EL RESPLANDOR DE CÁRMONA: La Esclava que Cambió la Humillación por Cenizas y el Miedo de sus Amos por Leyenda.

En las noches de verano de 1788, la fastuosa Hacienda Los Álamos Negros, cerca de Carmona, se convertía en el escenario de la depravación más absoluta, donde 18 hombres poderosos consumaban el terror sobre sus esclavas. Catalina, de 19 años, había sobrevivido cuatro de esas noches infernales, pero esa quinta vez sería la última. Forzada a vestir un traje de seducción y asignada al invitado más brutal, su corazón se rompió en una furia fría y calculadora. No escaparía; en su lugar, la esclava de manos curtidas tomó un pesado candelabro de bronce y, con la precisión del rayo, decidió que si iba a morir, toda la hacienda ardería con sus monstruos dentro.

El aire del sur de Andalucía, cerca de la histórica Carmona en la primavera de 1788, debería haber olido a azahar y tierra fértil. En cambio, flotaba una pesadez invisible y opresiva, un hedor a injusticia y terror contenido que se concentraba alrededor de la Hacienda Los Álamos Negros. Era una propiedad inmensa, dueña de olivares que se extendían hasta el horizonte y de un señorío que databa de la Reconquista.

El propietario, Baltazar de Monteagudo, era un hombre cuyo nombre inspiraba miedo incluso en los magistrados de Sevilla. Heredero no solo de la tierra, sino de los cuarenta y tres esclavos que trabajaban de sol a sol, Monteagudo se había dedicado a perfeccionar el arte de la crueldad. Su verdadero legado no era el aceite que producía, sino la depravación que cultivaba tras los muros de piedra maciza de su hacienda.

Entre esos esclavos estaba Catalina. A sus diecinueve años, su porte aún conservaba la dignidad de haber nacido libre en Cádiz, aunque su vida había sido una sucesión de desgracias. Huérfana a los catorce por la peste del cólera, fue engañada por un prestamista sin escrúpulos que, para saldar una deuda de juego inexistente, vendió su servidumbre a Monteagudo. La chica que una vez soñó con el mar de Cádiz, ahora estaba atrapada en un infierno terrenal, sus manos curtidas por el trabajo forzado en el campo, su alma marcada por el miedo.

La vida en los campos de oliva era brutal, pero nada se comparaba con la costumbre mensual de Monteagudo. Cada mes, organizaba fiestas depravadas para sus amigos: una colección nauseabunda de terratenientes, magistrados corruptos y, lo más grotesco de todo, clérigos de alto rango de Sevilla, Córdoba y Granada. Durante esas noches, la hacienda se convertía en una cámara de tortura de la cual los gritos de las esclavas más jóvenes apenas lograban escapar. Catalina había sido obligada a servir, a humillarse, y a sobrevivir a cuatro de esas noches infernales. Cada experiencia era una cicatriz más profunda en su alma, pero también, y esto era lo que Monteagudo nunca entendió, un ladrillo más en el muro de su furia silenciosa. La rabia de Catalina no era explosiva; era un veneno frío y concentrado.

En abril de 1788, Monteagudo anunció la celebración más grande hasta la fecha: la llegada de dieciocho invitados, cada uno más corrupto y poderoso que el anterior. La fiesta sería un festival de excesos, una exhibición del poder absoluto del amo sobre las almas y los cuerpos. Cuando la noticia llegó a las barracas de los esclavos, una ola de pánico sordo se extendió, pero en el corazón de Catalina, el miedo se transformó en una claridad terrible.

Ella observó el ritual de preparación. Los criados, hombres y mujeres con el mismo terror grabado en el rostro, pulían la plata, abrían las mejores botellas de aguardiente de Jerez y preparaban manjares que los esclavos nunca probarían. El día de la fiesta, las mujeres jóvenes, incluyendo a Catalina y otras cinco compañeras, fueron llevadas a los aposentos de la señora de Monteagudo (que vivía permanentemente en Sevilla, lejos de las atrocidades de su esposo). Allí, fueron despojadas de sus toscos vestidos de servidumbre y obligadas a vestir algo que Monteagudo llamaba su “uniforme”: un provocativo vestido de seda rojo, ceñido hasta apenas poder respirar, una burla cruel a la feminidad.

Catalina se miró en el espejo antiguo del guardarropa. El vestido, de un rojo pasión que contrastaba con su piel tostada, la hacía parecer una llama, pero en sus ojos no había deseo, solo un frío, una determinación glacial. No era Catalina, la esclava; era un instrumento, una bomba de relojería esperando el momento exacto.

La noche llegó con un calor sofocante, el tipo de calor seco andaluz que presagia la tormenta. Los invitados llegaron en carruajes lujosos, sus risas obscenas rompiendo la paz del atardecer. Los dieciocho hombres, obesos, borrachos, con el rostro marcado por la disipación, bajaron de sus vehículos, recibidos por Monteagudo en el gran patio.

El banquete fue, como siempre, grotesco. Los hombres comían como bestias, la grasa escurría por sus barbillas y sus manos manoseaban descaradamente a las mujeres que servían. Catalina fue asignada a una de las mesas de honor, cerca de un hombre gordo y calvo, un magistrado de Granada, cuyo aliento olía a vino rancio y cuyo apetito era voraz, no solo por la comida. En un momento, el hombre, riendo con la boca llena, sentó a Catalina en su regazo, apretándola contra su estómago prominente. Las risas y aplausos de los demás invitados, incluyendo a Monteagudo que observaba con placer desde la cabecera, resonaron en el gran salón.

Catalina sintió la humillación quemándole el rostro, pero su expresión no se alteró. Su mente estaba concentrada. Un, dos, tres… Contaba los segundos, la cantidad de licor que bebían, la hora. La rabia que la había detenido de saltar por la ventana en el pasado, era ahora una fuerza que exigía algo más que el escape. Exigía justicia, una justicia total y definitiva.

Después de la cena, la atmósfera se hizo más densa. Los hombres se retiraron a la biblioteca para fumar puros y jugar cartas, esperando el “plato fuerte” de la noche. Las seis mujeres fueron llevadas a los aposentos de arriba, los cuartos de invitados, donde la depravación se consumaría en privado. Catalina fue asignada a la suite más lujosa, una habitación opulenta con tapices de terciopelo, una cama con dosel y un pesado candelabro de bronce sobre la mesita de noche.

Permaneció de pie junto a la cama, inmóvil, mientras el tic-tac de un reloj de pared marcaba el paso hacia su inminente pesadilla. Por un instante, la tentación de la fuga, la idea de descolgarse por el balcón, la asaltó. Pero el recuerdo de sus compañeras, el saber que su escape no las salvaría, sino que solo incrementaría la furia de los hombres, la detuvo.

Poco después de la medianoche, se escucharon pasos pesados en el pasillo. La perilla giró con lentitud.

El primer invitado entró. Era un hombre alto, con cicatrices profundas de viruela que le daban un aspecto cadavérico. Cerró la puerta con seguro, llevando una botella de aguardiente en una mano y una fusta de cuero trenzado en la otra. Se acercó lentamente, saboreando el terror en la quietud de Catalina.

—Ah, la de rojo… Monteagudo me prometió que tú eras la más… dura —dijo el hombre con un tono baboso, mientras el alcohol le enturbiaba el habla—. Pero no te preocupes, mi niña. Te enseñaré a ser suave.

El hombre levantó la fusta, el chasquido del cuero cortando el aire. En ese momento, no hubo miedo en Catalina, solo una descarga eléctrica de adrenalina y una claridad aterradora. Antes de que el hombre pudiera dar un paso más, Catalina actuó.

Sus manos, endurecidas por el trabajo en los olivares, se cerraron alrededor del pesado candelabro de bronce. Era un objeto ornamental, pero pesado como una maza. Con una fuerza que ni ella sabía que poseía, y la precisión fría de un rayo, lo lanzó hacia adelante. El candelabro golpeó al hombre en la sien, justo detrás de la oreja. Se escuchó un crujido seco, un sonido hueco. El hombre se tambaleó, sus ojos se abrieron en una sorpresa incomprensible, y cayó al suelo sin un gemido, muerto antes de que su cuerpo tocara la alfombra persa.

El silencio posterior fue ensordecedor, solo roto por la respiración agitada de Catalina. Su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. El pánico duró solo un instante, un suspiro. Ella sabía lo que vendría. Si la encontraban, si descubrían el cuerpo, su destino no sería la muerte rápida, sino una tortura inimaginable como ejemplo para los demás esclavos.

Se arrodilló, arrastró el pesado cuerpo al interior del armario empotrado y cerró la puerta. Luego, con un trapo, limpió la mancha de sangre en la alfombra. Pero mientras limpiaba, una idea terrible, hermosa y absolutamente justiciera se formó en su mente, como si una voz ancestral le dictara el camino. Si vas a morir, llévatelos a todos contigo. No era el escape, era la aniquilación.

El tiempo se había detenido. Afuera, en el pasillo, solo se escuchaba la risa lejana y los gritos ahogados de abuso provenientes de las otras habitaciones. Esos sonidos, lejos de infundirle miedo, fortalecieron su resolución. Se deslizó escaleras abajo, el vestido rojo ahora un manto de venganza, hasta llegar a la cocina y luego al almacén.

Sabía exactamente qué buscaba. Encontró garrafas de aguardiente de caña, trapos viejos y un pequeño barril con pólvora negra destinada a los mosquetes de Monteagudo. Trabajó con una calma metódica. Empapó los trapos y los convirtió en mechas.

Comenzó su obra en el sótano, el corazón de la hacienda, el lugar más antiguo y seco. Roció el aguardiente altamente inflamable sobre los barriles de vino, las pilas de madera y los fardos de aceite de oliva, asegurándose de que el líquido penetrara en cada grieta y esquina. Subió a la planta baja. Empapó los gruesos tapices del salón principal, los muebles de terciopelo, las cortinas de seda. El olor a alcohol era sofocante, pero nadie parecía notarlo, perdidos en sus vicios.

Subió al segundo piso, moviéndose como una sombra. El pasillo estaba silencioso a excepción de los gemidos y los golpes que venían de las puertas cerradas. El horror de esos sonidos le inyectó una nueva energía. Roció el pasillo, las alfombras persas, las pesadas cortinas que cubrían los ventanales. El incendio, si funcionaba, sería total, rápido y sin posibilidad de escape.

Justo antes del amanecer, todo estaba listo. La hacienda estaba empapada en aguardiente, desde el sótano hasta el techo. Catalina regresó a la cocina. Con una mano firme, encendió una antorcha en la chimenea, cuyo fuego aún ardía para la cena. Caminó de vuelta al sótano, y sin dudar, dejó caer la antorcha encendida.

La explosión fue instantánea, un rugido sordo que hizo temblar el suelo. Las llamas, alimentadas por el alcohol, devoraron la madera seca en un abrir y cerrar de ojos. Catalina no esperó. Corrió a la planta baja y repitió el acto en el salón principal.

La hacienda rugió con una vida terrible y hambrienta.

Los gritos comenzaron casi de inmediato. Primero, fueron gritos de confusión, de borrachera que se esfumaba. Luego, se convirtieron en aullidos de terror absoluto. Los hombres salieron tambaleándose de las habitaciones, borrachos, medio desnudos, con el pánico reemplazando la lujuria.

Corrieron hacia la escalera principal, solo para encontrarla ya bloqueada por un muro de fuego que lamía el techo. Corrieron hacia las ventanas, gritando por ayuda, pero las rejas de hierro que Monteagudo había instalado hace años para evitar que los esclavos escaparan, ahora los sellaban adentro como ratas.

Desde el jardín, Catalina observaba mientras Los Álamos Negros se convertía en un infierno en la tierra. Las llamas, voraces y amarillentas, iluminaban el cielo nocturno, tiñéndolo de un rojo apocalíptico. Se escuchaban los golpes desesperados contra los barrotes de hierro, los gritos histéricos de hombres que unas horas antes se creían dioses. Monteagudo, se supo después, quedó atrapado en su habitación del tercer piso. Intentó abrir la caja fuerte antes de asfixiarse, sin que las llamas lo alcanzaran en vida. Los dieciocho invitados estaban sellados en su propia prisión de lujo.

Los otros esclavos, despertados por el caos y el calor, corrieron hacia la casa. Se detuvieron en el límite del jardín, asombrados, temerosos. Simplemente observaron, algunos con horror por el destino de las esclavas atrapadas, otros con una sombría y profunda satisfacción.

Una figura se arrastró entre los arbustos. Era María, una de las otras mujeres, que, en un acto de desesperación, había logrado escapar saltando desde una ventana del baño que, milagrosamente, no tenía rejas. Se había roto una pierna en la caída, pero se arrastró hasta donde estaba Catalina. Sus ojos se encontraron. María no necesitó palabras. Vio la antorcha todavía humeante en la mano de Catalina, el vestido rojo manchado, la calma mortal de su rostro. Se sentó a su lado, la pierna rota sangrando, y juntas vieron cómo la hacienda se derrumbaba. Trágicamente, cuatro de las seis mujeres que fueron obligadas a asistir a la fiesta perecieron en el incendio, víctimas colaterales de una justicia brutal.

Al amanecer, cuando el humo comenzó a disiparse y los primeros rayos de sol iluminaron los restos calcinados de Los Álamos Negros, el silencio cayó como un manto pesado. No había nada más que escombros humeantes, ceniza y un olor acre que lo impregnaba todo.

Catalina no huyó. Permaneció sentada en el jardín hasta que sus fuerzas se agotaron por completo. Sabía que no había camino de regreso, pero tampoco arrepentimiento. Lo que había hecho no había sido por odio ciego; había sido por una justicia que nunca le fue concedida en vida.

Cuando llegaron los primeros jornaleros de las fincas vecinas y, más tarde, los soldados enviados desde Carmona, ambas fueron encontradas entre los escombros. Catalina no opuso resistencia. Cuando le preguntaron su nombre, lo dijo con voz firme, como si por primera vez le perteneciera.

La noticia se propagó rápidamente por Andalucía. Diecinueve hombres poderosos, supuestamente borrachos en una fiesta privada, murieron en un incendio. Al principio, las autoridades intentaron presentar el incendio como un trágico accidente. Sin embargo, demasiados secretos ardieron aquella noche, y el miedo a que la verdad saliera a la luz comenzó a carcomer a los que quedaban.

Algunos criados que habían escapado de la plantación comenzaron a hablar en susurros. Los nombres de hombres poderosos, respetados en púlpitos y tribunales, empezaron a pronunciarse en confesiones incómodas. Se habló de la depravación, del abuso, de las rejas en las ventanas que ahora eran pruebas de su propia crueldad.

Catalina fue encerrada en una celda húmeda en Carmona, a la espera de un juicio que todos daban por decidido: la horca. Pero algo había cambiado. El horror de Los Álamos Negros había despertado una indignación y un temor entre la élite que ya no podía silenciarse con facilidad. Incluso algunos magistrados, temerosos de que la verdad los alcanzara, comenzaron a retrasar el proceso. La historia de la esclava de rojo que había quemado la hacienda se susurraba en las tabernas de Sevilla y en los campos de Córdoba.

Nunca hubo un juicio público. La presión de las familias, el temor al escándalo y la inconveniencia política eran demasiado grandes. Una madrugada de otoño, tres meses después del incendio, Catalina fue sacada de su celda y llevada fuera de la ciudad. Oficialmente, su destino quedó registrado como “trasladada”. En realidad, fue abandonada cerca de la costa atlántica, lejos de Andalucía, con unas pocas monedas y un nombre falso. Nadie quiso seguir removiendo las cenizas de Los Álamos Negros. La verdad era más peligrosa que la libertad de una esclava.

Años después, en los olivares del sur, los campesinos aún hablaban de la hacienda que ardió con sus amos dentro. Algunos decían que fue una maldición gitana. Otros, en voz más baja, afirmaban que fue un acto de justicia, la venganza de la tierra contra sus tiranos. De Catalina nunca volvió a saberse nada con certeza. Pero en la costa de Cádiz, una mujer de mirada firme y manos curtidas, que guardaba con celo una cicatriz en su antebrazo, ayudaba a otras jóvenes a huir de la miseria y el engaño. Nunca contaba su historia completa. No hacía falta. Porque Los Álamos Negros desaparecieron del mapa, pero no de la memoria de la tierra. Y por primera vez, el miedo ya no pertenecía solo a los esclavos, sino también a los hombres poderosos.