El pacto con el diablo que nos llevó a las estrellas: La verdad oscura que escondieron bajo un clip de papel

Mayo de 1945. El mundo entero respiraba aliviado.

Alemania había caído. Las banderas con la esvástica ardían en las calles de Berlín y la gente celebraba entre los escombros que la pesadilla por fin había terminado. Se hablaba de paz, compadre, se hablaba de justicia. Se prometía que los monstruos pagarían por lo que hicieron.

Pero mientras el mundo miraba hacia la luz, en las sombras se estaba cerrando uno de los tratos más oscuros y controvertidos de la historia humana.

Estados Unidos, el gran vencedor, el “héroe” de la película, estaba ejecutando una operación secreta. No querían justicia, querían ventaja. Su nombre en código era frío y burocrático: Operación Paperclip.

Su objetivo era simple: capturar a los cerebros del nazismo antes que los soviéticos. Su precio: perdonar lo imperdonable.

Imagínate la escena, porque parece de película, pero fue tan real como el suelo que pisas. Abril de 1945. Las tropas americanas avanzaban hacia el sur de Alemania. Pero estos soldados no llevaban órdenes de disparar a matar. Llevaban una lista.

No buscaban generales, ni políticos. Buscaban ingenieros. Buscaban científicos. Buscaban a los hombres que habían diseñado las armas que llovieron fuego sobre Londres y mataron a miles de civiles inocentes.

La orden era clara y tajante: “Capturarlos vivos a cualquier costo”.

Y el primero en esa lista, el premio mayor, era un hombre cuyo nombre pronto el mundo entero conocería, aunque por las razones equivocadas: Wernher von Braun.

Von Braun no era un científico cualquiera con bata blanca y lentes. Era un genio, sí, pero un genio al servicio de la muerte. Era el creador del V2, el primer misil balístico de la historia. Un arma de terror diseñada no para ganar batallas, sino para destrozar ciudades y quebrar el espíritu de la gente.

Pero había algo más. Algo que en ese momento pocos sabían y que hoy te hiela la sangre.

Para construir esos cohetes, Von Braun no usó empleados pagados. Usó esclavos.

En Mittelbau-Dora, su fábrica subterránea, el infierno existía bajo la tierra. Más de 20,000 prisioneros murieron ahí. No murieron por bombas, murieron de hambre, de agotamiento, de tortura y de enfermedades, trabajando hasta el último aliento para ensamblar los juguetes de guerra del Führer.

Piénsalo un segundo. Murieron más personas fabricando los cohetes en condiciones infrahumanas, que las personas que murieron cuando esos cohetes explotaron en Londres. Y el jefe de todo eso, el hombre que caminaba por los túneles revisando la producción mientras la gente caía muerta a sus pies, era Von Braun.

Cuando las tropas americanas finalmente lo encontraron en los Alpes bávaros, Von Braun no estaba huyendo. No estaba escondido temblando de miedo.

Estaba esperándolos. Con una sonrisa.

Días antes, con una frialdad calculadora, le había dicho a sus colegas: “Prefiero rendirme a los americanos”.

El tipo era listo, muy listo. Sabía algo que el resto del mundo ignoraba: Estados Unidos lo necesitaba más de lo que él los necesitaba a ellos. Sabía que venía otra guerra, una guerra silenciosa contra Rusia, y que su cerebro era su boleto de salida. Y maldita sea, tenía razón.

Para junio de 1945, la Operación Paperclip fue aprobada en el más absoluto secreto. La misión era traer a estos científicos nazis a Estados Unidos, borrar sus pasados manchados de sangre y darles nuevas identidades.

Pero había un problema enorme. La ley americana era clara: prohibía terminantemente la entrada al país de nazis convictos o miembros activos del partido. Y Von Braun y sus amigos no eran simples simpatizantes; eran parte de la maquinaria.

¿Cuál fue la solución? Mentir.

Así de simple y así de sucio. Los archivos fueron falsificados. Documentos oficiales del partido nazi fueron alterados. Crímenes de guerra, borrados con tinta negra. Afiliaciones políticas, omitidas.

Los agentes de inteligencia americana tomaban los expedientes manchados de horror y, literalmente, usaban un simple clip de papel para adjuntar una biografía nueva y limpia sobre el expediente original. De ahí salió el nombre. Paperclip. Un pedazo de alambre doblado que servía para ocultar la verdad y tapar los gritos de 20,000 muertos.

Septiembre de 1945.

Wernher von Braun y más de 120 científicos alemanes pisaron suelo americano. No llegaron encadenados. No llegaron para ser juzgados en Nuremberg. Llegaron como invitados de honor.

Les dieron casas bonitas. Les dieron salarios generosos que la mayoría de los americanos ni soñaban. Les dieron laboratorios de última generación. Von Braun fue asignado a Fort Bliss, en Texas. Bajo el sol del desierto, su trabajo era desarrollar cohetes para el ejército de los Estados Unidos.

Nadie preguntó sobre el campo de concentración de Dora. Nadie mencionó a los esclavos. Nadie habló de las ejecuciones en los túneles.

El pasado había sido archivado en una caja de cartón, cerrado con un clip.

Pasaron los años. Llegó 1950 y la Guerra Fría se puso caliente. La Unión Soviética también había capturado a sus propios alemanes y la carrera espacial comenzó antes de que nadie le pusiera ese nombre. El miedo a que los rusos dominaran el cielo era real.

Pero Estados Unidos tenía su as bajo la manga. Tenía a Von Braun.

El hombre se convirtió en una celebridad. Salía en la televisión, explicaba con su acento alemán y su carisma cómo el hombre viajaría a las estrellas. Se volvió el rostro del futuro. En 1958, su equipo lanzó el Explorer 1, el primer satélite americano. El país aplaudió.

Y luego llegó el momento cumbre. 1969.

Von Braun diseñó el Saturno V. La máquina más poderosa jamás construida. El cohete que llevaría al hombre a la Luna.

Cuando Neil Armstrong dio ese “pequeño paso para el hombre”, el mundo entero lloró de emoción. Fue el logro más grande de la humanidad. Millones de personas miraban al cielo con orgullo.

Pero muy pocos, casi nadie, recordaban que ese cohete milagroso había sido diseñado por el mismo hombre que construyó el V2 para Hitler. El mismo hombre bajo cuyas órdenes miles de esclavos murieron en la oscuridad para satisfacer su ambición.

Esa noche de 1969, mientras el mundo celebraba la libertad y el progreso, los fantasmas de Dora seguían gritando en silencio.

Fue hasta los años 70 cuando la verdad comenzó a filtrarse, como agua sucia que ya no se puede contener. Documentos desclasificados empezaron a revelar la magnitud real de la Operación Paperclip.

No eran unos cuantos. Fueron más de 1,600 científicos nazis los que fueron traídos a Estados Unidos en secreto.

Y no solo eran ingenieros de cohetes. La lista incluía médicos que habían experimentado con prisioneros en los campos de concentración, inyectándoles enfermedades y venenos. Químicos que desarrollaron armas biológicas. Expertos en interrogatorios que sabían exactamente cómo romper a un ser humano.

Todos protegidos. Todos perdonados. Todos viviendo el sueño americano mientras sus víctimas eran ceniza en Europa.

En una entrevista, ya viejo, un periodista se atrevió a preguntarle a Von Braun sobre los muertos de Dora, sobre su responsabilidad moral.

Su respuesta fue fría, técnica, desconectada de cualquier humanidad: “Yo solo construía cohetes. A dónde caían no era mi responsabilidad”.

Wernher von Braun murió en 1977.

Nunca pisó una cárcel. Nunca se sentó en el banquillo de los acusados. Al contrario. Recibió la Medalla Nacional de Ciencia. Fue condecorado por tres presidentes americanos diferentes. Su nombre está en edificios, en calles, en monumentos. Se fue a la tumba siendo un héroe para la historia oficial.

Pero los últimos archivos de Paperclip, esos que salieron a la luz hace poco, revelaron algo aún más perturbador.

No fue un error burocrático. No fue que “no sabían”. Los agentes de inteligencia sabían exactamente quiénes eran estos hombres. Conocían sus crímenes con lujo de detalle. Sabían de las torturas, de los experimentos, de la esclavitud.

Y los trajeron de todas formas.

Porque en la lógica fría de la Guerra Fría, la ciencia valía más que la justicia. El conocimiento valía más que la verdad. Y un cohete que llegaba al espacio valía más que 20,000 vidas consumidas en un túnel oscuro.

Hoy, cuando mires a la Luna, recuerda esta historia.

¿Fue correcto? Es la pregunta que nadie quiere responder. Nos dicen que el fin justificó los medios. Que llegamos a la Luna gracias a estos hombres. Otros dicen que llegamos a pesar de ellos.

No hay respuestas fáciles, compadre. Solo queda una verdad incómoda que nos raspa la conciencia: A veces la historia la escriben los que ganan. Y a veces, los que ganan deciden qué olvidar y a quién perdonar, con tal de seguir siendo los dueños del mundo.