
Diez días. Eso fue lo que duró la ilusión antes de romperse. Diez días después de casarse, Tomás vio a su esposa Lucía salir del trabajo y subir a un motel de Ecatepec con otro hombre. La misma mujer que sonreía en la foto de la boda, rodeada de globos y sillas de plástico en el patio humilde de la suegra, ahora bajaba de un sedán ajeno y entraba de la mano con Adrián, el supervisor de la papelería. Lo que comenzó como un sueño sencillo —una ceremonia civil, un cuarto prestado, la ilusión de construir algo juntos— terminó en una madrugada de disparos frente al letrero de neón de un motel. Tomás no gritó. No hubo discusión. Solo el ruido seco del metal, el silencio después y dos cuerpos en camillas cubiertas mientras las luces de la patrulla iluminaban su rostro. Ahora, esposado, con la mirada vacía.
Tomás había conocido a Lucía en 2016, en un paradero de microbuses sobre la avenida central, pleno corazón de Ecatepec. Él volvía de una obra en Nezahualcóyotl, pantalones manchados de cemento y manos ásperas; ella, de la papelería, con la bolsa de mandado al hombro y el cansancio en la cara. Se miraron porque el camión tardaba, porque hacía calor, porque así funciona a veces la vida de barrio: dos que esperan lo mismo terminan cruzando palabra. La primera charla fue breve; alcanzó para que Tomás pidiera el número. Lucía tenía 32, vivía con su mamá en una casa de block y lámina, y soñaba con algo más estable que vender catálogos los fines de semana. Tomás tenía 40, albañil de toda la vida, turnos de guardia cuando salía, poco más que constancia y ganas.
Empezaron a salir: taquerías baratas, domingos en casa de ella, carnita asada en patio de familia. No había lujos, sí una rutina que a Lucía le parecía suficiente. Tomás era trabajador, no bebía seguido, cumplía horarios. Pero había un detalle: los celos. Desde el principio, él revisaba la hora de salida del trabajo, preguntaba con quién hablaba, torcía el gesto si la veía arreglada. Lucía lo justificaba: “es porque me quiere”. Después de tres años, en 2019, decidieron casarse. No alcanzó para fiesta grande: apenas el registro civil y algo sencillo en el patio. Pastel chico, globos de colores, papel picado, sillas de plástico verdes. Tomás con traje prestado, camisa blanca y cordón rojo con crucifijo; Lucía con vestido blanco sin vuelo, chongo bajo y ramo comprado en el tianguis. La foto: una pareja sonriente, familia alrededor, pared blanca de fondo y el desorden alegre de lo humilde. “Por fin casados”, subieron al estado de WhatsApp. Nadie imaginó que sería la última imagen de algo que parecía funcionar.
Tras la boda, la realidad pesó. No había para renta; la mamá de Lucía ofreció acomodar un cuarto atrás del patio: piso de cemento, cama usada, ropero viejo, una cortina por puerta. Sin privacidad. Se escuchaban conversaciones, ladridos, la tele del vecino. Lucía agradeció, pero por dentro sintió que nada cambiaba: misma colonia, misma dinámica, mismas rutinas. Tomás esperaba estabilidad, menos salidas, más casa. Lo que ninguno anticipó fue que, justo cuando todo parecía amarrado, la vida de Lucía ya estaba dividida en dos.
Meses antes, la papelería tuvo cambios: el dueño, mayor, trajo a alguien joven para el cierre y la caja fuerte. Llegó Adrián, 35, soltero, sedán Nissan Tsuru blanco, polo planchada, cabello con gel. No era guapo de revista, pero tenía esa seguridad que impresiona. Al principio, relación laboral: él llegaba a las seis, hacía corte; ella pasaba ventas. Saludo cortés y a lo suyo. Con el tiempo, charlas más largas. Adrián preguntaba cómo había ido el día, si había planes; Lucía respondía natural, reía, se desahogaba del estrés de catálogos y de seguir viviendo con su mamá. Adrián escuchaba, no juzgaba, no interrumpía, no decía “exageras”. Eso le gustó. Con Tomás, cualquier comentario derivaba en interrogatorio: quién estuvo, por qué tardó, por qué arreglarse “si solo vendes libretas”. Con Adrián, él llevaba un café del Oxxo, preguntaba por series, mandaba memes. Nada del otro mundo, pero en la rutina gris, esos detalles brillaban.
Un viernes, cerraron y Adrián le ofreció llevarla. Ella dudó, aceptó. Manejo tranquilo, música suave, charla ligera. Lucía se sintió cómoda. Bajó rápido al llegar, algo había cambiado: esa sensación de ser vista y escuchada sin dar explicaciones. Los viajes se volvieron costumbre; dejaron de hablar solo de trabajo. Él contó una ruptura; ella confesó los controles de Tomás y el miedo a sus reacciones. Adrián no dijo “déjalo”, solo algo que se le quedó: “Mereces algo mejor que vivir con miedo.”
Él sugirió —casi en broma— verse fuera del trabajo, en un lugar tranquilo. Lucía entendió, no dijo que no. Una semana después, con Tomás de guardia nocturna en Tlalnepantla, Lucía envió mensaje. Quedaron en un motel discreto de la autopista Texcoco-Lechería: cocheras cerradas, neón que nadie mira dos veces. Lucía llegó nerviosa; Adrián la esperaba. La primera vez fue rápida, casi sin palabras. Luego vino la segunda y la tercera. Martes y viernes, cuando Tomás trabajaba, Lucía inventaba excusas: inventario, cuentas por cuadrar, cierre tardado. Adrián la recogía a dos cuadras; manejaban en silencio al motel; una o dos horas; luego la dejaba cerca de casa. No hubo promesas de futuro ni planes de separación: solo esa hora robada donde Lucía se sentía libre.
El día de la boda, Lucía llevaba meses viéndose con Adrián. Caminó al registro civil, sonrió, partió el pastel, abrazó a su mamá. Por dentro, una parte sabía que construía una mentira enorme; la otra, cansada de celos y del cuarto prestado, decidió que podía manejar ambas cosas por un tiempo.
Los primeros días de casados fueron raros. Tomás esperaba que Lucía se quedara más, que cocinaran juntos, que tomaran forma los “dos”. Pero la rutina siguió igual. Ella salía temprano, volvía tarde, cenaba rápido, se bañaba sin ganas de platicar. Tomás notó el celular siempre en mano, bloqueado apenas él se acercaba, sonrisas mientras escribía. Conocía esas señales. No quiso creer. Prefirió pensar en estrés y cansancio. Pero cada noche con “cierre tardío” la desconfianza crecía. Una tarde, mientras ella se bañaba, él vio el teléfono con una notificación; intentó desbloquearlo: contraseña. Antes no lo tenía. Dejó el aparato y la idea clavada: ella estaba ocultando algo.
Los vecinos no ayudaron. Una clienta comentó: “Vi a tu esposa subirse a un carro blanco. ¿Ya tienen coche?” Él dijo que era Uber. Otro día, un compañero mostró un video de carros entrando al Motel Paraíso; el letrero de neón le pareció familiar sin saber por qué. Lucía seguía dividida: en casa, esposa callada; con Adrián, otra persona. Reía, hablaba, soñaba con cosas que no tendría con Tomás. En el motel se sentía “solo Lucía”, no la esposa del albañil celoso ni la hija en casa de su madre. Una noche, después de estar juntos, Adrián preguntó si pensaba separarse. Ella dijo: “No sé, es complicado. Mi mamá se muere, la gente habla, ¿a dónde me iría?” Él no insistió. Los dos sabían que no duraría para siempre.
Tomás dejó de sospechar y pasó a observar. Memorizó horarios, anotó inconsistencias, se preparó para confirmar lo que en el fondo ya sabía.
La confirmación llegó exactamente diez días después de la boda. Tomás tenía guardia nocturna en una bodega de materiales en Tlalnepantla. Pagaban doble; andaba corto tras la ceremonia. Salió a las siete, besó a Lucía en la frente, dijo que volvía por la mañana. Ella asintió, fingió preocupación: “Cuídate.” En la terminal de camiones, un mensaje: “Se canceló el turno. Te aviso la próxima.” Tomás se quedó parado con la mochila y la mente acelerada. Podía volver y sorprenderla. O podía hacer lo que llevaba días queriendo: ir a la papelería y confirmar si realmente se quedaba hasta tarde. Eligió lo segundo.
Tomó un micro a Ecatepec, bajó tres cuadras antes, caminó despacio. Eran casi las nueve: luces apagadas, cortina abajo, vacío. Un pinchazo en el pecho. Si dijo que cerraba tarde, ¿por qué el local estaba cerrado? Esperó recargado en un poste. Veinte minutos después, un Tsuru blanco se estacionó en la esquina contraria. Bajó un hombre con polo y jeans, revisó el celular. Tomás no lo conocía. Vio a Lucía aparecer, bolsa grande al hombro, cabello suelto, labios rojos que no usaba en casa. Se saludaron con naturalidad. Ella subió, el hombre arrancó. El mundo se le vino encima. No gritó, no corrió. Sacó sus llaves, subió a su Chevy Monza viejo y los siguió.
Pasaron por Oxxo, depósito, taquería; Tomás a tres autos, manos apretadas al volante, corazón retumbando. Veinte minutos después, el sedán tomó la lateral del Motel Paraíso, el mismo del video. Vio al Tsuru entrar por la cochera, al encargado señalar número, la reja cerrar. Tomás se quedó afuera, en una calle paralela oscura, con la vista clavada en el neón rojo y azul. No necesitaba entrar. Se quedó más de una hora fumando cigarros que no solía fumar, mordiéndose los nudillos, rabia y humillación ardiendo. Cuando el Tsuru salió, cerca de las once, vio a Lucía arreglarse el cabello, a ambos reír. Parecían cómodos, ajenos. Tomás arrancó en otra dirección para no ser visto. Condujo sin rumbo, acabó frente a un six, compró cervezas, se las tomó solo sobre el cofre mirando las luces. No lloró. Solo vacío y certeza helada: lo habían traicionado. “Y no se va a quedar así”, pensó.
Volvió a las tres de la mañana. Lucía dormía, o fingía. Se acostó lejos, no durmió. El techo de lámina y la escena del motel se repitieron en bucle.
Al amanecer, Lucía preparó café, ofreció pan, preguntó por la guardia. Tomás contestó monosílabos. Ella se arregló, besó su mejilla, salió. Durante días, Tomás no la confrontó ni mostró las fotos tomadas de lejos. La estudió. Anotó en un cuaderno viejo los “cierres” de martes y viernes; memorizó el horario del Tsuru (8:30–9:00); confirmó que el motel estaba a 15 minutos y que la salida daba a una calle oscura. Hizo preguntas casuales: ¿quién cierra?, ¿cómo se llama?, ¿de dónde es? “Adrián, de Puebla. Buena onda. Me ayuda con el corte.” Ya tenía nombre y cara.
Una tarde fue a ver a un amigo de adolescencia, ahora en seguridad privada con contactos de armas. Dijo estar nervioso por asaltos en la zona; “necesito algo para defenderme”. El amigo ofreció una pistola calibre .22 usada, sin papeles. Tomás pagó en efectivo, la envolvió en una playera y la escondió en una caja de herramientas. También comenzó a pasar noches cerca del motel, observando: calle trasera sin cámaras, salida habitual por el mismo acceso, encargado siempre en caseta. No sabía exactamente para qué quería todos esos detalles, pero los reunió como piezas de un rompecabezas.
Mientras tanto, Lucía siguió con sus dos vidas. En el motel, Adrián preguntó si se separaría; ella dijo “no sé”. Ellos ignoraban que Tomás ya no era un hombre herido, sino uno con plan: motel, calle oscura, pistola, y una fecha marcada: el viernes.
El viernes llegó con calor pegajoso. Tomás amaneció sin dormir. Lucía se maquilló más, blusa nueva, perfume en el cuello. Él observó en silencio. Ella sonrió: “Hoy inventario; llego tarde.” Él asintió. Cuando se cerró la puerta, Tomás sacó la caja, revisó la pistola, cargada. Se puso sudadera oscura con capucha y salió sin despedirse. Subió al Chevy, fue a la papelería, se estacionó tres cuadras antes, con vista a la esquina. Esperó. A las 8:30, el Tsuru apareció. Adrián bajó, revisó celular, esperó. Diez minutos después, Lucía salió con la bolsa y la sonrisa que Tomás ya no recordaba en casa. Subió, arrancaron. Tomás los siguió, ahora más cerca, sin esconderse. Su mente se vació en un loop: la foto del patio, el vestido blanco, los votos, las promesas rotas en menos de dos semanas, el nudo en la garganta y una frialdad nueva: algo se había apagado.
El Tsuru entró al Motel Paraíso. Tomás siguió de largo, dio la vuelta, se estacionó en la calle lateral conocida, apagó el motor, bajó la capucha, respiración agitada, mano en el arma. Pasó una hora. Pensó en su madre muerta cuando era chavo, en años cargando blocks al sol, en cada “te quiero” que Lucía respondía “yo también” sin mirarlo, en Adrián, camisa limpia y coche, “seguro nunca peleó por nada”, y en lo que haría cuando ese carro saliera.
A las 22:47, la reja se abrió y el Tsuru salió con luces bajas. Tomás arrancó, se puso en paralelo y, en la esquina oscura elegida, cerró el paso. Adrián frenó, confundido. Tomás bajó con capucha y pistola. Golpeó el vidrio del conductor con el cañón. Adrián levantó las manos, asustado. Lucía tardó un segundo, reconoció la voz que exigía “el celular, la cartera”, murmuró el nombre: “Tomás”. Fue lo último que dijo antes de que todo se volviera ruido. Tomás no planeaba hablar. No quería explicaciones. Quería que terminara. Apuntó a Adrián: dos disparos. Giró hacia Lucía, que alzó las manos: otros dos. Sonido seco, anticlimático. Sin gritos prolongados. Olor a pólvora. Silencio. Tomás corrió al coche, manos temblorosas, mente en blanco. Arrancó sin mirar atrás. Dejó el Tsuru con puertas entreabiertas, luz interior encendida y dos cuerpos desplomados.
Las luces de las casas se encendieron. Vecinos salieron. Un señor de sesenta se asomó, retrocedió, marcó al 911, voz temblando: “Un hombre y una mujer heridos, sangre por todos lados.” La patrulla llegó en diez minutos. Revisaron, pidieron ambulancia. Paramédicos sacaron a Adrián, intentaron estabilizar, luego a Lucía, sudor en el rostro, ojos cerrados. Las posibilidades eran mínimas. La calle se llenó de gente, celulares grabando, rumores: “Fue en el motel”, “Seguro casada y el marido se enteró”. Cinta amarilla, el neón del Paraíso como testigo mudo.
Adrián y Lucía fueron trasladados al hospital de Ecatepec. Los médicos hicieron lo posible. Adrián murió media hora después. Lucía aguantó más, pero también falleció antes del amanecer: shock hipovolémico y lesiones múltiples por arma de fuego.
Mientras tanto, Tomás condujo sin rumbo, dejó el carro en una colonia desconocida, compró agua, se sentó en la banqueta. Manos sucias, sudadera manchada, mente fragmentada. No podía creer lo hecho; al mismo tiempo, sentía un alivio extraño: había cerrado un capítulo de una forma que no supo cerrar de otra manera. Con el sol saliendo, decidió volver. Manejò a casa de la suegra, se estacionó, entró al cuarto, ocultó la sudadera en una bolsa negra, se lavó, se acostó. Cuando la mamá de Lucía tocó preguntando por su hija, dijo que no sabía, que había salido a trabajar y no volvió.
Dos horas después, la policía llegó con la noticia oficial: Lucía había sido asesinada con un compañero de trabajo. La mamá se desplomó, gritó, lloró. Tomás fingió sorpresa, se cubrió la cara, preguntó qué pasó. Los policías observaron sus reacciones y pidieron que estuviera disponible para declarar.
La Fiscalía del Estado de México tomó el caso. La escena era clara: dos muertos en vehículo cerca de motel, sin robo aparente. Descarta asalto. Identificaron a las víctimas: Adrián Méndez Paredes, 35; Lucía Ramírez Torres, 32, casada, ambos empleados de la misma papelería. El matrimonio reciente llamó la atención: diez días. Cruzaron datos: Tomás Villegas Cruz vivía con Lucía.
Revisaron cámaras del motel. El dueño colaboró. A las 21:03, el Tsuru entró; Adrián manejaba, Lucía copiloto, ambos sonreían. Otra cámara mostraba a Lucía en toalla en el pasillo, riendo con Adrián. La salida a las 22:47. Lo más importante: una cámara de un negocio cercano captó un segundo vehículo cerrando el paso al Tsuru en la calle lateral: un Chevy Monza verde oscuro. Las placas no legibles, pero modelo y color coincidían con el auto de Tomás. Revisaron antenas de telefonía: el celular de Tomás estuvo en la zona del motel casi dos horas, entre 20:30 y 23:10, justo en el rango del crimen. Contradecía su versión de “estar en casa”.
Cuando lo llevaron a declarar “como testigo”, Tomás estaba sentado en una silla de plástico mirando al vacío. En la Fiscalía, preguntas básicas: dónde estuvo, a qué hora vio a Lucía, si sabía de Adrián. Tomás dijo que estuvo en casa, que Lucía salió a trabajar, que no conocía a ningún Adrián. Le mostraron las imágenes: Lucía entrando con otro, Lucía en toalla riendo. Algo cambió: apretó puños, miró abajo, respiró hondo. Luego, el mapa de antenas: su teléfono en la zona a la hora clave. Tomás intentó justificarse: “Salí a dar una vuelta, estaba preocupado, pasé por ahí, no vi nada.” La historia era débil. La pregunta directa: “¿Usted mató a su esposa y a Adrián Méndez?” Silencio largo. Voz quebrada: “Ella me humilló. Me casé hace diez días y ya me engañaba. ¿Qué esperaban que hiciera?” No fue una confesión completa, pero bastó. Lo arrestaron formalmente, le leyeron derechos, le pusieron esposas, lo fotografiaron con la sudadera oscura. Esa imagen —Tomás esposado, mirada perdida, el motel de fondo— circuló en medios locales. La misma cara de la foto del patio, pero rota, vacía, sin traje ni crucifijo. Un hombre que destruyó tres vidas, incluida la suya.
Meses después comenzó el juicio en el Tribunal Superior de Justicia del Estado de México. Lo acusaron de doble homicidio calificado con agravantes de premeditación, ventaja y alevosía. La fiscalía argumentó planeación: arma ilegal, vigilancia del motel, elección de lugar y momento, simulación de asalto, sin oportunidad de defensa. Presentaron pruebas: grabaciones del motel, antenas, video del Chevy cerrando el paso, testimonios de vecinos, y el arma hallada días después en un baldío con huellas de Tomás. Lo más contundente: las imágenes del motel. Lucía viva, sonriendo, entrando de la mano con Adrián; Lucía en el pasillo, en toalla, relajada, ajena al destino. La fiscal subrayó: la infidelidad no justifica el asesinato. No hubo amenaza ni legítima defensa. Hubo un hombre que decidió que la vida de dos personas valía menos que su orgullo herido.
La defensa intentó un delito pasional: traición descubierta a los diez días, impacto devastador, cualquiera en su lugar “habría sentido lo mismo”. Informes psicológicos: baja autoestima, dependencia emocional, celos patológicos, alteración mental temporal. Peritos de la fiscalía contraargumentaron: no fue impulso. Esperó días, consiguió arma, planeó lugar y hora. Si hubiera sido arrebato, la habría confrontado en casa. Eligió el motel, la calle oscura, simular un asalto. Eso es premeditación.
Tomás declaró con voz temblorosa. Contó cómo conoció a Lucía, la boda, el derrumbe en diez días. Dijo que la siguió para confirmar, que no planeaba matar, que quería hablar. Le proyectaron de nuevo el motel. Cambió el tono: “Ella me humilló. ¿Cómo iba a vivir sabiendo que todo el barrio se reía de mí?” Esa frase selló su destino.
El jurado deliberó dos días. Lo declaró culpable de doble homicidio calificado. La sentencia: 45 años de prisión, sin reducción por buena conducta los primeros 15. Reparación económica a las familias de Lucía y Adrián —que nunca podría pagar.
Cuando el juez leyó el veredicto, Tomás no reaccionó: manos esposadas sobre la mesa, mirada fija. La mamá de Lucía salió llorando. La familia de Adrián, discreta, asintió en silencio. La justicia llegó, pero no devuelve a los muertos.
Tomás fue trasladado al CERESO de Ecatepec, “El Cereso”, penal de mediana seguridad, sobrepoblado, celdas compartidas, rutina estricta. Dejó de ser el albañil celoso para volverse un número. Los primeros meses fueron duros: casi no hablaba, permanecía acostado mirando el techo de concreto. Otros internos lo reconocían: “el que mató a la esposa en el motel”. Algunos lo respetaron por eso; otros lo despreciaron. Hubo peleas menores. Aprendió a mantenerse callado, a no meterse en problemas, a cumplir tareas. Iba a cultos evangélicos los domingos, cantaba himnos, escuchaba prédicas, pedía oración.
En una carta sin destinatario meses después, escribió: “Sé que lo que hice estuvo mal, pero también sé que ella me traicionó. No justifico lo que pasó, pero tampoco puedo olvidarlo.” Una mezcla de arrepentimiento y resentimiento sin resolver. La mamá de Lucía intentó visitarlo una vez, al año del juicio. Quería entender. Aceptó la visita. Frente a frente, separados por acrílico, no supieron qué decir. Ella lloró en silencio. Él miró abajo, mordiéndose los labios. Ella se fue sin despedirse. No volvió. La familia de Adrián no quiso contacto: hablar del caso reabría heridas. Adrián había sido hijo único, trabajador, cometió el error de involucrarse con una mujer casada y le costó la vida. En su casa dejaron de decir su nombre. Era más fácil recordarlo como “el que ya no está”.
En 2024, cinco años después, Tomás sigue en el Cereso. Envejeció rápido: canas prematuras, arrugas profundas, piel curtida por el sol del patio. Trabaja en carpintería: muebles simples que se venden fuera. Gana poco: alcanza para cigarros y llamadas esporádicas a un primo. De la foto del patio con traje barato y crucifijo rojo no queda nada. Esa imagen está en una caja en la casa de la mamá de Lucía, junto a otras fotos de la boda que nadie quiere ver. Para ella es imposible conciliar al yerno sonriente con el hombre que mató a su hija diez días después. Doble duelo: perdió a Lucía y la idea de que “alguna vez hubo algo bueno”.
El caso fue noticia una semana en portales de Ecatepec, comentarios en redes, nota roja en radio. Luego, como todo en una ciudad con violencia alta, fue desplazado por otros crímenes. Para quienes no lo vivieron, es una anécdota: “¿Te acuerdas del que mató a la esposa en el motel?” Para las familias, es una herida abierta.
La mamá de Lucía sigue en la misma casa de block y lámina. El cuarto del fondo —donde dormían Lucía y Tomás— está cerrado con candado desde que la policía se llevó cosas como evidencia. Las sillas verdes de la boda se regalaron; los globos se desinflaron hace años. Ella limpia casas en silencio. Los vecinos saludan con respeto y evitan preguntar: conocen la respuesta. En las fiestas, cuando alguien habla de bodas, ella se levanta y se va.
El dueño de la papelería cerró seis meses después. Dijo que no era rentable; la verdad: no quería estar atado a esa historia. El local fue una tienda de celulares, luego una estética, ahora un depósito de refrescos. Nadie recuerda que ahí comenzó todo. El Motel Paraíso sigue. Cambió de nombre un tiempo, luego volvió. Cocheras techadas, cuartos numerados, neón rojo y azul. La vida sigue. En 2022, Tomás envió una carta al periódico: pidió perdón, reconoció gravedad, dijo que nadie entiende “lo que se siente ser traicionado así”. El editor no la publicó: romantizaba el crimen y justificaba lo injustificable.
En 2023 solicitó traslado a otro penal: problemas de convivencia. Negado. En 2024 pidió acceso a un programa de reinserción laboral con salida diurna y retorno nocturno. Negado. Le quedan cuarenta años. Si sale, tendrá 85, sin familia, sin amigos, sin nada.
No hay moraleja. No hay lección reconfortante. Solo tres vidas destruidas: dos que acabaron en camillas cubiertas frente a un motel, y una detrás de cuatro paredes de cemento que repasa siempre las mismas imágenes: el patio con globos, el vestido blanco, la sonrisa de Lucía, el Tsuru entrando al motel, los disparos, el silencio después.
Cinco años después, queda una colección de objetos y recuerdos que nadie quiere tocar. La foto del patio con Tomás y Lucía, sonriendo frente a las sillas de plástico, está en una caja en casa de la mamá de ella, junto al acta de matrimonio y un ramo de flores secas. Nadie la mira: duele reconciliar esa felicidad con lo que pasó diez días después. El vestido blanco fue donado a una iglesia que reparte ropa. La madre no soportaba verlo colgado. El traje de Tomás, con el crucifijo rojo, fue quemado en el patio en 2020, buscando “sacar lo malo” de la casa. No sirvió: el vacío siguió ahí.
Adrián está enterrado en el panteón municipal, fosa sencilla sin lápida elaborada: cruz de madera con nombre y fechas. Sin ceremonia grande: un padre anciano, una hermana desde Puebla, unos compañeros. Con el tiempo, visitan solo en su cumpleaños y Día de Muertos: flores, rosario rápido, y se van. Lucía está a tres filas de distancia: placa con su nombre, foto de cuando tenía 20, “siempre en nuestro corazón”. Su mamá va cada domingo: limpia, cambia flores, se sienta y le habla de barrio, vecinos, cosas pequeñas que a Lucía le importaban. Nunca menciona a Tomás.
En el Cereso, Tomás se levanta a las seis, desayuna avena aguada, trabaja en carpintería hasta mediodía, come frijoles con tortillas, siesta, culto a las cuatro, cena lo que haya y a las nueve se acuesta. Días calcados. A veces recibe cartas de un primo; responde poco. En 2024, ante un trabajador social, admitió por primera vez arrepentimiento: no por descubrir la traición, sino por su reacción. “Debí irme. Debí dejarla. Debí aguantar la humillación y seguir. No pude. Ahora estoy aquí. Y ellos están muertos. Y nada se puede cambiar.” El trabajador social lo anotó; no comentó. Lo había oído antes. El arrepentimiento tardío es común en prisión. No devuelve a los muertos.
La papelería ya no existe. El Motel Paraíso sigue con el mismo neón. La calle lateral tiene un poste de luz nuevo, instalado tras quejas de inseguridad. Ecatepec continúa: microbuses repletos, vendedores, obras, familias que madrugan. Para la mayoría, este caso es “una historia más”. Para quienes aparecen en las fotos —el patio con globos, el motel con ambulancia, la sala del tribunal— es un recordatorio permanente de que decisiones tomadas en segundos pueden arrasar vidas enteras. No hay justicia que repare eso. No hay condena que lo deshaga. Solo quedan los pedazos: una caja con fotos que nadie mira, una tumba que se visita los domingos, un hombre que cuenta años, y una ciudad que ya olvidó sus nombres.
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