Parral. En el centro de la plaza, bajo la luz de las antorchas, Urbina y el Coyote clavaron estacas en la tierra formando una cruz. Amarraron al médico, estirando sus brazos y piernas, dejándolo expuesto ante el pueblo que empezaba a asomarse por las ventanas.

—¿Sabe qué es esto, doctor? —preguntó Fierro mientras le ajustaba las cuerdas—. Es lo mismo que usted le hizo a toda esa gente. Usted los crucificó con su indiferencia.

El cobro de la factura

El doctor Fuentes lloraba, los mocos y las lágrimas mezclándose con el polvo. Intentaba hablar a través del trapo que le habían puesto en la boca. Fierro sacó el cuchillo con el que doña Chole le había salvado la vida.

—Cincuenta vidas, doctor. Vamos a ver cuánto vale la suya.

No lo mató de un tiro. Fierro quería que el médico sintiera el abandono, el frío de la madrugada y el desprecio de los ojos de los campesinos que se juntaron al amanecer para verlo ahí, amarrado como un animal de sacrificio.

Cuando el sol de Chihuahua empezó a castigar de nuevo, Fierro se montó en su caballo. Miró por última vez al hombre que se deshidrataba bajo el plomo derretido del cielo, rodeado de la gente a la que le había negado la salud.

—Ahí se lo encargo, raza —gritó Fierro—. Que les pague lo que les debe.

Rodolfo Fierro y sus dorados se perdieron en la polvareda de la sierra. El doctor Fuentes no murió ese día por el cuchillo, sino por el miedo y el juicio de un pueblo que, por primera vez, vio al verdugo convertido en víctima. Dicen que su consultorio nunca volvió a abrir y que, desde entonces, en Parral se cuenta que hasta el mismísimo infierno tiene miedo cuando un hombre de manos limpias se encuentra con la justicia de los de abajo.

Ámonos recio.