¡Increíble giro! Famoso talento abandona Univisión y sorprende al firmar con Telemundo

El reciente anuncio de Telemundo sorprendió al público al confirmar la llegada de un talento que era de Univision.
La periodista venezolana debutó en La Mesa Caliente, espacio en el que compartirá escenario con Giselle Blondet, Verónica Bastos, Myrka Dellanos y Andrea Meza.

Con este fichaje, la cadena fortalece su panel y, al mismo tiempo, alimenta la competencia directa con Univision en la lucha por mantener a las figuras más queridas de la televisión hispana.
Casinelli, nacida el 3 de septiembre de 1985 en Caracas, emigró a Estados Unidos en 2001 para continuar su formación académica en periodismo en la California State University.

Desde sus primeros pasos se inclinó hacia la cobertura deportiva, y en 2008 se convirtió en pionera al ser la primera mujer en ocupar el rol de presentadora deportiva en KMEX.
estación afiliada a Univision en Los Ángeles. Ese logro marcó el inicio de una trayectoria ascendente.

Posteriormente, su talento y carisma la llevaron a ESPN, donde trabajó como corresponsal y alcanzó gran prestigio internacional.
Durante esta etapa fue reconocida con un Premio Emmy, lo que consolidó su posición como una voz respetada dentro del periodismo deportivo.

Años después, su salto a Univision la convirtió en un rostro habitual para millones de televidentes a través de República Deportiva y Contacto Deportivo, dos programas que le dieron gran visibilidad y cercanía con la audiencia.
Con más de diez años de experiencia, Lindsay Casinelli ha tenido la oportunidad de cubrir importantes torneos como la Copa América y la Liga de Campeones de la Concacaf.

Ahora, su participación en La Mesa Caliente marca una transición hacia un formato de conversación y entretenimiento, donde pondrá a prueba su versatilidad y capacidad para conectar con un público que ya la reconoce como una de las periodistas latinas más destacadas de su generación.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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