Sorpresa en el escándalo Payarola: Yanina Latorre coincidió con Mauro Icardi y respaldó su descargo
El caso impactó de lleno en el conflicto familiar que expuso Mauro Icardi y reavivó cruces mediáticos

Tras varias denuncias por presuntas estafas, Nicolás Payarola fue detenido y la Justicia dispuso su prisión preventiva, una medida que implica su traslado a un penal. La decisión judicial tuvo una rápida repercusión pública, especialmente por la reacción de Mauro Icardi, quien celebró la resolución y responsabilizó al abogado por el tiempo que estuvo separado de sus hijas. En el plano mediático, Yanina Latorre respaldó al futbolista, aunque tomó distancia de Wanda Nara dentro de la controversia.
A través de sus redes sociales, Icardi expresó su enojo y apuntó directamente contra Payarola por el impacto que, según él, tuvo su accionar en el vínculo con sus hijas. “No me olvido del sufrimiento que le hiciste pasar a mis hijas. Ser el cómplice principal de alguien que quiere separar a un padre de sus hijas no es estrategia, es crueldad”, escribió el delantero en un mensaje que rápidamente se viralizó.

En la misma línea se manifestó Yanina Latorre, quien coincidió con el planteo del futbolista y reforzó su postura desde su rol de panelista. “Es verdad, este tipo no vio a sus chicas durante un año por culpa de Payarola”, sostuvo. Más tarde, fue aún más explícita al sumar: “Coincido en cada palabra”, en referencia directa al descargo de Icardi. Informa Voces Críticas.
Sin embargo, la conductora buscó despegar a Wanda Nara de la responsabilidad directa en el conflicto. “Si él era un abogado serio y Wanda pretende este escándalo, le recomienda que no, como le pasa ahora. […] Yo se lo dije, pero a ella le gustan estas cosas”, afirmó, en un análisis que mezcló crítica profesional y opinión personal. En ese mismo tono, agregó una frase contundente: “Ella tenía un abogado de m…, que con la mujer le tiraban de las patitas”.
Latorre también cuestionó con dureza algunas declaraciones públicas que habría realizado Payarola durante el proceso judicial. “Payarola ha llegado a decir que el juez Hagopián estaba pagado por Mauro, no podés ensuciar a un juez así”, remarcó. Además, coincidió nuevamente con Icardi al confirmar que, tras los peritajes realizados al celular del abogado, aparecieron conversaciones comprometedoras: “Hay de todo”.
En el plano estrictamente judicial, la prisión preventiva ya fue solicitada y, según informó el periodista Gustavo Méndez, Payarola será trasladado al penal de máxima seguridad de Sierra Chica, mientras aguarda un cupo en la cárcel de La Plata. En paralelo, su abogado defensor, Luciano Locatelli, presentó la renuncia. Sobre este punto, José Vera, uno de los denunciantes, aportó un dato relevante: “Ahora, yo sé que la familia venían viendo, analizando y haciendo interconsultas con otros profesionales. Payarola, además, tenía intervención en su defensa, no era alguien pasivo que los abogados le indicaban por dónde ir”.
News
Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un…
Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la…
El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión…
Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan…
Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre…
El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma…
End of content
No more pages to load






