Una conferencia rutinaria amaneció con filo de cuchillo. Un periodista argentino, con credenciales y retórica afiladas, tensó la cuerda hasta insinuar corrupción. La sala contuvo la respiración. Entonces la presidenta respondió: no con evasivas, no con golpes bajos, sino con una precisión que partió el aire en dos. El periodista se desmoronó por dentro, el público enmudeció, y lo que parecía un duelo de palabras abrió una grieta más honda: ¿quién debe regular el poder cuando el poder se llama “medios”?
La luz blanca y pareja del auditorio Palacio Nacional caía como un velo sobre un mar de cámaras, micrófonos y libretas. Había cierto ritual a esas horas: el murmullo previo, los técnicos verificando niveles, la escenografía sobria del escudo nacional y el atril. Un par de fotógrafos se disputaban ángulos; una reportera acariciaba el borde de su cuaderno con uñas esmaltadas como si afilara pensamientos. Los asistentes tomaban asiento, cruzaban piernas, ajustaban corbatas, cada quien en su microescena de profesionalismo.
Claudia Shainbown apareció con paso firme, una carpeta delgada entre los dedos. No necesitaba levantar la voz para ocupar el espacio; su presencia ordenaba la geometría del lugar. Saludó, encendió el micrófono, se aclaró la voz. El ritual arrancó.
Lo que nadie vio—lo que casi nadie ve en la repetición diaria—fue la delgada cuerda de tensión que se estira cuando alguien entra con el propósito explícito de cruzar una línea. Daniel Moer, argentino, periodista de vuelo propio, director de una agencia que en su tarjeta decía “Helios Comunicación” y colaborador de plataformas de opinión en tres países, se había sentado con un guion mental que se convertía en un bisturí: iba a preguntar en plural, a cuestionar en singular.
Le tocó turno. Abrió con una cita. Sebastián Lerdo de Tejada, siglo XIX. “La prensa se regula con la prensa.” Dijo el nombre como quien presenta un amuleto. Lo siguió con una catapulta de datos y un diagnóstico sombrío: “Hoy un grupo de empresarios controla el 70% de medios digitales, impresos, radio, televisión.” La sala dejó de escribir por un segundo. Y de ahí saltó a la pregunta: ¿es confundir libertad de expresión con impunidad para difamar? ¿No sería necesario un código de ética, una regulación consensuada, para evitar el circo donde presentadores “informan” y en realidad calumnian?
En el aire flotó una sombra. La presidenta apoyó los dedos sobre el atril, un gesto leve como quien prepara la entrada del arco. Había dos caminos visibles: uno, el censor; otro, el que se equivoca con libertad. Eligió el segundo. “No a la censura. La libertad de expresión es esencia de la democracia.”
No fue una frase huera; fue el principio de su partitura. Luego entró en la arquitectura: “Vamos a la revolución de las conciencias.” Había datos duros como columnas: 36 millones de votos a pesar de campañas en contra, dificultad de encontrar articulistas que defendieran la cuarta transformación, y, aun así, triunfo. Lo que sostenía esa música no era la ausencia de críticas sino algo más viejo: un pueblo politizado.
Daniel escuchó, apretó un bolígrafo entre los dedos. La presidenta continuó: ya no era el tiempo donde radio o televisión eran verdad absoluta; había medios públicos—no gubernamentales, públicos—y medios alternativos que abrían debate. La voz se mantuvo serena. En la primera curva, había evitado el muro.
El periodista volvió a tomar aire, ajustó el ángulo. Dijo “Moss y Trump” (mencionó un pleito global como telón), y entonces entró al terreno geopolítico: países que se alinean con Estados Unidos, con BRICS, o tratan de negociar según intereses nacionales. ¿México se alinea o se mantiene independiente? ¿Se creará un grupo multidisciplinario para estudiar el fenómeno?
La palabra “alinear” fue el gatillo. La presidenta levantó la mirada: “Alinear no es la mejor palabra.” Soberanía. Recordó el TEMEC, el tratado México-Estados Unidos-Canadá firmado en 2020. No se explayó en tecnicismos; dibujó el mapa del interés nacional: México como socio fundamental, Estados Unidos necesitando de Canadá y México, y una aspiración más amplia: América como bloque económico. No era sumisión. Era integración con independencia económica.
Ahí la sala volvió a respirar. Quien no se había movido era Daniel, y quien no había parpadeado era una cámara en la tercera fila que captaba el temblor sutil en la comisura de su boca.
El periodista insistió, ahora con cifras del Banco de México: balanza comercial, déficit acumulado desde 1994. ¿Se analizó a profundidad TEMEC? ¿Los inconvenientes respecto a los intereses de México? La presidenta trazó la diferencia entre el TLC original (dinámica neoliberal de salarios bajos como ventaja competitiva) y el México de 2020: incremento del salario mínimo, reducción de desigualdad, bienestar. Subrayó que en 2026 habrá una revisión menor y se prevé acuerdo benéfico para los tres países. Dijo: “Ya no es integración perdiendo soberanía.”
Un par de periodistas intercambiaron miradas. Una mujer de lentes finos, Belén Guzmán, anotó: “Soberanía con socios—distinto al 94.” Su compañero, Omar Ruiz, frunció el ceño: “Narrativa sólida—ojo con matices.”
Daniel no había acabado. Pidió datos puntuales del contenido nacional en exportaciones: ¿cuánto es maquila? La presidenta no evadió el pasado (maquila como importar-insumir-exportar con mano de obra barata) y señaló el presente: cadenas productivas instaladas en México, acero, vidrio, autopartes; y la ambición: más producción nacional desde pymes, formación de ingenieros, y, sin descuidar humanidades, un ecosistema educativo que sostenga industrias como semiconductores. Nordestó su discurso hacia el “humanismo mexicano” como modelo que pone por encima el bienestar del pueblo.
Cuando terminó, el aire pudo haber quedado tibio. Pero no. Lo que siguió fue un silencio extraño, de esos que aparecen después de una respuesta que no da migas para tocar la alarma. Tres segundos. Cinco. Once. El periodista bajó la mirada a su libreta como buscando un ancla. La sala quedó sin la chispa que se había anunciado al principio: no hubo escándalo. Hubo contención. Y entonces una pregunta más pequeña asomó detrás de todo: ¿qué pasa con el poder mediático cuando se encuentra con un poder que no lo censura, sino que le devuelve un mapa?
Belén cerró su libreta, se levantó en puntillas, miró a Daniel y gritó por dentro: “Respira.” Omar se inclinó hacia su grabadora: “Esto no es trending—pero sí calza.” Afuera, en Twitter, un usuario con avatar de águila ya escribía: “La presidenta los dejó callados.”
El incidente no fue una explosión; fue un choque sutil. Al salir de la conferencia, Daniel Moer caminó con pasos ligeramente desordenados por el pasillo lateral que conducía a una explanada. Le costaba asimilar que su doble eje—medios y geopolítica—no hubiera parido un terremoto. En su oreja izquierda vibró el teléfono. “Te escuchamos flojo,” dijo una voz con acento porteño al otro lado, su socio en Helios. “¿Qué pasó?”
Daniel apretó el móvil. “Respondió con soberanía. No se alinea—socios. Libertad de expresión—no censura. No hubo exhibición.” Su voz se volvió un hilo. “¿Y lo de corrupción?” La pregunta cayó como un plomo. Daniel no la había pronunciado. La insinuación se había quedado en el borde de su segunda frase; con la réplica, no encontró dónde colgarla.
Un mensaje entró en una segunda ventana: “Necesitamos sangre. Pon ‘alinearse con BRICS’.” Daniel cerró los ojos. Moer no era un improvisado; había leído la carta, sabía que el algoritmo exigía carne. Pero su instinto profesional, el más viejo, le dijo que inflar no era sostener.
De una columna cercana salió una figura pequeña, un señor de bigote fino, jubilado, bufanda azul oscuro. “Joven,” dijo, levantando el pulgar como quien para un taxi. “Buen intento lo de Lerdo de Tejada. Pero ¿sabe qué? Hoy la prensa no se regula con la prensa. Se regula con audiencias y con evidencia.” Sonrió. “Y con qué tan lejos ves cuando te dicen ‘temec’.” Daniel lo miró sin saber si sonreír o disculparse.
Fue mínimo, pero ese intercambio—un anónimo con una idea precisa, un periodista con su libreta nublada—apretó una cerradura invisible. Daniel guardó el móvil. “Voy a escribirlo como fue,” se dijo. “Sin sangre artificial.”
La tarde se volvió caliza. Helios Comunicación recibió su crónica tres horas más tarde: un texto que, en lugar de laminar titulares con veneno, articulaba el contraste entre dos conceptos—alinearse vs. asociarse—y una idea: libertad de expresión por encima de censura. No era complaciente; era honesto. También mencionaba la pregunta sobre maquila y contenido nacional en exportaciones. El editor frotó sus ojos. “No vende como escándalo,” murmuró, “pero se sostiene.”
El teléfono de Belén sonó. “¿Te parece esto periodismo?” era el mensaje. Ella respondió en seco: “Sí. Porque si no, ¿qué defensa nos queda cuando nos difaman?” Omar releyó y pensó: “En el fondo, el protagonista del día no es Daniel ni Claudia; es la idea de soberanía.”
En un estudio de televisión, el conductor de un programa nocturno se preparaba para su monólogo: “La presidenta se escurrió por la tangente.” El guionista le pasó un papel con los puntos exactos: “No a la censura”—borrar; “socios con Estados Unidos y Canadá”—dibujar con brocha gorda: “sumisión”. El conductor, que tenía “rating” como norte y un contrato con una empresa cuya línea se medía en avisos, respiró hondo. “Vamos con eso.”
A medianoche, el video del monólogo acumulaba decenas de miles de reproducciones. La semilla de “sumisión” se esparcía como polvo en verano. Pero algo raro sucedió al día siguiente: la réplica escrita por Daniel, con su equilibrio, empezó a moverse en foros especializados, escuelas de periodismo, blogs medianos. Un óvalo de debate, sin polaridades brutales, se formó. Belén participó en uno, Omar moderó otro. La idea de “no a la censura, sí a la ética” recogía pulgares.
La noticia de que el gobierno abriría una mesa para fortalecer medios públicos y debatir códigos de ética sin sanciones estatales corrió con pedales suaves, como bicicleta en domingo. Ahí estaba el giro: no se trataba de callar, sino de abrir más voces con responsabilidad. “Es mejor equivocarse con libertad que acertar con censura,” había dicho la presidenta. A algunos les sonó ingenuo; a otros les supo a aire.
El clímax llegó dos días después, inesperado como trueno en verano. El programa nocturno, el mismo conductor de carcajada fácil y ceja levantada, invitó a Daniel Moer. “Para equilibrar,” dijo el productor. No era equilibrio; era carnada.
El set tenía la estética monocromática típica: negro brilloso, focos azules, mesa transparente de acrílico. Daniel entró, ajustó el micrófono, miró el reloj. El conductor sonrió en vertical. “Daniel, usted estuvo ahí. ¿La presidenta esquivó o contestó?”
Daniel no se inclinó hacia el cliché. “Contestó. Se equivocó en nada al preferir libertad de expresión sobre censura. Y puntualizó soberanía con socios comerciales, sin alinearse.” El conductor caminó sobre el trampolín que ellos mismos habían armado: “Pero, Daniel, ¿no cree que hablar de ‘revolución de las conciencias’ es… populismo?”
Moer sintió una punzada en la garganta. “Es un nombre posible para un proceso. Lo importante fue la defensa de medios públicos, no gubernamentales, y el reconocimiento de medios alternativos. Eso abre debate.”
El conductor giró el guion hacia el lugar donde las redes aplauden los golpes. “Se dice que su pregunta pretendía poner en evidencia corrupción.” Daniel lo miró sorprendido: “No insinué corrupción. Pregunté por regulación ética frente a difamación. Si usted pone ‘corrupción’ aquí, está haciendo lo que yo pedí evitar: confundir información con opinión.”
Hubo un segundo extraño. El conductor, acostumbrado a doblar la realidad para el aplauso, se quedó sin su trampolín. Movió papeles, buscó un clip. Nada. En ese vacío, Daniel añadió: “Es mejor errar con libertad que acertar con censura. Lo dijo ella. Y si uno como periodista pide censura, ¿qué pide realmente? un bozal que mañana se nos pondrá a nosotros.”
El redactor en cabina frunció el ceño. El productor pálido mascó un bolígrafo. El conductor carraspeó. “Digamos entonces que el gobierno va a fortalecer medios públicos. ¿No es eso control?”
“Los medios públicos no son gubernamentales,” respondió Daniel. “Si lo son, están mal. Si se fortalecen con independencia y pluralidad, hacen contrapeso al oligopolio privado. Necesitamos ambos para que la prensa se ‘regule’ con prensa, pero sobre todo con audiencias que exigen ética.”
No hubo golpe bajo. No hubo intercambio de insultos. El clímax consistió en la imposibilidad de transformar un debate honesto en show de sangre. El programa cerró sin su estridencia habitual. En redes, la conversación no se incendió; se ramificó.
Esa misma noche, Belén y Omar recibieron mensajes. “Nos aburrimos,” decía uno. “Nos salvamos,” dijo otro. Belén contestó a ambos con la misma frase: “No somos payasos; somos periodistas.”
Al día siguiente, la presidenta reapareció en la conferencia. No hizo mención al programa; habló de cifras de exportación, contenido nacional, inversión en cadenas productivas, semiconductores, educación en ingenierías y humanidades. Al terminar, se permitió un rastro: “Poner por encima el bienestar del pueblo de México.” La sala volvió a quedarse callada. No era silencio de miedo; era silencio de digestión.
El giro no se dio en una rueda de prensa, sino en una mesa pequeña de madera, en una esquina de Coyoacán, donde Daniel, Belén y Omar acordaron algo que a veces los periodistas olvidan: en tiempos de algoritmos glotones, la responsabilidad ética es una forma de resistencia.
Moer decidió publicar una pieza distinta en Helios: “No a la censura: por qué la libertad de expresión necesita medios públicos fuertes y códigos de ética consensuados.” El artículo no parecía dinamita. Era estructura y huella.
Belén, por su parte, empujó a su redacción a solicitar formalmente información puntual sobre contenido nacional de exportaciones. Nadie se había molestado en pedirlo en años. El expediente llegó con cifras: el porcentaje de insumos nacionales en sectores automotriz y electrónico se había incrementado; ejemplos concretos de vidrio y acero hechos en México; proveedores pymes que escalaban a cadenas. Era una nota seca pero sustancial. Se publicó sin adjetivos. Los lectores, sorprendentemente, la compartieron.
Omar abrió un espacio semanal en su medio para analizar, con economistas, el TEMEC versión 2020 versus el TLC de 1994. La pregunta clave: ¿qué cambió en el marco institucional? Un profesor puso la pieza central: “Dejar de usar salarios bajos como ventaja competitiva y apostar por salario mínimo, bienestar y reducción de desigualdad—si eso se sostiene, cambia la estructura motivacional.”
Mientras tanto, en un canal de televisión que nunca citaba fuentes, se insistía en la palabra “alinearse.” Se repetía como letanía. Un meme viral mostraba una marioneta con banderas. El giro consistió en que esa marioneta empezaba a aburrir a franjas del público. El viejo formato se vaciaba.
En una universidad pública, un grupo de estudiantes de periodismo invitó a Daniel a conversar sobre la frase “equivocarse con libertad.” Él habló del dilema de pedir regulación sin caer en censura. Una chica alzó la mano, uñas pintadas, mirada dura. “¿Y cuando difaman a alguien sin derecho a réplica?” Daniel respondió: “Códigos de ética, rectificaciones obligatorias, mediaciones públicas. Lo que no puede ser es que el Estado decida qué se dice.” La chica bajó la mano. No era una rendición; era un apunte.
Y en Palacio, la presidenta hizo algo que a veces los gobiernos no hacen: se comprometió a fortalecer medios públicos con defensorías de audiencias. No era un decreto blanco; era una hoja con compromisos y fechas.
El final no fue un abrazo ni una derrota. Fue un plano largo: la sala de conferencias vacía a las seis de la tarde, las sillas alineadas, el atril sin micrófono, una luz tibia entrando desde la puerta lateral. La imagen decía: el escenario es el mismo; lo que cambia es la forma en que lo habitamos.
Daniel Moer caminó por ese pasillo con el mochilón colgando del hombro. Belén lo alcanzó. “¿Sabes?” dijo, “la pregunta se usa como piedra; la respuesta como puente.” Él sonrió. Omar, detrás, añadió: “Y el silencio como espejo.”
Afuera, el aire de la ciudad olía a café y gasolina. Un vendedor de periódicos gritó titulares que ya no parecían incendios sinó luces de buceo. La presidenta, en algún despacho próximo, revisaba una carpeta con cifras de formación de ingenieros y de filósofos. Su trazo era doble: industrial e intelectual.
En las redes, donde el ruido se come la nutrición, un hilo se sostenía: “No a la censura” eclipsaba el meme fácil, “soberanía” golpeaba el “alinearse.” No eran eslóganes; eran guías. Alguien escribió: “La prensa se regula con ética, con públicos y con evidencia.” No se viralizó como chisme; flotó como norma silenciosa.
El último plano fue un gesto: la presidenta saliendo por un pasillo secundario, sin cámaras, llevando bajo el brazo una carpeta con la palabra “Plan México.” No había aplausos. Había trabajo. Y la certeza de que el poder mediático, como cualquier poder, necesita espejo, no machete; ética, no mordaza; pluralidad, no monólogo.
La historia no terminó en ese día. Pero dejó la frase clavada donde duele y cura: “Es mejor equivocarse con libertad que acertar con censura.” El periodista la apuntó en su libreta. La sala la repitió sin voz. El país la probó en boca y, con suerte, empezó a aprender su sabor.
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