Jorge Ramos rompe el silencio: Confesiones y reflexiones a los 66 años

Jorge Ramos, uno de los periodistas más emblemáticos del mundo hispano, ha sorprendido a sus seguidores al abrirse sobre aspectos personales que, hasta ahora, había mantenido en privado. A los 66 años, el rostro de Noticiero Univisión decidió compartir detalles íntimos de su vida, su infancia, y su visión sobre la religión, la familia y el periodismo, generando gran interés en el ámbito mediático.
Una infancia marcada por la disciplina

Nacido el 16 de marzo de 1958 en la Ciudad de México, Ramos creció bajo una estricta educación católica en el barrio de Bosques de Echegaray. En recientes declaraciones, confesó que la severidad de las escuelas religiosas a las que asistió lo llevó a cuestionar profundamente la fe y la autoridad. “Crecí con miedo al castigo y a la condena”, relata Ramos, quien con el tiempo adoptó una postura agnóstica. “Me gustaría creer en la vida después de la muerte, pero no tengo la certeza ni la fe para hacerlo plenamente”, admite.
De la censura en México a la libertad en Estados Unidos

Tras graduarse en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, Ramos inició su carrera en Televisa, pero un episodio de censura lo impulsó a buscar nuevos horizontes. En 1983, emigró a Estados Unidos en busca de libertad de expresión. “No podía ejercer el periodismo que soñaba en México”, recuerda. Su llegada a Camex TV en Los Ángeles marcó el inicio de una trayectoria imparable, que lo llevó, en 1987, a convertirse en el presentador principal de Univisión.
Periodismo sin miedo

Ramos se ha destacado por su estilo directo e incisivo, entrevistando a figuras como Barack Obama, George W. Bush, Hugo Chávez y Fidel Castro. En 2015, protagonizó un tenso enfrentamiento con Donald Trump al cuestionarlo sobre sus políticas migratorias, reafirmando su compromiso con la comunidad latina. “El periodismo es para incomodar al poder”, sostiene Ramos.
Vida personal y apoyo a la diversidad

Aunque siempre ha sido reservado, Ramos ha compartido detalles sobre su relación con la presentadora venezolana Chiquinquirá Delgado, con quien ha formado una familia ensamblada. Además, ha sido un firme defensor de su hija Paola, periodista y escritora, apoyándola públicamente en su orientación sexual. “El respeto y la aceptación son valores fundamentales en mi familia”, afirma.
Desafíos en la era digital
En los últimos años, Ramos ha enfrentado el uso indebido de su imagen en estafas digitales y ha alertado sobre los peligros de la inteligencia artificial en la desinformación. “La ética y la verdad son más importantes que nunca”, advierte.
Un legado vigente
Con más de tres décadas de carrera, 11 premios Emmy y el reconocimiento de la revista Time como una de las 100 personas más influyentes del mundo, Jorge Ramos sigue siendo un referente del periodismo. A sus 66 años, continúa defendiendo la verdad y dando voz a quienes no la tienen. “El periodismo no es solo una profesión, es una misión”, concluye Ramos, cuyo legado inspira a nuevas generaciones a luchar por la justicia y la libertad de expresión.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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