La fosa sin balas en Guerrero: ocho hombres, una retroexcavadora y un silencio que pesaba

La noche del 14 de noviembre de 1992 no olía a pólvora. Olía a tierra roja húmeda y a queroseno.

Yo estuve cerca de ese operativo. No como protagonista, sino como testigo de esos que se quedan callados porque entienden rápido que, en la montaña de Guerrero, hay verdades que no se gritan. Se susurran. O se entierran.

A esa hora, en un paraje recóndito, peritos forenses trabajaban bajo lámparas mortecinas, custodiados por militares. No era show; era necesidad. La zona era volátil, de esas donde el Estado llega tarde, si es que llega, y cuando llega no inspira confianza: inspira nervios.

La tierra estaba perfectamente nivelada, como si alguien la hubiera peinado con prisa y experiencia. No era una fosa improvisada. Era una depresión natural, aprovechada con inteligencia, y la capa superior parecía removida por maquinaria meses atrás.

Cuando empezaron a levantar la primera capa, nadie hablaba. Se escuchaban palas, pasos, una orden seca de un soldado y el zumbido de los insectos.

Luego vino el hallazgo: ocho cuerpos.

Ocho hombres, todos en edad productiva.

Y lo que nos dejó fríos no fue “que estuvieran muertos”. En Guerrero en esos años, la muerte ya era un rumor común. Lo que nos detuvo la respiración fue otra cosa: no había señales de un tiroteo. No había ese patrón que la nota roja ya sabía contar de memoria.

El informe inicial, redactado ahí mismo, bajo esa luz enfermiza, hablaba de una ejecución silenciosa y metódica. Los peritos encontraron señales claras de que el final no llegó por bala ni por cuchillo, sino por asfixia por soterramiento.

Dicho sin morbo y sin detalles innecesarios: la tierra entró donde no debía entrar. Y las manos—las manos contaban otra historia, una de desesperación inútil.

Era como si el tiempo y la gravedad hubieran sido el arma.

Esa noche entendí algo que me ha costado soltar: hay maneras de matar que no buscan el ruido. Buscan el mensaje.

Y el mensaje, en este caso, se regó más rápido que cualquier patrulla.

Al día siguiente, la noticia caminó por brechas y caminos de terracería como si tuviera patas: llegó a Chilpancingo, a Tlapa, y luego, con el estruendo de lo “inexplicable”, llegó a la Ciudad de México. Los periódicos de nota roja, acostumbrados a contar masacres relacionadas con la amapola, se quedaron pegados a la rareza del caso: ocho presuntos criminales desaparecidos sin un solo disparo.

Los titulares jugaban a lo mismo de siempre: morbo y fascinación.

Pero en los pueblos de la ruta, el ambiente era otro.

No hubo velorios públicos. No hubo llanto en las calles. La gente guardaba un silencio que rozaba la complicidad… pero también olía a alivio oscuro.

Porque esos ocho, decían en voz baja, eran una célula que traía asolados a los comerciantes de la ruta Chilpancingo–Tlapa.

Y la pieza más amarga de todo el rompecabezas no fue la ejecución.

Fue el motivo.

La vida de ocho hombres se cambió por un camión de mantimentos, herramientas y sacos de cemento.

Para quien vive con seguro, con crédito, con bancos, eso suena a “pérdida”.

Para una familia de la montaña, eso puede ser la quiebra. La cancelación de futuro. La escuela de los nietos. El alimento del mes. La semilla para la siguiente siembra.

Ahí empieza realmente esta historia.

El patriarca: Mateo Estrada Galindo

Mateo Estrada Galindo, nacido en 1940, era de esos hombres que parecen hechos de la misma tierra: duros, callados, sostenidos por una ética vieja.

Aprendió a leer con la Biblia y con manuales de agronomía. Su caligrafía era tosca, de mano trabajada, pero su palabra era firme.

A sus 52 años, Mateo no solo vendía materiales de construcción y granos. Era un pilar moral. De esos que fiaban “de palabra” cuando la sequía dejaba a alguien sin nada. De esos que no presumen, pero sostienen.

Tenía dos camiones viejos que mantenía con piezas reconstruidas. Para él no eran máquinas: eran la extensión del esfuerzo que evitaba que sus hijos se fueran al norte como jornaleros.

En 1992, hacer negocio en Guerrero era caminar con una piedra en el zapato y otra en el corazón.

Inflación que se tragaba ahorros. Impuestos por servicios que no llegaban. Caminos que con lluvia se volvían lodo traicionero. Y en cada curva, un miedo: el “retén” que no es retén, la extorsión que no deja recibo.

Mateo calculaba rutas como quien reza: con cuidado, con resignación, con disciplina.

Nunca lo vi quejarse. Tenía esa idea antigua de que el trabajo duro es religión.

Hasta que se cruzó en su camino Sergio Peralta, “El Gato”.

El Gato: saqueo y humillación como deporte

Sergio tenía 26 años y ya presumía historial de asaltos, lesiones, robo de ganado. No buscaba “ser capo”. Buscaba el saqueo inmediato y la humillación del otro.

Se rodeaba de otros siete: jóvenes resentidos que veían en el asalto un atajo a una “importancia” que el trabajo honesto nunca les iba a dar.

Su modo era sencillo y cruel: interceptaban camiones en curvas cerradas y, aunque les dieran las llaves, igual golpeaban. No por necesidad. Por gusto. Por teatro.

Y la gente lo sabía. También sabía otra cosa: denunciar era peligroso. Había policías mal pagados, cansados o vendidos, y actas que terminaban donde no debían terminar.

La corrupción no era un accidente: era un sistema operativo.

En ese escenario, un comerciante como Mateo estaba jurídicamente huérfano.

El asalto del “Espinazo”

El ataque ocurrió a las 10:15 de la mañana, rumbo a Tlapa, en la curva conocida como el Espinazo. El camión de los Estrada iba cargado con materiales y víveres para el suministro mensual de una cooperativa local.

Dos camionetas despintadas cerraron el paso.

Bajaron El Gato y los suyos con armas cortas y machetes oxidados.

El hijo menor de Mateo y un sobrino conducían. Los bajaron a rastras y los obligaron a arrodillarse sobre la grava caliente.

Lo que siguió no fue un “robo”. Fue una lección de poder: jugaron con el miedo, se burlaron de las súplicas, golpearon incluso cuando ya no había resistencia.

Cuando por fin los dejaron ir, el camión ya no estaba. Y los muchachos volvieron a casa como pueden volver los que han sido quebrados sin morir: descalzos, sin camisa, con la cara hinchada, con la vergüenza pegada al cuerpo.

En la cocina de los Estrada, las mujeres limpiaban heridas en silencio. Los hombres se quedaban de pie, mirando al patriarca, esperando que tronara.

Mateo no tronó.

Le cayó encima un silencio pesado, de esos que no son calma. Son una tormenta acomodándose por dentro.

La pérdida del camión era quiebra.

Pero el rostro golpeado de su hijo pesaba más que cualquier número.

Ahí se fracturó la estructura emocional de esa familia.

No para “volverse mala”.

Sino para sentir, por primera vez, que el miedo ya no servía como estrategia.

La comisaría y el último clavo

A la mañana siguiente, Mateo fue a la delegación de policía.

La oficina olía a papel viejo y desidia.

El oficial de guardia ni levantó la vista del periódico mientras Mateo contaba el asalto.

La respuesta fue una frase que todavía me arde de recordarla:

—Mire, don Mateo… mejor olvide el camión. Y si vuelven, pague lo que pidan. No se busque problemas con gente que no tiene nada que perder.

Eso fue todo.

No “vamos a investigar”.

No “deme datos”.

Solo: aguántese.

Mateo salió bajo el dintel de un edificio que se suponía justicia, y entendió que el Estado no era protector. Era espectador.

Ese fue el punto de quiebre.

Esa tarde, en la soledad de su oficina, rodeado de facturas y del zumbido de cigarras, Mateo se dijo algo que no sonaba heroico, sonaba desesperado:

Para que los lobos dejen de comer ovejas, el pastor tiene que volverse algo más feroz.

No era odio, se repetía. Era supervivencia. Aritmética.

Si El Gato seguía libre, el apellido Estrada se iba a borrar por miseria o por miedo.

Y él no podía permitirlo.

La convocatoria: doce hombres y una decisión sin aplausos

Esa noche, Mateo reunió a 12 hombres: hermanos, sobrinos de confianza y dos yernos.

No hubo discursos. No hubo “¡Viva nada!”.

Hubo miradas.

Hombres de manos callosas entendiendo que estaban por cruzar una línea de la que no se regresa igual.

Juntaron escopetas de casa, pistolas viejas, machetes de trabajo. Compraron cuerda de nylon resistente. Limpiaron y aceiteron todo con cuidado, como si prepararan herramientas para una jornada pesada.

Durante tres días hicieron reconocimiento del terreno. Rutas de caballo, senderos que no salen en mapas. Vigilaron un almacén abandonado donde la banda escondía mercancía y bebía confiada, segura de que nadie les iba a tocar un pelo.

Y aquí entra el detalle técnico que después explicó lo “perfecto” de la fosa: Mateo tenía una retroexcavadora para su negocio. Una Caterpillar que movía tierra como si fuera harina.

La noche previa, con el pretexto de “arreglar un camino”, la llevaron cerca del almacén.

Mateo revisó aceite, combustible, todo.

Esa máquina —herramienta de trabajo— se convirtió en la llave para desaparecer el rastro.

La última cena fue café, tortillas y frijoles.

Nadie habló del plan en voz alta.

Solo repasaron señales, posiciones, tareas. Como si el silencio fuera parte del método.

Al final, Mateo se puso el sombrero y dijo:

—Es hora de limpiar el camino.

3:15 a.m.: el cerco

A las 3:15 de la mañana, con neblina bajando de las cumbres, los Estrada se movieron sin hacer crujir ramas. Bloquearon la salida con troncos y cadenas. Cerraron la geografía como una trampa.

Mateo dio la señal con un silbido corto, imitando un ave.

En segundos, los doce entraron.

La captura fue violencia controlada: los delincuentes estaban dormidos, sorprendidos, sin tiempo para organizarse. Lo que los desarmó no fue solo el metal: fue ver frente a ellos a la gente que siempre habían tratado como ganado.

El Gato reconoció a Mateo y se le derrumbó la arrogancia. Las súplicas salieron donde antes salía burla.

Los ataron con cuerda de nylon.

Nadie discutió. Nadie aceptó “ofertas”.

Los subieron a la batea de un camión y se los llevaron por un sendero privado, apenas dos kilómetros, hasta donde la retroexcavadora esperaba con el motor encendido: un corazón de hierro latiendo en el bosque.

Lo que pasó después fue precisamente lo que los peritos describieron en 1992, sin adornos y sin espectáculo: un entierro hecho con técnica, sin disparos, con tierra, con tiempo.

En menos de una hora, el lugar donde estuvieron esos ocho hombres se volvió una planicie lisa.

Y el clan regresó a sus casas a bañarse y desayunar como si hubiera sido otra madrugada de trabajo.

Meses de “paz” y el inspector que desconfió del silencio

Durante meses, la policía pensó que los criminales se habían ido o que se habían “ajustado cuentas” entre ellos. Nadie imaginaba —o nadie quería imaginar— una operación así.

Pero empezaron denuncias anónimas. Rumores.

Un inspector veterano, Javier Mendoza, notó algo extraño: en una zona de alta criminalidad, la paz absoluta también es una señal.

Investigó, ató cabos, miró a los comerciantes, y algo le brincó: los robos se detuvieron… y Mateo, pese a la pérdida, no se veía desesperado. Se veía sereno. Una serenidad sospechosa.

En agosto de 1993, cercaron la casa de los Estrada.

No hubo balacera.

Mateo salió con ropa de trabajo. Besó a su esposa en la frente. Extendió las manos para las esposas con una dignidad que descolocó incluso a los policías.

Como si hubiera estado esperando ese momento todo el año.

Sus familiares implicados se entregaron igual.

Porque Mateo les había enseñado algo que ahora se les regresaba como boomerang moral: cada acto tiene precio, y el hombre de honor paga sin quejarse.

La condena y el castigo “eficiente” del Estado

Y aquí viene lo más cruel, por lo irónico.

El sistema que fue incapaz de protegerlos del asalto se mostró rápido y eficiente para castigarlos.

Mateo y tres familiares recibieron 50 años cada uno.

La empresa cayó. La maquinaria fue confiscada. La retroexcavadora, rematada como chatarra. Las mujeres y los niños quedaron en precariedad. Vendieron tierras para sobrevivir. El apellido se volvió carga.

La ley, ciega a la ofensa inicial, aplicó su peso total sobre quienes hicieron justicia por mano propia.

El mensaje fue brutal: el Estado prefiere el caos bajo su control… que el orden fuera de sus instituciones.

Mateo terminó sus días en una celda. Respetado por otros reclusos, sí, pero aislado por la magnitud de lo que hizo. Cargando la pregunta que nadie le podía responder: ¿valió la pena salvar el futuro de los suyos a costa de destruirlo todo?

El legado: un “santo sombrío” y una historia sin héroes

Con los años, el caso se volvió leyenda regional. Los camioneros lo cuentan en paradas rumbo a Tlapa: que la montaña tiene ojos, que la montaña entierra el mal.

La seguridad mejoró por un tiempo, no por policías, sino por miedo a que otro ciudadano común decidiera convertirse en verdugo.

En algunos altares populares, Mateo es recordado como un “santo sombrío”: el hombre que hizo lo que el gobierno no pudo, aunque le costó su libertad y quebró su linaje.

Y aquí está la verdad incómoda:

Esta historia no tiene héroes.

Solo finales complicados.

Ocho hombres murieron enterrados por manos de civiles.

Una familia quedó marcada, arruinada, dividida entre el respeto y el horror.

Y el Estado quedó exhibido como lo que era en esa montaña: ausente cuando debía estar, presente solo para castigar.

Cada vez que recuerdo aquella fosa nivelada, pienso en lo fácil que es juzgar desde lejos. Y en lo caro que sale vivir donde la ley es una sugerencia.

La tierra roja se tragó ocho vidas.

Y también se tragó, de otra manera, la vida de Mateo.

Porque la justicia por mano propia, aunque parezca “resolver” algo, siempre cobra intereses.

Y esos intereses se pagan en silencio.