LA JUSTICIA DEL NORTE: El Coronel Que Despertó a la Bestia de Rodolfo Fierro y Pagó con Sangre
El Polvo Como Mortaja
Chihuahua, 1916.
El polvo del desierto cubría todo como una mortaja de difunto, y el sol caía sobre la tierra con la misma crueldad con que caía el látigo sobre la espalda de los peones. En aquellos días, México sangraba por cada poro, y la Revolución pintaba el norte de rojo.
Pero había hombres que no sangraban por la patria, sino por pura maldad. Hombres que usaban el uniforme federal no para defender la nación, sino para saciar sus instintos más bajos y oscuros.
El coronel Arnulfo Maldonado era uno de esos hombres.
Alto como álamo solitario, con bigote recortado a la usanza de los oficiales porfiristas que se creían superiores al pueblo. El coronel tenía ojos pequeños y negros como los de las víboras de cascabel que se arrastraban por el desierto de Chihuahua. Cuando sonreía, y lo hacía seguido el desgraciado, mostraba dientes amarillentos por el tabaco y el mezcal.
Pero no era su apariencia lo que lo hacía memorable, era su crueldad.
El Señor Feudal de Villa Ahumada
Arnulfo Maldonado comandaba la guarnición federal de Villa Ahumada, una de las plazas más importantes entre Chihuahua y Ciudad Juárez.
Pero más que comandante, se había convertido en señor feudal de aquellas tierras áridas, dueño de la hacienda más grande de la región: miles y miles de hectáreas de algodón que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
El coronel había construido su imperio sobre el sudor y la sangre de campesinos que trabajaban de sol a sol por un puñado de centavos.
Dicen los que lo conocieron que Maldonado disfrutaba del sufrimiento ajeno, como otros hombres disfrutan del mezcal o las mujeres. Le gustaba inventar castigos, le gustaba ver a la gente humillarse, suplicar, arrastrarse por la tierra como gusanos.
Y cuando alguien osaba desafiarlo, cuando alguien se atrevía a mirarlo directo a los ojos sin bajar la cabeza, entonces el coronel mostraba su verdadera cara de demonio.
En el norte de México, la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo y con Mauser en la mano. Y el coronel Maldonado lo sabía. Por eso hacía lo que quería, porque nadie se atrevía a tocarlo. Tenía 200 federales bien armados cuidándole las espaldas. Tenía contactos en la Ciudad de México que lo protegían. Se creía intocable.
El Error Imperdonable
Pero el coronel Maldonado cometió un error. Un error que le costaría todo. Un error que lo convertiría en leyenda, pero no del tipo de leyenda que un hombre quiere ser.
El coronel amarró a un muchacho inocente en medio de su plantación de algodón. Lo amarró como espantapájaros. Lo dejó morir bajo el sol implacable del desierto mientras los cuervos le comían la carne.
Y ese muchacho, ese chamaco de apenas 19 años que murió pidiendo agua con la voz quebrada, que murió solo, amarrado como animal, devorado por los pájaros carroñeros…
Ese muchacho era Jesús Fierro.
El hermano menor de Rodolfo Fierro. El hermano del hombre más temido de toda la División del Norte. El hermano del Dorado más leal a Pancho Villa. El hermano del hombre que los federales llamaban “El Carnicero”.
Porque cuando Fierro llegaba a un pueblo, los traidores morían como cerdos en matadero.
Y cuando Rodolfo Fierro se enteró de lo que el coronel Maldonado le había hecho a su hermano menor, cuando se enteró de cómo había muerto Jesús, algo se rompió dentro de él. Algo que nunca volvería a componerse.
Esta es la historia de cómo un hombre con uniforme federal creyó que podía burlarse de la justicia del norte. Esta es la historia de cómo el coronel Arnulfo Maldonado aprendió demasiado tarde que en México todavía había hombres de honor.
Y esta es la historia de cómo Rodolfo Fierro convirtió una plantación de algodón en el infierno en la tierra.
Porque en el Norte, compadre, la palabra de un hombre vale más que todo el oro de las haciendas. Y quien toca a un hermano, firma su sentencia de muerte con su propia sangre.
La Chispa de la Tragedia
Abril de 1916. El calor en Chihuahua era de esos que te saca el alma por los poros.
En la hacienda La Providencia del coronel Arnulfo Maldonado, el algodón crecía blanco y abundante, regado con el sudor de campesinos que trabajaban desde que el sol apenas asomaba hasta que se ocultaba. Pero ese abril quedaría marcado a fuego en la memoria de Chihuahua por algo mucho más oscuro.
Jesús Fierro tenía 19 años. No era revolucionario, no andaba con rifle en la mano. Era simplemente un chamaco que trataba de sobrevivir.
Jesús llevaba una carreta con maíz y frijol cuando pasó cerca de la hacienda. En el camino, se encontró con una familia de campesinos que venían huyendo de los federales. Tenían hambre, los niños lloraban, y Jesús, que tenía buen corazón, les dio dos costales de maíz y uno de frijol. No les cobró nada, simplemente se los dio.
Pero uno de los soldados del coronel Maldonado vio la escena desde lejos. ¿Por qué un muchacho le daría comida gratis a una familia que huía? La respuesta para el soldado era obvia: Jesús debía ser villista o simpatizante.
Tres días después, una patrulla de diez federales lo estaba esperando.
Lo bajaron de la carreta de un jalón, lo tiraron al suelo, le pusieron un rifle en la nuca.
—Tú eres villista, ¿verdad, cabrón? —le gritó el cabo.
—No, señor, yo no soy villista. Yo nomás llevo provisiones para…
Un culatazo en la cara lo calló. Jesús escupió sangre y un diente.
—Te vimos dándole provisiones a una familia de villistas. Eso te hace traidor.
—Eran niños con hambre, señor. Nomás les di…
—¡Llévenselo al coronel! Él va a decidir qué hacemos con este perro.
El Coronel Conoce al Hermano
Lo arrastraron por el polvo hasta la hacienda. Lo metieron en una celda que olía a orines y a miedo. Lo dejaron ahí toda la noche sin agua.
Al amanecer, el coronel Arnulfo Maldonado fue a verlo. El coronel entró a la celda caminando despacio, con las manos detrás de la espalda y esa sonrisa de víbora.
Se quedó mirando a Jesús durante un largo rato, estudiándolo como si fuera un insecto interesante que hubiera encontrado bajo una piedra.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Jesús Fierro, Señor.
El coronel levantó las cejas. Una chispa de reconocimiento brilló en sus ojos pequeños y negros.
—Fierro… Fierro como Rodolfo Fierro.
Jesús dudó. Sabía que decir la verdad podía ser peligroso, pero mentir sería peor.
—Sí, señor. Rodolfo es mi hermano mayor.
La sonrisa del coronel se hizo más ancha, más cruel, como si acabara de recibir el mejor regalo de su vida.
—Ah, qué interesante. El hermano del famoso Carnicero de Villa, el perro más sanguinario de toda la División del Norte. Dime, muchacho, ¿tu hermano sabe que estás aquí?
—No, Señor, yo no ando con los villistas, yo nomás…
—¡Cállate!
El coronel caminó en círculos alrededor de Jesús.
—¿Sabes cuántos de mis hombres ha matado tu hermano? ¿Sabes cuántas viudas ha dejado?
—Señor, yo no tengo nada que ver con…
—¡He dicho que te calles! Voy a hacer algo que debía haber hecho hace mucho tiempo. Voy a mandarle un mensaje a tu hermano Rodolfo. Un mensaje que nunca olvidará.
Jesús sintió cómo el miedo le apretaba el pecho.
—Por favor, Señor, yo no he hecho nada malo. Solo le di comida a unos niños con hambre. No soy revolucionario.
El coronel Maldonado le dio la espalda y caminó hacia la puerta.
—Prepárenlo —le dijo al cabo que esperaba afuera—. Quiero que esté listo para el mediodía.
—¿Listo para qué, mi coronel?
—Para el espantapájaros.
El cabo sonrió. Era una sonrisa que conocía bien. La sonrisa del que está a punto de disfrutar algo terrible.
El Calvario del Espantapájaros
A mediodía, el sol de Chihuahua caía vertical y despiadado sobre la plantación. El calor hacía que el aire temblara, creando espejismos.
En el centro de la plantación, había un poste alto de madera gruesa y oscura. Seis federales arrastraron a Jesús hasta el poste. El muchacho trató de resistirse, pero estaba débil por el hambre y los golpes.
—¡Por favor! —suplicaba Jesús—, ¡por favor, no hagan esto! Yo no he hecho nada.
Nadie lo escuchaba. Lo pusieron de espaldas contra el poste. Le estiraron los brazos hacia los lados como si fuera una cruz. Con cuerdas gruesas de henequén, de esas que raspan la piel hasta sacarla, le amarraron las muñecas, los tobillos, el pecho y la cintura. Lo amarraron tan fuerte que apenas podía respirar.
El coronel Maldonado llegó a caballo, acompañado de sus oficiales. Venía sonriendo, disfrutando el espectáculo.
—¡Traigan a los peones! —ordenó—. Quiero que todos vean esto.
Los capataces obligaron a los campesinos a dejar el trabajo y reunirse frente al poste. Pronto había unas 50 personas, mirando al suelo. Nadie quería ver, pero el coronel los obligaba a levantar la vista.
—¡Mírenlo bien! —gritó Maldonado, señalando a Jesús amarrado—. Este muchacho es hermano de Rodolfo Fierro, el famoso Fierro, el que ustedes, perros ingratos, admiran.
El silencio era pesado como lápida de panteón. Solo se escuchaba el viento caliente y el jadeo difícil de Jesús.
—Quiero que le lleven un mensaje a Rodolfo Fierro —continuó el coronel—. Díganle que su hermano está aquí. Díganle que está cuidando mi plantación. Díganle que va a quedarse aquí hasta que los cuervos terminen con él. Y díganle que si quiere venganza, que venga a buscarme, que aquí lo espero.
El coronel Maldonado se acercó al poste.
—Tu hermano cree que es muy valiente —le dijo en voz baja—. Pues ahora va a aprender que cada acción tiene su precio. Y tú, muchacho, tú vas a ser ese precio.
—Mi hermano… mi hermano va a venir por usted —susurró Jesús con la poca voz que le quedaba—. Va a…
El coronel se rió. Una risa seca, sin humor.
—Que venga aquí, lo espero.
Cinco Días en el Infierno
El primer día fue de dolor físico. Las cuerdas cortándole la piel, el sol quemándole la cara, la sed constante. Jesús intentó gritar pidiendo ayuda, pero su voz se perdía en la inmensidad. Cuando cayó la noche, el frío del desierto llegó como un castigo diferente.
El segundo día, los cuervos llegaron. Primero fue uno, luego cinco, luego diez. Se posaron en la viga de madera justo arriba de su cabeza. El cuervo picoteó su oreja. Jesús gritó. Sintió cómo la sangre le corría por el cuello. El olor atrajo a más pájaros negros, que revoloteaban, picoteándolo, arrancándole pedazos de piel, bebiendo su sangre. Jesús lloraba, ya no gritaba.
Desde los campos, los peones podían escuchar sus gemidos, pero nadie se acercaba. Los federales patrullaban constantemente.
El tercer día, Jesús dejó de llorar, dejó de gemir. Su cabeza colgaba hacia adelante. Los cuervos habían hecho su trabajo. Le habían arrancado parte de las orejas, picoteado los párpados. Pero Jesús todavía respiraba, todavía estaba vivo. El coronel Maldonado pasaba todos los días a caballo, sonriendo.
El cuarto día llegó la sed verdadera. La sed que te vuelve loco, la que hace que tu lengua se hinche y se agriete. Jesús deliraba, veía agua donde no había. Veía a su hermano Rodolfo galopando hacia él, pero eran solo visiones, espejismos del desierto.
El quinto día, al amanecer, Jesús Fierro murió. Murió solo, amarrado como espantapájaros en medio de una plantación de algodón. Murió después de cinco días de tortura, devorado por los cuervos, quemado por el sol, congelado por las noches del desierto. Murió como ningún ser humano debería morir.
El coronel Maldonado ordenó que dejaran el cuerpo ahí, amarrado al poste como advertencia: “Que se quede ahí hasta que se lo coman completo los pájaros. Que todos sepan qué les pasa a los hermanos de los villistas”.
Pero el coronel no sabía algo. No sabía que uno de los peones, un viejo llamado Eusebio, que había conocido a la familia Fierro desde que Rodolfo y Jesús eran niños, había logrado escapar de la hacienda.
El viejo Eusebio cabalgó durante dos días sin descansar, atravesando el desierto, buscando a la División del Norte, buscando a Rodolfo Fierro.
Porque cuando esa noticia llegara, el infierno iba a llegar a Chihuahua.
El Hielo en los Ojos
Mayo de 1916. A 200 kilómetros al norte, en un campamento improvisado entre las montañas de la Sierra Madre, la División del Norte descansaba.
Rodolfo Fierro estaba sentado solo, apartado del resto. Tenía su Mauser entre las piernas y sus ojos, esos ojos que los federales temían más que al mismísimo demonio, miraban las llamas de su fogata sin ver realmente nada.
Fierro era así: siempre apartado, siempre silencioso. No peleaba por ideales políticos, no hablaba de justicia social. Fierro peleaba porque era bueno para eso: para matar, para ejecutar órdenes, para hacer el trabajo sucio. Pancho Villa lo llamaba su brazo derecho, su hombre de confianza.
Pero esa noche, Fierro no pensaba en batallas. Pensaba en su hermano menor, en Jesús. Se preocupaba por él, aunque nunca lo demostraba.
Estaba a punto de acostarse cuando escuchó ruido en la oscuridad. En un segundo, Fierro tenía su pistola en la mano.
—¿Quién anda ahí? —Su voz era fría como metal.
—Soy… soy yo, Eusebio.
Un viejo apareció tambaleándose. Estaba cubierto de polvo de pies a cabeza. Tenía los labios agrietados y sangrantes, los ojos hundidos.
Fierro reconoció al viejo inmediatamente. Guardó la pistola y se levantó de un salto.
—¡Don Eusebio! ¿Qué hace usted? ¿Qué pasó?
Fierro le ayudó a beber agua. Cuando terminó, el viejo levantó la vista y miró a Rodolfo a los ojos. Y Fierro vio algo en esa mirada que le heló la sangre. Vio dolor, vio lástima, vio el corazón de un hombre que tenía que dar una noticia terrible.
—Don Rodolfo… —La voz del viejo temblaba—. Vengo de la hacienda del coronel Maldonado.
Fierro sintió cómo algo se apretaba en su pecho. Una sensación extraña, algo parecido al miedo.
—¿Qué pasó? —Su voz era apenas un susurro.
El viejo Eusebio cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a rodar.
—Es Jesús, don Rodolfo, es su hermano. Los federales lo agarraron hace como diez días. El coronel… el coronel Maldonado, lo amarró en medio de su plantación como espantapájaros.
Fierro no se movía, no respiraba.
—Lo dejó ahí amarrado durante cinco días bajo el sol, sin agua, sin comida. Los cuervos, los cuervos se lo comieron vivo, don Rodolfo. Lo picotearon, lo devoraron. Y Jesús, Jesús murió amarrado a ese poste como animal.
El silencio que siguió fue absoluto. Los dorados que estaban cerca dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Todos miraban a Fierro.
Pero Fierro no reaccionó. No gritó, no lloró. Simplemente se quedó ahí de pie, mirando al vacío con esos ojos que se habían vuelto más negros, más fríos, más muertos que nunca.
—¿Dónde está el cuerpo? —preguntó Fierro después de lo que pareció una eternidad. Su voz era tranquila, demasiado tranquila.
—Todavía está ahí, don Rodolfo, amarrado al poste. El coronel ordenó que lo dejaran ahí como mensaje.
El Diálogo con Villa
Fierro asintió lentamente. Dejó al viejo en manos de otros dorados y caminó hacia su caballo. Sus movimientos eran lentos, calculados, como los de un felino antes de atacar.
—¡Fierro! —La voz de Pancho Villa resonó en la oscuridad. El Centauro del Norte salió de entre las sombras.
Fierro se detuvo, pero no se volteó.
—Compadre —dijo Villa acercándose—. Sé lo que estás pensando. Sé lo que quieres hacer, pero no podemos.
—Me voy, mi general. —La voz de Fierro era plana, sin emoción.
—Fierro, escúchame. Entiendo tu dolor, entiendo tu rabia, pero tenemos una campaña en marcha. Te necesito aquí.
—No puedo.
Fierro finalmente se volteó y Villa vio algo en los ojos de su dorado más leal que lo hizo retroceder un paso. Vio a la Muerte misma mirándolo.
—Mi hermano está amarrado en un poste como espantapájaros. Los cuervos se lo comieron vivo, y el hijo de perra que lo hizo todavía está respirando. —Fierro hablaba despacio, pronunciando cada palabra como una sentencia—. Me voy a Villa Ahumada. Voy a cobrar esta deuda. Y cuando termine, el coronel Maldonado va a desear nunca haber nacido.
Villa suspiró. Sabía que había perdido esta batalla.
—¿Cuántos hombres necesitas?
—Veinte.
—Te doy treinta y caballos frescos y toda la munición que necesites.
—Gracias, mi general.
—Fierro. —Villa puso una mano en el hombro de su dorado—. Ese coronel se merece lo que le vas a hacer. Pero no te pierdas en la venganza. No dejes que te consuma. Regresas cuando termines, ¿me oyes?
—No voy por venganza, mi general —dijo Fierro en voz baja—. Voy por justicia.
—La justicia es fría, Fierro. La venganza te quema por dentro.
—Entonces voy a arder, mi general, pero el coronel va a arder conmigo.
Villa soltó su hombro y asintió.
—Vete, haz lo que tengas que hacer. Pero ten cuidado. Ese cabrón tiene muchos hombres.
La Noche de la Cosecha
En menos de una hora, Rodolfo Fierro y sus 30 Dorados estaban cabalgando hacia el sur. Cabalgaron sin detenerse, comiendo sobre el caballo, cubiertos por el polvo del camino y la sombra de una luna que parecía esconderse de lo que iba a pasar.
Dos noches después, a la media hora antes del amanecer, llegaron a Villa Ahumada.
La hacienda La Providencia era una fortaleza, como había dicho el viejo Eusebio. Muros altos de adobe, torretas de vigilancia con centinelas que fumaban sus cigarros sin preocuparse. Pensaban que estaban a salvo.
Fierro detuvo a sus hombres a un kilómetro de distancia.
—Escúchenme bien —susurró Fierro. Su voz era apenas un soplo, pero sus hombres la escucharon como si fuera un trueno—. Solo hay un objetivo: el coronel Arnulfo Maldonado. Y el poste.
Dividió a sus hombres en dos grupos: uno para rodear el casco de la hacienda e impedir que nadie escapara, y otro para entrar con él.
—No quiero prisioneros. Solo maten a los que se interpongan entre yo y ese perro. Pero al coronel, al coronel me lo dejan a mí. ¿Entendido?
—¡Entendido! —respondieron los 30 en voz baja, con una sed de sangre que igualaba a la de su comandante.
El ataque no fue una batalla, fue una masacre.
Los Dorados se movieron como sombras, sigilosos y letales. El primer centinela no tuvo tiempo de gritar. Un cuchillo silenció su garganta. Los otros cayeron en sus puestos.
Fierro y su grupo principal volaron la puerta del granero con dinamita casera. La explosión, sorda y brutal en la madrugada, despertó a los 200 federales.
Pero la División del Norte no peleaba, ejecutaba.
Los hombres de Fierro eran expertos en la lucha cuerpo a cuerpo, en el uso del cuchillo y la pistola. Los federales, recién levantados y desorganizados, caían por docenas.
El grito de “¡Viva Villa!” resonaba mezclado con el estampido de los Mausers y el sonido sordo de los cuerpos que caían. La hacienda se convirtió en un matadero iluminado por los disparos.
Fierro no se detuvo a pelear. Corrió directamente hacia la casa grande, la residencia del coronel.
La Confrontación Final
El coronel Maldonado despertó con la primera explosión. Salió de su cama, pálido y sudando, vistiendo solo su camisón de seda.
—¡¿Qué diablos pasa?! —gritó a sus guardias.
—¡Son los villistas, mi coronel! ¡Es Fierro!
El nombre de Rodolfo Fierro bastó para congelar la sangre del coronel. Sabía lo que venía. Se puso sus botas y su uniforme a la carrera, agarró su pistola y corrió hacia la armería privada que tenía en su estudio.
Pero Fierro fue más rápido.
Rodolfo Fierro derribó la puerta de la habitación de Maldonado de una patada. El coronel estaba cargando su rifle. Levantó el arma, pero Fierro ya le estaba apuntando a la cabeza con su pistola.
—Baja el rifle, coronel —dijo Fierro. Su voz era tranquila, la misma voz que usaba para pedir un café.
Maldonado obedeció, dejando caer el rifle con un ruido metálico. Sus ojos pequeños y negros se llenaron de terror.
—Fierro… yo… no sé de qué me hablas. Tuvimos un altercado con un…
—Sé perfectamente de qué hablo, coronel —lo interrumpió Fierro.
Caminó lentamente hacia él, sin dejar de apuntar. Al pasar, recogió un látigo de cuero que el coronel tenía colgado en la pared.
—Tú eres Rodolfo Fierro… yo… yo te respeto, comandante. Podemos negociar. Yo tengo oro. Mucho oro. Te puedo dar lo que quieras.
Fierro no parpadeó.
—Mi hermano no valía oro, coronel. Mi hermano valía un código.
Rodolfo Fierro extendió la mano y le dio un golpe con el látigo en el rostro al coronel, con una violencia seca y ensordecedora. La piel se rompió al instante.
Maldonado gritó y se llevó las manos a la cara, cubierto de sangre.
—¡Me diste cinco días de agonía! —gritó Fierro, por primera y única vez levantando la voz con rabia pura—. ¡Cinco días bajo el sol para mi hermano de 19 años! ¡Para un muchacho que solo dio comida!
Fierro lo agarró del cuello de la camisa, lo arrastró fuera de la habitación y por el patio principal, donde el combate se había detenido.
Los federales restantes, los 50 o 60 que quedaban, estaban rodeados y desarmados por los Dorados. Todos miraban, silenciosos.
Fierro arrastró al coronel fuera del casco de la hacienda, hacia el campo de algodón.
El Monumento a la Venganza
La luz tenue del amanecer apenas comenzaba a iluminar la plantación. El aire olía a pólvora, sangre y, en la distancia, a algodón.
Maldonado, llorando y suplicando, se arrastraba por el polvo.
—¡No, Fierro, por favor, piedad! ¡No sabía que era tu hermano! ¡Lo juro por Dios!
—Dios no está aquí, coronel —dijo Fierro.
Llegaron al centro de la plantación. Allí estaba.
El poste. Y amarrado a él, lo que quedaba de Jesús Fierro. Un esqueleto parcialmente devorado, con restos de ropa y carne seca, colgando de las cuerdas. El cuerpo inclinado, las costillas expuestas, las cuencas de los ojos vacías. Era la imagen más brutal de la miseria humana.
El coronel Maldonado vomító al ver el espectáculo.
Rodolfo Fierro se acercó al poste. Con su cuchillo de monte, cortó lentamente las cuerdas. El cuerpo de Jesús cayó en sus brazos. Fierro lo sostuvo por un momento, solo un momento, antes de depositarlo suavemente en la tierra.
Luego se volteó hacia Maldonado, que seguía llorando en el suelo.
—El mensaje era para mí, coronel. ¿Verdad? Me invitaste a venir.
—¡Sí! ¡Pero ya tienes tu venganza! ¡Mátame de un tiro! ¡Por favor, no me hagas sufrir!
Fierro sonrió. Una sonrisa lenta y terrible que no era humana.
—No, coronel. Mi hermano no murió de un tiro. Él murió en este poste.
Fierro ordenó a sus hombres que volvieran a clavar el cuerpo de Jesús al poste. Usaron clavos grandes y gruesos.
Luego, agarraron al coronel Maldonado, que forcejeaba y gritaba. Lo desnudaron. Usaron las mismas cuerdas de henequén. Y lo amarraron al poste contiguo.
Rodolfo Fierro hizo exactamente lo mismo que el coronel había hecho con su hermano. Lo amarró por el pecho, la cintura, los tobillos, estirándole los brazos.
—Quiero que el sol te dé, coronel —dijo Fierro—. Quiero que la sed te seque la garganta. Quiero que el dolor te queme el alma. Y quiero que los cuervos, coronel… quiero que los cuervos te recuerden por qué estás aquí.
Fierro y sus Dorados se quedaron un momento. El coronel Maldonado, desnudo y aterrado, gritaba, pero sus gritos se perdían en el desierto.
Rodolfo Fierro se acercó a su hermano muerto. Le puso una mano en el hombro.
—Ya estoy aquí, hermanito. Ya puedes descansar.
Luego se dio la vuelta. Ordenó a sus hombres que prendieran fuego a la hacienda. Que quemaran hasta la última paca de algodón. Que las llamas se vieran desde Chihuahua.
Rodolfo Fierro y sus Dorados se fueron galopando hacia el norte, dejando atrás una columna de humo negro y los gritos ahogados del coronel Arnulfo Maldonado, amarrado a un poste, junto al cadáver de Jesús Fierro.
El coronel duró dos días. Los peones de la hacienda lo vieron. Nadie se acercó. Nadie le dio agua. Todos recordaban que él había ordenado lo mismo para Jesús. La justicia no es piedad, es un espejo.
El Legado del Arrepentimiento
Rodolfo Fierro regresó con Villa. Nunca habló de lo que hizo. Pero sus ojos habían cambiado. El dolor se había sumado a la frialdad. El código de la venganza había sido cumplido, pero el corazón de Fierro se había congelado para siempre.
La plantación de algodón de Villa Ahumada se convirtió en un monumento eterno a la brutalidad de la guerra y la furia de un hermano. El poste, con el esqueleto del coronel a su lado, se mantuvo ahí por meses como advertencia.
¿Fue su acto una justicia o una maldad mayor?
La historia fácil nos juzga, pero la realidad del norte de México en 1916 era que solo había una ley: la ley de la familia y el honor. Maldonado se creía intocable. Fierro le enseñó que incluso los tiranos más poderosos son prisioneros de las consecuencias de sus propias acciones.
Y que en México, compadre, quien toca a un hermano, firma su sentencia de muerte con su propia sangre. Y esa sangre, tarde o temprano, se cobra.
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