La Hora Muerta: El Trágico Silencio de 12 Horas y la Negligencia que Asfixió a Valeria

Neza, Estado de México, 8 de junio de 2017. Un simple viaje de cuatro cuadras, en medio de la tarde, se convirtió en la última caminata de una niña de doce años. Valeria Gutiérrez subió a esa combi blanca con la mochila de fin de semana al hombro, creyendo que iría con su padre; no sabía que el vehículo era una trampa. Lo que vino después no fue solo un crimen brutal, sino una cadena de fallos institucionales que heló a todo un país: doce horas críticas de negligencia, puertas policiales cerradas y la anulación de una Alerta Amber que pudo haber cambiado su destino. Esta es la historia del día en que México descubrió que, incluso a plena luz, un menor puede desaparecer sin que nadie mueva un dedo a tiempo.

La vida de Valeria Gutiérrez Ortiz era una existencia luminosa, marcada por la alegría irrefrenable de la infancia y la estabilidad de un amor dual. Nacida en octubre de 2005 en Nezahualcóyotl, una zona densamente poblada del Estado de México, Valeria era una niña de risa fácil, descrita por sus maestros y vecinos como un torrente de energía contagiosa y una sonrisa constante. Sus ojos oscuros irradiaban una curiosidad inteligente, prometiendo un futuro que apenas empezaba a dibujarse.

Sus padres, Sergio Gutiérrez y Jaqueline Ortiz, habían tomado caminos separados años atrás, pero habían logrado un pacto de crianza que funcionaba con la precisión de un reloj: el bienestar de Valeria era la única y no negociable prioridad. Su vida se desarrollaba bajo una rutina peculiar y disfrutada: gran parte de la semana con su madre y, religiosamente, la transición de jueves o viernes a la casa de su padre para un fin de semana lleno de juegos, tradiciones y pláticas cómplices. El lunes, después de la escuela, regresaba con Jacqueline. Para Valeria, ese ir y venir entre ambos hogares no era una división, sino una ampliación de su mundo, una fuente de seguridad.

La tarde del jueves, 8 de junio de 2017, no fue diferente. Eran las 5:00 p.m., un momento de transición en Neza, donde la tarde se espesaba con el tráfico y el inicio de la jornada laboral. Valeria, vestida con ropa casual, preparó su mochila: un uniforme escolar para el regreso, algunos cambios y sus útiles personales. Su padre, Sergio, pasó a recogerla. La atmósfera era tan cotidiana, tan segura, que no había espacio para la premonición.

Según declararía después Sergio, justo en ese momento, el cielo sobre Neza se oscureció y comenzaron a caer las primeras gotas. La lluvia intensa era común y repentina en la zona. La casa de Sergio estaba a apenas unas cuadras de distancia, un trayecto que él solía cubrir en bicicleta, acompañado de su actual pareja, mientras Valeria, sintiéndose “una niña grande” y buscando independencia, abordaba una combi, uno de los microbuses de transporte público que surcan caóticamente la ciudad.

Sergio tomó la decisión que sellaría su destino: para evitar que la niña se mojara con la inminente tormenta, la subió a la Ruta 40, Unidad 278, una combi blanca. Le recordó la parada exacta donde debía bajar, la misma de siempre. Mientras Valeria avanzaba en el transporte, su padre pedaleaba detrás, atento. Pero el microbús aceleró, buscando ganar pasaje, y pronto se perdió de vista. Para Sergio, aquello no fue extraño. Convencido de que Valeria iba segura y conocía la ruta de memoria, continuó pedaleando hacia la parada. Lo que él no sabía era que el conductor de esa unidad no era el de siempre, y que en ese corto trayecto, el universo luminoso de Valeria Gutiérrez se había colapsado.

Cuando Sergio Gutiérrez llegó a la parada, el músculo del miedo se le tensó en el estómago. No estaba la combi, no había movimiento extraño, pero lo más aterrador: no estaba Valeria. Su primera reacción fue racionalizar: se habría confundido de parada, o tal vez el vehículo había avanzado más rápido de lo habitual. Comenzó a preguntar a los vendedores ambulantes, a los transeúntes. “¿Vieron a una niña pequeña, vestida con pantalón de mezclilla, una blusa morada? ¿Recuerdan la combi 278?” Las respuestas eran negativas, evasivas. El desconcierto se transformó en alarma, y la alarma, en un pánico frío que lo obligó a llamar a Jaqueline.

Jaqueline Ortiz llegó casi de inmediato, con una fotografía reciente de Valeria en la mano. Juntos, los padres iniciaron un recorrido desesperado, moviéndose a pie, deteniéndose en cada esquina, en cada puesto de tacos, suplicando información. El reloj, en ese momento, se había convertido en su enemigo más letal.

La urgencia crecía con la noche que caía. Los padres se acercaron a un policía de tránsito que patrullaba la zona, pidiéndole que rastreara la combi. El oficial, con un gesto de hastío, dio una vuelta y regresó con las manos vacías y un aire de desinterés. Pero la verdadera puñalada institucional llegó después. En la agencia policial local, el drama de los padres fue recibido con burocracia glacial. Les negaron la atención. El pretexto fue la reciente jornada de elecciones, excusándose con “cosas más importantes”. Peor aún, los instaron a buscar en casa de amigas e insinuaron, con una crueldad indolente, que Valeria podría haberse “escapado con un supuesto novio”. Escuchar tal sugerencia sobre una niña de doce años, en medio de su angustia, fue tan absurdo como devastador.

Mientras la maquinaria del Estado se negaba a arrancar, la comunidad demostró un corazón que a las autoridades les faltaba. Vecinos, amigos y familiares se unieron a la búsqueda. Jacqueline fue incluso al paradero final de la Ruta 40, donde los microbuses se guardaban al terminar el servicio. Revisó unidad por unidad, habló con chóferes y trabajadores, pero nadie sabía nada. Todas las combis estaban allí, salvo la unidad 278, la que importaba.

La madrugada del 9 de junio llegó como un mazazo. Habían pasado casi diez horas. No fue hasta que llegaron a la Procuraduría que, por fin, después de una espera humillante de casi tres horas, alguien aceptó tomar su declaración. Valeria Gutiérrez fue registrada como persona desaparecida.

Pero el daño ya estaba hecho. La Alerta Amber, el mecanismo diseñado para una respuesta urgente e inmediata ante la desaparición de un menor en riesgo, no se activó sino hasta las 10:00 a.m. del 9 de junio. Esto significaba un retraso de más de diecisiete horas desde que Sergio subió a Valeria a la combi. Un tiempo irrecuperable. La herida institucional era tan profunda como el dolor personal: doce horas críticas se habían perdido, horas en las que, como se demostraría trágicamente, Valeria aún podía haber sido encontrada con vida. La negligencia de la respuesta se sumaba al crimen: el sistema había fallado antes de que el criminal pudiera ser identificado.

A la 1:00 p.m. del 9 de junio, la búsqueda se detuvo de la manera más devastadora posible.

Una combi blanca, de la Ruta 40, Unidad 278, fue encontrada abandonada a solo cuatro kilómetros de la parada habitual de Valeria, estacionada entre dos calles en una zona que los vecinos utilizaban como taller informal. Había estado allí toda la noche. Por la mañana, la unidad permanecía inactiva, sin que ningún conductor o mecánico la reclamara. La inmovilidad despertó sospechas en un vecino que decidió aproximarse a investigar. Lo que encontró fue un golpe que se extendió como una onda sísmica por todo el país: en el interior, sobre el asiento trasero, yacía el cuerpo de una niña.

Era Valeria. El mundo de Sergio y Jaqueline se detuvo en ese instante.

La autopsia reveló la brutalidad del ataque y las fallas en el cuerpo de la niña: la causa de la muerte fue asfixia, producto de un violento forcejeo que terminó fracturando los huesos de su cuello. El informe también confirmó la presencia de abuso sexual postmortem, un detalle que añadió un horror indescriptible al crimen.

Pero las revelaciones no terminaron allí; de hecho, solo comenzaban a exponer una capa de inquietantes irregularidades que indicaban negligencia, y posiblemente manipulación, en la escena. La ropa de Valeria no coincidía con la descripción en la Alerta Amber. Ella había salido de casa con ropa de calle, pero fue encontrada vestida con su uniforme escolar, el cual estaba rasgado en varias partes. Sus objetos personales, su mochila, sus cambios de ropa, todo lo que llevaba consigo, había desaparecido de la escena. La incoherencia era palpable: ¿Por qué el cambio de ropa? ¿Por qué la desaparición de las pertenencias? Cada pieza que faltaba hacía que la investigación inicial se sintiera comprometida.

En medio de este caos, la atención se centró en Sergio. Un video de una cámara de seguridad cercana, que el propio padre había encontrado y entregado a las autoridades, mostraba el momento en que Valeria abordó la combi mientras él pedaleaba detrás. La imagen era clara: era un día soleado, sin rastro de la “lluvia intensa” que Sergio había mencionado como su justificación para subir a la niña al transporte. Esta contradicción generó una ola de especulaciones y juicios rápidos en los medios.

Sergio fue forzado a explicarse públicamente. Aclaró que había “exagerado” al hablar de lluvia torrencial, pero que sí había llovido en la colonia y que, por experiencia, él sabía que el clima podía cambiar rápidamente. Insistió en que el procedimiento de que Valeria tomara la combi mientras él la seguía era habitual, un símbolo de su independencia. A pesar de sus explicaciones, la contradicción alimentó la desconfianza. Sin embargo, el video, independientemente de la polémica, fue crucial: permitió identificar la ruta y la unidad con total claridad.

La identificación de la combi llevó directamente a la pista del conductor: José Octavio Sánchez Raso.

Lo más llamativo fue que, después de la desaparición de Valeria, este conductor dejó de presentarse al trabajo sin dar aviso. Su ausencia encendió todas las alarmas. Cuando la policía logró localizarlo, la captura fue sorprendentemente rápida, y con ella, una verdad escalofriante salió a la luz: José Octavio había utilizado documentación falsa. No solo mintió sobre su edad, afirmando tener 24 cuando en realidad tenía 43 años, sino que había modificado datos clave para ocultar su pasado criminal.

Ese pasado era sumamente grave: José Octavio tenía cuatro antecedentes por delitos sexuales contra jóvenes. Había salido de prisión hacía muy poco tiempo después de cumplir una de sus condenas y, gracias a una identificación adulterada, había encontrado empleo como conductor del transporte público.

Esta revelación fue el verdadero clímax de la indignación pública. La tragedia de Valeria había sido posible gracias a una cadena de fallas grotescas:

    Negligencia Policial: La Alerta Amber no se activó a tiempo.

    Omisión Empresarial: La empresa de transporte aceptó documentos falsos sin verificar los antecedentes penales de un conductor que estaría en contacto diario con menores.

    Fallo de Sistema: Un agresor sexual reincidente pudo reintegrarse a una posición de riesgo sin ser detectado por ningún protocolo de seguridad.

Ante la evidencia, la investigación avanzó rápido. La pieza clave del caso, la muestra de ADN recolectada del cuerpo de Valeria, fue comparada con el perfil genético de José Octavio. El resultado fue un contundente positivo. Enfrentado a la prueba científica, el conductor confesó el crimen.

José Octavio fue trasladado a un centro penitenciario para esperar su proceso penal. Parecía que el círculo se cerraba: el culpable había sido capturado, el ADN lo confirmaba. La justicia, aunque tardía, estaba en camino.

Pero el caso de Valeria no permitiría un cierre sencillo. La estancia de José Octavio en prisión fue breve. A los pocos días de su ingreso, fue encontrado muerto dentro de su celda. El reporte oficial determinó que se había suicidado por asfixia, utilizando un lazo de lavandería para ahorcarse en los barrotes de la puerta.

El suicidio oficial no convenció a nadie. ¿Cómo podía un reo de alto perfil, vinculado a un asesinato que había polarizado al país, no estar bajo estricta vigilancia? Las dudas crecieron con el testimonio de un recluso, un hombre conocido como Manuel, quien habló públicamente semanas después. Su versión: la muerte no fue un suicidio, sino un asesinato cometido por otros internos. Manuel, con ocho años de experiencia en el penal, afirmó que en la cárcel, los delitos sexuales contra menores generan un profundo rechazo, y los presos habían decidido “castigarlo” en una especie de venganza social al margen de todo control. Describió gritos en la noche y un ambiente de sobrepoblación donde el asesinato se disfrazaba rutinariamente de suicidio.

A pesar de la contundencia de este testimonio, la autoridad nunca lo corroboró oficialmente. La versión institucional de suicidio se mantuvo inalterable. La verdad, sin embargo, era que José Octavio Sánchez Raso nunca llegaría a enfrentar un juicio, ni a cumplir una condena. Su muerte, tan turbia como el crimen que cometió, impidió a la familia de Valeria obtener la rendición de cuentas formal que tanto necesitaban.

El expediente del caso Valeria Gutiérrez fue cerrado con la muerte del presunto agresor, pero el dolor y la indignación quedaron abiertos. La niña de la sonrisa contagiosa se convirtió en un símbolo nacional de la desprotección, de la fragilidad de la infancia ante la indiferencia del Estado. La tragedia de su muerte no se limitó a la brutalidad de un criminal, sino que se magnificó en las horas perdidas, en las puertas cerradas de la agencia policial, en la Alerta Amber tardía, y en la omisión de un sistema de transporte que permitió a un depredador tomar el volante. Valeria nunca recuperó su vida, pero su memoria se convirtió en el grito silenciado de todo un país que exigió, sin éxito, la verdad sobre su desaparición y la limpieza de un sistema corrupto. El verdadero drama de Valeria Gutiérrez no fue solo su pérdida, sino el escalofriante descubrimiento de todo lo que falló antes de que ella pudiera ser salvada.