Jane Fonda recuerda a Robert Redford: “A nuestra edad, he aprendido a no esperar”
La veterana actriz compartió pantalla con el fallecido actor en varias ocasiones, con títulos como ‘La jauría humana’ o ‘Descalzos por el parque’
“No es lo que esperaba, la verdad”, admite Fonda, remarcando que estos años pueden ser los más felices de la vida. Atribuye esta tendencia positiva, en parte, a una mayor capacidad de adaptación y a una mirada más serena sobre la existencia.
A primeras horas del día, Jane Fonda reconoció entre lágrimas la huella indeleble dejada por Robert Redford en su vida. La noticia de su fallecimiento reunió reacciones íntimas y conmovedoras de quienes compartieron con él décadas de cine y amistad, particularmente Fonda y Barbra Streisand. En sus palabras, ambas actrices ofrecieron no solo el recuerdo de un colega, sino el retrato genuino de un hombre cuya influencia trascendió estudios y pantallas.
Fonda, con quien Redford rodó cuatro películas a lo largo de su carrera, confesó que pasó toda la mañana llorando tras enterarse de la мυerte de su amigo. “Bob ha hecho realmente la diferencia, de todos los modos mejores. Representaba una América que debemos continuar defendiendo. Ha revolucionado el cine independiente y nos ha hecho enamorarnos en muchas películas”, expresaba la actriz en un comunicado. La presencia de Redford la marcó desde sus primeros encuentros: ella lo conoció en el set de “A pie desnudo en el parque”, y recuerda haberse enamorado perdidamente durante ese rodaje, uno de los primeros éxitos grandes del actor. Décadas más tarde, compartieron juntos el que sería el último trabajo cinematográfico de Redford, Nosotros en la noche, cerrando así una relación artística y personal que abarca toda una vida.
La emoción de Fonda se tornó en pesar cuando reconoció su frustración por no haberse despedido del actor. “Pensaba ir a visitarlo estos últimos meses, para asegurarme de que entre nosotros todo estuviera bien, pero no lo hice a tiempo. He aprendido la lección: a nuestra edad, hacia el final de los ochenta, no se debe esperar”, confesó. Tras la publicación del fallecimiento, Fonda insistió en que leer la noticia la impactó profundamente y que no pudo contener el llanto. Insistió también en la importancia de no aplazar reconciliaciones o encuentros a edades avanzadas, dejando traslucir una lección vital en medio de la pérdida.

Un hombre muy querido
Los testimonios de Fonda se sumaron a las palabras de Barbra Streisand, quien forjó con Redford una de las parejas más célebres de la gran pantalla en Tal y como éramos. Streisand recordó aquellos días de rodaje como emocionantes, intensos y alegres: “Éramos tan opuestos: él venía del mundo de los caballos, y yo era alérgica. Pero siempre intentábamos descubrir algo más el uno del otro, como en la película”, compartió la actriz y cantante. Su testimonio se desborda de admiración hacia el compañero de elenco: “Bob era carismático, inteligente, intenso, siempre interesante, y uno de los mejores actores de siempre”. Streisand revivió el último encuentro personal con el actor, ocurrido en su propia casa, donde conversaron sobre arte y decidieron intercambiar sus primeros dibujos, gesto que para ella se volvió un tesoro de recuerdo.
El relato de Fonda y Streisand marca la distancia entre el mito y el hombre real. Desde las lágrimas de Fonda hasta la sonrisa agradecida de Streisand, surge no solo la figura de una leyenda, sino la de un amigo y cómplice. Ambas actrices recalcaron que Redford representó una América luchadora, creativa y honesta; un legado que, aseguran, debe seguir siendo defendido y cultivado.
El eco de estas dos voces desvela la dimensión más personal de Redford, resaltando su generosidad fuera de los escenarios y el afecto sincero que supo cultivar en sus relaciones profesionales y amistosas. Entre recuerdos alegres y dolorosas ausencias, Jane Fonda y Barbra Streisand contribuyen a mantener vivo el espíritu de un hombre que dejó huella en la historia del cine y en quienes caminaron a su lado.
News
Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un…
Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la…
El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión…
Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan…
Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre…
El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma…
End of content
No more pages to load






