LA HOGUERA DEL SILENCIO: CÓMO UNA MUJER TORTURADA SALVÓ A LA REINA DE INGLATERRA
En la madrugada helada de Londres, cuatro hogueras ardían en Smithfield. En el centro de la atención macabra, una joven mujer de 25 años, Anaskw, esperaba las llamas, atada a un poste. Incapaz de sostenerse por sí misma, sus huesos habían sido destrozados días antes en el potro de tortura de la Torre de Londres. Su martirio no fue solo un castigo por herejía; fue la brutal culminación de una conspiración política urdida por hombres poderosos. El cuerpo roto de esta mujer se había convertido en el campo de batalla final para derrocar a la figura más poderosa del reino: la reina Catalina Parr.
El año era 1546. Inglaterra se debatía en una crisis teológica sofocante. El rey Enrique VIII, un tirano obeso y paranoico, había roto con Roma para fundar su propia Iglesia, pero la doctrina interna seguía siendo un campo minado. El reino era un polvorín dividido entre los reformistas protestantes que anhelaban una fe purificada y los conservadores católicos que buscaban revertir cada cambio. En este tablero de ajedrez sangriento, cada palabra de la Biblia era un arma política, y la herejía se castigaba con la purificación en el fuego.
En medio de este caos se encontraba Anaskw. Nacida en 1521 en Lincolnshire, hija de Sir William Mascu, su linaje era de la pequeña nobleza, sin peso político. Lo que la hacía singular, y peligrosamente formidable, era su educación. Su padre, influenciado por las nuevas corrientes reformistas del continente, le había permitido aprender latín y griego. Esto no era un pasatiempo; era un acto revolucionario. Para una mujer del siglo XVI, leer e interpretar los textos bíblicos directamente, sin la mediación del clero, significaba reclamar una autoridad intelectual que el orden social estaba diseñado para negarle. Durante siglos, la Iglesia Católica había mantenido el monopolio de la interpretación, utilizando el latín como una barrera impenetrable. Anaskw, con una Biblia en griego en sus manos, se convertía en una amenaza existencial para el statu quo.
Su vida personal se alineó rápidamente con su radicalismo teológico. Tras un matrimonio forzado con un católico conservador que la repudió por sus creencias protestantes, An viajó a Londres buscando un divorcio eclesiástico. Esto era escandaloso; las mujeres no iniciaban divorcios. Pero An argumentaba públicamente que un matrimonio sin unidad de fe era inválido ante Dios. Se atrevió a predicar en las calles de Londres, a debatir teología con sacerdotes, a distribuir panfletos prohibidos. En una ciudad donde los arrestos por herejía se contaban por miles, la audacia de An parecía una invitación directa al martirio. Ella, sin embargo, creía que Dios la protegería, y durante un tiempo, parecía tener razón.
El epicentro de esta guerra religiosa era la corte real, específicamente, los aposentos privados de la reina Catalina Parr. Catalina, la sexta esposa del rey, era educada, inteligente y firmemente protestante. Había sobrevivido a dos matrimonios y sabía navegar las impredecibles aguas de un tirano. Pero tenía un punto débil: creía que podía guiar al rey hacia la Reforma completa.
Catalina organizaba discretas sesiones de estudio bíblico en sus cuartos. Invitaba a damas de la corte a leer y discutir las Escrituras en inglés. Ella misma debatía con Enrique sobre doctrina, sobre todo la Transubstanciación —la creencia católica de que el pan y el vino de la Comunión se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo—. Para los protestantes, negarlo era dogma; para los católicos, negarlo era herejía. Y en la Inglaterra de 1546, la hoguera era la respuesta a la herejía.
La facción conservadora católica, liderada por el Obispo Stephen Gardiner y el Lord Canciller Thomas Wriothesley, vio en las actividades de la reina la oportunidad de oro para destruirla. Si podían probar que Catalina promovía la herejía, podrían acusarla, arrestarla y quizás ejecutarla, como había ocurrido con Ana Bolena. Pero necesitaban evidencia: el testimonio de alguien que hubiera estado en esas reuniones privadas, alguien vulnerable y maleable.
Encontraron a Anaskw.
An había sido miembro de la corte antes de su matrimonio fallido y estaba conectada con el círculo de la reina. Su predicación pública y su rechazo a las doctrinas católicas la convirtieron en el objetivo perfecto. Fue arrestada por primera vez en marzo de 1545 e interrogada sobre su rechazo a la Transubstanciación. An respondió con argumentos teológicos sofisticados, citando las Escrituras en griego y latín, humillando a sus interrogadores que esperaban a una mujer ignorante. Tras esa primera liberación, algunos susurran que fue la propia reina quien intervino discretamente.
Pero los conservadores no se habían rendido. En junio de 1546, An fue arrestada nuevamente. Esta vez, las acusaciones eran mucho más específicas y graves, todas consideradas herejía bajo los “Seis Artículos” de Enrique VIII: negar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, rechazar la confesión sacramental y afirmar que los sacerdotes no tenían poder especial para perdonar pecados.
An fue llevada a la temida Torre de Londres.
Y allí, comenzó el verdadero y siniestro propósito de su arresto. Los interrogatorios dejaron de centrarse en sus propias creencias y se enfocaron exclusivamente en nombres. ¿Quién más en la corte compartía sus opiniones? ¿Quién le había dado libros protestantes (un texto ilegal de William Tyndale)? Específicamente, ¿había la reina Catalina Parr asistido o participado en esas reuniones herejes?
Durante días de implacables interrogatorios, An se negó a dar nombres, sobre todo el de la reina.
Los fríos registros de esos interrogatorios sobreviven en los archivos del Estado Británico. Son documentos burocráticos, donde los secretarios registraban cada pregunta y cada respuesta con la misma frialdad que si se tratara de impuestos.
“¿Conoce a la Reina?”
“La conozco por su reputación virtuosa.”
“¿Ha hablado con ella sobre la fe?”
“No tengo nada que decir que pueda comprometer a nadie, excepto a mí misma.”
“¿Quién le dio este libro?” (Le mostraban una Biblia prohibida).
“Lo compré en un mercado, no recuerdo quién lo vendía.”
Era resistencia pura, un muro de silencio construido por la fe. El Obispo Gardiner y Wriothesley se frustraban cada vez más. An no era la campesina ignorante que esperaban intimidar con jerga latina; era tan educada como ellos y mucho más firme en su convicción. Cada vez que citaba las Escrituras con precisión y respondía a sus trampas teológicas con lógica impecable, demostraba que el monopolio masculino sobre el conocimiento religioso era una farsa. Si una mujer podía entender la Biblia tan bien como un obispo, ¿qué pasaba con todo el orden social construido sobre la sumisión y el silencio de las mujeres? Anaskw era una amenaza existencial.
El 29 de junio de 1546, tras días de interrogatorios infructuosos, la desesperación llevó a Wriothesley y a Richard Rich, otro funcionario de la corte, a una decisión sin precedentes. Ordenaron que An fuera llevada a la Cámara de Tortura de la Torre de Londres.
Esto era, técnicamente, ilegal. La tortura judicial en Inglaterra estaba restringida a casos de traición de Estado, no a la herejía religiosa. Y, de manera crucial, nunca, en toda la historia inglesa documentada, una mujer había sido sometida al potro.
An fue arrastrada a la cámara. El potro dominaba el espacio: un simple pero diabólico dispositivo que separaba los tobillos y las muñecas de la víctima atadas a rodillos. Cuando las manivelas se giraban, el cuerpo se estiraba hasta dislocar articulaciones, desgarrar músculos y, finalmente, desmembrar.
Lo impensable ocurrió. Los verdugos profesionales asignados a la Torre se negaron a torturar a An. El acto iba en contra de toda tradición, era potencialmente ilegal y era una abominación.
Entonces, Wriothesley y Rich tomaron las manivelas.
El Lord Canciller de Inglaterra y un miembro del Consejo Privado del Rey torturaron personalmente a una mujer, porque los verdugos se habían negado a cometer un acto que consideraban demasiado vil.
An gritó. Los testimonios dicen que sus alaridos se escucharon fuera de la Torre. Pero no dio nombres.
La estiraron hasta que sus articulaciones se dislocaron, hasta que sus huesos crujieron audiblemente, hasta que quedó inconsciente por el dolor. Cuando la reanimaron, la torturaron de nuevo.
Y aun así, ella no pronunció el nombre de la Reina.
Un testigo, Sir Anthony Kingston, el alguacil de la Torre, quedó tan horrorizado que inmediatamente cabalgó hasta la corte para informar a Enrique VIII del acto ilegal de Wriothesley. El Rey, siempre paranoico con la ley, se enfureció, no por la crueldad, sino porque no había autorizado explícitamente la tortura de una mujer. Pero la ejecución no se detuvo; An ya había sido condenada como hereje reincidente. La hoguera era inevitable.
Debido a que sus piernas no podían sostenerla y sus brazos colgaban inútiles, An tuvo que ser llevada a su ejecución en una silla cargada por guardias que evitaban mirarla.
En el patio de Smithfield, la ataron a un poste. Su cuerpo roto se desplomaba constantemente, incapaz de soportar su propio peso. Allí, entre la leña, le ofrecieron una última clemencia. Todo lo que tenía que hacer era retractarse, admitir que el pan de la Comunión era literalmente el Cuerpo de Cristo, besar el crucifijo.
Anaskw abrió los ojos y, con voz firme a pesar de su cuerpo destrozado, citó Juan 6:63: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha.” Para ella, esto probaba que el pan era un símbolo, no sustancia. Por esta interpretación teológica, por negarse a decir que un trozo de pan era Dios literal, la quemaron viva.
Encendieron las hogueras. An y otros tres hombres ardían juntos, pero solo ella había sido el blanco de una conspiración política. Los testigos describieron cómo mantuvo la compostura. Siguió recitando Escrituras hasta que el humo le llenó los pulmones. Un acto final de compasión fue realizado por un amigo en la multitud, Nicolas Shaxton, quien lanzó una bolsa de pólvora a las llamas cerca de ella, acelerando su muerte y evitándole minutos de agonía.
La conspiración, sin embargo, continuó. Apenas días después de la ejecución de An, los conservadores presentaron artículos de acusación contra la Reina Catalina Parr. Alegaron que promovía la herejía y negaba doctrinas esenciales.
Catalina, al enterarse de que su vida pendía de un hilo, actuó con brillantez estratégica. Se humilló completamente ante Enrique. Se arrojó a sus pies, llorando. Le aseguró que cualquier discusión teológica que hubiera tenido era solo para distraerlo del dolor de su pierna ulcerada. Insistió en que una mujer nunca debía pretender enseñar a un hombre, menos aún al Rey, declarándose ignorante y sumisa.
Enrique, cuyo ego era tan monstruoso como su cuerpo, aceptó esta explicación. Perdonó a Catalina.
La conspiración había fallado. An había muerto sin dar el testimonio que necesitaban.
Lo que hicieron con el cuerpo de Anaskw, su tortura y ejecución desproporcionadas, causó un escándalo que trascendió la época. Su historia fue recogida por el historiador protestante John Foxe en su Libro de los Mártires. An se convirtió en un símbolo de resistencia contra la tiranía católica y masculina.
La razón real detrás de su sufrimiento no fue la doctrina, sino el control. Control sobre quién podía leer, quién podía hablar y quién podía reclamar autoridad intelectual. Anaskw fue torturada porque era una mujer educada que se negaba a ser silenciada.
Los registros de su tortura y resistencia permanecen en los archivos nacionales británicos, evidencia incómoda de cómo el poder usó la violencia más extrema para intentar destruir a la Reina y silenciar a una mujer que se atrevió a interpretar a Dios. En 2006, una placa conmemorativa, pequeña y fácilmente olvidada, fue instalada en Smithfield, marcando el lugar de su ejecución. Bajo ese pavimento moderno, mezcladas con siglos de tierra, yacen las cenizas de la única mujer en la historia inglesa documentada torturada en el potro en la Torre de Londres; una mujer cuyo cuerpo roto se negó a traicionar, garantizando así la supervivencia de la Reina y dejando un legado atemporal: que la herejía verdadera de una mujer educada es la negativa absoluta a ser silenciada.
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