EL SECRETO DE LA SANGRE Y EL BARÓN DE SIBERIA: ASÍ CAYERON LOS ROMANOV DESDE LA CIMA DEL MUNDO.

Hay fortunas tan grandes que parecen eternas, imperios tan poderosos que parecen indestructibles. Pero la historia nos enseña una verdad brutal: mientras más alto se construye un imperio, más catastrófica es su caída.

En el corazón de San Petersburgo, Rusia, cubierto por cinco toneladas de oro puro, dieciséis toneladas de malaquita verde y más de cuatrocientos tipos diferentes de mármol traído desde Italia, Grecia y los Montes Urales, se alza el monumento a una de las caídas más espectaculares de la historia mundial: El Palacio de Invierno.

No es solo un edificio hermoso, es el último vestigio de una familia que lo tuvo todo: el poder absoluto sobre 130 millones de personas, una riqueza que equivalía a más de 300 mil millones de dólares modernos, el control sobre una sexta parte de toda la superficie terrestre del planeta.

Y lo perdió absolutamente todo en una cascada de decisiones catastróficas, debilidad imperial y una desconexión criminal de la realidad que destruyeron trescientos años de dinastía en menos de una década.

Esta es la verdadera historia de cómo la familia Romanov pasó de ser los gobernantes incuestionables del imperio más grande del mundo, a convertirse en once cadáveres mutilados, ejecutados en un sótano en medio de la noche, sus cuerpos quemados con ácido y arrojados a una mina abandonada que permanecería secreta durante setenta y tres años.


Para entender la magnitud del colapso, primero debemos comprender la altura desde la cual cayeron.

Fue en noviembre de 1894 cuando Nicolás Alexandrovich Romanov heredó el trono imperial de su padre, Alejandro III, a la edad de apenas veintiséis años.

Nicolás, un hombre de maneras suaves y mente sencilla, lloró abiertamente ese día, confesando a su primo: “No estoy preparado para gobernar. Nunca quise ser Zar.”

Sin embargo, ese hombre inseguro se convirtió técnicamente en el hombre más poderoso de todo el planeta Tierra. Gobernaba un imperio que cubría más de 22.4 millones de kilómetros cuadrados. Un territorio tan vasto que cuando amanecía en Varsovia, al oeste, ya era la hora del almuerzo en Vladivostok, al otro extremo. Se extendía desde las fronteras de Austria-Hungría hasta las costas del Océano Pacífico, desde el Círculo Polar Ártico hasta las montañas de Afganistán.

La fortuna personal de la familia Romanov era tan obscenamente grande que los historiadores económicos modernos todavía debaten exactamente cuánto valía, pero las estimaciones más conservadoras la sitúan en el equivalente a más de 300 mil millones de dólares modernos.

Nicolás II poseía personalmente minas de oro en Siberia que producían sesenta toneladas del metal precioso cada año, yacimientos de diamantes en los Montes Urales que extraían las gemas más grandes y puras del mundo, y campos petroleros en Bakú que producían más petróleo que cualquier otra región del mundo a inicios de 1900. Más que Texas, más que el Medio Oriente combinado de esa época.

El Palacio de Invierno, su residencia oficial, era un insulto a la pobreza de la mayoría de su pueblo. Construido con una ambición delirante, contenía mil quinientas habitaciones distribuidas en cuatro pisos, conectadas por más de cien escaleras diferentes. Tenía 1,786 puertas y 1,945 ventanas que requerían un equipo permanente de cuarenta hombres, trabajando tiempo completo solo para limpiarlas una vez al mes.

La familia Romanov empleaba a más de quince mil personas trabajando permanentemente solo para mantener el palacio funcionando. Doscientos cocineros franceses, italianos y rusos preparaban banquetes elaborados de doce platos para quinientos invitados simultáneamente. Cien amas de llaves supervisaban la limpieza constante, y ochenta sastres y modistas personales creaban vestuarios siguiendo las últimas modas de París y Londres.

Nicolás II era conocido por sus fiestas absolutamente legendarias. En el baile de 1913, para celebrar el tricentenario de la dinastía Romanov, asistieron más de tres mil invitados de toda Europa. Se sirvieron cinco mil botellas del champán francés más caro, y los salones de baile fueron decorados con más de cincuenta mil rosas blancas traídas de los invernaderos imperiales.

Esa sola noche costó el equivalente a cincuenta millones de dólares modernos, dinero suficiente para alimentar a cien mil familias campesinas rusas durante un año completo.

La aristocracia europea bailaba sobre pisos de mármol y bebía de copas de cristal Baccarat, completamente desconectada de la realidad que se cocinaba afuera, donde el noventa por ciento de la población rusa vivía en la pobreza extrema.


Pero detrás de toda esta opulencia obscena, Nicolás II y su esposa, la emperatriz Alexandra, escondían un secreto devastador que eventualmente destruiría no solo a su familia, sino a todo el imperio.

Su único hijo varón, el heredero al trono, el Zarevich Alexei Nikolevich Romanov, nacido en 1904, sufría de hemofilia severa.

Esta enfermedad genética significaba que cualquier herida, incluso un simple moretón, podía causar hemorragias internas incontrolables que lo dejaban agonizando durante días, gritando de un dolor tan intenso que sus lamentos se escuchaban en todo el palacio.

La emperatriz Alexandra, consumida por la culpa porque sabía que ella había transmitido genéticamente esta maldición a través de su abuela, la Reina Victoria de Inglaterra, estaba dispuesta a absolutamente cualquier cosa para aliviar el sufrimiento de su niño. Mientras los médicos más expertos de Europa se declaraban impotentes, ella comenzó a buscar soluciones fuera de la medicina tradicional.

Y fue entonces, en ese momento de desesperación maternal absoluta, cuando apareció en sus vidas la figura que destruiría todo.


Grigori Jefimovich Rasputín.

Un campesino siberiano analfabeto, sucio, maloliente, con una barba descuidada y dientes podridos. Pero con unos ojos penetrantes que, según testimonios, parecían poder hipnotizar y dominar completamente con solo una mirada.

Rasputín había llegado a San Petersburgo en 1905, después de años vagando por Rusia como un peregrino religioso autoproclamado, afirmando tener visiones directas de Dios y la Virgen María, ganándose una reputación como un Starets (un hombre santo) con poderes milagrosos entre los campesinos supersticiosos.

Cuando fue presentado a la emperatriz Alexandra en octubre de 1905, el pequeño Alexei estaba sufriendo una de sus crisis hemorrágicas más severas. El niño agonizaba después de caerse, sus piernas hinchadas hasta el triple de su tamaño normal, gritando de dolor, apenas aliviado por dosis masivas de morfina. Los mejores especialistas en hemofilia, traídos desde Alemania, Francia e Inglaterra, se habían declarado completamente impotentes.

Rasputín entró a la habitación del niño moribundo. Despidió a todos los médicos y enfermeras con un gesto autoritario. Se arrodilló junto a la cama, puso sus manos grandes y callosas sobre la frente febril del niño, lo miró fijamente a los ojos con esa mirada hipnótica y le habló en voz baja durante varios minutos.

Y entonces, sucedió algo absolutamente inexplicable.

El niño dejó de gritar, su respiración se calmó, su temperatura comenzó a bajar. El color volvió a su rostro pálido y, para el día siguiente, la hinchazón había disminuido dramáticamente. Alexei podía sentarse en la cama por primera vez en una semana.

Para Alexandra, desesperada, supersticiosa y profundamente religiosa, no había duda alguna: Rasputín era un hombre santo, enviado por Dios específicamente para salvar a su hijo, para salvar al heredero del trono ruso, para salvar a la dinastía Romanov.

Desde ese momento fatídico, Rasputín tuvo acceso ilimitado a la familia imperial.

Podía entrar al palacio a cualquier hora del día o de la noche, sin cita previa, sin anuncio, sin protocolo. Llamaba a la emperatriz y al emperador por sus nombres de pila, Alex y Nicki, un nivel de familiaridad impensable para cualquier otra persona en el imperio. Se sentaba en presencia de la familia, comía en su mesa privada, y daba consejos no solicitados sobre absolutamente todo, desde asuntos políticos hasta decisiones militares.


Lo que la emperatriz Alexandra no comprendía, lo que su devoción ciega a este hombre que había salvado a su hijo le impedía ver, era que Rasputín estaba destruyendo sistemáticamente la reputación de la familia imperial ante los ojos del pueblo ruso.

Mientras Nicolás y Alexandra lo veían como un hombre santo, humilde, el resto de Rusia lo veía como un charlatán pervertido que había seducido a la emperatriz y controlaba al emperador débil. Lo veían tomando decisiones de estado mientras estaba borracho en tabernas baratas de San Petersburgo.

Porque Rasputín, cuando no estaba en el palacio jugando el papel de místico, vivía una vida de excesos absolutamente escandalosos. Frecuentaba prostíbulos notorios donde gastaba cantidades obscenas de dinero, se emborrachaba públicamente en restaurantes caros y se jactaba en voz alta de su influencia sobre la familia imperial.

Afirmaba con detalles gráficos que tenía una relación sexual con la emperatriz. Una mentira absolutamente repugnante, pero que millones de rusos llegaron a creer como verdad. Los periódicos, aunque censurados, publicaban constantemente historias sobre sus borracheras, sus peleas y el acoso sexual a mujeres jóvenes que venían a él buscando curación.

La policía secreta del Zar, la Ojrana, mantenía archivos masivos documentando cada escándalo e informaba regularmente al emperador sobre el comportamiento destructivo de Rasputín, suplicándole que lo alejara antes de que el daño a la reputación de la monarquía fuera irreparable.

Pero cada vez que Nicolás II intentaba débilmente sugerir a su esposa que el campesino debería visitar el palacio con menos frecuencia, Alexandra se ponía histérica. Le recordaba con lágrimas en los ojos que Rasputín era el único ser humano que podía salvar a su hijo, que sin él Alexei moriría.

Y Nicolás II, que amaba profundamente a su esposa e hijo, pero carecía de la fortaleza de carácter necesaria para gobernar el imperio, odiaba las confrontaciones y siempre cedía. No hizo absolutamente nada para alejar a Rasputín. Permitió que este campesino borracho y pervertido mantuviera su influencia devastadora, mientras la monarquía se desintegraba día tras día ante los ojos del pueblo ruso.


La situación se volvió infinitamente peor en agosto de 1914, cuando comenzó la Primera Guerra Mundial.

Nicolás II cometió uno de los errores más catastróficos de su reinado desastroso. Contra el consejo unánime de todos sus ministros, generales y familiares, decidió tomar personalmente el mando supremo del ejército ruso y trasladarse al cuartel general militar en Mogilev, a más de setecientos kilómetros de San Petersburgo.

Dejó a Alexandra como regente de facto, gobernando el imperio en su ausencia. Y Alexandra, completamente dependiente de Rasputín para cada decisión importante, efectivamente entregó el gobierno de Rusia a un campesino siberiano analfabeto.

Durante los siguientes dos años, entre 1914 y 1916, la tragedia se convirtió en cataclismo.

Más de dos millones de soldados rusos murieron en las trincheras. La economía colapsaba, consumiendo el ochenta por ciento del presupuesto nacional en el gasto militar. Millones de campesinos pasaban hambre porque todos los recursos se desviaban al frente. Las fábricas cerraban por falta de materias primas y los precios de los alimentos en las ciudades se multiplicaban por diez, haciendo que el pan costara más de lo que una familia trabajadora ganaba en una semana.

Mientras el imperio se desangraba, Rasputín nombraba y despedía ministros a su capricho, eligiendo a hombres, no por su competencia, sino por cuánto le pagaban en sobornos. Creó un nivel de corrupción que destruyó sistemáticamente cualquier capacidad administrativa efectiva del Estado ruso, justo cuando más se necesitaba.

El pueblo ruso, que tradicionalmente había visto al Zar como un padre benevolente engañado, ahora comenzaba a culpar directamente a Nicolás II y especialmente a la emperatriz alemana Alexandra.

Los rumores circulaban por las calles: Alexandra era una espía alemana que trabajaba para sabotear a Rusia desde dentro; Rasputín era su cómplice en esta traición, y juntos estaban deliberadamente destruyendo al ejército para ayudar a Alemania a ganar la guerra.

Ninguno de estos rumores era verdad. Alexandra amaba genuinamente a su país adoptivo. Pero millones de personas los creían absolutamente. El odio hacia la familia imperial crecía exponencialmente cada día que la guerra continuaba, cada día que más soldados morían, cada día que más familias recibían un telegrama anunciando la muerte.


En diciembre de 1916, un grupo de nobles rusos, liderados por el príncipe Félix Yusupov, uno de los hombres más ricos de Rusia, y el Gran Duque Dmitri Pavlovich Romanov, primo del emperador, decidieron que Rasputín debía ser eliminado para salvar a la monarquía.

Lo invitaron al palacio Yusupov con el pretexto de presentarle a la hermosa esposa del príncipe. Le sirvieron pasteles y vino envenenados con suficiente cianuro para matar a cinco hombres normales. Esperaron a que cayera muerto.

Pero, para su horror absoluto, Rasputín comió los pasteles envenenados, bebió el vino envenenado y no mostró absolutamente ningún efecto.

Continuó la conversación normalmente, riendo y contando historias obscenas, mientras el veneno que debería haberlo matado instantáneamente simplemente no funcionaba.

Desesperado y aterrorizado, Yusupov sacó un revólver y le disparó directamente en el pecho, a quemarropa. El místico siberiano cayó al suelo, aparentemente muerto.

Pero cuando los conspiradores se acercaron al cuerpo para envolverlo en una alfombra, Rasputín abrió los ojos súbitamente. Se levantó del suelo tambaleándose, agarró a Yusupov por el cuello intentando estrangularlo mientras gritaba obscenidades.

A pesar de tener una bala en el pecho, logró arrastrarse fuera hacia el patio del palacio, gateando sobre la nieve ensangrentada, intentando escapar de sus asesinos.

Los conspiradores aterrorizados le dispararon tres veces más, lo golpearon brutalmente con barras de hierro hasta que su cráneo se fracturó, y finalmente arrojaron su cuerpo envuelto en cadenas al río Neva helado.

La autopsia oficial reveló que Rasputín murió ahogado bajo el hielo. Había sobrevivido al envenenamiento masivo con cianuro, a cuatro disparos de bala y a una golpiza brutal que le fracturó el cráneo. Solo murió cuando se ahogó bajo el agua helada. Una muerte tan difícil de lograr que convenció a millones de rusos supersticiosos de que, efectivamente, había tenido poderes sobrenaturales.

Alexandra quedó completamente destrozada. Lloró histéricamente durante días, convencida de que con su muerte, su amado Alexei moriría también. Estaba convencida de que el fin estaba cerca. Y tenía razón en eso último.


El asesinato de Rasputín no salvó a la monarquía como los conspiradores habían esperado. Ya era demasiado tarde. El daño era irreparable. El odio del pueblo ruso hacia la familia imperial había crecido demasiado.

Alimentado por años de incompetencia gubernamental, años de sufrimiento en una guerra que parecía no terminar nunca, años de hambre, mientras la familia imperial continuaba viviendo en un lujo obsceno en palacios de mil quinientas habitaciones.

La guerra había causado demasiado sufrimiento. Más de dos millones de soldados muertos. La economía completamente destruida. Familias enteras muriendo de hambre.

Y en apenas dos meses más, en febrero de 1917, todo colapsaría en una revolución que destruiría trescientos años de dinastía Romanov.

La Revolución de Febrero de 1917 no comenzó con un gran levantamiento planeado. No comenzó con revolucionarios armados tomando el Palacio de Invierno.

Comenzó de manera mucho más mundana, mucho más inevitable, con algo tan simple como pan, o más precisamente, con la falta total de pan en las panaderías de Petrogrado.

El 23 de febrero de 1917, miles de mujeres trabajadoras de las fábricas textiles salieron a las calles. No para protestar políticamente, sino simplemente para exigir pan para alimentar a sus familias. Llevaban pancartas simples que decían: “Danos pan y abajo la guerra y abajo la autocracia.” Caminaban pacíficamente por las amplias avenidas de la capital.

Para el 25 de febrero, más de 250 mil trabajadores se habían unido a las protestas, declarando huelga general, paralizando completamente la producción industrial, construyendo barricadas improvisadas y transformando el centro de Petrogrado en una zona de guerra urbana donde el gobierno ya no tenía control efectivo.

El emperador Nicolás II, quien en ese momento crucial estaba a setecientos kilómetros de distancia en el cuartel general militar de Mogilev, estaba completamente desconectado de la realidad.

Recibía telegramas urgentes de sus ministros en Petrogrado, suplicándole que regresara inmediatamente, que la situación era crítica. Pero Nicolás, que siempre subestimaba los problemas hasta que se convertían en catástrofes, simplemente ordenó al comandante de la guarnición militar de Petrogrado que dispersara las protestas por la fuerza. Que usara las armas si era necesario.

No comprendió que ordenar disparar contra manifestantes desarmados que solo pedían pan, sería el error final que destruiría su dinastía irreversiblemente.


El 26 de febrero, un domingo que sería recordado como uno de los días más sangrientos de la historia rusa, los soldados de la guarnición recibieron órdenes directas de disparar contra los manifestantes desarmados en la Avenida Nevski, la calle principal y más elegante de Petrogrado.

Los soldados, la mayoría campesinos jóvenes reclutados forzosamente, formaron líneas de fuego mientras miles de manifestantes avanzaban hacia ellos, sin armas, con las manos levantadas, gritando: “Hermanos soldados, únanse a nosotros y no disparen a sus propios hermanos.”

Los oficiales ordenaron fuego y los soldados obedecieron, disparando salvas de rifle directamente contra la multitud a menos de cincuenta metros de distancia, matando a más de ciento cincuenta personas en cuestión de minutos. Cientos de cuerpos quedaron sangrando en la nieve sucia de la avenida.

Pero entonces, sucedió algo que nadie había anticipado.

Esa misma noche, los soldados del Regimiento Bolinski y de la Guardia Imperial, horrorizados por lo que habían sido forzados a hacer, matando a personas desarmadas que solo pedían pan, se amotinaron contra sus oficiales. Muchos, llorando de culpa y vergüenza, arrestaron a sus comandantes, abrieron los arsenales militares y comenzaron a distribuir decenas de miles de rifles y municiones a los trabajadores revolucionarios.

Marcharon con banderas rojas para unirse a las masas en las calles.

Para el 27 de febrero, más de setenta mil soldados de la guarnición de Petrogrado, la fuerza militar que debía proteger al gobierno imperial, se habían amotinado completamente y unido a la revolución. Llevaban consigo cuarenta mil rifles, ametralladoras pesadas e incluso varios cañones de artillería que apuntaron amenazadoramente hacia los edificios gubernamentales.

El gobierno imperial en Petrogrado efectivamente dejó de existir. Los ministros huyeron o se escondieron. La policía desapareció de las calles.


El 28 de febrero, el presidente de la Duma (el parlamento), Mijaíl Rodzianko, envió un telegrama desesperado final a Nicolás II en Mogilev:

“La situación es seria. Hay anarquía en la capital. El gobierno está paralizado. El transporte de alimentos y combustible está completamente desorganizado. El descontento popular está creciendo. Es necesario que alguien investido con la confianza del país forme un nuevo gobierno. No puede haber demora. Cualquier retraso equivale a muerte. Ruego a Dios que en esta hora la responsabilidad no recaiga sobre el Soberano.”

Nicolás leyó el telegrama, lo desechó con un gesto irritado de su mano, y comentó a sus ayudantes que Rodzianko siempre exageraba todo. Ordenó que su tren imperial se preparara para regresar a Tsárskoye Seló, la residencia palaciega, sin comprender que ya no era posible regresar.

El tren imperial de Nicolás II intentó regresar el 1 de marzo, pero encontró todas las líneas ferroviarias bloqueadas por trabajadores revolucionarios que se negaban a permitir que el tren del emperador pasara.

El tren fue forzado a desviarse hacia Pskov, una ciudad provincial donde estaba el cuartel general del frente norte del ejército ruso. Y fue allí, en un vagón de tren estacionado en una vía secundaria en medio de la nada, rodeado por sus generales, que uno por uno le dijeron que la situación era desesperada, que el ejército ya no lo apoyaba, que no había tropas leales disponibles para restaurar el orden.

Le suplicaron que la única manera de salvar a Rusia del caos total era que él abdicara.

Nicolás II finalmente comprendió que todo había terminado.

El 2 de marzo de 1917, después de veintitrés años de reinado desastroso, Nicolás Alexandrovich Romanov firmó el documento de abdicación más breve en la historia de las monarquías europeas, apenas tres párrafos escritos apresuradamente en papel simple.

Renunció al trono, no solo para sí mismo, sino también en nombre de su hijo Alexei, el Zarevich, porque sabía que la enfermedad hemofílica de su heredero, la misma debilidad que había permitido a un campesino sucio gobernar en su nombre, hacía imposible que pudiera gobernar una nación destrozada.

Así, la dinastía Romanov, que había gobernado Rusia durante trescientos años desde palacios de oro y malaquita, cayó por la fragilidad de la sangre de un niño y la falta de pan de unas mujeres trabajadoras. El Zar más rico del mundo se convirtió en un prisionero sin corona.

En el verano de 1918, después de meses de encarcelamiento, Nicolás, Alexandra, sus cuatro hijas y el pequeño Alexei, fueron ejecutados en el sótano de una casa en Ekaterimburgo. Sus cuerpos, desmembrados y quemados con ácido, fueron arrojados a la fosa.

El lujo obsceno y la desconexión total habían comprado su sentencia de muerte, demostrando que no hay muro de mármol o montaña de oro lo suficientemente alta para proteger a los que ignoran los gritos de su pueblo.