¿ Favoritismo? A solo días de la final, Telemundo sacude con esta sorpresiva medida en la #lacasadelosfamososallstars,
La edición All-Stars de La casa de los famosos entra oficialmente en su etapa final.
Ocho celebridades siguen compitiendo por el gran premio de 200 mil dólares que será entregado el lunes 2 de junio.

Entre los finalistas destacan Niurka Marcos, Rey Grupero, Caramelo, Rosa, Paulo Quevedo, Alfredo Adame y Luca Onestini, quienes se mantienen firmes en la lucha por llegar hasta el último día.
El reality, conducido por Jimena Gállego y Javier Poza, ha captado la atención del público gracias a sus dinámicas, enfrentamientos y momentos cargados de emoción.

Con el desenlace cada vez más cerca, la competencia se intensifica, generando más tensión entre los participantes que buscan asegurar su lugar en la gran final.
Uno de los cambios más relevantes de esta recta final es la modificación en la duración diaria del programa.

A partir del lunes 19 de mayo, las galas se reducirán de tres a dos horas. Esta decisión fue tomada por Telemundo con el fin de acomodar en su parrilla nocturna el estreno de su nueva serie Velvet, el nuevo imperio.
La presentadora Jimena Gállego fue la encargada de anunciar el cambio durante una transmisión en vivo en redes sociales.

Aclaró que el programa seguirá comenzando a las 7 p. m. (hora del Este), pero ahora finalizará a las 9 p. m., lo que implicará menos tiempo al aire para las estrategias, conflictos y confesiones que tanto atrapan a la audiencia.
Aunque el recorte de tiempo podría alterar el ritmo habitual del show, el interés del público se mantiene alto.

Cada gala es crucial en esta última etapa, donde las alianzas se ponen a prueba y cualquier error puede costar la permanencia en el juego. Los seguidores están atentos a cada movimiento dentro de la casa.
Por otro lado, Telemundo confirmó durante su evento Upfront que La casa de los famosos tendrá una sexta temporada en 2026.

La noticia fue recibida con entusiasmo por los fans del formato, y Jimena Gállego expresó su emoción en redes sociales, aunque también comentó entre risas: “Ahora esperemos que aquí siga yo”, dejando en el aire su participación en la próxima entrega.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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