El Rey Borrado: La Tortura Íntima Que Asesinó a Eduardo II por Su Pecado
En la noche del 21 de septiembre de 1327, los gritos de un hombre atravesaron las murallas impenetrables del Castillo de Berkley, resonando a través del pueblo. No eran gritos de batalla, sino de agonía absoluta, el sonido más íntimo y calculado de un regicidio. Eduardo II de Inglaterra, de 43 años, yacía prisionero en una celda construida deliberadamente sobre una fosa séptica, degradado y enfermo. Sus captores tenían una orden implacable: el rey debía morir sin dejar marcas. Pero el método que eligieron para su asesinato fue una violación mortal, un castigo sádico diseñado para borrar simbólicamente su mayor “pecado”: la forma en que amaba.
Para entender el horror de Berkley, hay que retroceder a la primavera de 1284. Eduardo nació en el Castillo de Caernarfon como el primer Príncipe de Gales inglés, cuarto hijo varón del poderoso Eduardo I, “el Martillo de los Escoceses”. Un guerrero implacable, conquistador y respetado. Nadie esperaba que este niño delicado, este príncipe que prefería la poesía y el teatro a las espadas y los torneos, heredara el trono. Pero la muerte se llevó a sus hermanos mayores uno por uno, dejando solo al menos apto para gobernar.
Desde joven, Eduardo mostró preferencias que horrorizaban a la corte medieval. No le interesaban las justas donde los nobles demostraban su virilidad; prefería la música, la construcción de chozas de campesinos con sus propias manos, la carpintería, y las artes. Se rodeaba de compañía masculina de forma que los cronistas describían como “peculiar” y “antinatural”.
Pero lo que realmente escandalizaba a la nobleza no eran sus aficiones, sino su relación con Pierce Gaveston, un caballero Gascón de belleza legendaria que su padre había asignado como su compañero. La relación entre Eduardo y Gaveston trascendió la amistad medieval típica. Compartían cama abiertamente, intercambiaban regalos íntimos. Usaban apodos cariñosos que los cronistas registraron con disgusto evidente. Eduardo lo llamaba “hermano” en público, pero las cartas privadas que sobrevivieron muestran términos mucho más íntimos.
Cuando Eduardo I descubrió la naturaleza de la relación, su furia fue apocalíptica. Desterró a Gaveston a Francia, pero no antes de golpear a su hijo hasta dejarlo inconsciente, gritando que había “engendrado un demonio con forma de hombre”.
La nobleza respiró aliviada, pensando que el problema había terminado. Se equivocaron.
Eduardo I murió en 1307. Lo primero que hizo el nuevo rey, incluso antes de su coronación, fue traer a Gaveston de vuelta. No solo eso, lo nombró Conde de Cornualles, uno de los títulos más prestigiosos del reino, dándole tierras, castillos y joyas que habían pertenecido a la familia real durante generaciones.
En la coronación de 1308, Eduardo le dio a Gaveston un rol más prominente que a su propia esposa, Isabel de Francia. Le permitió llevar joyas que pertenecían a la Corona y, durante el banquete, se sentó junto al rey mientras la reina era relegada a una mesa lateral.
Isabel de Francia, conocida más tarde como “la Loba de Francia”, tenía apenas 12 años cuando fue forzada a casarse con Eduardo. Era hija del rey más poderoso de Europa y esperaba ser tratada como emperatriz. En cambio, fue humillada públicamente desde el primer día. Los regalos que debían ser para su esposa iban a su favorito. Las tierras que correspondían a la reina fueron entregadas al amante del rey.
La nobleza inglesa toleró esto durante tres años antes de actuar. Los Barones, liderados por Thomas de Lancaster, primo del rey, exigieron el exilio de Gaveston. Era un ciclo enfermizo de obsesión que estaba destruyendo el reino. Las arcas reales se vaciaban en regalos para Gaveston. Los enemigos de Inglaterra, especialmente Escocia bajo Robert de Bruce, aprovechaban la distracción para recuperar territorios.
En 1312, los Barones perdieron la paciencia. Capturaron a Gaveston en el Castillo de Scarborough y sin juicio, lo ejecutaron brutalmente en Blacklow Hill. Dos Barones lo sujetaron mientras un tercero le clavó una espada en el pecho. Después le cortaron la cabeza.
Eduardo, enloquecido de dolor, guardó el cuerpo de Gaveston durante dos años, negándose a enterrarlo, visitando el féretro diariamente, hablándole como si estuviera vivo. Cuando finalmente lo sepultó, fue con honores reales que superaban los de muchos príncipes legítimos. Juró venganza contra cada Barón involucrado, pero no tenía ni el poder militar ni la astucia política para lograrlo. Su reino se deslizaba hacia el caos mientras él se consumía en luto.
Pero algo aún más oscuro comenzó a gestarse. Eduardo encontró nuevos favoritos, Hugh Despenser “el Joven” y su padre, Hugh Despenser “el Viejo”. A diferencia de Gaveston, que al menos tenía carisma, los Despenser eran depredadores políticos. Usaron su influencia sobre el rey para confiscar tierras, extorsionar a nobles, y acumular fortunas obscenas. Eduardo les daba todo, cegado por una necesidad patológica de tener compañía masculina cercana que reemplazara a Gaveston.
La relación con Hugh el Joven era igualmente íntima. Compartían cama, se besaban en público. Pero mientras Gaveston había sido amado a pesar de su arrogancia, los Despenser eran universalmente odiados. Eran crueles, codiciosos, despiadados, y Eduardo los protegía de toda consecuencia, hundiendo el país en una tiranía de la que solo él parecía ignorante.
Isabel, ahora una mujer de veintitantos años que había soportado 15 años de humillación pública, comenzó a planear. En 1325, viajó a Francia supuestamente para negociar con su hermano, el rey Carlos IV, pero en realidad estaba construyendo una red de alianzas. Allí conoció a Roger Mortimer, un Barón exiliado que había escapado de la Torre de Londres. Mortimer era todo lo que Eduardo no era: masculino, decisivo, brutal, ambicioso. Se convirtieron en amantes casi inmediatamente, y el plan para derrocar a Eduardo II se puso en marcha.
En 1326, Isabel y Mortimer invadieron Inglaterra con un pequeño ejército. No necesitaron uno grande. La nobleza, el clero, incluso el pueblo común, se unieron a ella. Eduardo fue abandonado por todos. Huyó hacia Gales con los Despenser, pero fue capturado en noviembre.
Los Despenser fueron ejecutados de formas espectacularmente crueles, un presagio del destino de Eduardo. Hugh el Viejo fue colgado y castrado vivo. Hugh el Joven sufrió una muerte aún peor: lo arrastraron por las calles, le cortaron los genitales y los quemaron frente a él. Le abrieron el vientre y le sacaron los intestinos mientras aún respiraba. Finalmente, lo decapitaron y descuartizaron. Eduardo fue forzado a presenciar la ejecución de Hugh el Joven. Los cronistas dicen que gritó hasta quedarse sin voz, que intentó arrojarse sobre el cuerpo mutilado, y que tuvo que ser arrastrado de vuelta a su celda.
Era el preludio de su propio destino. Lo llevaron al Castillo de Berkley bajo custodia de Thomas Berkeley y John Maltravers. Las órdenes de Isabel y Mortimer eran claras, transmitidas a través de una carta codificada que se dice que contenía la espeluznante frase: “Eduardum occidere nolite timere bonum est” (No temas matar a Eduardo es bueno). O, si se movía la coma: “Eduardum occidere nolite, timere bonum est” (No matar a Eduardo, es bueno temerlo). La ambigüedad era su cobertura.
El rey debía morir, pero sin marcas visibles que sugirieran asesinato. Necesitaban que pareciera muerte natural. El trono pasaría a Eduardo III, hijo de Eduardo e Isabel, pero a sus 14 años, sería controlado por Mortimer como regente.
Eduardo se negaba a morir. Los primeros intentos fueron sutiles. Lo mantuvieron en la celda sobre la fosa séptica, esperando que las emanaciones tóxicas lo mataran por enfermedad. Su cuerpo se debilitaba, desarrollando fiebres y disentería, pero seguía latiendo. Le negaban agua limpia, ropa seca, cualquier comodidad básica.
Maltravers, cada vez más desesperado por las órdenes urgentes de Mortimer, decidió acelerar el proceso. El rey tenía que ser eliminado, y su muerte debía servir como un castigo, una declaración.
Las crónicas de Geoffrey le Baker, escritas décadas después, revelan lo que sucedió la noche del 21 de septiembre de 1327. Un grupo de hombres, liderados por John Maltravers y Thomas Gurney, entró en la celda.
Eduardo, debilitado pero consciente, suplicó por su vida. Le ofrecieron no tocarlo si abdicaba formalmente. Eduardo, creyendo en una remota posibilidad de supervivencia, firmó los documentos que legalizaban la sucesión de su hijo. Pero era una trampa. Su muerte seguía siendo necesaria.
Lo que vino después fue diseñado específicamente para castigarlo por lo que sus verdugos consideraban su pecado más grave. Su homosexualidad. No sería una ejecución limpia, sería una violación mortal, un castigo que borrara simbólicamente su “perversión” del mundo. El método buscaba la aniquilación de la identidad.
Lo sujetaron boca abajo sobre una mesa. Los cronistas detallan que introdujeron un cuerno de latón o de hierro en su recto, desgarrando profundamente el tejido. Luego, insertaron a través del cuerno una barra de hierro candente, calentada hasta el rojo vivo en las brasas del mismo fuego donde habían cocinado su escasa cena.
Los gritos de Eduardo resonaron a través del castillo y más allá. Testigos en el pueblo de Berkley, a media milla de distancia, reportaron haber escuchado alaridos tan intensos que despertaron a toda la población. Algunos dijeron que sonaban como si “mil almas estuvieran siendo torturadas en el infierno”.
El hierro candente quemó sus órganos internos desde dentro. El método era diabólicamente ingenioso: no dejaba marcas externas visibles. Cuando los médicos examinaran el cuerpo, verían un cadáver sin heridas aparentes. Podrían atribuir la muerte a causas naturales, a la enfermedad que había sufrido.
Eduardo tardó horas en morir. El dolor era tan absoluto que su cuerpo entró en shock múltiples veces, prolongando la agonía. Sus verdugos esperaban entre cada aplicación del hierro, dejándolo recuperar conciencia solo para volver a sumergirlo en tortura.
Cuando finalmente murió, cerca del amanecer, su rostro estaba congelado en una expresión de agonía tan extrema que tuvieron que masajear los músculos faciales durante horas para que pudiera ser presentable en el funeral. Sus ojos habían estallado por la presión de los gritos. Su lengua estaba mordida hasta sangrar por intentar contener el dolor.
El cuerpo fue embalsamado rápidamente antes de que la descomposición revelara lo que le habían hecho por dentro. Fue exhibido públicamente en el Castillo de Berkeley durante dos días. Los médicos oficiales certificaron muerte por “causas naturales”, posiblemente melancolía o enfermedad intestinal. Nadie se atrevió a contradecir el veredicto oficial.
Isabel ordenó un funeral real espectacular en la Abadía de Gloucester. Gastó fortunas en el monumento, una tumba de alabastro tan elaborada que se convirtió en lugar de peregrinación. Era culpa disfrazada de honor, o quizás solo propaganda. La reina que había orquestado el asesinato de su esposo ahora lloraba públicamente su pérdida.
La verdad sobre la muerte de Eduardo II fue oficialmente suprimida durante siglos. Pero los cronistas que conocían la verdad la escribían en códigos, en latín, en los márgenes de manuscritos donde solo los eruditos futuros la encontrarían. El relato detallado de Geoffrey le Baker, con el cuerno y el hierro candente, se convirtió en la espina clavada de la historia Tudor.
Eduardo II no fue solo asesinado por ser un mal rey. Fue torturado de esa forma específica porque sus asesinos creían que estaban purgando un pecado, castigando una “perversión”, borrando una mancha de la realeza inglesa. El método era el mensaje.
Hoy, la tumba de alabastro de Eduardo II en Gloucester permanece, desgastada por siglos de manos tocándola. El rostro esculpido del rey, sereno en piedra, contrasta brutalmente con la realidad de su muerte. Su tumba se convirtió en un extraño lugar de peregrinación para la gente común, los marginados y los oprimidos, como si supieran, a algún nivel profundo, que allí yacía alguien que había sufrido no solo como rey, sino como ser humano castigado por ser quien era.
La historia recuerda que el prejuicio y el poder absoluto pueden transformar el asesinato en un ritual sádico; y que un rey, a pesar de su corona, puede ser borrado con violencia por la forma más íntima de su identidad.
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