La guardia de cera en Chihuahua: empujé una camilla… y vi mi nombre enterrado

Octubre de 2021. Sierra de Chihuahua.

A las once y tantos, el campamento ya era puro aliento blanco y metal frío. Las lonas tensadas crujían como si alguien las pellizcara desde afuera, y el generador dormía apagado para no delatarnos con su zumbido.

Yo estaba de guardia, parado donde termina la luz de la fogata y empieza el bosque que te mira.

En esos lugares la noche no avanza por horas, avanza por sensaciones: el dedo que se entume, el cuello que se pone rígido, la espalda que se convence de que alguien viene aunque no venga nadie.

Soto, el que me acompañaba, mascaba chicle para espantar el sueño. Yo revisaba el equipo por tercera vez, por manía y por miedo. El radio de mano, la lámpara, la chamarra, el cargador… todo estaba.

Entonces metí la mano a la caja del café y toqué fondo.

Vacío.

No era broma. Sin café, las horas se enciman. Las sombras se vuelven caprichosas. El cuerpo se rinde más rápido y la mente se pone creativa de la peor forma.

El sargento nos dio luz verde para bajar a una ranchería.

—Por el trazo viejo —ordenó—. Eviten la brecha. Regresen antes de medianoche.

Caminamos hacia la oscuridad con la urgencia más tonta del mundo: conseguir café.

Y sin saberlo, íbamos directo a otra cosa.

Algo que no quería café.

Algo que quería peso.

Nuestro destacamento era un cuadro de lonas frente a un claro de pinos, a media hora de San Juanito por un camino que a veces ni se distinguía. La mesa plegable donde hervíamos el agua tenía manchas viejas de humo. La olla del café estaba abollada como si también hubiera aprendido a sobrevivir.

En la sierra, el bosque no es paisaje: es una presencia. De día se deja ver bonito, casi turístico. De noche te cobra la confianza.

Yo era cabo. Me apellidaba Aranda y lo traía cosido en la pechera con hilo negro, de esos bordados que parecen hechos por la misma mano en todos los cuarteles del país. Soto, sinaloense de hombros anchos, caminaba sin prisa aunque el frío le cortara la cara. Era joven, pero tenía esa calma rara de los que han visto cosas sin querer verlas.

Salimos con lámparas y radio. Chamarras cerradas hasta el cuello. Botas apretadas. El camino de terracería se abría como una costura entre pinos. No había luna, solo estrellas tan cercanas que parecían colgar de las ramas.

Íbamos hablando de niñerías para no pensar en el silencio: que si el café de la olla abollada sabía a metal, que si el sargento era capaz de castigar por falta de azúcar, que si en la ranchería vendían pan duro.

El radio chisporroteó una vez… y se quedó mudo.

No era raro que fallara, pero esa vez sonó como si alguien lo hubiera soplado por dentro.

Quince minutos después vimos lo primero que no encajaba.

Al principio pensé que eran luciérnagas.

Luego entendí: velas.

Muchas.

A lo largo del trazo viejo, clavadas en latas aplastadas. Pequeñas llamas quietas, como si el aire las respetara. No olían a parafina. No olían a nada.

El bosque devolvía su luz en sombras redondas, como monedas pegadas al suelo.

No había gente.

No había rezos.

Ni un perro ladrando.

Solo las velas marcando un camino que parecía esperarnos.

Soto me miró. Yo asentí como si supiera qué significaba aquello. Mentira. Solo pensé: no pises una vela.

Avanzamos sin hablar. Con las lámparas apuntando al suelo, por respeto o por miedo, ya daba igual.

Entonces escuchamos el rechinido.

Primero leve. Luego más claro, como carretilla oxidada o ruedas mal aceitaditas arrastrando su propio castigo.

La lámpara alcanzó la escena a unos tres metros.

Una mujer menuda, con reboso oscuro, jalaba una camilla improvisada. Dos ruedas disparejas de carretón y, sobre una tabla, alguien horizontal bajo una cobija militar vieja.

La mujer volteó apenas. Piel curtida. Ojos metidos. No traía zapatos. Y aun así, no tropezaba con piedras.

—Todo bien, señora —dije, por decir algo que no encendiera nada.

Ella asintió.

—Está pesado —respondió con una voz gastada—. Está lejos.

No pidió ayuda. No contó nombres. No contó historias. Solo siguió jalando como quien lleva una obligación vieja, de esas que ya no se discuten.

Soto ni tuvo que hablarme. Los dos nos acercamos y metimos el hombro.

La madera estaba fría y el peso… el peso no era humano.

Era como empujar tierra mojada dentro de una caja. Como si el suelo tirara en sentido contrario. Como si la camilla estuviera amarrada a raíces invisibles.

Las velas nos abrían paso.

Las ramas se quejaban, aunque no había viento.

Y entonces el radio se encendió solo.

Un susurro. Chasquidos. Un código que no reconocí.

Y mi apellido… cortado en dos, masticado por estática.

Lo apagué con los dedos entumidos. Con rabia, como si el aparato tuviera la culpa.

Pero seguí empujando.

Con cada metro, el peso aumentaba.

La cobija no se movía. No había jadeos ni el temblor de alguien enfermo.

Solo peso.

Y una sensación asquerosa de estar ayudando a algo que no debería avanzar.

Pasamos un tronco caído que yo juraba haber visto en sentido contrario al salir.

Luego vi la misma roca con líquenes donde me amarré una agujeta en la tarde.

El camino empezó a repetirse como patrón de papel tapiz: los pinos en la misma postura, las sombras en el mismo lugar, la curva que prometía salida y te devolvía a lo mismo.

Soto dejó de mascar.

No dijo nada, pero respiraba por la boca. Yo le vi el pecho subir y bajar con un ritmo raro, como si el cuerpo buscara oxígeno en un lugar donde no lo había.

A mí me ardían los antebrazos.

Conté mis pasos para no contar miedos.

La mujer se detuvo en seco donde el trazo se estrechaba entre dos pedruscos.

—Permítanme —dijo sin mirarnos—. Vengo ahora.

Y se fue hacia los pinos.

La oscuridad se la tragó sin ruido.

Nos quedamos con la camilla en medio de un claro extraño.

Y lo más inquietante: las velas habían desaparecido.

Como si nunca hubieran estado. Como si el bosque se hubiera cansado de ser amable.

El aire se volvió más frío, de ese frío que te pica por dentro y te hace dudar de tu propia sangre.

Esperamos un minuto.

Luego cinco.

Luego lo que me parecieron veinte.

Miré mi reloj: marcaba 23:04.

Volví a verlo.

Seguía marcando 23:04.

No avanzaba.

No soy curioso por gusto. Lo aprendí a la mala. Pero hay silencios que empujan.

Le dije a Soto:

—Revisamos si respira.

No por morbo. Por protocolo. Por supervivencia. Por convencerme de que seguíamos en el mundo donde las cosas tienen explicación.

Quité con cuidado el alambre que hacía de seguro.

La cobija pesaba como si estuviera empapada, pero estaba seca.

Levantamos apenas lo necesario.

Vi un uniforme verde viejo, sucio de tierra rojiza.

Y en la pechera, cosido con hilo negro… el apellido que llevo desde niño.

ARANDA.

Las mismas letras. La misma tipografía de costurera de cuartel.

El rostro, a medias debajo de la tela, tenía una cicatriz en la ceja derecha.

Mi cicatriz.

La que me hice de adolescente con una rama, jugando al valiente donde no debía.

Los ojos cerrados parecían de cera.

No hubo olor a putrefacción. Ni aliento. Ni sudor.

Solo esa limpieza falsa que da miedo.

La cobija cayó como una puerta.

Y yo di tres pasos hacia atrás sin sentir las piernas.

El radio se encendió otra vez.

Repitió mi apellido como si lo probara, como si lo lamiera.

Aranda… Aran… da…

Soto intentó mover la camilla para voltearla. Las ruedas giraron sobre el mismo lugar sin que avanzara un centímetro.

No dejó huella. Ni en tierra suelta.

Eso fue lo que me quebró por dentro: empujábamos algo pesado, pero el mundo no registraba que existía.

A lo lejos sonó una campanilla, una sola, como si alguien la tocara en una iglesia que no estaba ahí.

Decidimos regresar.

No por valor.

Por instinto de animal acorralado.

Agarramos las lámparas y echamos a andar por donde creímos haber venido.

Las velas ya no estaban.

Pero el bosque tenía esa clase de luz que no viene de ninguna parte y aun así te deja ver el vapor de tu nariz.

Mis pasos eran los de un borracho.

El radio se prendía a ratos, soltaba una ráfaga seca y se callaba. Nunca nos llamó por clave. Nunca por canal. Solo ese ronquido eléctrico que te hace pensar en dientes.

Y mientras caminábamos, yo no podía dejar de sentir el peso en mis antebrazos, aunque ya no cargaba nada.

No podía quitarme la imagen del uniforme con mi nombre.

La idea era absurda, pero la sensación era real: como si el camino me hubiera enseñado una versión de mí que todavía no había ocurrido. Como si, por un instante, el tiempo se hubiera doblado para enseñarme mi final… envuelto en cobija militar.

Me oí pensar, sin querer:

¿Y si no era yo?

¿Y si era la forma del bosque de decirme “así vas a quedar” si sigues metiendo el hombro donde no debes”?

Pensé en Carmen… no, no mi esposa; pensé en mi madre, en cómo decía que no hay peor cosa que ayudar sin saber a quién ayudas. Pensé en el orgullo de uniforme, en lo fácil que es creerse protegido por una insignia, en lo rápido que la sierra te recuerda que aquí manda otra cosa.

Llegamos al campamento en menos tiempo del que habríamos tardado en correr una cuadra.

No sé cómo ocurre, pero ocurre. De pronto estás de vuelta, como si el monte te escupiera cuando ya se cansó de ti.

El sargento nos vio llegar con las manos vacías y la cara de papel.

No preguntó de inmediato.

Nos mandó calentarnos con agua del termo.

Luego se agachó, miró nuestras botas… y dijo una sola palabra, como leyendo un parte:

—Cera.

En el contorno de la suela brillaba algo amarillo.

No era barro.

No era aceite.

Era cera, pegada como si hubiera caminado sobre velas derretidas.

Pero nosotros… ya no traíamos velas.

Dormí de día, si a eso se le puede llamar dormir.

Soñé con el hilo negro pasando por la tela con mi apellido. Soñé con la cobija cayendo sin ruido. Soñé con un reloj atascado.

Al despertar, encontré una mancha amarilla en la manga de mi chamarra. Como polen, pero más grasosa. La olí.

No olía a flor.

Olía a iglesia cerrada.

Uno de los cocineros me vio y sonrió sin motivo, como si supiera algo que yo no quería saber. Yo no sonreí.

Pedimos café a la unidad que nos reabastecía por la tarde.

Llegó todo menos eso.

La siguiente noche hubo café. Esta vez sí llegó.

Yo no lo tomé.

Porque en mi cabeza el café ya no era café: era la excusa que me sacó del campamento y me metió en un camino que no quería devolverme igual.

Durante las semanas que siguieron nadie volvió a ver velas en el trazo viejo.

Pero más de uno, al detenerse a orinar lejos del perímetro, escuchó a lo lejos un rechinido de fierros mal aceitados.

Un soldado de Oaxaca dijo que esos ruidos acompañan a los que van y vienen con su muerto porque no encuentran camino.

Yo no lo contradije.

No por creerle todo.

Por miedo a que tuviera razón.

Cuando cumplí mi rotación, empaqué mis cosas con el cuidado de quien guarda una fotografía rota. Revisé la chamarra antes de meterla en la bolsa y ahí estaba otra vez el rastro amarillo en el borde de la manga.

No lo sacudí.

Lo doblé sin mirarlo mucho.

En el cuartel, durante inventario, me quedé viendo mi nombre cosido en la pechera.

Pensé en lo que no se reporta.

En lo que no cabe en un formato.

“Fenómeno no identificado” no explica la sensación exacta de empujar tu propio destino. “Alucinación por fatiga” no explica la cera en las botas. “Sugestión” no explica un reloj detenido en una hora que ya no existe.

Nunca regresé por esa vereda.

No por miedo infantil.

Por respeto a lo que no entiendo.

Desde entonces, cada vez que me toca guardia, reviso el borde del camino buscando velas improvisadas. No porque quiera verlas, sino porque el cuerpo agradece prepararse para el peso que no se ve.

Y porque si las veo, ya sé lo único que no haré:

No meteré el hombro.

El café volvió a su nivel normal de importancia. Las bromas también. La vida siguió con su rutina de órdenes y cansancio.

Pero cuando las botas chirrían al secarse junto a la fogata, a veces escucho —entre el cuero y el calor— ese mismo rechinido de ruedas viejas.

Y hago lo que aprendí esa noche:

No miro de dónde viene.

Hay guardias que no se cumplen de pie: se cargan.
Y las de cera pesan más, porque el bosque aprende tu nombre… y lo repite sin boca.