El peso del tiempo en la cantera rosa
No deberían tocarla. El pensamiento cruzó la mente de Sebastián Moreno como una descarga eléctrica, pero sus pies permanecieron clavados en el asfalto frío de la Avenida González Ortega. Eran las 6:47 de la mañana. En el centro histórico de Zacatecas, el frío de 16 °C se sentía como una advertencia física. Sebastián, de 32 años, sostenía su celular con manos trémulas a exactamente 43 centímetros de una manta blanca que no debería estar ahí.
El aire matutino era una mezcla contradictoria de aromas: el consuelo del pan recién horneado de la panadería La Estrella, situada a dos cuadras, y el hedor punzante del diésel quemado de los camiones barredores municipales. Sebastián llevaba despierto desde las 5:15, preparando el café de olla que vendía cada mañana. A su lado, Luis Ángel Ruiz, un vendedor de periódicos de 40 años, respiraba de forma agitada tras haber llegado corriendo apenas tres minutos antes.
La manta colgaba del poste de luz frente al mercado Jesús González Ortega. Medía tres metros de largo por un metro de ancho. Las letras rojas, trazadas con pintura de aerosol sobre el fondo blanco, todavía despedían ese olor químico a solvente que indicaba una frescura aterradora. El mensaje era una sentencia de muerte colectiva: 72 horas. Devuelvan la plaza o devolvemos los cuerpos. CJ.
Sebastián tomó la fotografía a las 6:48. El flash, innecesario pero automático, iluminó por una milésima de segundo la tela. Tres segundos después, la imagen ya estaba en Facebook. Luis Ángel retrocedió dos pasos, sus ojos escaneando nerviosamente la calle desierta. Un taxi Nissan Tsuru blanco pasó a 60 km/h. El conductor no frenó; ni siquiera desvió la mirada hacia la manta. En Zacatecas, septiembre de 2023 se vivía bajo una ley no escrita: ver y fingir que no has visto era la única herramienta de supervivencia.
—Deberíamos irnos —susurró Luis Ángel.
Sebastián guardó el teléfono en el bolsillo trasero de su pantalón de mezclilla. Al hacerlo, la manga de su sudadera se levantó, dejando ver una cicatriz de 8 cm en su antebrazo derecho, recuerdo de una caída infantil. Pensó en Marisol, su esposa de 26 años, que llevaba ocho meses de gestación, y en el pequeño Jonathan, de 4 años. Vendía café por 20 pesos el vaso, ganando entre 250 y 400 pesos diarios. El costo de la vida era alto, pero el costo del silencio empezaba a ser impagable.
Para las 7:30 de la mañana, cuando las patrullas municipales llegaron finalmente a retirar la lona, 2300 personas ya habían visto la publicación. La noticia volaba más rápido que la ley. Zacatecas, con sus 150,000 habitantes y su arquitectura de cantera rosa reconocida por la UNESCO, se sentía como una mina a punto de colapsar. En 2023, la tasa de homicidios era de 83 por cada 100,000 habitantes. La plata y el oro que antaño dieron riqueza a la ciudad ahora eran sustituidos por una “minería humana” donde los cuerpos eran la moneda de cambio entre el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel de Sinaloa.
A 340 metros del mercado, Martín García Flores abría su ferretería a las 7:17. Martín, un hombre de 43 años y complexión sólida, recibió un mensaje de WhatsApp de su sobrino Miguel. Era una captura de pantalla: otra manta, mismo mensaje, colgada en el Puente del Padre. Martín preparó su café instantáneo en la misma taza blanca con el logo descolorido de Covic que usaba desde hacía 11 años. Esa taza era el objeto más resistente de su vida; había sobrevivido a mudanzas y a las travesuras de su hijo Kevin.
A las 7:28 llegó otra foto de su cuñado Roberto: manta número tres en el Bulevar Metropolitano. A las 7:41, su esposa Patricia, maestra de primaria, envió la cuarta desde la colonia Tierra y Libertad. Martín dejó la taza en el mostrador sin probar el líquido tibio. Abrió Facebook en su Samsung J7 de pantalla cuarteada. Siete mantas. Siete ultimátums idénticos. 72 horas.
Calculó mentalmente. El plazo vencería el 21 de septiembre a medianoche. Marcó a Patricia.
—¿Las viste? —la voz de Patricia estaba cargada de un miedo que intentaba disimular frente a sus alumnos. —Sí —respondió Martín, acariciando la cicatriz de su ceja izquierda—. ¿Ya dejaste a Fernanda? —A las 7:20. Kevin se fue solo en el camión.
Kevin, de 19 años, estudiaba ingeniería industrial. Era un joven delgado que pasaba horas frente a la computadora. Martín sintió una opresión en el pecho.
—Revisa las rutas de camión, Patricia. Que Kevin no se venga tarde. —Martín, son amenazas entre ellos. Nunca nos han tocado. —Esta vez pusieron siete mantas, Patricia. Siete.
El silencio que siguió en la línea fue más elocuente que cualquier palabra. Martín colgó y miró su negocio. La Ferretería García, fundada por su padre en 1987, olía a aceite de máquina y polvo de cemento. Era su mundo de 230 metros cuadrados. Ganaba lo suficiente para pagar la universidad privada de Kevin y mantener sus dos autos usados. No iba a cerrar, pero el segundero del reloj de pared, ese clic-clic-clic metálico, empezó a sonar como una cuenta regresiva.
A 14.3 km de allí, en una casa de seguridad de block sin pintar en la colonia Tierra y Libertad, Ricardo Sánchez López, alias “El Pelón”, bebía café frío. Tenía 37 años y era calvo por elección. En su cuello, un águila tatuada recordaba su ascenso en el CJNG. De halcón a sicario, y de sicario a jefe de célula. No recordaba el nombre de su primera víctima a los 21 años, pero recordaba perfectamente el peso de la .38 Especial en su mano.
El Pelón estaba bajo presión. El Cártel de Sinaloa le había arrebatado dos plazas clave en marzo, y sus jefes en Jalisco no aceptaban excusas. El 18 de septiembre a las 9:42 p.m., recibió una llamada con voz distorsionada. “El Licenciado” fue claro: 72 horas para recuperar el terreno o él sería el siguiente en la lista de bajas. “18 cuerpos por los 18 meses que has fallado”, le habían dicho.
Su celular vibró. Era Dulce Ramírez, su pareja de 26 años, embarazada de ocho meses y once días. “El bebé no ha parado de moverse. Creo que hoy es el día”, escribió ella. El Pelón sintió un nudo en el estómago. Dulce creía que él trabajaba en la construcción. Él le había comprado un anillo de 900 pesos y planeaban llamar al niño Ricardo Junior. Miró el ultrasonido que guardaba en su billetera gastada: una mano pequeña cerca de la cara.
—Hoy no puedo, mi reina. Tengo trabajo. Mañana te veo. Te prometo —escribió El Pelón.
Bajó a la planta baja. Seis hombres dormían en colchones sucios entre el olor a sudor y cerveza rancia. Pateó el primer colchón.
—¡Arriba! —ordenó. —¿Qué pasó, jefe? —preguntó Brian Morales, un joven de 22 años con una calavera tatuada. —Van por los rifles a la bodega de Fresnillo. 18 AK-47. Los quiero limpios y con cargadores llenos.
Los hombres salieron a las 8:39 a.m. en una Nissan NP300 y una Silverado negra. El Pelón se quedó solo, mirando el Cerro de la Bufa desde la ventana. Llevaba siete años viviendo en Zacatecas y nunca había subido al teleférico. El tiempo se le escapaba entre los dedos. 18 cuerpos. No eran solo números; era su vida o la de otros.
El 20 de septiembre, la tensión en la mesa de los García era palpable. Chilaquiles verdes y café, una tradición de los miércoles que Patricia había adelantado al martes por puro nerviosismo. Kevin mencionaba que en la universidad todos hablaban de las mantas. Martín, con la autoridad del miedo, prohibió el tema.
—Papá, cancelaron las clases nocturnas —dijo Kevin, ajustándose los lentes—. Nadie quiere estar en la calle.
Martín no respondió. Ese día en la ferretería, las ventas cayeron drásticamente. Solo vendió tres candados y un metro de cadena. Don Abel, un cliente de años, entró por dos cerrojos extra.
—Cierra temprano, Martín —le aconsejó el anciano—. Mi hijo vio camionetas sin placas anoche en la Hidráulica. Los policías solo miran para otro lado.
Martín cerró a las seis de la tarde, una hora antes de lo habitual. El radio Panasonic de su padre informaba que el alcalde pedía calma y que la Guardia Nacional patrullaba. Pero Martín sabía que la calma en Zacatecas era solo el silencio antes del estruendo.
En la casa de seguridad, el Pelón revisaba los 18 fusiles AK-47 alineados sobre una mesa plegable. Sus hombres habían regresado. El metal negro mate brillaba bajo el foco desnudo de 60 vatios.
—¿Cuándo empezamos, jefe? —preguntó Brian mientras aceitaba un mecanismo. —Mañana a las 5 de la mañana —respondió el Pelón con voz plana—. Nos dividimos en tres equipos. Centro, Bulevar e Hidráulica. —¿Y a quiénes levantamos? —preguntó el Mosca, un chico de apenas 20 años. —A los que estén afuera. Vendedores, taxistas, repartidores. Gente que se note que falta. El mensaje tiene que ser claro. —¿Y si son inocentes? —murmuró Brian, evitando la mirada de su jefe.
El Pelón sacó la billetera y miró la foto del ultrasonido. Ricardo Junior.
—Nadie es inocente, Brian. Viven aquí y ven todo. El silencio es complicidad. 72 horas se cumplen y alguien tiene que pagar.
Salió de la casa a las 3:47 p.m. y condujo hacia el Hospital General. Dulce estaba en la habitación 312, conectada a un monitor fetal. El sonido del corazón del bebé, 142 latidos por minuto, era rítmico, ajeno a la violencia que se gestaba afuera.
—La doctora dice que nace mañana o pasado —dijo Dulce con una sonrisa cansada. —Voy a estar aquí —mintió el Pelón, besándole la frente—. No me lo voy a perder.
Salió del hospital a las 5:34 p.m., pero no fue a comprar los pañales de la lista que Dulce le dio. Regresó a la casa de seguridad para ultimar los detalles del mapa. Dieciocho hombres. Dieciocho destinos cruzados por el simple hecho de levantarse temprano para trabajar.
Martín García, en su casa de la colonia Felipe Ángeles, revisaba las cerraduras de su hogar por tercera vez esa noche. No sabía que en menos de 24 horas, su ciudad se convertiría en el epicentro de una tragedia que las redes sociales no alcanzarían a cubrir. No sabía que el ultimátum que todos intentaban ignorar estaba a punto de cobrarse su cuota en carne y hueso.
El Pelón terminó de repartir las rutas. El reloj marcaba las 9:00 p.m. del 20 de septiembre. Quedaban pocas horas para que el sol saliera sobre la cantera rosa y el hierro de los fusiles comenzara su trabajo.
—Los traen a la bodega —concluyó el Pelón, cerrando el mapa—. Y asegúrense de que todos los vean.
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