Sergio Mayer revela la razón de la separación de Bárbara Mori
Por primera vez, Sergio Mayer confiesa qué sucedió en su matrimonio con Bárbara Mori que ocasionó el divorcio.
En los años 90, Bárbara Morí y Sergio Mayer se conocieron y al poco tiempo, en 1997, se casaron; de esa unión nació su hijo Sergio. Cuando los famosos contrajeron nupcias la actriz tenia 17 años y el miembro de Garibaldi 28. El matrimonio solo duró cinco años y la ruptura parecía haber sido en muy buenos términos. Sin embargo, hace poco la protagonista de la serie Dos lunas aseguró que fue muy feliz cuando se divorció.
Ahora, el actor revela la verdadera razón por la que ocurrió la ruptura. “[Barbara Mori] era muy chica, muy joven, tenía 19 o 20 años, empezaba su carrera, yo ya tenía un bagaje”, reveló Mayer en el reality La casa de los famosos [Televisa]. “Yo quería que fuera disciplinada. Tuvo que ver mucho eso. En aquel tiempo yo era muy estructurado y disciplinado, y hay gente que no quiere, que no le gusta”.
El expolítico explicó que quiso ser sobre protector y eso no ayudó en la relación. “Cometí el error de haber sido manager, papá, esposo, porque me convertí como en su papá, la quise proteger”, relató. “Tengo mucho ese pedo [problema]. Así que dije ‘o somos pareja, o soy su papá o soy su manager’, y agarré todos los papeles. Y eso fue un error, un error tremendo mío”.
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Tras su separación, ambos compartieron la custodia de su hijo; incluso, se apoyaban en problemas personales. A la fecha, Bárbara Mori y Sergio Mayer no han dado a conocer de manera pública cuál es el tipo de convivencia que mantienen o si no la hay. Aunque la primera ha reconocido de después de haber estado involucrada en relaciones tóxicas, ahora está feliz con el productor Fernando Rovzar.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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