La jaula de hierro bajo el sol de Durango

El desierto de Durango no perdona a los que corren sin conocerlo.

De noche, sin luna, cada piedra es traición. Cada sombra parece camino. Cada arroyo seco puede ser tumba. Guadalupe Contreras lo sabía desde niña. Había nacido entre esas lomas duras, había aprendido a leer el cielo antes que las letras, a distinguir el paso de un caballo por el temblor de la tierra.

Por eso no gritó.

Por eso no miró atrás.

Corrió hasta que los pulmones le ardieron como si respirara fuego. Corrió mientras las balas silbaban a su alrededor, mientras el aire se rompía con disparos ciegos. Una bala le rozó el brazo izquierdo, abriéndole la piel como cuchillo caliente. No se detuvo. La sangre le bajó por el codo y cayó al polvo sin dejar marca.

Saltó la cerca de piedra.

Cayó mal.

El tobillo se le dobló, pero se levantó sin pensar. Los nopales le abrieron las piernas. Las espinas se le clavaron como uñas de animal. El dolor llegó después. En ese momento solo existía el movimiento.

Detrás de ella, Iturriaga gritaba.

No gritaba órdenes. Gritaba miedo.

—¡Tráiganmela viva! —chillaba como cerdo herido—. ¡Viva!

Los federales montaron a caballo. Las linternas bailaban en la oscuridad. Los cascos golpeaban la tierra dura. Durante horas la buscaron, disparando a sombras, maldiciendo al desierto, prometiendo castigos que nunca cumplirían.

Pero el desierto eligió.

Guadalupe se metió en una cueva pequeña, apenas una hendidura entre rocas. Se encogió hasta hacerse nada. Respiró despacio, tan despacio que ni ella misma se escuchaba. Rezó sin palabras. Sintió cómo la sangre de sus pies formaba un charco tibio bajo su cuerpo.

Los caballos pasaron cerca.

Tan cerca que pudo olerlos.

Y luego se fueron.

Cuando el cielo empezó a aclararse, Guadalupe salió. No celebró. No lloró. Sabía que once mujeres seguían encerradas. Sabía que no había escapado para salvarse, sino para regresar con algo peor que la muerte.

Antes de partir, encontró un pedazo de hierro viejo entre las rocas. Oxidado. Afilado. Lo calentó en una fogata pequeña. Cuando el metal se puso rojo, lo tomó con ambas manos.

Y se lo presionó en la espalda.

El dolor no tuvo nombre.

La carne quemada olió a infierno. Los dientes le crujieron. La garganta quiso gritar, pero no salió sonido. Cuando terminó, cayó de rodillas. En su espalda quedó marcado el mensaje que necesitaba llevar.

Propiedad de Iturriaga. Devuélvanme a Villa.

Entonces empezó a caminar.

Dos días.

Dos noches.

Sin agua.

Sin comida.

Con los pies abiertos hasta el hueso.

Cuando el sol del segundo día ya la estaba matando, escuchó los cascos.

Polvo.

Hombres.

—¡Villa! —gritó con voz rota—. ¡General Villa!

Los dorados se detuvieron.

La levantaron como si fuera vidrio.

Y así llegó al campamento.

Pancho Villa la escuchó sin interrumpir. Rodolfo Fierro no habló. Cuando leyó las palabras quemadas en la espalda de Guadalupe, algo se rompió dentro de él.

Carmen.

Su prima.

La niña que había visto crecer.

Villa habló.

—Mañana cabalgamos.

Y el desierto escuchó el juramento.

Tres días después, Villa y Fierro entraron a la hacienda disfrazados. Traje fino. Oro en la bolsa. Mentiras bien dichas. Iturriaga los recibió con sonrisas de animal satisfecho. Les mostró caballos. Les ofreció vino. Se creyó más listo que todos.

No sabía que ya estaba muerto.

La noche del jueves, cuando los coroneles llegaron, la hacienda estaba rodeada. Cuarenta dorados sin ruido. Sin fuego. Sin prisa.

Tres disparos al aire.

El infierno se abrió.

Fierro corrió al establo. Rompió el candado. Las cadenas cayeron al suelo como serpientes muertas. Las mujeres salieron una por una, cubiertas, cargadas, vivas.

Villa se quedó con Iturriaga.

No hubo discurso.

No hubo juicio.

Lo desnudaron.

Lo metieron a la jaula.

Bajo el sol.

Doce horas gritó.

Doce horas suplicó.

Doce horas entendió.

Nadie lo mató.

El sol hizo el trabajo.

Dicen en Durango que cuando el viento sopla caliente, todavía se oyen los gritos. Que el alma de Iturriaga sigue encerrada ahí, pagando lo que hizo.

Y que por eso, cuando alguien abusa del débil, los viejos dicen:

—Ten cuidado. Todavía existe la justicia de Villa.