¡Impactante Reencuentro! Geraldine Bazán y Gabriel Soto Sorprenden al Mundo en la Graduación de Miranda
La imagen de Geraldine Bazán y Gabriel Soto que ha enternecido
Se separaron en 2017, pero Gabriel Soto y Geraldine Bazán siempre se han mostrado inmensamente respetuosos el uno con el otro. Jamás hubo palabras ni gestos negativos de la que fue una de las parejas más especiales de México.
Tener dos hijas, Elisa y Miranda, ha tenido mucho que ver en este respeto y cordialidad.
Con el paso de los años, ese cariño ha seguido manteniéndose vivo y la expareja acaba de regalar a ese público que tanto los quiere, un momento muy especial en lo personal.
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Geraldine y Gabriel.Geraldine Bazán: Jennifer García/Mezcalent; Gabriel Soto: (Photo by Jaime Nogales/Medios y Media/Getty Images)
Ambos lo compartían felices en sus redes sociales, unas imágenes de los dos en el que sin duda será uno de los días más tiernos de su vida.
Su hija pequeña, Miranda, se graduaba, una celebración que les unía con orgullo como padres y que se deja ver en cada una de las fotos publicadas por sus papis. A las mismas les acompañaron palabras de apoyo e inmenso amor como padres.
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“Mi mosquetera chiquita… Hoy cierras un capítulo y abres mil más, igual de increíbles y llenos de magia. Estamos profundamente orgullosos de ti, de esa sonrisa que ilumina el mundo y de ese corazón gigante que, seguro, te va a llevar hasta las estrellas. Sueña, crea, conquista todo lo que te propongas… y que tu luz siga iluminando la vida de todos los que te rodeamos. Te amo infinitamente”, escribió la actriz de Las hijas de la Señora García.

Por su parte, Gabriel también se deshizo en halagos. “Estamos sumamente orgullosos de ti hijita. Nada me da más alegría, felicidad y motivación ver como empiezas a cumplir tus sueños. Te amo con toda mi alma y siempre estaremos contigo para amarte y apoyarte”, anotó el feliz papá.
Un momento en familia que quedó marcado en varias instantáneas que demuestran cómo el amor de padres está por encima de cualquier otra cosa.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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