La noche de mi boda, mi suegro irrumpió en nuestra habitación.

Me entregó 200,000 pesos y me ordenó: “Vístete y sal por la ventana ahora mismo.”

Obedecí sin entender, sin saber que acababa de escapar de una trampa mortal.

Esa debía ser la noche más feliz de mi vida, pero se convirtió en el inicio de una pesadilla que cambiaría todo para siempre.

Todo comenzó aquella noche en San Miguel de Allende, cuando las últimas notas del mariachi se apagaron y los invitados comenzaron a marcharse.

La casa colonial donde celebramos la boda olía a rosas blancas y tequila.

Mi vestido de encaje seguía impecable.

Mi corazón latía con la emoción de iniciar mi vida con Diego, el hombre que amaba.

Nunca imaginé que en cuestión de minutos todo se desmoronaría.

Estaba quitándome los aretes frente al espejo cuando escuché que la puerta se cerraba con fuerza.

Me giré esperando ver a Diego, pero era don Roberto, mi suegro.

Su rostro estaba pálido, tenso, completamente diferente al hombre alegre que había brindado por nuestra felicidad apenas una hora antes.

En su mano sostenía un sobre abultado.

“Sofía”, dijo con voz grave, casi quebrada, “tienes que irte ahora.”

Me quedé paralizada.

El corazón se me subió a la garganta.

“¿Qué dice, don Roberto?”

“Irme.”

“¿A dónde?”

“¿Por qué?”

Él dejó caer el sobre en la cama.

Billetes, miles de pesos.

“No hay tiempo para explicaciones. Cámbiate de ropa, toma esto y sal por la ventana del baño. Hay un coche esperándote dos cuadras abajo. Ve hacia él y no mires atrás.”

Mi mente era un caos.

¿Qué estaba pasando?

¿Por qué mi suegro, un hombre respetado en toda Guanajuato, me pedía que huyera en mi propia noche de bodas?

¿Y Diego, dónde está mi esposo?

Don Roberto apretó los labios.

Sus ojos, normalmente cálidos, ahora reflejaban un terror que nunca antes había visto.

“Diego está bien. Él está ocupándose de algo, pero tú tienes que irte. Si te quedas, Sofía, no veré amanecer. Ninguno de nosotros lo verá.”

El pánico se apoderó de mí.

Me temblaban las manos mientras él sacaba ropa sencilla del armario: un pantalón oscuro, una blusa, zapatos bajos.

“Vístete rápido.”

Mis dedos torpes apenas podían desabrochar el vestido.

Las lágrimas comenzaron a caer.

“Don Roberto, por favor, dígame qué pasa. No puedo irme así sin saber nada.”

Él se acercó y puso sus manos en mis hombros.

Su mirada era firme, pero desesperada.

“Escúchame bien. Hace años tu padre y yo hicimos negocios juntos, tierras, propiedades. Cuando él murió quedaron pendientes ciertos papeles. Hay gente que quiere esas tierras a toda costa, Sofía. Y descubrieron que tú eres la heredera legítima. Te quieren a ti para obligarte a firmar.”

Si no lo haces, su voz se quebró.

“Harán cosas terribles.”

El mundo se detuvo.

Mi padre, tierras.

Yo crecí con mi tía en Querétaro después de que mis padres murieron en un accidente cuando tenía 5 años.

Nunca supe de ninguna herencia.

Nunca supe que llevaba sobre mis hombros algo tan peligroso.

“¿Por qué nunca me dijeron nada?”, susurré.

“Para protegerte. Pero ahora que te casaste con Diego, te rastrearon. Tienen gente aquí, Sofía. Gente que iba a irrumpir esta noche. Uno de mis empleados me avisó hace una hora. Por eso tienes que irte ya.”

Me cambié con manos temblorosas.

Don Roberto abrió la ventana del baño que daba al patio trasero.

El aire frío de noviembre me golpeó la cara.