La belleza se convirtió en su cautiverio: la dolorosa vida real de la emperatriz Sisi


Algunas vidas parecen empezar como un cuento de hadas: palacios deslumbrantes, príncipes apuestos, princesas de belleza fulgurante. Pero no todos los cuentos terminan en felices para siempre. Detrás de las páginas doradas hay lágrimas escritas con tinta y secretos susurrados. Esta es la historia de una de las figuras más fascinantes, libres y trágicas de la Europa del siglo XIX: la duquesa bávara Elisabeth, conocida en el mundo como la emperatriz Sisi. Su leyenda nace de una belleza extraordinaria, pero su vida se convierte en cautiverio; su relato no comienza con una corona sobre la cabeza, sino con el grito silencioso de un alma aplastada por su peso.

Sisi creció fuera de Viena, no entre los pasillos ceremoniosos del Hofburg, sino en la naturaleza sin límites del castillo de Possenhofen. Su padre, el duque Maximiliano, era un espíritu bohemio, amante del arte, la música y hasta del circo, poco conforme con el molde aristocrático. En ese entorno libre, Sisi se formó: cabalgaba, escribía poemas, caminaba con su padre, nadaba en el lago y jugaba en el bosque con sus hermanos. Más que una futura soberana, parecía una chica feliz del campo. Su madre, la duquesa Ludovica, quería en cambio educación tradicional y buenos matrimonios para sus hijas. La esperanza de la familia era la hermana mayor, Helene —Nene—, preparada para ser emperatriz: serena, obediente, protocolaria. Sisi, con el cabello desordenado y las botas enlodadas, parecía destinada a otra cosa. No había aprendido aún la disciplina de palacio; se decía que sus dientes eran irregulares y su porte, poco “propio”. A los quince años, su felicidad era ver el atardecer junto al lago con su perro fiel. Sin saberlo, el destino ya trenzaba en Viena las redes que habrían de atraparla.

En verano, la aristocracia buscaba refugio del calor en Bad Ischl. Aquel viaje familiar no era una visita cualquiera, sino el inicio de una operación dinástica: reunir a la duquesa Ludovica y a sus hijas con la archiduquesa Sofía —madre del emperador— y con el joven Francisco José, de 23 años. El plan: que Helene encantara al emperador y se anunciara el compromiso. Sisi sólo acompañaba. Pero un contratiempo cambió la historia: el equipaje con los vestidos elegidos para Helene llegó tarde. Ambas hermanas tuvieron que presentarse de luto, con trajes negros, sobrios. Helene pasó desapercibida. Sisi, en cambio, brilló sin proponérselo: cabello castaño indomable, pudor curioso, gracia natural. El emperador, ignorando las maniobras de su madre y tía, no apartó la vista de Sisi. La sacó a bailar, buscó su conversación, dejó ver su admiración. Sisi sintió una mezcla de orgullo y temor: había atraído la atención del hombre más poderoso, pero a costa del sueño de su hermana. Cuando las matriarcas quisieron corregir el rumbo, ya era tarde: “Sisi o nadie”, habría dicho él. Para Sofía, era una derrota. Para Sisi, no un triunfo, sino un vértigo. En su diario escribiría: “Desperté en una mazmorra; tengo cadenas en las manos; libertad, me has abandonado.” Un emperador se había enamorado de ella; la libertad sería el precio.

El noviazgo trajo una instrucción feroz: historia, idiomas, danza y, sobre todo, el protocolo inexorable de los Habsburgo. Cada gesto debía ser “digno de una emperatriz”. Sisi, espíritu indómito, sufrió aquello como tormento. El viaje a Viena fue una procesión teatral: multitudes en el Danubio, campanas y vítores, un carruaje descubierto hasta el Hofburg. En la puerta, la verdadera fuerza del imperio: la archiduquesa Sofía, fría, distante. Sisi entendió que no sería solo la esposa del emperador, sino un proyecto bajo control. La boda, fastuosa y agotadora, llenó de diamantes e incienso un “sí” que comprometía no sólo a un hombre, sino a una dinastía y a una vida que no comprendía. El “jaula de oro” se cerró, y la llave quedó en manos de su suegra.

El Hofburg era una fortaleza de reglas: la rígida etiqueta “a la española” regulaba puertas, conversaciones y cubiertos. Para la muchacha acostumbrada a abrirse paso entre árboles, aquello fue asfixia. Doncella tras doncella la vestían como a una muñeca, cada mañana un programa inalorable le marcaba el día. Sofía, arquitecta y policía del sistema, rodeó a Sisi de ojos y oídos: damas que informaban cada palabra y carta. El emperador la amaba, sí, pero vivía sometido a su madre y a la maquinaria del Estado; no supo —o no pudo— protegerla. Viena la miraba con desconfianza: una provinciana incapaz del peso imperial. Sisi se refugió en lo que la aliviaba: la equitación —su puerta a la libertad— y la poesía —su desahogo secreto—. Se sentía un clown forzado a sonreír en la pista de un circo que detestaba.

A los diez meses de matrimonio nació su primera hija, una niña, no el ansiado heredero. La llamaron Sofía, en honor de la abuela. Sisi esperó que la maternidad templara el frío del Hofburg. Pero Sofía reclamó para sí la crianza: nodrizas, aya, habitaciones apartadas, todo decidido por ella. Sisi necesitaba permiso para ver a su propia hija. Ni amamantar, ni cuidarla, ni quedarse a solas. La emperatriz era un vientre útil, nada más. Cuando nació la segunda hija, Gisela, la historia se repitió. Sisi se hundió en depresión; comprendió cuán poco valía su posición incluso como madre.

Los viajes oficiales eran inevitables. Uno sería a Hungría, región áspera del imperio, donde Sisi había sentido un primer alivio lejos de Sofía. Exigió llevar consigo a sus hijas. La suegra se opuso: peligro, salud. Por primera vez, Francisco José cedió a su esposa. La pequeña victoria se convirtió en su peor tragedia: en Hungría, la pequeña Sofía, de apenas dos años, enfermó de fiebre e indigestión y murió en brazos de su madre. Sisi quedó rota. Se culpó: si no hubiera insistido en llevarla… La mirada silenciosa de la suegra —“te lo advertí”— clavó más hondo la culpa. Se apartó aún de Gisela, encerrada en un luto que no sanaría jamás.

Entonces convirtió su belleza en disciplina y refugio. Si no podía controlar su vida, controlaría su cuerpo. Sus cabellos castaños, larguísimos, se volvieron corona y yugo: lavados con fórmulas de coñac y yema, secados eternos, peinados durante horas, cada cabello caído presentado en bandeja de plata por su peluquera Fanny. Su cintura —50 centímetros— se mantenía a fuerza de corsés insoportables y dietas extenuantes: caldos, leche, jugo de naranja; a veces, nada. Entrenaba con aparatos en sus habitaciones, hacía gimnástica y montaba durante horas. Dormía con máscaras extrañas y se embadurnaba de fresas y aceites. Para muchos biógrafos, detrás había un trastorno alimentario y la somatización de una angustia profunda. Los médicos diagnosticaron “tisis”; otros creen que el cuerpo de Sisi clamaba por huir. La enviaron a Madeira. Allí, el sol, el mar y la ausencia de Viena obraron milagros: recuperó el apetito y el ánimo. Volvió a recaer en Viena y partió a Corfú, donde se enamoró de la cultura griega y, especialmente, de la figura trágica de Aquiles. Aprendió griego. Descubrió en la lejanía una forma de respirar: así nació la Sisi viajera que usaría la enfermedad como salvoconducto para escapar de la jaula.

La política la encontró a ella. Sisi siempre sintió simpatía por Hungría: orgullosa, rebelde, amante de la libertad. Paradójicamente, en su apoyo a los magiares halló un camino de influencia real. Aprendió húngaro, se rodeó de damas y nobles magiares, y trabó una alianza decisiva con el conde Gyula Andrássy, patriota carismático, inteligente y exiliado. Su relación —platónica o no— fue, ante todo, un vínculo político y espiritual. Juntos empujaron hacia la “Ausgleich”, la gran transacción: tras la derrota ante Prusia, el imperio necesitaba una solución. La monarquía se transformó en la doble corona: Austria-Hungría. Hungría obtuvo autonomía interna; Francisco José, además de emperador, se coronó rey de Hungría. La coronación en la iglesia de Matías, con Sisi vestida de terciopelo bordado por una casa de moda húngara y Andrássy posando la corona sobre su hombro, fue el cénit de su poder político. El pueblo húngaro la amó como su reina. Le regalaron el palacio de Gödöllő: refugio cálido frente al Hofburg gris.

Con esa fuerza, Sisi enfrentó su batalla más íntima: la maternidad. Tras más de diez años y dos hijas, el imperio necesitaba heredero. Embarazada de nuevo, Sisi impuso condiciones: controlaría su embarazo, parto y crianza. Francisco José, agradecido por sus logros políticos, aceptó. Fue una victoria sobre Sofía. En el palacio de Buda nació por fin el príncipe heredero: Rodolfo. Sisi lo amamantó, eligió al personal, puso su cuna junto a su cama. Lo amó con arrebato, quizá con sobreprotección. En Gödöllő intentó darle un hogar afectuoso, lejos del hielo vienés. Pero criar a un heredero no es criar a un niño cualquiera. El emperador y el bando conservador reclamaron su molde. Pusieron al general Gondrecourt, feroz, a cargo de su formación: duchas heladas, maniobras interminables, noches en el bosque, disparos para “forjar el carácter”. El niño, sensible e inteligente, se quebró: terrores, insomnio, declive. Sisi comprendió que revivía en su hijo su propia prisión. Tras súplicas inútiles, estalló: ultimátum al emperador. O ella controlaba la educación de Rodolfo y cesaba Gondrecourt, o abandonaría el palacio y al marido para siempre. Francisco José, por primera vez, eligió a su esposa: destituyó al general y nombraron al liberal y humanista Joseph Latour von Thurnburg. Sisi salvó a su hijo… pero el matrimonio, ya frágil, se resquebrajó aún más.

En adelante, Sisi vivió casi siempre en movimiento. Los caballos fueron pasión y obsesión: cazas de zorros en Inglaterra e Irlanda, saltos arriesgados, horas sin descanso, a menudo montando “a la manera de los hombres”, lo que alimentó su fama de “emperatriz sin silla de amazona”. La acompañaba una aristocracia distinta a la vienesa, con menos cuchicheos de salón y más camaradería ecuestre. Con el capitán George “Bay” Middleton cultivó una cercanía muy comentada. Francisco José sufría la distancia y le suplicaba volver; Sisi respondía con nuevos itinerarios: el yate imperial por el Mediterráneo, trenes privados a través de Europa. Esa libertad tuvo costo: sus hijos, especialmente Rodolfo en la adolescencia, quedaron más solos. Gödöllő fue su hogar real: decoración sobria, retratos de caballos en lugar de ancestros, personal magiar querido, perros siempre alrededor, largas caminatas, lecturas, poemas. Allí nació y creció su hija menor, María Valeria, la “única hija húngara” de Sisi, a la que por fin pudo maternar con plenitud. Ese amor volcánico generó desbalances con Gisela y, sobre todo, con Rodolfo, que percibió favoritismos y se alejó aún más.

Sisi escribió. En cuadernos secretos, bajo el seudónimo de “Titania”, la reina de las hadas de Shakespeare, volcó su ira contra la corte, su hastío por el rol, sus dudas sobre el matrimonio, su desprecio a la hipocresía aristocrática. Admiraba a Heinrich Heine, a cuya ironía y filo quería parecerse. Dejó ordenado que sus poemas se publicaran medio siglo después de su muerte y que las ganancias ayudaran a presos políticos y sus familias: una declaración más contra la injusticia del orden establecido. En sus versos, la muerte, la soledad y la fuga son constantes: se veía como una gaviota sin patria, extraviada en alta mar.

Las pérdidas la acosaron. Su primo, el rey Luis II de Baviera, excéntrico y soñador —alma gemela en sensibilidad—, cayó en desgracia: depuesto por “locura”, terminó muerto misteriosamente en el lago Starnberg junto a su médico. ¿Accidente? ¿Suicidio? ¿Asesinato? Sisi creyó en el complot. Su hermana Sophie Charlotte murió en un incendio en París. La oscuridad a su alrededor se espesó. Y la peor sombra aún no había caído: su hijo.

Rodolfo nunca encajó en el mundo rígido de su padre. Intelectual y liberal, criticaba en secreto la política imperial, escribía artículos y creía que la monarquía debía reformarse. Su matrimonio concertado con la princesa belga Estefanía fue infeliz. Buscó escape en el alcohol y en relaciones clandestinas. La más intensa: con la baronesa Mary Vetsera, de 17 años, que lo amaba sin freno. El romance amenazaba con estallar en escándalo. Agobiado por la falta de libertad, la incomprensión paterna y un destino prefijado, Rodolfo se hundió.

A finales de enero, se retiró con Mary al pabellón de caza de Mayerling, cerca de Viena. Lo que sucedió allí alimenta aún hoy hipótesis contrapuestas. Lo certo: a la mañana siguiente, al forzar la puerta, hallaron muertos a Rodolfo, de 30 años, y a Mary. El príncipe habría disparado a su amante y luego a sí mismo. La corte intentó ocultarlo como accidente o dolencia: un suicidio era pecado gravísimo para la Iglesia y una mancha indeleble en la dinastía. La verdad voló en susurros. Cuando Sisi recibió la noticia, se desmoronó. Había ganado para su hijo una infancia menos cruel, pero no pudo rescatarlo de su abismo interior ni de la propia vida. La culpa la taladró: ¿lo había descuidado en sus años de viajes? ¿No vio su desesperación? El emperador también quedó devastado. La muerte del heredero sacudió el trono; el siguiente en la línea, el archiduque Francisco Fernando, sería asesinado años más tarde en Sarajevo, detonando la Gran Guerra. Mayerling congeló el espíritu de Sisi. Desde entonces, la sonrisa la abandonó; los colores, también. Vistió de negro el resto de sus días, convertida en una sombra que sólo guardaba luto por su hijo.

Tras Mayerling, Sisi vagó sin objetivo. Antes, viajar había sido una búsqueda de aire; ahora era la única forma de cargar su dolor de ciudad en ciudad, de hotel en hotel. Sacó de su guardarropa toda prenda colorida. Salía con velo negro, abanico o sombrilla para ocultarse de miradas y fotógrafos. Hablaba poco incluso con sus damas. Su disciplina de belleza dejó de importar: ninguna máscara tapaba la herida. Con Francisco José mantuvo una cercanía rara: ya no había amor romántico, sí una vejez compartida por el duelo y la incomprensión. A Viena solo iba si no había alternativa. Su consuelo, el mar: meses en el yate imperial, mirando el agua que reflejaba su melancolía. Se interesó por lo espiritual; buscó a su hijo en sesiones; sus poemas se volvieron aún más sombríos. Nada del temblor político del imperio le hacía mella; vivía encapsulada en su tragedia.

En su penúltimo movimiento vital, se refugió en la Hélade ideal que la había cautivado de joven. Contrató al erudito Constantino Christomanos, maestro y confidente final. Leyeron a Homero, hablaron de tragedias y filosofía; Sisi adoró a Aquiles, rebelde y mortal. En Corfú levantó el Achilleion, un palacio neoclásico consagrado al héroe: jardines con esculturas mitológicas y la imponente estatua del “Aquiles moribundo” atravesado en el talón. Era su santuario personal, homenaje a una grandeza ajena al boato vienés. Su pensamiento la llevó, irónicamente, a simpatías con el anarquismo: no militó, pero leyó, caviló, y alguna vez habría dicho que, si alguien la mataba, preferiría que fuera un anarquista, por creer en un ideal. Sabía que era símbolo de un sistema que despreciaba y con el que peleó siempre. Entre diálogos con su maestro, ponderó virtudes republicanas y la libertad individual. Era el nudo final de su identidad contradictoria: emperatriz y, a la vez, ávida de ver derribado lo que su corona representaba.

En el verano de sus sesenta años, Sisi se hospedaba en Ginebra, en el hotel Beau-Rivage, bajo el alias de “condesa von Hohenems”, su método para evitar alboroto y escoltas. Un periódico reveló su presencia. En la ciudad, un joven anarquista italiano, Luigi Lucheni, había planeado matar a otro noble, el duque de Orleans, que finalmente no llegó. Al leer la noticia, cambió de objetivo: no importaba quién, lo simbólico era herir a la aristocracia.

Sisi y su dama, la condesa Irma Sztáray, caminaban hacia el muelle para tomar el vapor hacia Montreux. Vestida de negro, Sisi ocultaba el rostro bajo una sombrilla. De la nada, un hombre corrió y la embistió; cayó al suelo. Creyeron que era un intento de robo. Agradeció la ayuda, se repuso y subió al barco. En la cubierta, Sisi se llevó la mano al pecho: “¿Qué me ha pasado?” Se desplomó. Al desabotonarle el vestido para aflojar el corsé, su dama vio una pequeña mancha marrón y un hilo de sangre. Lucheni no la había empujado: con una lima afilada como cuchillo, le había asestado una puñalada directa al corazón. El arma era tan fina y el golpe tan veloz, que Sisi no lo percibió al instante; el corsé, paradójicamente, contuvo un poco la hemorragia. El vapor regresó al muelle; la llevaron en camilla al hotel. Llegaron un médico y dos sacerdotes. Era tarde. La emperatriz de Austria y reina de Hungría murió en una habitación de hotel, víctima de una violencia absurda. Lucheni fue capturado; confesó orgulloso: habría matado a cualquier aristócrata. No conocía a Sisi ni su vida de dolor ni su rechazo al boato. Había matado al símbolo.

El cuerpo de Sisi viajó en tren a Viena y fue enterrada en la Cripta de los Capuchinos, junto a su hijo. Francisco José, agotado, habría dicho: “No se me ha ahorrado ningún dolor.” Con su muerte, el imperio perdió su figura más icónica y, a la vez, más disonante. Y, sin embargo, su final fue el principio del mito.

Con el tiempo, la Sisi real —difícil, melancólica, rebelde— fue reemplazada en el imaginario por la Sissi de cine: la trilogía de Ernst Marischka con Romy Schneider la fijó como princesa risueña, enamorada, resiliente. Las tiendas de Viena aún exhiben esa sonrisa. Pero bajo ese barniz, los historiadores recuerdan a otra mujer: la que luchó por su autonomía en una época que negaba a las mujeres el control sobre su cuerpo, su tiempo y su espíritu; la que hizo de su belleza un escudo y de su poesía una protesta; la que amó a Hungría y cambió el diseño de una monarquía; la madre que ganó y perdió; la viajera que buscó aire y halló abismos; la emperatriz que, sin dejar de serlo, quiso derribar la pompa que la ahogaba. No santa ni pecadora: Sisi, con todas sus grietas y luces, la gaviota sin patria que convirtió su jaula dorada en voz.

Esa es su herencia: un relato intemporal sobre cuán pesada puede ser una corona, cómo la belleza puede convertirse en prisión y hasta dónde puede agitarse un alma por la libertad. Entre el mito y la verdad, persiste la misma mujer: no la de la postal, sino la que escribió con tinta de duelo su propia historia.