Una reconocida actriz y conductora, quien trabajó en TV Azteca y estuvo a punto de morir luego de un intento de asalto, de nueva cuenta causó sensación entre sus seguidores debido a que este jueves 20 de febrero reapareció en el programa Hoy y confirmó su regreso a Televisa con nuevo proyecto. Se trata de Mariazel, quien este próximo domingo volverá a la pantalla chica con la nueva temporada de la serie que protagoniza, Chócalas Compayito.
La intérprete nacida en Barcelona, España, estudió actuación en el CEFAT, escuela de Azteca, y luego pudo trabajar en la empresa haciendo algunos capítulos del unitario Lo que callamos las mujeres, y actuando en las telenovelas como Machos y Los Sánchez. En aquella época, la española estuvo a punto de morir tras recibir un balazo en el rostro cuando un delincuente intentó robarle sus pertenencias

Desde hace más de una década, Mariazel trabaja en la televisora de San Ángel donde comenzó su carrera como parte del programa Está cañón. La también comediante también estuvo en otros programas como Más Deporte, La Jugada y Me caigo de risa, siendo este último el más exitoso de su carrera. También ha triunfado en realitys como Las Estrellas Bailan en Hoy, donde incluso se volvió hombre y hasta se disfrazó de viejita para presentar sus coreografías al lado de Yurem.

Durante la mañana de este jueves 20 de febrero Mariazel dio una emocionante noticia a sus seguidores, ya que apareció en el programa Hoy anunciando la tercera temporada de Chócalas Compayito. En entrevista con Raúl ‘El Negro’ Araiza y Arath de la Torre, la intérprete de 42 años contó lo feliz que se siente de volver a las pantallas luego de que meses atrás se convirtiera en madre por segunda vez.
Asimismo, Mariazel contó cómo ha sido trabajar al lado de trabajar con Araiza, Rafael Inclán y otros comediantes: “Es difícil, no faltan las risas, es una locura, siempre la pasamos bien, de pronto hay llamados intensos pero no faltaron las risas”. Por su parte, ‘El Negro’ elogió a su compañera porque ‘se partió en mil’ para estar en las grabaciones del proyecto: “Yo creo que es una de las mujeres que más trabaja, es workaholic (adicta al trabajo)”.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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