Julián Gil sorprende: ¡Disfruta ser abuelo pero planea tener otro hijo pronto!
A sus 54 años, Julián Gil está viviendo una etapa llena de contrastes y emociones.
El actor se muestra feliz en sus redes sociales disfrutando del tiempo con su nieto Oliver, hijo de Nicolle, la mayor de sus tres hijos.

Julián Gil disfruta como abuelo mientras piensa en volver a ser papá
Las imágenes del pequeño junto a su famoso abuelo han enternecido a los seguidores, quienes destacan la nueva faceta de Julián, llena de calma y cercanía familiar.

Sus publicaciones se llenan de comentarios cariñosos cada vez que comparte un momento junto al niño.
Pero el actor no solo vive el orgullo de ser abuelo, también atraviesa un presente personal muy sólido junto a su esposa, la periodista Valeria Marín, con quien lleva un matrimonio estable y lleno de planes compartidos.

La pareja ha demostrado en público la complicidad que los une, viajando juntos y enfrentando cada reto como un verdadero equipo, lo que ha generado especulaciones sobre un nuevo paso en su historia.
Y fue el propio Julián quien despejó las dudas en una reciente entrevista, al confesar que con Valeria ya tienen en mente ampliar la familia.

“Sí, hay planes, lo hemos hablado, se está haciendo la tarea”, dijo entre risas, dejando claro que quiere convertirse nuevamente en papá mientras disfruta a pleno su rol de abuelo.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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