El precio de la humillación: Un hijo le dijo a su madre que bebiera agua del inodoro, pero la lección de Jesús fue más cruel que la ceguera
El sol de Tijuana caía como plomo derretido sobre el patio trasero de la casa en la colonia Sánchez Taboada. Treinta y ocho grados marcaba el termómetro oxidado colgado en la pared de concreto despintado, pero la temperatura real se sentía mucho más alta. Un horno. Un infierno lento y silencioso.
Doña Lucía Herrera, de 72 años, tenía las manos arrugadas, sumergidas en el agua jabonosa de la tina de lavar. Tallaba con una fuerza que ya no tenía la camisa manchada de grasa de motor que su hijo había arrojado esa mañana en el canasto sin siquiera mirarla.
“Para eso estás aquí, vieja”, había dicho Javier. “Para que sirvas de algo.”
Esa frase se repetía como un eco doloroso en la cabeza de Lucía.
Treinta años. Treinta años de su vida.
Lucía había vendido tamales en las esquinas de la Avenida Revolución. Bajo el sol abrasador del verano y el frío cortante del invierno.
Treinta años levantándose a las 4 de la mañana para preparar la masa. Treinta años cargando la olla de aluminio pesada como una cruz. Treinta años escuchando: “¿A cuánto los tamales, doñita?”, mientras sus pies se hinchaban dentro de los zapatos gastados.
Todo para que Javier pudiera estudiar. Para que tuviera una vida mejor que la de ella.
Y ahora, él ganaba 80 mil pesos al mes en su taller mecánico, El Torpedo. Conducía una camioneta Ram color negro, cenaba carne asada los domingos y se reía con sus amigos mientras bebían cerveza Tecate en el patio delantero.
Y ella, su madre, ella lavaba, cocinaba, barría, trapeaba, mientras él y su esposa Patricia la trataban como si fuera una empleada sin sueldo, una sirvienta de tiempo completo.
Lucía sintió que la garganta se le cerraba. La sed era insoportable.
Había comenzado a lavar a las dos de la tarde porque Patricia le había exigido que primero limpiara toda la casa, preparara la comida y barriera el taller. Y ahora eran casi las cinco. No había probado agua desde el desayuno.
“¡Javier!”, gritó hacia la casa con la voz rasposa. “¡Hijo, por favor, tráeme un vaso de agua!”
Silencio.
Solo las carcajadas de los hombres en el patio delantero, el ruido de las fichas de dominó golpeando la mesa de plástico, el siseo de las cervezas al abrirse.
Lucía volvió a gritar más fuerte esta vez, sintiendo cómo el sudor le corría por la espalda, empapando su vestido floreado desteñido.
“¡Por favor, agua!”
Esta vez sí hubo respuesta. Pasos pesados.
La puerta de malla se abrió de golpe.
Javier apareció en el umbral del patio con el rostro enrojecido por el alcohol, una Tecate en la mano, los ojos vidriosos. Detrás de él, tres de sus amigos lo seguían, también borrachos, con sonrisas burlonas.
“¿Qué quieres ahora, vieja?”, preguntó Javier arrastrando las palabras.
“Agua, hijo. Tengo mucha sed. Llevo tres horas lavando y…”
La interrumpió Javier y se volteó hacia sus amigos con una sonrisa cruel. “Oyeron, muchachos. ¡La reina quiere agua!”
Los hombres rieron. Lucía sintió que el corazón se le encogía hasta volverse una pasa.
“Javier, por favor, solo un vaso.”
El joven se acercó a ella. Estaba tan cerca que Lucía podía oler la mezcla de alcohol y sudor.
“Bebe agua del inodoro, mamá,” gritó Javier. Y la risa que soltó fue tan fuerte que casi se ahoga con su cerveza. “¡Ahí hay agua y está fresca!”
Sus amigos explotaron en carcajadas. Uno de ellos, un hombre corpulento con tatuajes en los brazos, se dobló de la risa golpeando la pared.
“¡No, Javier!”, gritó entre risas. “¡Estás bien loco, cabrón! ¡Es neta!”
“¡Claro que es neta!”, insistió Javier, acercándose a su madre con pasos tambaleantes. “¿Para qué te levanto si puedes ir al baño y beber del inodoro?”
“O mejor”, señaló la manguera sucia enrollada en la esquina del patio, aquella que usaban para lavar el carro y que siempre tenía residuos de tierra y aceite. “Ahí tienes esa manguera.”
Lucía sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Su propio hijo. El niño que había cargado en brazos, al que había arrullado cuando tenía fiebre, al que había alimentado con cada tamal vendido, cada peso ganado con el sudor de su frente.
“Javier, soy tu madre…”
“Y yo soy el que paga esta casa”, rugió él, dando un paso amenazante hacia ella. “Tú comes de lo que yo gano, así que haces lo que yo digo. Y si te digo que bebas de la manguera, bebes de la manguera.”
Patricia apareció en la puerta secándose las manos en el delantal. Lucía la miró con súplica silenciosa, pero la mujer solo sonrió con desprecio.
“Ya oíste a tu hijo, doña Lucía”, dijo Patricia con voz dulzona y venenosa. “No seas exigente. No es un hotel cinco estrellas aquí.”
Las carcajadas de los hombres resonaron como latigazos en el aire caliente.
Javier volvió a la casa dando tumbos y sus amigos lo siguieron, palmoteándole la espalda, felicitándolo por su “buen chiste”.
Lucía se quedó sola en el patio, con las manos todavía mojadas, con el alma rota en mil pedazos.
Miró la manguera enrollada en la esquina. La manguera que usaban para lavar las llantas del carro, para enjuagar el piso lleno de aceite del taller, para regar las plantas secas.
Con las piernas temblando, caminó hacia ella, la desenrolló con dedos temblorosos, abrió la llave y esperó a que saliera el agua.
Primero salió marrón, con olor a tierra y a moho. Esperó un poco más. El agua se aclaró apenas.
Se llevó la boca de la manguera a los labios y bebió.
El agua sabía a plástico viejo, a tierra, a humillación. Tragó de todos modos, porque la sed era un animal rabioso devorándole la garganta. Bebió hasta que las náuseas le subieron del estómago.
Luego dejó caer la manguera y volvió a la tina de lavar, con las lágrimas corriendo silenciosas por sus mejillas arrugadas.
“Señor”, susurró, mirando al cielo que se teñía de naranja con el atardecer. “¿Por qué? ¿Por qué crié a un hijo así? ¿Qué hice mal?”
No hubo respuesta. Solo el sonido de las risas borrachas que llegaban desde el patio delantero.
Esa noche, Lucía no pudo cenar. El estómago le ardía como si tuviera fuego adentro.
Se acostó en su pequeña habitación, un cuarto de servicio al fondo de la casa con una cama angosta y una ventana que no cerraba bien, y trató de dormir, pero el dolor en el vientre era cada vez más intenso.
A las dos de la mañana, se levantó corriendo al baño y vomitó. El agua de la manguera le había caído mal.
Vomitó hasta que no quedó nada en su estómago, hasta que solo salía bilis amarga, hasta que las lágrimas se mezclaron con el sudor frío que le cubría la frente.
Volvió tambaleándose a su cuarto. Se arrodilló junto a la cama con las manos temblorosas entrelazadas.
“Padre celestial”, susurró con voz quebrada, “no entiendo. Trabajé toda mi vida para darle todo a mi hijo. Le di amor, le di sacrificio, le di cada peso que gané, y ahora… ahora me trata peor que a un perro. Me dijo que bebiera del inodoro, Señor. ¡Mi propio hijo! El niño que amamanté, que cuidé cuando estuvo enfermo, que eduqué con lágrimas y oraciones.”
Su voz se quebró en un sollozo.
“¿Dónde estás, Dios? ¿Me has abandonado también? ¿Es este el final que merezco después de toda una vida tratando de hacer lo correcto?”
Afuera, el viento nocturno de Tijuana silbaba entre las rendijas de la ventana. Lucía se acostó abrazando su estómago dolorido, sintiendo que cada fibra de su cuerpo gritaba de humillación y abandono.
No sabía que, en ese momento, en algún lugar entre las sombras de la ciudad, alguien caminaba descalzo por las calles polvorientas. Alguien que había escuchado cada palabra de su oración. Alguien que venía a hacer justicia.
El día siguiente amaneció con un cielo color ceniza. Lucía despertó con fiebre. Podía sentir el calor radiando de su propia piel, el sudor empapando las sábanas gastadas.
Intentó levantarse para preparar el desayuno, porque si no lo hacía, Javier gritaría. Pero las piernas no le respondieron. El cuarto le daba vueltas. Se quedó acostada, temblando, mirando las grietas del techo, que parecían mapas de países que nunca visitaría.
A las siete de la mañana escuchó los gritos.
“¡Vieja! ¿Dónde está el desayuno?”
Era Javier golpeando la puerta de su cuarto con el puño. “¡Abre, floja! Tengo que salir al taller.”
Lucía trató de responder, pero solo salió un gemido débil.
La puerta se abrió de golpe. Javier apareció, ya vestido con su overall de trabajo, con el ceño fruncido.
“¿Qué te pasa ahora?”, preguntó con fastidio.
“Estoy enferma, hijo”, susurró Lucía. “El agua de ayer me cayó mal.”
Javier resopló. “¡Siempre con tus dramas! Levántate. Patricia tiene hambre y yo también.”
“No puedo. Tengo fiebre.”
“¡Me vale!”, gritó Javier y dio una patada a la pared. “Estoy harto de mantenerte. Todo el día te la pasas acostada como reina y yo trabajando como burro.”
“Javier, por favor, cállate…”
El portazo hizo temblar las paredes delgadas. Lucía escuchó cómo Javier le gritaba a Patricia.
“Esta vieja ya no sirve para nada. Puro gasto, pura carga.”
Patricia respondió con voz aguda: “Deberías llevarla a un asilo, mi amor. Ya cumplió su propósito. Tú ya creciste, ya te mantuviste solo, ¿para qué la quieres aquí?”
“Tienes razón”, respondió Javier. “No más que termine este mes, la llevo a uno de esos asilos del gobierno, que el estado se haga cargo de ella.”
Lucía cerró los ojos. Las lágrimas rodaron silenciosas por sus sienes y se perdieron en el cabello blanco.
Un asilo. Después de treinta años vendiendo tamales bajo el sol, después de sacrificar su juventud, su salud, sus sueños… un asilo del gobierno donde moriría sola, olvidada como un mueble viejo que ya no sirve.
“Señor”, susurró, “¿por qué no me llevas ya? ¿Para qué quieres que siga aquí sufriendo así?”
Pasó el resto del día entre la fiebre y el sueño. Nadie fue a verla.
Escuchó cómo Patricia preparaba algo de comer. Tortillas quemadas, por el olor. Escuchó cómo Javier regresaba del taller al mediodía. Escuchó cómo comían, riendo, hablando de comprar una motocicleta nueva.
Nadie le llevó ni un vaso de agua.
Cuando el sol comenzó a ocultarse y las sombras se alargaron en su cuarto, Lucía logró levantarse con esfuerzo. Tenía que ir al baño. Se sostuvo de las paredes, arrastrando los pies, sintiendo que cada paso era una agonía.
Pasó por la cocina. Javier y Patricia estaban sentados frente al televisor viendo una telenovela.
“¿Ya te levantaste?”, preguntó Javier sin voltear a verla. “Más te vale que mañana prepares un buen desayuno. Hoy comimos puras porquerías.”
Lucía no respondió. Siguió caminando hasta el baño.
Al regresar, vio que Javier había dejado su plato sucio en la mesa con restos de frijoles y arroz pegados.
“Lava eso”, ordenó Patricia desde el sofá. “No voy a dejar que se llene de hormigas.”
Lucía miró el plato, luego miró sus manos temblorosas, luego miró a su hijo que no despegaba los ojos de la pantalla.
“¿No vas a lavar, vieja?”, preguntó Javier con voz amenazante.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Lucía lavó el plato, luego regresó a su cuarto y se derrumbó en la cama.
Esa noche, la fiebre empeoró. Deliraba. Veía a su difunto esposo Ramón parado en la esquina de la habitación, sonriéndole con esa sonrisa que tanto extrañaba.
“Ya casi, mi Lucía”, le decía Ramón. “Ya casi descansas.”
“Quiero irme contigo, Ramón”, susurraba ella, “ya no aguanto más.”
Pero entonces escuchaba la voz de su madre, muerta hacía veinte años, que le decía con firmeza: “Todavía no, hija. Dios tiene algo más para ti. Aguanta un poquito más.”
A las once de la noche, escuchó que llamaban a la puerta principal. Golpes suaves, casi tímidos. Toc, toc, toc.
Javier abrió malhumorado. “¿Qué quieres?”, ladró.
Una voz de hombre suave y cansada: “Disculpe, señor, ¿podría regalarme un vaso de agua?”
“¡Lárgate!”, gritó Javier. “No doy limosna a borrachos.”
“No estoy borracho, señor. Solo tengo sed.”
“¡Que te largues, te dije!”
El portazo resonó en toda la casa.
Lucía, acostada en su cuarto, escuchó los pasos del hombre alejándose. Escuchó el sonido de alguien arrastrándose, cansado, derrotado.
Algo dentro de ella se movió. Una fuerza que no sabía que tenía todavía. Se levantó de la cama, tambaleándose, aferrándose a las paredes.
Salió por la puerta trasera de su cuarto, la que daba al patio, y rodeó la casa con pasos lentos y dolorosos.
En la calle oscura, iluminada apenas por un poste de luz que parpadeaba, vio la silueta de un hombre. Estaba sentado en la banqueta con la espalda apoyada en la pared de concreto de la casa vecina. Llevaba ropa raída, sandalias gastadas, el cabello largo y despeinado. Su rostro estaba cubierto de polvo del camino.
“Disculpe”, dijo Lucía con voz débil. “Señor…”
El hombre levantó la vista. Sus ojos… Lucía nunca olvidaría esos ojos. Eran profundos, oscuros, pero había algo en ellos. Algo que parecía atravesarte hasta el alma, pero no con juicio, sino con una compasión tan inmensa que dolía.
“Sí, señora”, preguntó el hombre con voz suave.
“¿Quiere… quiere pasar?”, preguntó Lucía, casi sin voz. “¿Puedo… puedo darle agua y algo de comer?”
El hombre sonrió. Una sonrisa triste, pero llena de ternura. “No quisiera molestarla, señora. Se ve que está enferma.”
“No es molestia”, insistió Lucía. “Por favor.”
El hombre se levantó con movimientos lentos, como si cada músculo le doliera. Siguió a Lucía por el patio trasero, entrando por la puerta de servicio.
Ella lo guió hasta la pequeña mesa que tenía en su cuarto, una mesa de madera vieja con una silla coja.
“Siéntese, por favor”, dijo Lucía. “Ya… ya le traigo agua.”
Fue a la cocina moviéndose como fantasma y llenó un vaso con agua del filtro. También tomó tres tortillas de la alacena y un pedazo de queso que había guardado. Regresó a su cuarto.
El hombre tomó el vaso y bebió despacio, con los ojos cerrados, como si fuera el agua más preciosa del mundo.
“Gracias, señora”, dijo cuando terminó. “Dios la bendiga.”
Lucía se sentó en la cama sintiendo que las piernas no la sostenían más.
“¿De dónde viene?”, preguntó.
“De lejos”, respondió el hombre. “Muy lejos. Camino de casa en casa, de ciudad en ciudad.”
“¿Y tiene familia?”
El hombre sonrió con tristeza. “Tengo muchos hermanos y hermanas, pero la mayoría no me reconoce. A veces hasta me corren, como su hijo hizo hace un momento.”
Lucía bajó la mirada, avergonzada. “Perdone a Javier, él no siempre fue así.”
“Lo sé”, dijo el hombre. “¿Y usted, señora, por qué llora?”
Lucía se sorprendió. No se había dado cuenta de que estaba llorando otra vez.
“Yo no…”
“Sí, está llorando”, insistió el hombre con voz gentil. “Y no es solo por la fiebre, ¿verdad?”
Algo en esa voz hizo que Lucía no pudiera contenerse más. Como un dique que se rompe, todo salió.
Le contó sobre los treinta años vendiendo tamales. Sobre las rodillas hinchadas, los pies ampollados, los inviernos helados en las esquinas. Le contó sobre Javier de niño, tan dulce, tan cariñoso, y sobre el Javier de ahora, cruel, despiadado.
“Ayer”, susurró con la voz quebrada. “Ayer me dijo que bebiera agua del inodoro delante de sus amigos. Se rió. Todos se rieron.”
El hombre cerró los ojos. Lucía vio que apretaba los puños sobre la mesa.
“¿Y qué hizo usted?”, preguntó con voz tensa.
“Bebí… Bebí de la manguera, la manguera con la que lavan el carro. Y ahora… ahora estoy enferma. Y él dice que me va a llevar a un asilo del gobierno, que ya no sirvo, que soy una carga.”
El silencio que siguió fue pesado, denso. El hombre abrió los ojos y miró a Lucía. Había lágrimas corriendo por sus mejillas polvorientas.
“Señora Lucía”, dijo, y su voz temblaba de dolor y de rabia contenida. “¿Sabe usted quién soy?”
Lucía parpadeó, confundida. “No, yo…”
El hombre se levantó despacio. La luz del foco desnudo que colgaba del techo pareció volverse más brillante. O tal vez era solo la fiebre de Lucía, pero había algo diferente en el aire, algo que hizo que se le erizara la piel.
“Yo soy Jesús”, dijo el hombre, y su voz ya no era débil, sino firme, poderosa, como trueno lejano. “Y vine porque escuché tu oración.
Lucía sintió que el corazón se le detenía. Se llevó las manos temblorosas a la boca. El hombre no era solo un hombre. La miraba con esos ojos que ahora parecían contener siglos de amor y de dolor.
“No… no puede ser”, susurró Lucía.
“¿Por qué no?”, preguntó Jesús, y su voz era suave otra vez, tierna. “¿Crees que no camino por las calles de Tijuana? ¿Crees que no toco las puertas de las casas? ¿Crees que no veo cuando mis hijos sufren?”
“Pero yo… yo no soy nadie, solo soy una vieja que vendía tamales.”
“Tú eres hija de Dios”, dijo Jesús con firmeza, y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos arrugadas entre las suyas. “Y cada lágrima que derramaste, cada noche que pasaste de rodillas orando por tu hijo, cada dolor que aguantaste en silencio… todo lo vi, todo lo conté. No existe una sola de tus lágrimas que yo no haya recogido.”
Lucía sollozó sintiendo que todo su cuerpo temblaba. “Pero mi hijo… mi hijo me odia.”
“Tu hijo está ciego”, dijo Jesús. “No físicamente, todavía no, pero espiritualmente ha estado ciego por años. Ciego de orgullo, de avaricia, de crueldad.”
“Y la palabra dice en Proverbios 30, versículo 17…” Se detuvo, cerró los ojos. Cuando volvió a hablar, su voz resonó como campanas de iglesia. “El ojo que se burla del padre y menosprecia la obediencia a la madre, que lo saquen los cuervos del valle, que se lo coman los buitres.”
El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera se escuchaba el televisor desde la sala. Era como si todo el mundo contuviera el aliento.
“Tu hijo te dijo que bebieras del inodoro”, continuó Jesús. Y ahora había acero en su voz. “Te humilló delante de extraños. Te trató peor que a un animal. Y por eso, esta noche, él aprenderá el significado de la oscuridad.”
“¿Qué? ¿Qué va a pasar?”, preguntó Lucía, asustada.
“Justicia”, respondió Jesús, simplemente. “No venganza, justicia. Él te quitó la dignidad. Yo le quitaré la vista. Él te hizo sentir invisible. Yo lo haré vivir en tinieblas. Y solo así, en la oscuridad total, aprenderá a ver realmente.”
“¡Pero es mi hijo!”, lloró Lucía.
“Lo sé”, dijo Jesús, y las lágrimas volvieron a sus ojos. “Créeme, Lucía. Lo sé. Yo también tuve una madre. Yo también sé lo que es el dolor de un hijo. Pero algunos hijos necesitan perderse completamente para poder encontrarse. Algunos necesitan caer hasta el fondo del pozo para mirar hacia arriba y recordar que hay cielo.”
Se puso de pie. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.
“Descansa, Lucía. Mañana despertarás sin fiebre y mañana también despertarás libre. Porque nadie, nadie maltrata a los míos sin consecuencias.”
“¡Espera!”, llamó Lucía extendiendo una mano temblorosa, pero cuando miró, la puerta estaba abierta y el hombre había desaparecido como si nunca hubiera estado ahí.
Solo quedaba el vaso vacío sobre la mesa y un aroma extraño en el aire, un aroma como a mirra, a incienso, a algo antiguo y sagrado.
Lucía se dejó caer en la cama. El corazón latiendo tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. ¿Había sido real, o era el delirio de la fiebre?
Cerró los ojos y, por primera vez en días, se durmió profundamente.
En la sala, Javier bostezó y apagó el televisor. Eran casi las doce de la noche. Patricia ya se había ido a dormir. Él fue al baño, se lavó los dientes descuidado y se metió en la cama junto a su esposa.
“Mañana llamo al asilo”, murmuró antes de quedarse dormido. “Ya me tiene harto la vieja.”
Cerró los ojos y no volvió a abrirlos. No de la manera que conocía.
A las tres de la madrugada, Javier despertó con un grito que hizo temblar las paredes.
“¡No veo, Patricia, no veo!”
Patricia se despertó de golpe, encendiendo la lámpara del buró.
“¿Qué? ¿Qué pasa?”
“¡Está todo negro!”, gritó Javier, llevándose las manos a los ojos, tocándose los párpados desesperadamente. “No veo nada. ¡Ayúdame!”
Patricia lo sacudió, encendió la luz del techo, le alumbró la cara con su celular.
“Abre los ojos, Javier.”
“¡Están abiertos!”, aulló él. “¡Pero no veo! ¡Todo está negro!”
El pánico en su voz era real, animal, primitivo. Patricia sintió que se le helaba la sangre. “Voy, voy a llamar a una ambulancia.”
Lucía despertó con los gritos. Se levantó de la cama y se sorprendió al descubrir que podía hacerlo sin esfuerzo. La fiebre había desaparecido. Se sentía más fuerte que nunca.
Corrió hacia la habitación de Javier. Lo encontró sentado en la cama, con las manos cubriendo el rostro, sollozando como un niño, mientras Patricia marcaba desesperada el número de emergencias.
“Javier”, susurró Lucía.
“¡Mamá!”, gritó Javier al escuchar su voz, y extendió las manos hacia donde creía que estaba ella, tanteando el aire como un ciego. “Mamá, no veo. Ayúdame. ¡Haz algo!”
Lucía sintió que se le partía el corazón. A pesar de todo, de las humillaciones, de la crueldad, seguía siendo su hijo, el niño que había mecido en sus brazos.
“Ya viene la ambulancia, hijo”, dijo con voz quebrada.
Veinte minutos después llegaron los paramédicos. Subieron a Javier a la camilla mientras él gritaba desorientado, aterrado.
Lo llevaron al Hospital General de Tijuana.
El doctor que lo atendió era un hombre mayor, con lentes gruesos y expresión seria. Después de examinarlo durante dos horas, salió a la sala de espera donde Lucía y Patricia esperaban.
“Familia de Javier Herrera”, llamó.
Lucía se puso de pie con las piernas temblorosas. “Soy su madre.”
El doctor suspiró profundamente. “Señora, su hijo ha sufrido un desprendimiento bilateral de retina. Ambos ojos, completo.”
“¿Qué? ¿Qué significa eso?”, preguntó Patricia.
“Significa que está ciego. Y me temo que es irreversible.”
El silencio que siguió fue como una lápida cayendo.
“¡No!”, susurró Patricia. “No puede ser. ¡Hágale algo! ¡Una cirugía!”
“No hay cirugía para esto”, dijo el doctor con pesar. “El daño es demasiado extenso. Nunca había visto algo así. Es como si… como si algo hubiera arrancado las retinas de cuajo. En todos mis cuarenta años de medicina nunca vi nada igual.”
Lucía cerró los ojos. Escuchó de nuevo la voz de Jesús. El ojo que se burla del padre… Que lo saquen los cuervos del valle.
“¿Pueden pasar a verlo?”, preguntó el doctor. “Está… está muy alterado.”
Entraron a la habitación. Javier estaba sentado en la cama del hospital con vendas cubriendo los ojos, las manos aferrando las sábanas blancas.
Cuando escuchó pasos, giró la cabeza hacia donde creyó que estaban.
“Mamá”, llamó con voz pequeña, asustada. “¿Eres tú?”
“Sí, hijo”, respondió Lucía. “Aquí estoy.”
Javier comenzó a llorar, lágrimas que se filtraban a través de las vendas.
“Mamá, perdón, perdóname, no quise… yo no…”
Se quedó callado porque en ese momento recordó. Recordó las palabras que había dicho. Bebe agua del inodoro, mamá. Recordó las carcajadas. Recordó cómo ella había bebido de la manguera sucia.
Y ahora, él nunca volvería a ver. Nunca vería otro amanecer. Nunca vería el rostro de su madre. Nunca vería su propia reflexión en el espejo.
“Perdóname”, sollozó. “Perdóname, mamá.”
Lucía se acercó, le tomó la mano, la mano de su hijo, que temblaba como hoja al viento.
“Te perdono, Javier”, dijo, aunque las lágrimas corrían por sus mejillas. “Pero esto, esto no fue obra mía.”
Los siguientes días fueron un infierno para Javier. No solo físicamente (aprender a moverse en un mundo de oscuridad total, tropezando con muebles, quemándose con la estufa, cayendo en las escaleras), sino mentalmente. La oscuridad externa no era nada comparada con la oscuridad interna que lo consumía.
Patricia, que tanto lo había alentado a maltratar a su madre, ahora lo veía como una carga.
“No firmé para esto”, le dijo la tercera noche mientras él lloraba en la cama. “No me casé para ser niñera de un ciego.”
“¡Patricia, por favor!”, suplicó Javier. “No me dejes…”
“Ya veremos”, respondió ella fríamente.
Lucía escuchaba todo desde su cuarto, y a pesar del dolor, a pesar de la tristeza, sentía algo más, algo que no había sentido en años. Paz. Una paz profunda, como cuando el mar se calma después de la tormenta.
Los vecinos comenzaron a enterarse. La noticia corrió como pólvora por toda la colonia Sánchez Taboada.
“El Javier del taller amaneció ciego”, decían en la tienda de la esquina. “Oyeron, le pasó algo raro al hijo de Doña Lucía”, murmuraban las señoras en el mercado.
Algunos venían con curiosidad mórbida, tocando el timbre para confirmar si era cierto. Javier escuchaba las voces desde su habitación oscura, sintiendo cómo se convertía en el chisme del barrio, en la advertencia viva de lo que pasa cuando maltratas a tus padres.
Una tarde, Don Felipe, el dueño de la ferretería donde Javier compraba herramientas, apareció en la puerta. Era un hombre de sesenta años, devoto católico, con un rosario siempre colgado del espejo retrovisor de su camioneta.
“Vine a ver si es verdad”, dijo Don Felipe cuando Patricia le abrió.
“Pase”, respondió ella con desgano.
Don Felipe entró a la habitación donde Javier estaba sentado en la oscuridad palpando las paredes para orientarse.
“Javier, soy yo, Don Felipe.”
“Don Felipe”, murmuró Javier, girando la cabeza hacia el sonido de la voz.
El hombre mayor se sentó en la silla junto a la cama. Guardó silencio por un largo momento, estudiando al hombre que había sido su cliente durante años. El que siempre llegaba en su camioneta negra, orgulloso, riendo fuerte, presumiendo sus ganancias.
“¿Es cierto lo que dicen?”, preguntó finalmente Don Felipe. “¿Qué le dijiste a tu mamá que bebiera agua del excusado?”
Javier cerró los ojos, un gesto inútil ahora, y asintió con la cabeza gacha. “Sí, es cierto.”
Don Felipe suspiró profundamente. “Hijo, te voy a contar algo que nunca le he contado a nadie. Cuando yo tenía tu edad, también traté mal a mi madre, no tan grave como tú, pero la hice llorar muchas veces. Un día ella me dijo: ‘Felipe, acuérdate que todo lo que hagas te regresa multiplicado por diez. Si plantas amor, cosecharás amor. Si plantas desprecio, cosecharás tormento’.”
“No le creí. Pero mira, aquí estás tú viviendo esa verdad. Dios no juega, Javier. Dios no juega.”
Se levantó para irse, pero antes de salir puso una mano en el hombro de Javier. “Reza, muchacho, reza hasta que te sangren las rodillas. Es lo único que te puede salvar ahora.”
Una semana después del incidente, Javier pidió hablar con su madre.
Lucía entró a la habitación. Él estaba sentado en el borde de la cama con la cabeza gacha, las manos entrelazadas.
“Mamá”, comenzó con voz ronca. “Necesito… necesito que me cuentes qué pasó esa noche.”
“¿Cuál noche?”, preguntó Lucía, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
“La noche en que… en que quedé ciego. ¿Recuerdas algo extraño?”
Lucía dudó. Luego se sentó en la silla frente a él.
“Vino un hombre”, dijo despacio. “Un mendigo. Tocó la puerta. Tú lo corriste. Lo recuerdo”, murmuró Javier, avergonzado. “Pero yo… yo salí y lo dejé entrar a mi cuarto. Le di agua, le di tortillas. Y él se detuvo…” Las palabras eran difíciles de decir en voz alta.
“¿Él qué?”, presionó Javier.
“Él me dijo que era… Jesús.”
El silencio fue tan profundo que se podía escuchar el reloj de pared en la sala haciendo tic tac, tic tac.
“¿Qué?”, preguntó Javier finalmente con voz estrangulada.
“Me dijo que era Jesús”, repitió Lucía. “Me dijo que vino porque escuchó mi oración y me dijo… me dijo que ibas a pagar por lo que me hiciste.”
“No…”, susurró Javier. “No, no, no…”
“Citó un versículo”, continuó Lucía. “Proverbios 30:17. El ojo que se burla del padre, que lo saquen los cuervos del valle.”
Javier se llevó las manos a la cara tocando las vendas que cubrían sus ojos muertos.
“Fue… fue él. ¿De verdad fue él?”
“No lo sé, hijo”, respondió Lucía honestamente. “Tal vez era solo un hombre. Tal vez yo estaba delirando por la fiebre. O tal vez… tal vez sí era él.”
“¡No importa! Lo que importa es que me trataste como basura, y ahora, ahora estoy ciego”, terminó Javier, y su voz era un gemido de animal herido. “Ciego para siempre, porque te dije que bebieras del inodoro. ¡Sí!”
Javier se derrumbó. Cayó de rodillas al suelo, sollozando, golpeando el piso con los puños.
“¡Perdóname, Dios, perdóname! Fui un monstruo. Fui peor que un demonio.”
Lucía lo miró llorar. Parte de ella quería consolarlo, abrazarlo como cuando era niño y tenía pesadillas. Pero otra parte, la parte que había sido humillada, golpeada emocionalmente, reducida a menos que nada, esa parte se quedó quieta.
“Ya te perdoné, Javier”, dijo finalmente. “Pero el perdón no borra las consecuencias.”
“¿Qué voy a hacer?”, lloró Javier. “El taller, mi negocio. ¿Cómo voy a trabajar si no veo?”
“No lo sé.”
“¿Me vas a cuidar?”, preguntó entonces levantando la cabeza hacia la voz de su madre. “¿Me vas a ayudar, Mamá?”
Lucía lo miró. Su mente se llenó de los treinta años de sacrificios, de la manguera sucia, del “bebe del inodoro”.
En ese momento, Patricia entró a la habitación con una maleta pequeña en la mano. Se había cambiado de ropa y llevaba el cabello recién peinado.
“De hecho, no”, dijo Patricia mirando a Javier con frialdad. “Nadie te va a cuidar. Yo me voy, Javier. Esto no es mi vida.”
Javier se quedó mudo. Intentó levantarse, pero tropezó y cayó de nuevo al suelo.
“¿Patricia? ¡No! ¡No me dejes! ¡Patricia!”
La mujer ni siquiera lo miró. Abrió la puerta principal.
“Y por cierto”, dijo Patricia. “La casa es mía. La pusimos a mi nombre el año pasado. El divorcio es mañana. Que te vaya bien, ciego.”
El portazo final resonó en la casa, dejando a Javier en la oscuridad total, solo, y por primera vez, sin nada. Había perdido la vista, la esposa, la casa y el dinero. Solo le quedaba su madre.
“Mamá…”, llamó Javier, su voz apenas un susurro quebrado por el pánico. “¿Te vas a ir tú también?”
Lucía se acercó a él. Lo ayudó a levantarse y lo sentó en el borde de la cama.
“No, Javier”, dijo Lucía. “Yo no me voy.”
Javier suspiró de alivio. “Gracias, Mamá. Te juro que voy a cambiar. Te juro que…”
Lucía lo interrumpió con voz firme y suave a la vez.
“No me voy”, repitió. “Pero tú no te quedas aquí. La casa ya no es tuya. Tú ya no tienes dónde vivir.”
Javier, ciego y desposeído, palideció. “¿Qué?”
“Esta noche”, continuó Lucía, “dormirás en mi cuarto. Y mañana, mañana nos vamos a ir. Nos vamos del todo. Venderemos el taller. El dinero es tuyo, pero no lo usarás para volver a comprar la comodidad que te hizo tan cruel.”
“¿A dónde vamos?”, preguntó Javier.
“A donde yo quiera ir. Tú me seguirás. Pero ya no seré tu sirvienta. Serás mis ojos, Javier. Ahora tú serás mi bastón. Tú serás mi guía en la calle, y yo seré tu voz y tu luz en este mundo que ahora es oscuro para ti.”
Esa noche, Lucía y Javier durmieron juntos en el pequeño cuarto de servicio, ella por la promesa de Jesús de que despertaría libre y él por la sentencia de la oscuridad total.
El sol de la mañana ya no caía como plomo derretido, sino como una promesa de nuevos comienzos.
A la semana siguiente, Lucía y Javier vendieron el taller. El dinero fue suficiente para que Lucía comprara una pequeña casa de dos cuartos en un pueblo más tranquilo en las afueras de Tijuana, lejos de la Sánchez Taboada y del recuerdo de su humillación.
Javier tuvo que aprender a vivir de nuevo. A los 30 años, tuvo que depender completamente de la mujer que había despreciado.
Ella lo llevaba de la mano al baño. Ella le enseñaba a encontrar sus zapatos. Ella le describía el cielo azul y el color de las flores en el patio, el único lujo que se permitió comprar.
Javier lloró muchas veces, golpeando las paredes, frustrado, solo en la oscuridad. Pero cada vez, Lucía estaba ahí.
Un día, Javier la escuchó en la cocina. No cocinando, sino amasando.
“Mamá, ¿qué haces?”, preguntó.
“Tamales, hijo”, respondió ella con una sonrisa. “Necesito dinero para la despensa, y a mi edad ya no me contratan. Pero todavía sé hacer tamales.”
Javier se acercó a la cocina, tocando las ollas, el vapor caliente.
“Voy contigo, Mamá”, dijo. “Si vas a la calle, voy contigo. Yo puedo ser tu vigilante. Puedo hablar con la gente. Puedo contar el dinero.”
Lucía asintió. “Sí, Javier. Puedes ser mis ojos.”
Y así, la lección se completó.
Cada mañana, Lucía, a sus 72 años, y Javier, a sus 30 y ciego, salían a la esquina. Lucía con la olla de tamales, Javier a su lado, sosteniendo la mano de su madre, cuidándola, protegiéndola.
“¡Ricos tamales, gente! ¡Los mejores de la abuela Lucía!”, gritaba Javier con voz clara.
Ya no había orgullo. No había camioneta negra, ni Tecates con amigos. Solo había un hijo que por fin veía a su madre.
El perdón de Lucía le dio a Javier una nueva vida. La justicia de Jesús le dio la visión que necesitaba.
La gente del pueblo, al ver a ese joven fuerte, guiando a su madre anciana, los respetaba. Algunos, al conocer la historia por retazos, veían en Javier el castigo de Dios y un recordatorio de que los padres no son sirvientes, sino altares sagrados.
Lucía, al final de su vida de sacrificio, encontró descanso y paz. Ya no lavaba camisas de grasa para un tirano. Vendía tamales con su hijo a su lado, un hijo que, aunque no podía ver la luz del sol de Tijuana, por fin había encontrado la luz en el amor y la dignidad de su madre.
La justicia divina no siempre es venganza, a veces es una lección brutal de amor. Javier perdió sus ojos, pero por primera vez en treinta años, pudo ver a su madre. Recuerda, lo que le haces a un padre o a una madre, no lo haces solo a ellos, lo haces al altar que Dios puso en tu casa. Y esa cuenta, tarde o temprano, siempre llega. ¿Has honrado a quien te dio la vida?
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