La sincera opinión de Ivonne Montero sobre La casa de los famosos All-Stars, ¿quién es su favorito?
La actriz mexicana estaba en un inicio a favor de dos concursantes, pero…
Ivonne Montero no ve a nadie “hasta ahorita” como claro ganador de La casa de los famosos All-Stars (Telemundo).
“Como que todavía no hay uno que diga: ‘Ya me voy el todo por el todo con este personaje’. Vamos a tener que verla más tiempo, todavía falta un chorro además”, dijo la actriz mexicana en un reciente encuentro con medios de comunicación en México.
La que fuera protagonista de exitosas telenovelas como Anita, no te rajes y La loba reconoció que una de sus favoritas era Julia Gama, pero ya salió.
“Creo que era una de las personas que podía dar grandes lecciones de vida”, señaló. “En algún momento también estaba a favor de Rey Grupero cuando él había reconocido que había fallado a su promesa de no caer en tentación y ya ahorita se descosió completamente”.
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Otro concursante que le gustaba en un inicio era Caramelo. “Pero ya lo perdí también”, se sinceró. “De ahí con quien pudiera yo sentirme un poco reflejada puede ser con Diego, no sé la verdad”.
“Ahorita nadie me convence”, se sinceró en declaraciones recogidas por ‘Al punto noticias’.
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La ganadora de La casa de los famosos 2 también se pronunció sobre los episodios de violencia que ha habido en el reality show entre algunos de sus participantes.
“Son situaciones límites que se viven allá adentro que sí estamos expuestos, pero tiene que haber cordura, tenemos que tener la conciencia de la responsabilidad que tenemos como figuras públicas de que tenemos mucha gente que nos sigue, mucha gente para la cual somos importantes o gente que nos ve como una imagen a seguir de pronto –porque eso se sigue dando todavía–, entonces yo creo que por ahí [con las agresiones] estamos muy perdidos, o sea no estamos entendiendo cómo es la cuestión”, comentó Montero. “Claro que sí es un juego que se trata de llevarte al límite, pero hay que saber controlarse, hay que saber ser inteligente emocionalmente hablando”.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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