El sol de Nuevo México no perdona, pero esa tarde dejó caer un presagio. Junto a una cerca carbonizada, un pistolero sin bando encontró a una mujer encadenada que no pedía piedad, sino guerra. Él la llamó “princesa” por reflejo; ella escupió su nombre: Naya, hija de Gerónimo. Cuando las cadenas cayeron, la frontera entera contuvo la respiración. Porque en el polvo, nacía una alianza que incendiaría la Sierra Madre.

El desierto de Nuevo México respiraba como una bestia cansada. Cada bocanada de aire arrastraba granos de arena que cortaban la piel como si fueran vidrios molidos, y el cielo, enorme, se extendía hasta un horizonte donde los montes se difuminaban en un azul agrisado. Era 1875, y la frontera parecía resistirse a ser domada. A ratos, la luz vibraba en ondas sobre la tierra resquebrajada; a ratos, los cactus eran las únicas columnas de una catedral pagana.

Jack “el Cuervo” Harlen avanzaba como si el paisaje le debiera algo. Su sombrero fedora, gastado y ladeado, le hacía sombra a unos ojos grises que habían visto más cadáveres que amaneceres, más duelos que bodas, más despedidas que nombres propios. El abrigo largo de cuero curtido le caía hasta las rodillas; un Winchester reposaba en la funda del lado derecho de la silla; en la cadera, un revólver que parecía extensión de su mano. Sombra, su mustang negro, trotaban con ese ritmo sordo de los caballos que han aprendido a gastar lo justo del cuerpo para no fundirse en el calor.

Jack no llevaba insignias ni querencias. En Tombstone había dejado tres hombres tendidos y una recompensa reseca tras de sí. “Errante” era la palabra cortés; “perseguido”, la exacta; “maldito”, la que más repetían sus enemigos. No hablaba de ello, como si cada sílaba fuera a cobrar un impuesto que no quería pagar.

A media tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse al oeste y el cielo adquiría un tinte de hierro incandescente, divisó la valla chamuscada de un rancho que alguna vez fue. Los postes negros sobresalían como dientes carbonizados de un animal muerto. Y junto a uno de esos postes, encadenada, inmóvil por lo extenuada, una figura que desafiaba cualquier relato previo: una mujer alta como un hombre y ancha de espaldas como un toro de lidia. La piel, bronce bruñido por el sol; el atuendo, apache, adornado con cuentas turquesas y flecos; las piernas, hechas de fibra y cordeles; el cabello, negro y trenzado con plumas; una bandana roja apretada en la frente. Y las muñecas, atrapadas en grilletes que mordían carne.

Jack desmontó con la lentitud del hombre que ha aprendido a escuchar las trampas. Su mano derecha quedó cerca del revólver, su respiración apenas movió el pecho. “No soy un cazador de fantasmas”, pensó, “pero esta escena huele a uno”. Ella le devolvió la mirada con ojos oscuros que contenían una furia sin teatralidad, una furia útil. Su respiración, rápida, se levantaba y se hundía contra los flecos del top de cuero.

—¿Quién eres, gringo? —gruñó en español, el acento apache como filo de obsidiana, alguna palabra nahua incrustada por viajes hacia el sur.

Jack se quitó el sombrero inclinando la cabeza; no era respeto, era protocolo de supervivencia.

—Me llaman el Cuervo —dijo—. ¿Y tú, princesa? ¿Qué hace una belleza así encadenada como animal?

Ella escupió hacia el polvo. La saliva chisporroteó al tocar la tierra ardiente.

—No soy princesa, blanco. Soy Naya, hija de Gerónimo —escupió el nombre no como ostentación, sino como advertencia—. Me capturaron los hombres del Toro. Bandido mexicano que roba tierras apache. Me encadenaron para que muriera de sed… o para que pasara un vaquero y “hiciera lo que quisiera”.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire seco como buitre girando. Jack no avanzó un paso de más. Observó las muñecas: hinchadas, amoratadas. Observó el poste: madera vieja, hierro nuevo. Observó el horizonte: ni una silueta, ni un cuervo.

—Haz lo que quieras —susurró ella, cerrando los ojos un instante, como quien se prepara para una desgracia.

Jack sacó del bolsillo interior del abrigo un manojo de llaves maestro. Un truco viejo de cárceles tejanas, de celdas donde aprender abreviaba dolores. Se arrodilló; el metal chilló contra el metal; el primer grillete cedió con un chasquido; el segundo, con un gemido que parecía humano. Las cadenas cayeron como serpientes sin vida.

Naya se frotó las muñecas, incrédula, como si el tacto fuese una broma del desierto. Luego lo miró como se mira al sol antes de decidir si seguir o buscar sombra.

—¿Por qué? —preguntó en seco—. ¿Qué quieres a cambio?

Jack remontó el caballo sin urgencia.

—Nada. Odio las cadenas. Y odio más al Toro —contestó, con una dureza que no era para ella—. Ese cabrón mató a mi hermano en un asalto al tren en Juárez.

La coincidencia tendió un puente invisible. Naya miró hacia un caballo pardo atado no muy lejos, probablemente de alguno de sus captores. Tomó las riendas en un solo movimiento, comprobó la cincha, puso pie en el estribo. Su sombra se agrandó sobre el polvo.

—Está bien, Cuervo. Montaré. Pero si me traicionas, te arranco el corazón con mis manos.

—A ver si me alcanzas —respondió él, sin sonrisa.

Cabalgaron hacia el sur, hacia la Sierra Madre, donde los rumores marcaban en voz baja la guarida del Toro. El desierto, despellejándolos de orgullo, les prestó apenas lo que no podía negarles: algo de agua en valles secos, algo de frío de noche para recordar que no todo era fiebre. Jack compartió su cantimplora como se comparte una chispa; Naya le enseñó a leer huellas sobre arena tan traicionera como los hombres. En cada detención breve para mirar el horizonte, la guerra de otros vibraba cerca: columnas de polvo del ejército que cazaba apaches; cruces clavadas sin nombre; buitres que daban vueltas como reloj.

Esa primera noche, encontraron la herida abierta de un arroyo que alguna primavera había corrido allí. Las piedras aún sabían a alquitrán de sol. Reunieron un círculo pequeño de ramas, y Jack encendió una fogata tímida, no por modestia, sino por estrategia. Naya fabricó una flecha con rama y hueso, y en un golpe de suerte o de pericia, volvió con un conejo. El cuero de su voz cambió cuando dijo:

—Come.

Jack aceptó el trozo de carne como quien acepta un pacto. Comieron con la gravedad que merecen los animales que mueren para que otros sigan. El fuego crepitó como si contara historias de gente que nunca sabrían.

—Cuéntame de ti —dijo Jack, con esa forma de preguntar que también es confesar que no sabe convivir con silencios largos.

Naya masticó grande, tragó sin apuro.

—Nací en tierras apache, cerca de Chihuahua. Mi padre era jefe. Cuando llegaron los blancos con papeles y fusiles, arrancaron todo: lo visible, y lo de adentro. Aprendí a pelear, y crecí… demasiado. Mi madre decía que era bendición de los espíritus. Para los hombres, monstruo. El Toro me capturó asaltando su caravana. Quería venderme en México.

Jack asentía con esa cabeza que ha escuchado demasiadas variantes de la misma injusticia. Esperó, y añadió lo suyo.

—Texas. Un sheriff corrupto violó a mi hermana. Lo maté. Desde entonces, huyo o persigo, según el día. El Toro robó el oro que mi hermano llevaba en ese tren. Quiero su cabeza para enterrarla lejos.

El fuego pareció reír cuando Naya soltó una carcajada inesperada. Jack había contado, con seriedad paródica, cómo en Dodge City ganó un duelo porque el contrario se pisó el propio pantalón al desenfundar.

—Eres un afortunado de mierda —rió ella, golpeándole el hombro como se golpea un árbol viejo para comprobar que aún está firme.

Al alba, el mundo era otro: mismo sol, misma geografía, distinta decisión. Los valles resonaban con ecos de nada, y las piedras, viejas guardianas, les señalaron un pueblo fantasma. Casas grandes, por desgracia, aún habitadas por la pestilencia: tres hombres sucios con sombreros charros, rifles a la vista, ese andar de quien cree que la tierra es suya porque lleva botas.

—¡Alto ahí, gringo! —gritó el del bigote espeso y cicatriz de mejilla diagonal—. Territorio del Toro. Peaje o morir.

La palabra “peaje” a Jack siempre le supo a mentira legalizada. Respondió en el único idioma que esos tres entendían: desenfundó más rápido que el parpadeo. Dos tiros, dos caídos. El tercero, que había tensado el gatillo mirando el pecho de Naya, se convirtió en saco en sus manos; ella lo alzó con una autoridad que venía de una raza de siglos, y en un giro seco, tronó el cuello como rama vieja.

—No me llames “squaw”, cabrón —escupió, devolviéndole el insulto invisible que le había dibujado en los ojos.

Registraron los cuerpos con la frialdad que se reserva para los tramposos. Hallaron un mapa tosco, dibujado a carbón sobre papel aceitado: una cueva en la Sierra Madre, veinte hombres de guardia, dos entradas, un arroyo cercano, un risco desde el este.

—Vamos —dijo Naya, los ojos con brillo de tormenta—. Vamos por ellos.

La travesía les pasó tijera por el cuero. Cañones que cortaban el mundo en láminas, dunas que se movían cuando respirabas, patrullas del ejército caminando como tijeras que querían cortar historias; los apaches, cazados en su propia casa; los colonos, clavando madera para asegurar un futuro que otros consideraban usurpado. Una tormenta de arena los tragó sin sorbo. Encontraron refugio en una cueva estrecha, donde el viento apenas tenía voz.

Allí, el silencio se volvió su propio personaje. Naya se quitó la bandana: el cabello se desbordó como noche. Jack la miró como si la oscuridad tuviera textura.

—Eres hermosa —dijo, con esa verdad simple que no pide permiso.

Ella se acercó. Su cuerpo, todo tendón y fuerza, apoyó contra el de él un peso que no era ni sumisión ni dominio, sino elección.

—No soy para ti, Cuervo. No para atarme. Pero esta noche… esta noche sé justo —susurró, rompiendo con cuidado un destino prefijado.

No hubo súplica ni abuso. Hubo manos reconociendo cicatrices, respiraciones acompasándose por primera vez en años, una pasión sin romanticismo cursi ni brutalidad: una tregua. En el corazón de la cueva, la frontera dejó de ser línea y se volvió círculo.

El amanecer volvió ebrio de oro. Retomaron el camino con un pacto silencioso: lo que debían, lo que querían, lo que iban a cobrar. Las primeras peñas de la Sierra Madre clavaban sus uñas sobre el cielo. Desde un alto, vieron lo que el mapa prometía: la boca negra de una cueva, humo de fogatas, caballos atados en sombra, hombres como hormigas que iban y venían, algún brillo de metal y de botella.

El Toro. Dicen que el apodo te elige. En su caso, el cuerpo lo justificaba: corpulento, cuello breve, barba negra espesa, ojos de carbón recién soplado. Su lista de delitos llenaría las vigas de un salón: oro robado en minas apache, mujeres y niños asesinados como parte del negocio, armas negociadas con confederados en guerra, pactos con sheriffs flavos y jueces con manos limpias y bolsillos sucios.

Planearon a la vieja usanza: doble pinza. Ella, por el este, escalando rocas con su fuerza que no gastaba adjetivos. Él, por el frente, con ruido que distrajera hormigueros. Si morían, morirían sin promesas vacías.

—Si caigo, véngame —dijo Naya, apretando la bandana roja.

—No caerás —respondió él, con una fe que no era religiosa, era práctica.

Esperaron el atardecer, cuando la luz engaña perímetros y la atención cede curvas. Jack descendió con Sombra en un galope en círculos, disparando al aire para despertar el avispero. El grito corrió: “¡El Toro! ¡A cubrir!” Los hombres salieron promiscuamente, y la confusión hizo su trabajo: cinco cayeron bajo el Winchester de Jack, uno por uno, como si una mano invisible los señalara.

Desde el risco, Naya se convirtió en avalancha. Saltó sobre dos guardias, los aplastó con piedras que durante siglos habían aguardado esa utilidad; se deslizó por la grieta que llevaba a la cueva principal. Dentro, el olor a metal y sudor; sobre una mesa, montoncitos de oro pálido que no brillaban, sino que lloraban. El Toro, machete en mano, la reconoció con una risa como barranco.

—Naya, la gigante —bufó—. Te encadené una vez. Hoy te entierro.

Lo que siguió no fue una coreografía elegante. Fue violencia cruda entre dos fuerzas. El machete zumbó; Naya lo esquivó de hombro; su rodillazo encontró costillas; el Toro empujó con todo su peso y partió una mesa; ella le clavó la daga en el antebrazo izquierdo, y la sangre brotó como resina oscura. Él la tomó del cuello; ella, del cinturón; cayeron y se alzaron; se midieron; se insultaron en lenguas distintas. Al tercer choque, Naya cambió de estrategia: lo levantó de piernas, lo estrelló contra la pared con rugido profundo. El Toro, sorprendido por un mundo que por fin se rehusaba a someterse, abrió la boca como si buscara aire que no estaba. Naya, con una oración breve en su idioma, le clavó la daga justo donde el corazón golpea la costilla.

—Por mi gente —gruñó.

Afuera, Jack agotaba el tambor y cambiaba cartuchos con la eficiencia de años. Una bala le rozó el hombro: el dolor ardió, la camisa se empapó. No se detuvo. El último bandido corrió, y Jack, en vez de disparar por la espalda, se dejó caer a un lado, dejó que el caballo del otro le pasara encima. El bandido rodó, y su arma quedó dos palmos más lejos. Jack lo miró, y lo dejó vivo. Una misericordia o una estrategia; nadie supo. El desierto, menos.

Naya salió de la cueva con la respiración ardiendo y la mirada limpia. En la mano, el machete del Toro, ahora sin dueño ni futuro. Jack bajó el arma. Se miraron sin teatro. Estaban vivos.

En la cámara trasera, hallaron un cofre con el oro suficiente para abrir vidas nuevas. Monedas, joyas, lingotes remendados: la suma de varios dolores. El aire en la cueva se volvió pesado como conciencia. Jack guardó silencio. Naya tocó el oro con la reverencia del que sabe que cada brillo es una historia.

—Esto puede levantar un pueblo —dijo ella.

—O destruir a quien lo cargue —respondió él.

Salieron de la sierra con los caballos cargados y la carne marcada. El cielo les prometía una noche limpia. La promesa duró media hora: un grupo de guerreros apareció por el norte; pieles curtidas, trenzas que contaban árboles, arcos tensos. Al frente, un hombre de ojos de Naya.

—Hermana —dijo, con la sorpresa arisca de quien encuentra lo improbable—. ¿Con un blanco?

Naya adelantó su caballo.

—Es mi aliado —afirmó, con esa palabra que vale más que algunas alianzas.

Los arcos se relajaron, no las miradas. Jack, midiendo la escena con la experiencia de quien se ha visto así rodeado y ha respirado para contarlo, deslizó lentamente el cofre al suelo. Abrió las manos.

—Tómenlo. Es suyo. Yo solo quería venganza —soltó, sin flaqueza ni teatro.

El hermano de Naya bajó del caballo, tocó el cofre, miró a su hermana. Ella no dijo nada, pero su rostro lo dijo todo: cada moneda de ese cofre le debía un trozo de respiro a su gente.

Naya giró hacia Jack. En sus ojos había desierto, luna y ese breve hilo de agua que a veces aparece donde no lo esperas.

—Ven conmigo, Cuervo. Pelea a mi lado. El mundo te escupirá igual; aquí al menos tendrás fuego compartido.

Jack miró a Sombra, al cofre, a Naya, al horizonte. Todos los lugares que había abandonado se treparon a su garganta.

—Soy errante —dijo, con tristeza sin lamento—. Tú perteneces a tu pueblo. Yo pertenezco al camino.

Ella no insistió. En vez de eso, se inclinó. Tocaron sus frentes, luego sus bocas, despacio. No era despedida de novela, era pacto de los que han aprendido a no jurar más de lo que pueden sostener.

Naya montó con su gente, y la columna apachurró el polvo hacia el norte. Jack apretó el vendaje de su hombro y montó hacia el oeste, con media sonrisa en el rostro: la clase de gesto que dice “me duele” y “estoy”.

Esa noche, la sierra guardó dos sombras que se abrían, cada una hacia su historia.

Pasaron años, y en los salones ahumados de México y en fogatas de arrieros, en cantinas de frontera y en patios de adobe, se contaron versiones. Que Naya y el Cuervo se encontraron de nuevo para pelear contra un coronel que vendía permisos de agua a los amigos. Que Naya murió de vieja rodeada de nietos que escuchaban como si los cuentos fueran flechas. Que Jack cayó en un duelo donde por primera vez desenfundó tarde. Que los dos cruzaron la frontera muchas veces, pero nunca cruzaron el pacto de aquella cueva. Cada voz añadió una arista, pero en el fondo el relato era uno: un hombre que odiaba cadenas y una mujer encadenada que no pidió piedad, sino cuchillo; juntos, un acto de misericordia que incendió una guarida y encendió una ley no escrita: el desierto respeta a quien respeta a su gente.

Y el viento siguió arrastrando arena como cuchillas, y el sol siguió azotando la tierra como látigo, pero en algún lugar de la Sierra Madre, una daga clavada en una roca oxidada recordaba que el Toro encontró, al final, su estocada.

La historia podría haber terminado allí, con el oro devuelto y cada quien siguiendo su camino. Pero el destino —ese cabrón caprichoso— decidió que la deuda todavía no estaba pagada del todo. Tres meses después, en la cantina de un villorrio llamado San Isidro del Arroyo, Jack apuraba un whisky con la parsimonia de quien no quiere que termine el día ni que empiece la noche. Entró un hombre con sombrero de copa y botas limpias; traía olor a oficina y sangre seca. Preguntó por “el Cuervo” con un tono demasiado pulcro para esos lares.

—Si lo busca para pagarle una bebida por salvarle la vida a su hermano, llegó tarde —dijo el cantinero—. Si lo busca para matarlo, llegó temprano.

El hombre dejó una carta lacrada sobre la barra, con un sello que Jack no había visto desde la guerra: un águila con las alas recogidas y un ojo que parecía mirar más allá del papel. Abrió el sobre. Dentro, un mensaje que olía a pólvora: “El coronel Márquez se alió con restos confederados y bandidos del Toro. Venden rifles, compran agua, expulsan familias. Cicatriz de mejilla diagonal. El que gritó ‘peaje’ sobrevivió”.

Jack sintió que el hombro rozado ardía como si la bala lo acabara de tocar. La cicatriz diagonal. El del pueblo fantasma. El peaje. No supo si era justicia o una insistencia de la vida, pero supo que no era casualidad.

Esa noche, en la mesa más oscura, Jack trazó sobre el mensaje, con la punta de una bala vacía, el mapa que llevaba en la cabeza: San Vicente, la única fuente de agua a setenta millas; la ruta de mulas; el paso donde los peajes se habían multiplicado. No era solo un negocio: era una soga sobre el cuello de quien no podía pagar.

—La guadaña no siempre la lleva la muerte —murmuró—. A veces la trae el agua.

Al amanecer, cabalgó hacia San Vicente. El pueblo estaba sitiado por una idea: la de que el agua era mercancía. En la entrada, el mismo tipo de bigote espeso, ahora con uniforme prestado y un brazalete que decía “Seguridad de Distrito”. La cicatriz de mejilla cortaba su sonrisa torcida.

—Mírenlo —dijo, con alegría cruel—. El Cuervo. Volvió el que no sabe irse.

Jack sonrió sin dientes.

—Algunos regresan cuando los fantasmas hacen ruido.

La pelea no empezó con balas, sino con papeles. Un escribano de la corte de Santa Fe, también comprado, había firmado una concesión que convertía el arroyo en propiedad privada del “Distrito del Coronel Márquez”. La ley toqueteada daba arcadas. Jack no era abogado, pero conocía una otra ley: si cierras el agua, abres la guerra.

Ese atardecer, antes de hacer cualquier estupidez útil, dejó una señal en la colina más visible: una bandana roja amarrada en un ocote. No era romántico, era práctico. Cuando la luna subió como moneda quemada, escuchó un crujido que conocía: mocasines contra piedra. Naya estaba allí, con tres guerreros y su hermano. Lo miró como quien no se sorprende, pero se alegra.

—Hiciste ruido —dijo ella.

—No me sale otra cosa —respondió él.

El plan esta vez no era entrar y salir de una cueva, sino abrir una compuerta. La madrugada los encontró reptando por el cauce seco, hasta la represa improvisada —una pared de madera y piedra que desviaba el agua hacia un canal oculto. Custodios con linternas, un puesto elevado con fusil, perros. Naya señaló con el mentón: ella, los perros; los suyos, los guardias del lado norte; Jack, la cuerda de la compuerta. La coordinación fue un susurro.

Un perro levantó la cabeza. No ladró. Naya ya estaba sobre él con la mano firme. Un guardia bajó la linterna para encender un cigarro; no la volvió a subir. Jack llegó a la cuerda. La madera crujió. Tiró con todo lo que quedaba en su hombro herido y con lo que tenía en el otro, que era orgullo y rabia. La compuerta gruñó y cedió de golpe, y el agua —ese animal aguardando— se lanzó por su cauce, rompiendo la pared en dos. Los que dormían soñando con monedas se despertaron con el rugido de un río.

El villorrio amaneció con niños riendo en el agua y mujeres llorando al borde del arroyo. La policía del “Distrito” llegó a toda prisa con el Coronel Márquez al frente: barba arreglada, botas brillantes, mirada de quien cree que la vida es un tablero y él es la mano que mueve. Jack y Naya se adelantaron, no para negociar, sino para caber en la historia de frente.

—Han destruido propiedad —dijo el coronel, sacando papeles como si el papel pudiera secar ríos.

—Han destruido vidas —respondió Naya.

—Han roto la ley —replicó él.

—Han roto la tierra —dijo Jack.

El tiroteo que siguió fue inevitable, pero no caótico. Naya y los suyos cubrieron a los aldeanos; Jack buscó con la mira a la cicatriz diagonal. Lo encontró, pero no apretó el gatillo. Inclinó el arma hacia el Coronel. Dos balas, una en el brazalete, otra en el sombrero. La tercera, en la gema del anillo. El coronel se asustó por primera vez desde que eligió su uniforme. El pueblo, viendo correr el agua y a sus guardianes retroceder, se adelantó con palos y piedras, no porque fueran armas, sino porque el miedo es arma cuando se va.

El Coronel huyó a caballo; la cicatriz diagonal también. No se trataba de matar aquel día, se trataba de algo peor para ellos: perder el control. Naya ató el brazalete caído a un palo y lo clavó junto al arroyo, como recordatorio: el agua había sido tomada por la gente.

Por la noche, el fuego olió a triunfo y a sudor. Jack y Naya se sentaron a distancia de un brazo, como dos cuchillos que no se tocan para no perder filo.

—Hoy me debes una —dijo él, con burla suave.

—Te debo cuentas, agua y una historia para viejos —corrigió ella—. Y una pregunta.

—Dispara.

—¿Cuándo vas a dejar de huir de ti?

Jack miró el cielo. La Vía Láctea parecía una cicatriz del universo. No contestó. Algunas preguntas no se responden, se viven.

La partida fue al día siguiente. El pueblo, con el agua en el cauce, con el brazalete clavado como espantajo, con el rumor de que el Coronel volvería con papeles nuevos. Jack se fue antes de escuchar las despedidas largas; Naya lo dejó ir, sabiendo que los errantes no aceptan riendas ni cuando les quedan bien.

El incidente cambió dos cosas de manera definitiva: que Naya y su gente entendieron que la guerra de su pueblo también pasaba por papeles y compuertas; y que Jack, sin quererlo, se vio coordinando a otros, aunque fuera por una noche. Eso lo asustó más que los tiros.

La venganza que queda suelta encuentra su camino. El Coronel Márquez, herido en el orgullo más que en el cuerpo, regresó con papeles rubricados y una escolta de mercenarios—entre ellos, aquel de la cicatriz diagonal, ahora con un rango falso y ansias verdaderas. Llegaron al amparo de la ley torcida, con un juez itinerante y un sacerdote demasiado silencioso. Trajeron consigo un carro con dinamita y un pergamino que decía “Expropiación por Seguridad”.

El pueblo se preparó como se preparan los que han sido pisados demasiadas veces: con lo que hay. Barricadas de sacos, agua hervida para curaciones, familias evacuadas hacia el monte bajo. Naya mandó a los niños con su hermano; se quedó con los que sabían tirar; buscó con la mirada al Cuervo, sabiendo que llegaría cuando menos hiciera falta, que es cuando más se lo necesita.

Jack llegó por el oeste, sin trompetas ni cena. El juez le leyó el pergamino como quien recita salmos. Jack lo dejó hablar. Al final, con cortedad:

—Un papel no hace un río —dijo—. Pero un río puede borrar un nombre.

El primer trueno fue la dinamita, colocada para volar la nueva compuerta reforzada que el pueblo había construido con troncos y piedras. El estallido tiró a tres hombres, no a la compuerta. Los mercenarios, confundidos, volvieron a cargar. Desde el monte, flechas negras bajaron como lluvia inversa. Naya, desde la torre improvisada del campanario, marcaba ritmos con las manos: ahora, ahora, ahora. Jack, desde el terraplén, apuntó al hombre de la cicatriz. Esta vez, apretó. La bala le atravesó el hombro malo. El hombre cayó como si le hubieran quitado una bisagra.

Márquez ordenó fuego de cobertura y avanzó desde el flanco derecho, con dos hombres arrastrando el carro de dinamita hacia la boca de la represa. Jack bajó por el talud resbalando en tierra húmeda, el vendaje del hombro chorreando viejo dolor. Naya vio su movimiento y dejó el campanario; corrió como un búfalo joven. Se encontraron en el centro del cauce como dos líneas que se habían esquivado demasiado.

—La cuerda —gritó Jack.

—Los niños —respondió ella, señalando hacia atrás, como quien dice: “no nos equivoquemos de prioridad”.

Entonces el coronel hizo algo que ningún papel puede justificar: ordenó prender fuego al carro de dinamita mientras los suyos aún estaban junto a él. Creyó que el terror vacía pueblos más rápido que el agua llena cauces. Encendieron la mecha. El mundo contuvo el aliento.

Jack corrió hacia el carro, no hacia el coronel. Con la mano izquierda, agarró la mecha; con la derecha, la cortó con cuchillo. Naya agarró el carro por el eje y lo volteó hacia una zanja nueva que el pueblo había cavado de prisa. La mecha apagada humeaba como serpiente contrariada.

Márquez se quedó sin trueno. Quiso sustituirlo con voces. Gritó “¡Al asalto!” y avanzó creyendo que detrás vendrían hombres. Algunos vinieron, otros no. Los que vinieron encontraron una pared de gente defendiendo agua: mujeres con piedras, viejos con palos, jóvenes con rifles prestados. Y al frente, una mujer gigante con bandana roja, y a su lado un hombre de sombrero fedora, uno con una daga y otro con un revólver, ambos con la misma cosa en los ojos: límites.

La pelea cuerpo a cuerpo se volvió barro y gritos. La ley, en esas circunstancias, se sienta a mirar desde algún lugar alto y suspira. Márquez, enfrentado por primera vez a resistencia digna sin chaleco de papel firmado, reculó. Vio a Jack, lo vio vivo y terco; vio a Naya, la reconoció de historias mal contadas. Escogió el caballo. Huyó.

La lluvia, que nadie había invitado pero que todos esperaban, cayó con una decencia que parecía milagro. El barro tragó la pólvora, el agua limpió sangre, las caras se lavaron con lágrimas que no pedían permisos. Los mercenarios se disolvieron como sal en charco; algunos huyeron, otros entregaron armas, uno se arrodilló sin lenguaje.

Jack se dejó caer en el borde del arroyo. Naya se le acercó, la bandana descolorida por el sudor y el agua, la respiración aún alta.

—Sigues huyendo —dijo ella, sin reproche.

—Y tú sigues quedándote —respondió él, con envidia buena.

—Tú sigues volviendo —corrigió ella, y eso, en la frontera, es otra forma de quedarse.

El juez, empapado, buscó el pergamino. El agua lo había vuelto pulpa. A veces el cielo decide el fallo.

La mañana siguiente trajo, además de barro seco, un mensajero con acento de Santa Fe y botas más honestas. Traía un pliego nuevo, esta vez firmado por una mano distinta: la del gobernador territorial. El Coronel Márquez había sido destituido por “abuso de autoridad” (palabras suaves para un hombre duro); el juez itinerante, retirado; la concesión, revocada. ¿Justicia? ¿Conveniencia política? A nadie le importó más que a quien debía importar: la gente que bebía.

El mensajero pidió ver a la “señora Naya” y al “señor Jack Harlen”. Los encontró junto al arroyo, ella con los pies en el agua como niña, él limpiando su revólver con un trapo que había sido camisa.

—Traigo cartas —dijo—. Y una oferta.

Primero, una carta para Naya: un documento de reconocimiento informal (lo único posible) de su comunidad como protectora de ese tramo de agua. No valía más que el respeto del mensajero, pero valía eso, y a veces ese es el primer ladrillo. Luego, una carta para Jack: un indulto condicional por el asunto de Tombstone, condicionado a dos años de servicio como “agente libre” para misiones donde la ley llega tarde. Jack se rió. No por desprecio; por lo absurdo coherente.

—Miren —dijo el mensajero—. No les estoy vendiendo espejos. Les estoy diciendo que hay puertas que se abren si empujan juntos.

Naya y Jack se miraron. No necesitaban hablar mucho. Ella apretó el papel con dedos de cazadora; él guardó el suyo sin prometer nada. El giro no era un “final feliz”: era un corredor.

Tiffany —la muchacha del pueblo que había gritado “PR” en otra vida de otra historia— no existía aquí, pero sí existía su equivalente: una mujer del pueblo llamada Luz, que la noche anterior había plantado cara a los hombres del coronel con una pala en mano. Luz propuso algo simple: levantar una escuela bajo la sombra de los álamos, para enseñar a leer papeles… y ríos. Naya ofreció historias y alfabetos en apache; Jack, mapas y la manera de leer huellas en papeles y en arena. El pueblo, cansado de elegir entre resignarse y pelear, escogió una tercera vía: organizar.

El giro también llegó en pequeño: el hombre de la cicatriz diagonal, herido en el hombro malo —justicia poética—, fue encontrado arrastrándose hacia el camino. Naya lo miró sin odio, como se mira a un perro que ha mordido porque nació encadenado. Podía haberlo rematado. No lo hizo. Mandó que le vendaran el hombro y lo dejaran ir con el brazo colgando y la memoria clavada. A veces el castigo que sirve es la vergüenza de seguir vivo.

A la semana, el pueblo ya tenía una compuerta mejor hecha, esta vez con un mecanismo que no dependía de cuerdas que un hombre solo pudiese abrir. Tenía también un tablón con reglas: agua primero para beber, luego para animales, luego para cultivos; nadie se lleva más de lo que trae de vuelta. Jack lo leyó con gusto, como quien ve una ley que sí está escrita por los que la van a cumplir. Naya le puso un dibujo en la esquina: un cuervo y una mano abierta.

—¿Qué significa? —preguntó él, sin ironía.

—Que hay pájaros que no son malos augurios —dijo ella—. Y que hay manos que no aprietan el cuello, sino que sueltan cadenas.

Jack guardó el dibujo en el interior del abrigo. No era un hombre de recuerdos, pero ese se lo permitiría.

—Me iré mañana —dijo, antes de que el sol se acostara.

—Y volverás cuando el agua se ponga difícil —dijo Naya, no como deseo, sino como lectura de carácter.

—Y si no vuelvo…

—Ya aprendimos a leer —sonrió ella.

La despedida no fue en el arroyo ni en la plaza. Fue en la colina desde la que se veía el pueblo como una caja de fósforos abierta. Sombra pateó el suelo con la impaciencia de quien ya quiere horizonte. Jack subió sin mirar atrás. Naya llegó sin que él la oyera. La bandana roja colgaba de su muñeca como una sangre ya seca.

—Te guardas todo —dijo ella.

—Para que no pese a otros —respondió él.

—Algunas cosas se alivian si se reparten —insistió ella, y le puso la bandana en la mano.

Jack la miró. La dobló. Se la metió en el bolsillo del pecho.

—Si te matan, me enojaré —bromeó ella con una seriedad que sólo la gente que ha enterrado a muchos puede usar.

—Si me matan, no me enteraré —dijo él, y los dos rieron, sonido extraño en dos cuerpos acostumbrados a otros ruidos.

No hubo beso. Hubo una palmada en el hombro sano, una mirada larga, un silencio sin incómodo. Jack espoleó a Sombra. El caballo arrancó como si supiera el camino mejor que su jinete. Naya se quedó de pie, enorme, plantada como un árbol al que el viento respeta por terco. En su rostro, ningún gesto de melodrama; sólo ese brillo de los que saben que el mundo es grande y, aun así, han encontrado su parcela.

San Vicente siguió. El agua corrió por el cauce y por las gargantas. La escuela bajo los álamos se llenó de voces, y las letras se pegaron a las paredes como sombras buenas. Los mercenarios evitaron el pueblo, no por miedo a los rifles, sino por cansancio de perder con vergüenza. El Coronel Márquez se desvaneció hacia el sur, tal vez con otro nombre, tal vez con la misma soberbia; la historia no siempre ajusta cuentas, pero la gente sí aprende a llevarlas.

Desde Chihuahua hasta Santa Fe, se repitió el cuento del Cuervo y la Gigante: cómo se encontraron en un poste, cómo incendiaron una guarida, cómo abrieron una compuerta, cómo dejaron vivir a un hombre que se fue con el brazo colgando y la cabeza pesada. En los salones, se adornó; en los fogones, se afiló; en las aulas bajo álamos, se enseñó como ejemplo: el desierto se conquista con justicia lenta y valentía rápida.

La última vez que alguien dijo ver al Cuervo, fue en un cruce de caminos donde un viejo de ojos grises dejó caer una moneda en el sombrero de un guitarrista, y éste, sin saber por qué, tocó una melodía que sonaba a agua. La última vez que alguien dijo ver a Naya, fue a la orilla de un lago alto, enseñando a un niño a lanzar piedras para que saltaran. Las piedras saltaron tres veces. El niño rió. El agua, agradecida, devolvió la risa en reflejos.

El sol de Nuevo México siguió azotando como látigo; el viento siguió arrastrando arena como cuchillas. Pero, en una roca junto a la vieja cueva del Toro, oxidada por años, la marca de una daga aún decía sin voz: por mi gente. Y cerca, grabado torpemente con la punta de un cuchillo, un dibujo de pájaro negro y una mano abierta contaba otra parte de la historia.

Hay cadenas que se rompen con llaves; otras, con decisiones. Y hay libertades que no se anuncian: se viven. Como la de un pistolero que odió las cadenas lo suficiente como para soltar más de las suyas; como la de una gigante que aprendió a quedarse para que los demás no tuvieran que huir.

En la frontera, a veces, eso es todo.